Ansia (Serie Crave 3)

Tracy Wolff · Capítulo 164 de 171

Páginas del PDF

Ansia (Serie Crave 3)

160. Cadenas ilícitas

160

Cadenas ilícitas

La cueva está justo como la recordaba, una forma circular con un muro gigante de roca al fondo. Cuando nos acercamos, la pared empieza a moverse como lo hizo la vez anterior, y la bestia poco a poco se agacha.

Es más grande que la última vez, con los hombros más anchos y el pecho más amplio, pero su rostro tiene el mismo aspecto: triste y algo macabro al mismo tiempo.

«Por favor, no —dice, y lo oigo en mi cabeza como lo he hecho durante tantos meses—. Vete. Tienes que irte.»

«Tranquila —le digo mientras me acerco con paso lento pero firme hacia ella—. He venido para hacerte libre, como te prometí.»

«¿Libre?», pregunta.

Saco la llave del bolsillo y se la muestro, y entonces se convierte en una especie de mantra en su cabeza... y en la mía. «Libre. Libre. Libre. Libre.

Libre», una y otra vez.

—Ten cuidado —me dice Jaxon, con el cuerpo preparado para intervenir.

—Lo tiene controlado —le dice Hudson mientras me sonríe.

Y yo les sonrío a ambos, porque algunas cosas nunca cambiarán.

Hay cuatro grilletes, dos para las muñecas y dos para los tobillos; tras abrir los dos inferiores, agarro mi hilo platino, me transformo y vuelo para abrir los que también retienen sus brazos.

Cuando el último de ellos cae al suelo, la bestia inclina la cabeza hacia atrás y brama como si le fuera la vida en ello. El rugido rebota en las paredes rocosas y en los techos y resuena por toda la caverna durante varios segundos.

Entonces se transforma y ante mí aparece un hombre ataviado con una túnica azul real atada sobre un hombro y sujeta con un gran broche de zafiro.

Es alto, con los ojos grises y el pelo rubio recogido en una trenza.

También tiene una perilla corta y puntiaguda y aparenta treinta y pico largos.

Me transformo de nuevo, pero no intento acercarme a él.

—¿Te encuentras bien? —le pregunto a este hombre que tanto ha sufrido y que, a su manera, tanto me ha ayudado con mis muchos problemas.

Me mira como si no entendiera lo que le digo, pero al final parece asimilar mis palabras porque asiente.

—Gr-gr-gracias —logra decir por fin.

Me acerco a él lentamente, pero él se encoge y se aparta. Y lo entiendo.

Han pasado mil años desde que fue humano por última vez, y la última persona a la que vio le hizo esto.

La sola idea me llena de ira. Otra atrocidad más por la que Cyrus tendrá que responder.

—Tranquilo —le susurro, en voz alta y en mi mente—. Soy una amiga.

—Se detiene, ladea la cabeza como si la última palabra hiciera mella en él

—. Amiga —repito, y me pongo la mano en el pecho—. Amiga. Soy una amiga.

Me observa durante un rato. Después se lleva la mano al pecho.

—Amigo —dice también.

Le sonrío, y entonces miro a Macy, para preguntarle si ha traído alguna barrita de muesli, que son básicamente mi alimento cuando nos embarcamos en excursiones como esta. Pero ella ya se ha adelantado y tiene una botella en la mano y un paquete de galletas en la otra.

No las toca cuando ella se las ofrece, de modo que las cojo yo y lo intento. Incluso abro la botella de agua y bebo un sorbo para demostrarle que no pasa nada. Sus ojos siguen la botella como un hombre hambriento y, esta vez, cuando se la tiendo, prácticamente me la arrebata.

Se la bebe entera en unos largos tragos. Para cuando termina, Macy ya tiene otra preparada para él. Esta segunda se la bebe mucho más despacio, y yo abro el paquete de galletas para él mientras Macy guarda la botella vacía en su mochila.

Cuando ya está saciado, inclina la cabeza hacia Macy y hacia mí y dice:

—Gracias. —Esta vez su voz es algo más fuerte, más segura.

Lo que significa que ha llegado el momento de preguntarle por la otra cosa que nos ha traído hasta aquí.

—¿Corona? —pregunto.

Parece confundido, este pobre hombre que es más instinto que humano a estas alturas. Que entiende las necesidades básicas como comida y agua más que cualquier otra cosa.

—¿Sabes cómo encontrar la Corona? —pregunto, y esta vez me llevo las manos a la cabeza e imito el acto de ponerse una corona.

La confusión solo aumenta y empieza a balbucear:

—No corona. No corona. No corona.

No es la respuesta que esperaba; no es la respuesta que ninguno esperábamos. Me vuelvo y veo la preocupación en los rostros de Hudson y Jaxon. Porque, si él no tiene la Corona, ¿dónde está? Y ¿significa eso que Cyrus puede encontrarla primero?

Pero antes de que pueda preguntarle por la Corona una vez más, solo para estar segura, empieza a balbucear de nuevo.

—Ella corona. Ella corona. Ella. Debo dar Corona a ella. Debo protegerla. Debo proteger Corona. Ella.

Ahora retrocedo pasmada porque, ¿quién es ella? ¿Y por qué necesita protección si ya tiene la Corona?

OceanofPDF.com