Ansia (Serie Crave 3)

Tracy Wolff · Capítulo 123 de 171

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Ansia (Serie Crave 3)

119. Modo «un buen palo» ON

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Modo «un buen palo» ON

Hudson se despierta alrededor de una hora después, aunque parece que no haya dormido nada en absoluto. Tiene el pelo revuelto, eso sí, pero no del modo sexy al que estoy acostumbrada. Es más un look rollo «he estado en el infierno y sigo vivo». Y que Flint y Calder luzcan las versiones afro y reina del baile de su estilo desaliñado no hace sino que me sienta peor.

Se incorpora e intento tocarlo, pero esquiva mis manos, y acabo agarrando el aire.

Se va directo al baño y se mete en la ducha. El agua corre y corre durante lo que me parece una eternidad.

Remy, por el contrario, ha sacado un par de paquetes envueltos del cajón de debajo de su cama (al parecer tiene de todo ahí dentro).

—Prepárate —me dice por encima del hombro.

—¿Para qué?

Calder sonríe y se atusa el pelo rojo como si estuviera en el escenario de una película de los cincuenta y ella fuese la chica pin up principal. Solo el

débil temblor de sus manos delata que está tan afectada como Hudson, a su manera.

—Para canalizar a tu tía dura interior, claro.

No tengo ni idea de qué significa eso, pero miro a Flint para compartir una sonrisa. Y también porque espero que tenga toda clase de preguntas, ese tipo de enunciados suelen intrigarlo. Pero mi amigo solo está ahí sentado en la cama, cruzado de brazos mirando al vacío.

Me acerco a él con una idea vaga de reconfortarlo y susurro:

—Eh.

No me molesto en preguntarle si está bien. Es evidente que dista mucho de estarlo.

Pero Flint se aparta, y se abraza a sí mismo con más fuerza mirando a todas partes menos a mí. Cuando nuestras miradas se encuentran por puro azar, no puedo evitar fijarme en que en las bolsas que tiene debajo de los ojos podrían albergar la mitad de la carga de un 747.

Es algo aterrador, y hace que me pregunte qué pasara exactamente en la cámara para conseguir dejar en este estado a los dos chicos más fuertes que conozco. Quiero darle un abrazo a Flint. Quiero envolver a Hudson con mi cuerpo y aferrarme a él hasta que pueda volver a mirarme, pero ninguno de los dos parece querer que los toque... ni que les hable.

—No sé si ninguno de nuestros tíos duros interiores están activos hoy —

le digo por fin a Calder, y vuelvo a hundirme en mi cama mientras espero a que Hudson salga de la ducha.

—Bueno, pues será mejor que lo averigües, cher —me dice Remy—.

Porque solo tenemos quince minutos antes de que empiece.

Esto me alarma.

—Antes de que empiece ¿qué? —pregunto asustada.

—La hora del hexágono de los maleficios —responde Calder—. Y, a menos que queráis que se os considere carne fresca, más os vale a tus amigos y a ti recobrar la compostura.

He visto bastantes películas sobre cárceles como para saber lo que significa carne fresca, y se me revuelven las tripas solo de pensarlo. No porque crea que no podemos defendernos en una situación como esta, sino porque no quiero estar en una situación como esta. No quiero tener que pelearme con nadie. ¿Es que tener que enfrentarse a la cámara no es ya lo bastante malo para Flint y Hudson? ¿De verdad han de enfrentarse a gente también? ¿Y durante algo que se conoce como «la hora del hexágono de los maleficios», ni más ni menos?

—Y ¿qué es eso exactamente? —quiere saber Flint. Y, aunque no suelta ninguna broma como haría en una situación normal, al menos hace preguntas. Algo es algo, ¿no?

—El tiempo que pasamos en el hexágono —contesta Calder..., cosa que no nos dice absolutamente nada.

—Y el hexágono es... —La miro como diciendo «No tengo ni idea de a lo que te refieres».

—Es el patio —termina Remy. Al ver que lo sigo mirando sin entender, pone los ojos en blanco y continúa—: Podemos salir dos horas al día de la celda. La mayor parte del tiempo lo pasamos en el hexágono, aunque cuando ya llevas aquí unas semanas vas obteniendo privilegios y puedes ir a la biblioteca y a algunas salas más.

—¿Cómo se obtienen los privilegios? —pregunto con recelo.

—Pues no peleándote con gente que quiere pelea contigo —me dice Remy como si fuera lo más obvio del mundo.

—Pero tienes que pelearte —añade Calder—. Y ganar. O se te comerán viva.

—¿Yo? —grazno, porque una parte de mí todavía no puede creer que esto esté sucediendo. No me puedo creer que de verdad esté teniendo esta conversación. En la cárcel.

A ver, sí, todos hemos visto esas pelis en las que al nuevo le dicen:

«Escoge al tipo más duro de la cárcel y no le dejes ver que tienes miedo»,

pero nunca había pensado que sería un consejo que tendría que aplicarme.

Es muy divertido cuando Groot coge al tipo por la nariz en Guardianes de la galaxia. Aquí me parece una pesadilla.

—Y ¿no podemos quedarnos en la celda y no salir ahí? —sugiero nerviosa.

—Es obligatorio —indica Calder mientras Remy se acerca al baño y llama a la puerta para decirle a Hudson que se dé prisa—. Y si os escondéis aquí les estaréis dando a entender que sois presas fáciles.

Por supuesto.

—Vamos, que hagamos lo que hagamos salimos perdiendo.

—No estoy diciendo eso. —Calder se atusa el pelo de nuevo—. Lo que digo es que salgas ahí fuera y seas la tía dura que eres. Que pises el hexágono como si fueras el ama del lugar, y que lleves un buen palo contigo.

Reconozco la frase de Teddy Roosevelt, pero aun así no puedo evitar responder:

—No tengo ningún palo aquí.

Pone los ojos en blanco.

—Claro que sí. Nos tienes a Remy y a mí, que somos básicamente el palo más grande que hay en este lugar.

—Habla por ti —dice Remy con su acento lento—. Yo soy un pacifista, no un luchador.

Calder se echa a reír como si hubiese pronunciado la cosa más graciosa del mundo, y no puedo evitar pensar en lo que los guardias han dicho antes (en aquello de que a la última persona en caer en la celda de Remy tuvieron que sacarla en pedazos). Cuando conocimos a Calder, supuse que era por ella... A ver, después de oír ese gruñido habría sido capaz de autodespedazarme de forma preventiva con tal de evitar los suplicios a los que ella pudiera querer someterme.

Pero tal vez sí que fuera por Remy después de todo. Hay algo en él que denota que es muy capaz de encargarse de sí mismo y de todos los que se le acerquen. Un poco como Hudson, ahora que lo pienso. Pero en un envoltorio del todo diferente.

—Vale, entonces... —Me trago el último nudo que me quedaba en la garganta—. ¿Hay algo más que debamos saber sobre cómo sobrevivir en este lugar?

—No dejar que ningún gilipollas nos vacile —dice Hudson mientras sale del baño. Tiene el pelo todavía mojado, de modo que le cae sobre la frente.

Es la primera vez que lo veo así y, pese a la dureza de sus palabras, lo hace parecer vulnerable. Aunque, bueno, también podría ser por sus ojos: cautelosos, distantes, vacíos.

Pese a todo ello, sigue estando muy muy sexy. Evidentemente. Estamos hablando de Hudson Vega. Estoy segura de que el método para arrebatarle el sex appeal no se ha inventado todavía.

—Exacto —dice Calder poniéndole ojitos—. Hudson ve por dónde voy.

Miro a Hudson con la esperanza de que me devuelva el gesto y poder compartir una sonrisa sobre lo ridícula y tremendamente adorable que es Calder, pero evita mi mirada a toda costa, así que no puedo hacer nada más que sonreír a Remy, que niega con la cabeza como queriendo decir «Es imposible no quererla».

Me dispongo a añadir algo, pero entonces todas las luces de la celda se vuelven azules.

—¿La hora del hexágono? —pregunto nerviosa.

—La hora del hexágono —responde Remy justo antes de que se abra una pequeña trampilla en el suelo.

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