Ansia (Serie Crave 3)

Tracy Wolff · Capítulo 130 de 171

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Ansia (Serie Crave 3)

126. Te quiero a morir (quiera o no)

126

Te quiero a morir

(quiera o no)

Cuando abro los ojos estoy de nuevo en el Katmere, en la habitación de Hudson. Veo la inmensa cama roja y negra con la que tanto he fantaseado y siento el calor del sol de la primavera filtrándose por las ventanas. También oigo Grace, de Lewis Capaldi, sonando a través de los altavoces.

Pero esas son las únicas cosas que me resultan familiares. Todo lo demás está mal.

Los muebles están hechos polvo, los vinilos están rotos y tirados por el suelo, y las estanterías han sido arrancadas de la pared. Los libros yacen destrozados bajo estas, y algunas páginas arrancadas flotan en el aire.

Y en el rincón, justo detrás del equipo de sonido, hay otra versión de mí.

Llevo puesto el uniforme del Katmere, pero en lugar de estar sentada en la cama (como me había imaginado más veces de las que me gusta admitir, incluso ante mí misma), estoy acurrucada en ese hueco, llorando y suplicando:

—¡Para! ¡Por favor! ¡Por favor, para!

Alguien ruge tan alto que se oye por encima de la música, y cuando me vuelvo para ver quién es y qué está pasando, veo que Hudson está justo ahí.

Está mostrando los colmillos, que gotean sangre, y algo en sus ojos me advierte que mi tiempo se ha acabado. No hay ningún sitio adonde ir ni lugar al que escapar.

—¡No puedo parar, Grace! —me grita—. No puedo parar. No puedo parar. —Levanta la mano y se agarra el pelo con los puños—. Duele. Duele.

Estoy intentando... —Deja la frase a medias y suelta un intenso gruñido.

Entonces todo su cuerpo empieza a sufrir convulsiones mientras se enfrenta a la necesidad de atacarme.

—Por favor, no. Por favor, no me obligues a hacerlo. Por favor, por favor, por favor. —Parece estar suplicándole a alguien a quien no puedo ver

—. No me obligues a hacerlo. No quiero hacerle daño. No quiero... —Se interrumpe de nuevo mientras le sobreviene otra sacudida. Y, entonces, grita

—: ¡Corre, Grace, corre!

Y la otra Grace lo intenta. Lo hace. Entra en acción y corre hacia la puerta, pero sé que es demasiado tarde.

La alcanza en un segundo, recorriendo la distancia que los separa en la habitación de un salto. Ella grita durante un largo instante, y el sonido permanece en el aire mientras él le desgarra la garganta y empieza a beber.

En el momento en que ella muere la compulsión termina y Hudson se queda cubierto de sangre, de mi sangre, y se desmorona en el suelo. Me acuna contra su pecho mientras la sangre continúa brotando de mi arteria carótida y, aunque unas lágrimas silenciosas descienden por sus mejillas, no emite sonido alguno. Solo me sostiene entre sus brazos y me mece sin parar mientras mi sangre se derrama sobre los dos y sobre el suelo que nos rodea.

Me pone la mano en el cuello en un intento de detener la hemorragia, pero nada puede detenerla. La sangre sigue brotando hasta que ambos acabamos empapados en ella, hasta que cubre el suelo y las páginas de sus

libros favoritos; hasta que cubre toda su habitación. Es mucha más sangre de la que mi cuerpo jamás podría albergar.

Pero eso no importa en esta pesadilla.

Nada importa más que torturar, abatir y destruir a Hudson.

Y cuando echa la cabeza atrás y grita como si todo en su interior se estuviera rompiendo en mil pedazos, no puedo evitar pensar que lo ha conseguido.

Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, la sangre ha desaparecido y Hudson está sentado en su sillón leyendo El extranjero, de Albert Camus (cómo no). If the World Was Ending, de JP Saxe y Julia Michaels, está sonando cuando se oyen unos golpes en la puerta, cosa que me parte el corazón de nuevo.

Es la otra Grace, que lo rodea con los brazos en cuanto él abre la puerta.

Deja el libro y la levanta. Ella envuelve su cintura con las piernas como lo hicieron las mías aquella noche en Nueva York, y se están besando como si eso fuera lo único que importa en el mundo.

Al final ella aparta la boca para respirar.

Él sonríe y susurra:

—Hueles tan bien... —Y acaricia su garganta con la nariz.

—¿Ah, sí? —La otra Grace ladea la cabeza un poco y susurra—: A lo mejor deberías darme un mordisquito, para ver si mi sabor es tan bueno como mi olor.

Él emite un sonido gutural y desliza los colmillos por las vértebras de su garganta.

Ella se estremece y se aferra a su pelo mientras intenta atraerlo más cerca.

—Por favor, Hudson —susurra—. Te necesito.

Pero él niega con la cabeza y musita:

—No puedo. Si te muerdo ahora, no podré parar. Te beberé entera.

Es entonces cuando caigo en la cuenta. El crimen de Hudson, el pecado que tiene que expiar, implica todo lo que sucedió en el Katmere antes de que Jaxon lo matara. Da igual si fue por un bien mayor o no, da igual que se tratase de supremacistas secretos que colaboraban con Cyrus. Él les arrebató la libertad de elegir y los transformó en asesinos Y ahora la cárcel le está haciendo lo mismo a él. Obligándolo a matar a su compañera una y otra y otra vez.

El Hudson de la visión debe de estar dándose cuenta al mismo tiempo que yo, porque la deja de nuevo en el suelo.

—Corre —susurra antes de que sus colmillos salgan con toda su fuerza.

La otra Grace obedece a la advertencia, pero él está bloqueando la puerta, de modo que corre hacia el interior de la habitación. Tropieza con una esquina de la alfombra y sale disparada, y así es como acaba agazapada cerca del equipo de música. Cuando él se acerca a ella y la canción cambia a Grace, de Lewis Capaldi, sé que ya está. Ahora es cuando la mata. El horror se refleja en la cara de Hudson y sé que él también lo sabe.

También me doy cuenta en el mismo instante de que el Hudson real, el que está temblando y suplicando en la cama que se encuentra a mi lado, está tan deteriorado que pasarse otra hora matándome, aunque sea solo en sus pesadillas, podría acabar con él para siempre.

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