Sangaree
Capítulo V
El coronel de caballería que había servido con Francis Marión, resplandecía en su blanco uniforme de vueltas nítidas como el marfil. Él y el juez vestido de negro, cuyo nombre había olvidado Toby en el torbellino de las presentaciones, se enfrentaban pacientemente con el joven como dos perros viejos husmeando un rastro. Las voces de los presentes se habían hecho más animadas. Nancy, separándose de Toby con una leve sonrisa, había congregado alrededor una falange de rendidos galanes. Contemplándola, sin dejar de escuchar la charla insustancial de sus compañeros, Toby vio que Marta se había procurado también los galanteos de una manada de pulidos lobos cuyas asiduidades eran no menos ardientes.
Roy se había desvanecido entre el gentío. Pero a Toby no le importaba mucho por el momento. Puesto a tono con el concierto, notaba que podía tocar su tecla en aquella graciosa disonancia. Sostenido por el pensamiento de su inminente choque con Nancy y por la convicción de que también entonces sabría desempeñar su papel adecuadamente, hallose de pronto respondiendo enérgicamente a la última pregunta del coronel, como si toda su vida la hubiera pasado midiéndose polémicamente con los oficiales de sangre azul.
—Creo, al contrario que usted, señor —decía Toby—, que nadie debe presentar excusas por haber servido fuera de Georgia. Al fin y al cabo, habíamos emprendido una guerra de liberación. Trece colonias lucharon conjuntamente para alcanzar una unidad estatal. ¿Qué importa dónde uno sirviera?
—Es cuestión de lealtad al país, muchacho. ¿Cómo definiría usted eso?
—La definición le corresponde a usted, señor. Yo le escucho.
—Pues yo, señor mío, peleé como georgiano. Luché únicamente por Georgia. Y lucharé de nuevo si alguien amenaza la independencia del país. Tanto si es una casaca encarnada como un instrumento de ésa podrida Confederación.
—Si queremos sobrevivir, algo más que una Confederación necesitaremos.
—Inglaterra nos protegerá. Seguimos siendo ingleses.
—Hay quienes opinan que Inglaterra nos atacará en cuanto termine la guerra con Francia.
—Quienes dicen eso, señor, son militaristas de oficio, picaros que sólo se sienten felices peleando. Atolondrados que quisieran vernos ocupar el Canadá y la Florida de la noche a la mañana. El juez intervino.
—Confiese, Crowther —dijo con suavidad—, que s cuando la Florida volvió a poder de España, usted era partidario de atacar San Agustín.
—No hay nada más lógico, Armstrong. Mi abuelo actuó con Oglethorpe el 33. Pero lo del Canadá es otra cosa. Los canadienses son hermanos nuestros.
—No lo parecen cuando violan nuestras fronteras —alegó Joby.
—¿Quién dice que violan nuestras fronteras?
—Yo lo digo —respondió Toby—. Más de una vez hemos tenido que rechazar partidas de asaltantes canadienses cuando yo servía en los cazadores de Darby y eso después de firmado el tratado de paz, ¿entiende? Y mientras que no nos unamos todos los americanos, habrá otros ataques.
Las mejillas de Crowther se tornaron encarnadas como el Vino.
—¿Pretende usted que yo tenga que obedecer las órdenes que un cualquiera dicte en Filadelfia? ¿Alguien a quien ni siquiera conozco? El general Darby era un hombre rico que podía permitirse ciertos caprichos. Pero yo soy un veterano que tengo que pensar en volver a levantar mis cercados deshechos.
Toby hizo un vago ademán de asentimiento, no queriendo irritar a aquel exaltado hasta el punto de la provocación. En cierto modo simpatizaba con las jactancias y las protestas de Crowther, que personificaba la actitud mental de muchos otros de los reunidos en aquel resplandeciente salón. Como el excoronel, todos aparecían magníficamente engalanados y se desataban en peroratas patrióticas, mas, también, como Crowther, se sentían desazonados hasta los tuétanos. Atraídos por la casa más rica de Savannah, cual alfileres por un imán, hacían todo lo posible para fingir movimientos propios. A pesar de las finas sedas que los cubrían, Toby imaginaba que la mayoría, cuando volviesen a sus residencias, tendrían que contentarse con cenar un escueto plato de alubias negras. Y de sus casas cerradas habrían los esclavos huido, y en sus fincas calcinadas los hierba jos invadirían los orgullosos umbrales…
Prestó oído a lo que Armstrong decía, y una vez más anheló poder distinguir entre el leguleyo y el demagogo que aquel hombre parecía. Armstrong era el juez que iba a sustanciar su pleito con Nancy. Unas cuantas preguntas discretas no tendrían por qué sonar a intento de congraciarse con el magistrado.
—Si usted se dejase por algún tiempo de tantas fulminaciones, Crowther —opinaba el juez en aquel momento—, y procurase marchar al compás de los tiempos, quizá le fuera más fácil reparar sus cercados…
—Eso sólo lo conseguiré si usted mañana sentencia en favor de Nancy y no de este joven revolucionario, Armstrong.
Toby creyó oportuno reír. La franqueza del coronel era en cierto sentido alentadora.
—¡Conclusivamente me trata usted! —dijo.
—Es usted un revolucionario, muchacho, no lo niegue —repuso Crowther —. Sin duda opina, como ese pícaro de Jefferson, que todos los hombres nacen iguales. ¿Acierto?
—De que nacen iguales, no hay duda, señor. Pero deben labrarse su destino después.
—Pues yo entiendo que la gran mayoría de los hombres han nacido para servir a un amo. Concuerdo con ese indecente septentrional de Hamilton: el público es una gran bestia. Sólo se siente feliz cuando le ponen las cinchas.
—¿Cómo define usted a esos amos, coronel?
—Ante los ojos los tiene, Kent. Son los que han mandado siempre.
—Crowther se refiere a los terratenientes, doctor —dijo el juez con sequedad.
—Yo nací propietario de medio Condado —manifestó el coronel—. Mi padre entró en posesión de esas tierras mediante concesión del propio Oglethorpe. Naturalmente, pelearé si un rey al que nunca he visto pretende empobrecerme a fuerza de impuestos. Y pelearé contra usted, Kent, si me ofrece dinero… y consejos.
Toby siguió sonriendo y no perdió la compostura.
—¿Tomaría usted una de esas cosas y la otra no?
—Nunca aceptaría eso de un enemigo, señor. Y usted es mi enemigo jurado. ¿A qué negarlo?
—Lo negaré hasta que se pruebe Jo contrario. Si luchamos juntos contra los ingleses, ¿por qué hemos de luchar entre nosotros ahora?
—Porque yo sólo luchaba por mi tierra, mientras usted y Sam Hoyt, y algunos descarriados como Darby, luchaban por una revolución.
—¿Por qué odia tanto esa palabra? El general Darby decía a menudo que este país ha vivido en un estado de revolución pacífica desde el principio. Añadía que mientras vivamos, seguiremos luchando contra leyes anticuadas y doctrinas pasadas de moda.
Toby seguía sonriendo, pero su sonrisa se había tornado un tanto forzada.
—Acaso —añadió— acabemos luchando entre nosotros, coronel, como dijo antes. Mas no veo el porqué. Nuestra guerra tuvo tendencias pacíficas.
—Habla usted como un demócrata, señor.
Crowther explicó la palabra con el asco de quien arroja de la boca una ostra podrida.
—Sí, un demócrata como su administrador. Y no parará hasta que todos los hombres del planeta sean libres para arruinarse del modo que se les antoje. ¿No fue por eso por lo que vinieron nuestros antecesores a América? — interrogó Toby Kent.
—Tales sentimientos no tienen acomodo en Georgia, señor. Lléveselos a Virginia y póngalos a los pies de Jefferson, ese dios de los pobres diablos. O a los del dictador Washington. Y dígales que aquí estamos dispuestos a pelear de nuevo si pretenden decir a los bien nacidos cómo deben gobernar su mundo.
—Si vuelve usted a calumniar a Washington en mi presencia, señor, tendré el honor de medirme hoy mismo con usted.
La nueva voz era suave, levemente despectiva, con un atisbo de acento extranjero. Todos se volvieron al unísono hacia el que la emitía. El intruso se acercaba sobre el entarimado del salón de los Darby. En una rápida impresión Toby distinguió a un hombre alto, moreno, hermoso a pesar de su expresión de astucia. Unos relampagueantes ojos negros fulminaban al coronel, como si quisieran clavarlo al muro. Crowther se encogió de hombros y dijo con voz que, fuerte al principio, se apagó en seguida:
—¡Ah, es usted, Pagnol! Debía haberlo supuesto.
—¿Piensa continuar calumniando a Washington, coronel? ¿O quiere que nos veamos a Trustees’Garden? Aún hay bastante claridad para manejar las pistolas.
—¡Vaya al diablo, Pagnol! No puedo tirotearme con un antiguo aliado.
—Pues entonces no insulte a un antiguo comandante.
—Mi comandante, señor, fue Marión —dijo el coronel. Pero su arrogancia había desaparecido como si nunca existiera. Prosiguió sin embargo—: Me extraña que usted, que es francés, defienda a un hombre al que no ha visto nunca.
—Más extraño es el espectáculo de los buenos americanos que rechazan su propia unificación —dijo el francés—. Si quiere le sacaré del centro de la borrasca, doctor Kent. ¿Quiere respirar otro aire que no sea el del ancien régime?
Dejaron al coronel refunfuñando. El juez Armstrong, al retirarse Toby, le puso amistosamente la mano en el brazo.
—Hasta mañana, doctor.
—¿Viene con nosotros, Armstrong? —preguntó el francés.
—Nada puedo decir al doctor que él no sepa.
—Le creemos, monsieur l’avocat.
Y los delgados labios del francés sonrieron a Toby. Por primera vez reparó Kent en la apostura de aquel hombre, que parecía un ídolo tallado en madera. El perfil de su rostro, delgado y meditativo, hubiera parecido bien en el nicho de un santo… o en una antecámara del infierno. Toby pensó que, cualesquiera que fuesen sus culpas, aquel hombre, sin duda había vivido y sufrido. E imaginó que, contra la opinión de Marta, era posible que Pagnol pudiera ayudarle.
—Armstrong —dijo Pagnol— es un juez equitativo y recto. Nunca hace comentarios sobre los litigantes hasta después de oír sus deposiciones. Por aquí, doctor. Ya hace tiempo que deberíamos haber hablado.
Pagnol precedía a Toby a lo largo del salón, sin mirar a derecha ni a izquierda. Se limitaba a hacer aisladas reverencias a algunos de los presentes. Miraba a otros con frío aplomo y en resumen tenía la traza de un basilisco que, por estar domesticado, frenara sus impulsos. Abrió unas ventanas que daban a una galería que circundaba un bien cuidado jardín interior. Cuando las puertas se cerraron a espaldas de los dos hombres, la reunión pareció disiparse por arte de magia. La remplazó una penumbra llena de verdor, donde había profusión de wistarias, encinuelas y palmas de metálico reflejo.
Pagnol se acomodó en un banco, bajo las anchas frondas, y señaló a Toby un asiento ante el suyo.
— [7] Voilá, doctor. Aquí el aire está menos viciado.
—Me sacó usted de allí a tiempo.
—La idea partió de la señora Gregory, no de mí. Ella me encargó que le vigilase a usted a discreta distancia. Naturalmente, no pude dejar de oírle exponer sus opiniones. ¿Puedo decir que coinciden con las mías?
—Puede decirlo —repuso Toby—. Es bueno tener un aliado.
Y añadió para sí:
«Tu juego pueden jugarlo otros también, capitán».
—Acaso sea demasiado pronto para contarme entre sus aliados, doctor. Recuerde que yo milito en el campo de la señora Gregory.
—¿Pues con qué propósito, entonces, me ha traído aquí?
—Por orden de ella. Piensa reunirse con nosotros en cuanto pueda marcharse del salón. Esto es, cuando logre eludir los penetrantes ojos de su cuñada.
La sonrisa de Pagnol tenía el mismo toque ácido de sus palabras. Y las manos de Pagnol trazaban una invisible aunque reprimida esperanza. Añadió:
—Hablando de Marta, ¿puedo preguntarle lo que hace poco le dijo de mí?
—Si piensa que hemos hablado de usted…
Pagnol suspiró.
—Ya sé qué un caballero no debe traicionar una confidencia.
—Gracias por la clasificación que hace de mí.
—Es un mero hecho, doctor. Como observador de la naturaleza de mis semejantes, he reconocido instantáneamente en usted al caballero. Tiene usted voluntad de ayudar al prójimo, y eso basta. Los tontos como Crowther sólo ven en usted al muchacho de origen campesino al que hay que mortificar en todo… y si es posible, destruirle.
—¿Puedo preguntarle en qué concepto me ve la señora Gregory?
—Ella personalmente se lo dirá. Y ahora pasemos al absorbente tema de la personalidad de Félix Pagnol. He de probarle que Pagnol es también un caballero y un hombre digno de confianza.
—Pruébelo —dijo Toby—. Le atiendo.
—¿Me escuchará con espíritu amplio? Ha hablado usted de mí, muy por extenso, con la belle Marthe.
—¡Muy al tanto de las cosas de esta casa está usted!
—Poseo medios de informarme, doctor. Me divierte mantener al día mis conocimientos. Por otra parte, no hacía falta gran genio para adivinar que
usted y la señora Darby habían mantenido ya un [8] entretient. Si hay algo que esa señora no pueda evitar, es el chismorreo. Y cuando se combina el Chismorreo con el afán de intriga…
—Tendrá usted que explicar eso, señor.
—Créame que sólo admiración me inspira Marta Darby. Es una mujer fuerte y las mujeres fuertes me agradan. Creo que, de hecho, Marta es más fuerte que nosotros, doctor. Como meros hombres, nuestros románticos caracteres están entreverados de piedad. Pero ella, como mujer, sólo se apiada de sí misma y no quiere perder tiempo en lances románticos donde ella no desempeñe el principal papel.
—Estábamos hablando de usted capitán Pagnol.
—Cuando me conozca mejor, doctor, verá que a mí hay que estudiarme a través de un fondo de mujeres a las que he conocido. No es que asegure haber figurado entre los amantes de la señora Darby, ni tampoco entre los de la señora Gregory.
Pagnol atajó con un ademán la protesta que insinuaba Toby.
—Eso no quita, claro, para que las dos me interesen. Especialmente la señora de Roy Darby… y su hastío, el cual es natural dadas sus circunstancias.
—No creo que esté hastiada. Ha alcanzado cuánto quería.
—¿Y hay algo más tedioso que eso? De hecho, la belle Marthe no puede conseguir en Savannah más de lo que ha conseguido, y ella es bastante inteligente para afrontar ese hecho. Sabe que, muy al revés de lo que ocurre a su cuñada y rival, a ella sólo la aceptan aquí en virtud de una cosa: el que lleva el nombre de los Darby. De la misma forma que usted, querido doctor, sólo es aceptado porque gobierna los cordones de la bolsa de los Darby.
Otra vez los largos y aristocráticos dedos de Pagnol suspendieron la interrupción que iba a brotar de los labios de Toby Kent.
—En resumen —siguió—, ¿no podemos decir que la señora de Roy Darby se encuentra a la vez hastiada y fracasada? Por eso, es decir, para engañar el hecho de que no es feliz, se dedica a inventar ficciones menudas. Naturalmente, yo figuro en ellas como primer actor.
—Temo no poder comprenderle.
—Vea esto: ¿qué hace aquí un caballero en un país ajeno, que no tiene ocupación visible desde que renunció al uniforme? Y para colmo, es amigo de la rival de Marta. ¡Eá, doctor Kent, no idealice al sexo opuesto! Nada les complace más a las mujeres que clavarnos las garras a espaldas nuestras, o frente a frente.
—¿Conoció usted a la señora Darby en La Habana?
—No tan íntimamente como ella hubiera querido.
—La modestia, señor, no figura entre sus virtudes.
—Sólo los tontos son modestos, doctor; sólo los cobardes son hipócritas. Hablemos francamente antes que la señora Gregory le monopolice. ¿De qué me ha calificado Marta esta vez? ¿De pirata? ¿De Casanova? ¿De espía? ¿O meramente de galán de la señora Gregoiy?
—Me dijo que había sido usted capitán corsario durante la guerra.
—Fui oficial del Estado Mayor D’Estaing y estuve a cargo de sus
almacenes. Naturalmente, visité muchos puertos [9] à la dérobée para cerciorarme de que llegaban mercancías a pesar del bloqueo. No menos naturalmente, tuve participación en varios buques de corso aunque sólo fuese para justificar mi opinión de que la guerra es el estado natural del hombre. Pero si la señora Darby afirma que me dediqué a la piratería, eso es puro romance. Y si cree que ahora soy pirata o agente de piratas, en ese caso es más estúpida de lo que yo creía.
Pagnol hablaba sin acalorarse. Extendió las manos en un movimiento final de despedida y se alzó con vivacidad. Toby no se levantó. Sentíase impresionado, a su pesar, por la insistencia de aquel hombre y por la firmeza de sus ojos.
—Diga a Marta —manifestó Pagnol—, que se atreva a repetir en mi cara sus mentiras. No se atreverá. Porque entonces yo me vería obligado a retar a su marido y ella no puede prescindir de Roy Darby, al menos por ahora.
—¿Me permite preguntarle qué hace usted en Savannah, capitán Pagnol?
—¿Le parecerá hiperbólico que le conteste que amo a su país, y a lo que su país anhela, como no he amado nunca a una mujer?
El timbre de la voz de Pagnol había cambiado y en él había un toque de sinceridad.
—La mayoría de las gentes que se encuentran en la estancia próxima se dedican a fomentar su propia y rápida destrucción, o al menos a gestionar compromisos para destruir cuanto antes el sueño de que le hablé. Sólo los mejores de ustedes han soñado con acierto; Por ejemplo Jefferson y Franklin y también el amable anciano que le ha encargado a usted de desarrollar su sueño en Georgia.
—¿En qué bando figura usted, capitán Pagnol?
La pregunta había brotado espontáneamente de los labios de Toby. Pero el francés prosiguió, como si no le hubiese oído:
—Cierto es que los mejores sueños se marchitan con los años. Víctor Darby (como América) puede haber querido abarcar mucho y no poder apretar sino poco. ¿Quién sabe? Pero siempre merece la pena hacer la prueba.
—¿Ha dicho usted eso a la señora Gregory?
—La señora Gregory conoce mis opiniones… y mi lealtad.
—¿Y si ambas cosas son antagónicas?
—Entonces, la lealtad debe tener precedencia. Yo he aconsejado a Nancy Gregory que acepte la «Compañía Darby» como última y suprema expresión de la voluntad de su padre. Si insiste en hacer lo contrario no puedo discutir sus motivos.
—¿Y si se demostrase que es una reaccionaria?
—La señora Gregory es harto discreta para abrazar ese rancio dogma. Los reaccionarios están tan llamados a desaparecer en el Nuevo Mundo como sus correligionarios de Francia e Inglaterra. ¡Que los supervivientes emigren y vivan el tiempo que les corresponda vivir! No hay lugar para ellos en este continente en ebullición. No, doctor Kent. Si la señora Gregory le vence a usted en los tribunales de Georgia, lo hará por mejores motivos.
—¿Puede mencionarme alguno?
—Ahora me toca a mí ser discreto, señor. Crea, al menos que, si el destino lo permite, procuraré ser amigo suyo.
Toby no pudo desairar la mano que Pagnol le tendía. Y Pagnol estrechó la mano de Toby con la energía de un hombre de espada, compitiendo con el vigor de la del médico.
—Observo, doctor, que Nancy Gregory entra en la galería. Quizás ella proyecte luz sobre cosas en que yo no puedo entrar.