Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 5 de 43

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Sangaree

Capítulo V

 

Hubo otras visitas a la gruta durante aquel largo verano y cada una era más satisfactoria que la anterior. No se disgustó Toby en demasía cuando conjeturó que Marta había realizado similares excursiones al campo en unión de Gabe y de Roy.

Más no quería creer a sus oídos cuando oyó que Roy pensaba casarse con Marta en otoño. Y aún quedó más atónito cuando el rumor se convirtió en hecho y Víctor Darby en persona fue a Clay Creek para conferenciar con los Gillespie sobre los planes de boda.

Clay Creek entero se pasmó de la suerte de Marta. Al visitar a Víctor Darby por invitación de éste, Toby halló que su protector aceptaba que Roy estuviese enamorado y aun respaldaba la proyectada unión. Pero todavía le sorprendió más que Darby confiase en que el enlace fuera un éxito a pesar del pasado de Marta.

—Mira, Toby, yo dejo casarse a mi hijo por dos razones. La primera, que él necesita en la vida algo más que sus libros. La segunda, y más importante, es que siempre esperé que encontrara novia en los bosques de nuestro país.

—¿Por qué, señor?

—Georgia fue colonizada por personas como los Kent y los Gillespie. Cuando se escriba nuestra historia, ellos tendrán el crédito de haber roturado nuestra región. En cambio, a los Darby sólo se les recordará como los ricachos que ganaron dinero a cuenta vuestra. Así, me enorgullece que Roy haya escogido a Marta.

—¿Y su hija, señor?

Toby acababa de saber que Nancy Darby había el escogido por marido a un capitalista llamado Gregory. Pero, notando que Darby fruncía el entrecejo, rectifico añadiendo:

—¿Hubiera usted querido qué ella…?

Darby le interrumpió:

—Para Nancy, muchacho, tengo otros propósitos. Si algún día visitas mi biblioteca de «Sangaree», puede que te divierta leer mi diario.

—Me honra usted mucho.

Víctor Darby parecía perdido en sus reflexiones.

—Mis amigos —dijo— han solido llamarme filósofo sin auditorio. Pero, de todos modos, no les he molestado con mis pensamientos ni con mis ideas respecto a mis hijos y a nuestra Georgia. Esas esperanzas mías se encuentran en mi Diario. Repásalo cuando gustes.

El jefe de la familia Darby salió de sus sueños.

—Bien: hablábamos de mi hija y no de mis esperanzas.

—Yo, señor, no tengo derecho a…

—¡Tonterías! Tu interés me encanta. Nancy siempre ha tomado sus deberes muy en serio. ¿Sus deberes, o su deuda con Roy y conmigo? El casamiento puede hacerla olvidar esta carga estéril. Claro que su marido es muy apegado a sus prejuicios.

—¿Cree que yo debo oír estas cosas?

—Mis opiniones sobre los Gregory son bien conocidas. Pertenecen a una familia de realistas acérrimos, lo que resulta un tanto desagradable, pero esto es común entre nuestros compatriotas. De todos modos, Jorge Gregory significaba para Nancy una mejora sobre la vida que ella ha llevado.

—Me congratula que le guste ese enlace, señor.

—El que yo haya aceptado a mi yerno no significa que me guste.

Víctor Darby parecía pensar otra vez en voz alta.

—Acaso —agregó— hiciese yo mal en conservar a Nancy en Georgia cuando murió su madre. Ella y Roy podían haber sido más dichosos como ingleses que como coloniales. O digamos como americanos…

El viejo Víctor pronunció lentamente la última palabra, como si saborease su aroma a rebelión.

—En fin —manifestó—, la suerte, al menos en lo que a Roy afecta, está echada. En Marta y en ti pongo mis esperanzas.

—¿En mí, señor?

—Roy, Toby, tiene mucha fe en ti. Y ha mejorado enormemente desde que los dos practicasteis con Clemens. Por eso voy a mandaros juntos a Edimburgo.

—Pero si él se casa…

—Su prometida insiste en que él termine sus estudios. Marta se cuidará de atender su casa cuando Roy salga de la Universidad.

Tras esto había sido fácil dejar que las cosas siguieran su curso. También fue fácil eludir la estancia en Savannah durante la semana de la boda de Marta… y eludir a Marta desde que se conoció su compromiso. Luego, Toby fue a Charleston por las montañas de Carolina y embarcó para Glasgow y Edimburgo, Obedeciendo a su sentido común, arrendó habitaciones en una posada de Charles Street, casi a la sombra de la Universidad y de su famosa Facultad médica, rodeada de húmedos muros.

Sabía que Roy había alquilado casa en Horse Wind, donde vivía pródigamente, como convenía a un millonario colonial. También le constaba que Marta, danzando como una enjoyada mariposa en aquel ambiente ajeno, se había convertido en dama de la mañana a la noche, aunque sin perder por ello su encanto. Con el trabajo como potente antídoto, le había sido fácil a Toby aceptar aquellas metamorfosis, aunque hubiese de aceptar la extrañeza de Roy de que su compañero comiese con él tan pocas veces. Desde el principio, el estudio los absorbió a los dos. Operando en la famosa clínica de la escuela, bajo la vigilancia del gran Juan Hunter, que atendía a todos los toques de escalpelo, Toby comprendió que había encontrado la tarea de su vida. Disponía, además, de tiempo para perfeccionarse. En cuanto a Roy, se había convertido en un facultativo perfecto y frecuentaba el dispensario y el laboratorio. Los dos jóvenes médicos formaban un conjunto completo, al punto que lo demás, que pudiera separarlos se olvidaba las más de las veces.

Acababan de graduarse cuando empezó la guerra, junto a sus diplomas, encuadernados en piel de oveja, estabas las recién abiertas cartas que les hablaban de que la flota de los Darby se trasladaría en masa a La Habana para capear el temporal de la lucha Y cuando, a través del Atlántico, retumbaron los tiros disparados en Lexington como anuncio inminente lo que ocurría, Toby recibió orden de encaminarse a Filadelfia, donde Víctor Darby se disponía a ofrecer al Congreso un regimiento de cazadores de Georgia Roy se les uniría después, una vez que dejase a Marta en el gestionado refugio de Cuba. Nancy Gregory había embarcado para Nassau, porque su esposo había decidido servir a los realistas. Roy y Toby resolvieron zarpar en barcos separados. Partiendo hacia el Clydebank en la diligencia de Glasgow, Toby sentíase extrañamente contento a pesar de que marchaba a intervenir en una revolución. Su estado de soltero le permitió envolverse en un capote y ocupar un asiento de baca/dejando abajo a Marta y a Roy. Desde su último encuentro en la gruta de Sachem, había procurado evitar hallarse a solas, con la esposa de Roy Darby, aunque ello a veces le costase un esfuerzo. Seguramente — pensaba— no habría tiempo en Glasgow para largas despedidas.

Así, al menos, razonaba Toby mientras cruzaban Escocia impelidos por dieciséis pezuñas de caballos.

Roy se había preocupado en Glasgow de reunir elementos para la unidad médica que pensaba organizar en Filadelfia, e insistió en que Marta permaneciese tranquilamente en la posada hasta el momento de embarcar. Toby inventó por su parte gestiones que le absorbían, y cuando oyó que Marta salía de compras con su camarero negro, creyó la historia. Y se instaló en su cuarto durante cuarenta y ocho horas, esperando el buque de Filadelfia. Como estaba rendido permaneció, sin desnudarse, sobre su lecho.

Despertó en el brumoso crepúsculo vespertino sintiendo sobre su frente una caliente mano.

Esto fue lo que él percibió antes de despertar por completo. Sólo cuando Ja oyó cuchichear su nombre comprendió que estaba allí Marta Darby y que aquél era el modo que ella tenía de decirle adiós.

Ni el propio Galahad hubiera saltado del lecho con más vehemencia que Toby.

—¿Cómo has entrado?

—El amor se ríe de las cerraduras, Toby.

—¿Y has pensado ni por un momento que yo…? La sofocada risa de Marta rebosaba deseo mientras los dos se miraban en la penumbra.

—Si no hubieses sido tan poco galante como para despertarte y recordar quién eres…

—¿Te vas, o me voy?

—Nos falta una hora para partir y Roy me espera en el muelle. ¿Por qué no reconoces, entretanto, que somos humanos?

—Puesto que te empeñas, me iré.

—Primero me oirás. Yo he dado a Roy lo que necesita, y más aún. ¿Por qué no había de venir yo contigo, si con ello no daño a nadie?

—¿Necesito recordarte que ahora eres una Darby?

—¿Y no me compadecerías un poco si te dijese que mi matrimonio fue una equivocación?

Se le quebró la voz. Toby pensó: «Casi la creo».

Mas dijo en voz alta:

—Tú debías saber lo que te convenía, Marta.

—Y tuve lo que me convino. Pero ¿acaso por ello soy feliz?

—No podrías tener mejor marido. ¿Cuántas veces has procedido mal con él?

—Ésta es mi primera ligereza —repuso Marta—. Puedes creerlo.

Recordando cierto rumores que corrían por Edimburgo, él se juzgó obligado a mirar a Marta con severidad.

—Si hace dos años se lo hubiese dicho todo a Roy…

—Entonces se hubiera reído de tus chismes. Ahora te mataría.

—Lo creo. ¿Y cómo no le pagas en la misma moneda?

—A ninguna mujer le gusta que la ame en vez de un corazón. Si supieras cuánto he esperado este momento… Si recordases que tú y yo, antaño…

Él interrumpió aquella súplica lo más brutalmente que supo:

—Ningún matrimonio es perfecto, Marta. Tú te casaste con los ojos abiertos. Debes atenerte a las consecuencias.

—Nosotros dos, Toby, tenemos algo afín; que trabajamos para los Darby. Y seguimos trabajando, cada uno a nuestra manera, incluso después de haber expirado nuestro contrato. ¿No podemos tomarnos, de vez en cuando, unas vacaciones?

—Te creía más digna.

—No digas necedades.

Se dirigió, tambaleándose, hacia la puerta, temeroso de que la vehemencia de Marta le hiciese faltar a su lealtad a Roy.

—Bien, Toby —dijo ella—. Considero esto como nuestra despedida. Acaso cuando volvamos a vernos te sientas más audaz.

Nunca recordó Tobías cómo había salido a la calle ni en qué invirtió las horas que pasaron hasta que se convenció de que la nave capitana de la flota mercante de Darby había zarpado del Clydebank. Creyó haber errado por los muelles para cerciorarse de que la proa del buque desaparecía por el canal, con la marea. Las portas del alcázar de popa iban encendí, das. Marta, como adivinando la mirada de Toby, se situó deliberadamente en uno de aquellos círculos luminosos, vuelta hacia Glasgow.

Había sido una victoria, aun batiéndose en retirada. Pero mientras se dirigía al próximo muelle, donde esperaba el buque filadelfiano que debía conducirlo a tierras rebeldes, Toby no se sentía seguro de quién había, vencido.