Ansia (Serie Crave 3)

Tracy Wolff · Capítulo 92 de 171

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Ansia (Serie Crave 3)

88. La misma clase de polvo de estrellas

88

La misma clase de polvo

de estrellas

—¿Estás bien? —me pregunta cuando mi respiración por fin vuelve a la normalidad.

—Sí.

—Bien. —Me sonríe al tiempo que me aparta de su regazo—. Yo debería...

Lo detengo con un beso. No uno de los besos electrizantes y abrasadores de anoche, sino uno más dulce. Un beso cálido. Un beso que pretende demostrarle todas las cosas que siento por dentro pero que no puedo decir.

—Oye. —Se aparta—. No tienes por qué hacer eso.

—Quiero hacerlo —le digo mientras vuelvo a subirme a su regazo con una rodilla a cada lado de su cadera y pego mi cuerpo al suyo—. No puedo decirte lo que siento, Hudson.

—No pasa nada —contesta, pero me coge de las caderas y sé que va a apartarme.

—No puedo decírtelo —continúo—. Pero puedo demostrártelo.

Me inclino hacia delante y, una vez más, pego mis labios a los suyos.

Durante un buen rato deja que suceda y sus labios se mueven debajo de los míos. Su boca me acaricia, me tienta, me saborea.

Y entonces se aparta, acuna mi mejilla en su mano, me besa con ternura la frente, la nariz e incluso la barbilla.

—No tienes que demostrarme nada —susurra—. No tienes que hacer nada...

—No es eso lo que estoy haciendo.

—¿Qué es entonces? —pregunta.

Hudson siempre con sus preguntas difíciles para dejar las cosas claras, para asegurarse de que estoy bien. Para asegurarse de que no estoy haciendo nada que pueda herirme o que realmente no quiera hacer.

Agradezco mucho esa parte de él, la parte que siempre cuida de mí pase lo que pase. Pero ahora mismo quiero cuidar yo de él. De los dos.

—Quiero esto —le digo, porque es fácil hablar sobre la necesidad que arde tan claramente entre nosotros—. Te quiero a ti.

Esta vez, cuando lo beso, se involucra por completo.

Y yo también, aunque no pueda decírselo. Aunque no pueda decírmelo a mí misma todavía.

En esta ocasión, cuando desliza las manos hasta mis caderas, la sensación no se parece en nada a lo que yo pensaba que sería y a la vez es tal cual lo había imaginado.

Su boca es oscura y posesiva.

Su piel, cálida y fragante.

Sus manos, firmes pero tiernas, ahí donde tienen que estar.

Y su cuerpo, su increíble, fuerte y poderoso cuerpo, me protege, se arquea contra mí, presiona contra el mío y acepta todo lo que le ofrezco y me responde con mucho más.

Nunca nada había sido tan agradable.

Nunca nada había encajado mejor.

Y cuando se acaba, cuando mis manos por fin han dejado de temblar y mi corazón ha dejado de desbocarse, me doy cuenta de que el polvo de estrellas todavía tiene que asentarse. Todas mis piezas y todas sus piezas se entremezclan hasta que es imposible decir dónde acabo yo y dónde empieza él.

Hasta que es imposible saber qué somos, qué éramos o qué seremos sin el otro.

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