Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 28 de 43

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Sangaree

Capítulo VI

Nancy le dejó a la puerta de la biblioteca. Rex, el mayordomo, surgiendo en el fondo del pasillo como un discreto fantasma, cerró los paneles de caoba. Toby paseó durante largo rato sin mirar las paredes repletas de libros. Pensaba que el anaquel que, protegido por una cristalera, rebasaba el secreter, podía guardar la clave de su destino.

El viejo Víctor había dado otras órdenes antaño y él las había obedecido. Curiosa chanza sería que el mismo bienhechor expidiendo un último mandato, lo dejase guardado (para que se cumpliese cuando él yaciera en la tumba) en las páginas contenidas entre aquellas cubiertas de rica piel de velludo. No creía Toby que su vida y la de Nancy pudieran arreglarse tan fácilmente… No le parecía fácil cruzar el abismo que a los dos los separaba, pasándolo por un puente de libros.

Reflexionó para sí:

«Como quiera que sea, pospondré por un instante más la realización del milagro. Por el momento me es más importante recordar la cálida y húmeda presión de la mano de Nancy en la mía, y la súplica que se leía en su voz y en sus ojos. Y también la manera en que su cabello relampagueaba en la penumbra del vestíbulo. Y la forma en que el aliento salía de su garganta, mientras me hablaba desde la escalera».

Nancy le había dicho:

—Ahora que ha visto usted todo lo que tiene «Sangaree» que ver, ¿le parece que vale la pena poseerlo?

—«Sangaree» tiene tanta belleza como su propietaria. Pero a mis ojos resulta una cáscara vacía.

—Todas las casas lo están mientras alguien no vive en ellas. Y eso es lo que «Sangaree» está esperando.

—¿Esperando, señora Gregory?

—Esperando que su propietaria encuentre marido.

—Ya lo sabe usted todo, doctor.

Y Toby evocaba lo de prisa que, tras estas palabras, había desaparecido Nancy, cual si tan directa indicación la hubiese inmutado un poco. Él había retenido el aliento al tratar de traducir, el significado de aquellas expresiones.

Casi sin sentir la transición, se acercó al secreter y su mano movió la llave en la historiada cerradura de bronce. El volumen final del estante estaba ya en su mano antes de que el papel que había entre sus páginas le saltase a la vista.

Por curiosa coincidencia, aquel tomo era el mismo que Toby había hojeado por la mañana y vuelto a poner sin leer, en el anaquel. Advirtió que repetía el mismo movimiento mientras todo su ser se concentraba en el rectángulo de papel que aparecía ante él.

No había reparado en la carta cuando por primera vez escudriñó el estante. Claro que podía haber estado escondida entre aquellas encuadernaciones, suaves al tacto. No había posibilidad de confusión. Tan obvio era a quien pertenecía aquella escritura, como el significado de las palabras que, sobre signos finos como patas de araña, campeaban atrevidamente en el papel.