Ansia (Serie Crave 3)
85. De bocados y hueso
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De bocados y hueso
Creo que una parte de mí estaba convencida de que llegar tan lejos sería incómodo, que esperaba que se me hiciese raro estar en los brazos de este chico que ha vivido dentro de mi cabeza tanto tiempo. Este chico que lo sabe todo, lo bueno, lo malo y lo indiferente, sobre mí.
Pero no se me hace raro en absoluto. Se me hace... perfecto, como si este momento fuese tal y como siempre debería haber sido.
Seguimos en el pasillo, frente a mi puerta, como si Hudson tuviese miedo de lo que pudiera pasar si da ese último paso que nos lleva dentro.
Pero a mí me da igual dónde nos encontramos, y desde luego no me importan nada las normas y las formalidades sociales ni nada que no implique tener su cuerpo sobre el mío. Pero me agrada que a él sí. Me agrada que quiera que esté segura.
Pero lo estoy. Joder si lo estoy. Lanzo un leve gemido y cuelo las manos por debajo de su camisa. Deslizo los dedos por su estómago, liso y duro.
Después rozo sus labios con los dientes como ha hecho él antes conmigo.
Y entonces el calor se apodera de nosotros, una furiosa conflagración que nos consume a ambos y que se derrama de nuestros cuerpos e incendia el mundo entero.
Emito un gemido grave mientras me agarro a sus anchos hombros. Tiro de su camisa y clavo los dedos en la dureza de sus músculos, intentando desesperadamente atraerlo más hacia mí. Y algo parece activarse en su interior, algo salvaje, brutal y devorador.
Gruñe cuando atravesamos la puerta y, de alguna manera, consigue cerrarla al entrar. Después me empotra contra la pared más cercana, y su pecho, sus caderas y sus manos me oprimen hasta tal punto que no sé dónde termino yo y dónde empieza él.
Y, pese a todo, quiero más. Sigo implorándole, pequeños jadeos y súplicas escapan de mis labios incluso mientras me devora. Incluso mientras nos devoramos el uno al otro.
Beso a beso. Caricia a caricia.
En un momento dado aparta su boca de la mía, toma aire entrecortadamente varias veces y dice con los dientes apretados:
—Grace, ¿estás segura? Quieres...
—Sí —exhalo atrayendo de nuevo su boca hacia la mía—. Sí, joder, sí.
Si no hace algo pronto, creo que me voy a morir. Que voy a autoinmolarme aquí mismo y a arder en llamas.
Hudson ruge mientras tira de mi labio inferior con los dientes y lo mordisquea solo lo justo como para hacerme jadear y arquearme contra él.
Él también jadea y, esta vez, cuando desliza uno de sus colmillos por mi labio y me lo clava un poquito, gruñe como un hombre que acaba de probar el cielo... o que está a punto de perder la cabeza.
Y me consumo por completo pensando en lo que quiero que haga. En lo que necesito que haga. Arqueo la espalda, aparto mi boca de la suya y ladeo la cabeza a modo de ofrenda.
Emite un profundo sonido gutural.
—No sabes lo que me estás pidiendo.
—Sé perfectamente lo que te estoy pidiendo —le digo al tiempo que presiono su boca contra mi piel—. Sé perfectamente lo que te estoy rogando. Por favor, Hudson —susurro mientras el calor en mi interior amenaza con destruirme, con arrastrarme a un infierno abrasador del que es posible que jamás pueda escapar—. Por favor, por favor, por favor.
Deja escapar un leve gemido y me agarra del pelo para poder inclinar mi cabeza más hacia el lado todavía.
Espero que ataque entonces, que me destroce como una bestia frenética que nos tiene a ambos en sus garras. Pero estamos hablando de Hudson, el comedido, prudente y cuidadoso Hudson, y al parecer destrozarme no está en su programa, aunque sigue ahí, con la boca pegada a mi yugular.
—Por favor —susurro.
Desliza con suavidad los labios por mi hombro.
—Joder —gimo.
Su lengua traza delicados patrones en mi clavícula.
—Hazlo —le suplico cuando sus colmillos rozan ligeramente la piel sensible de detrás de mi oreja—. ¡Hazlo, hazlo, hazlo!
Entonces ruge. Es un sonido profundo, áspero y animal que pone todo dentro de mí en alerta máxima. Todo mi cuerpo se tensa como una cuerda floja mientras espero. Y espero. Y espero.
—Hudson, por favor —vuelvo a suplicar—. Duele. Yo...
Y así, sin más, ataca, y sus colmillos se hunden profundamente en mi garganta.
Me invade un placer incandescente y erupciono expeliendo gemidos guturales. Hudson se queda helado, como si estuviese a punto de apartarse, pero me aferro a él como una salvaje y sosteniéndolo contra mí.
Gruñe en respuesta y me agarra de las caderas mientras empieza a beber.
Y es entonces cuando grito, no de dolor, sino por la explosión que me sacude por dentro.
Pero él no para. Continúa bebiendo de mí y al mismo tiempo me acaricia todo el cuerpo. El calor no cesa, las sensaciones que inundan mis terminaciones nerviosas no desaparecen.
Solo hay fuego; llamas que incineran todas mis barreras, que destruyen cada obstáculo que interpongo y que lo absorben todo hasta que ya no puedo pensar, ni respirar. No puedo hacer nada más que arder.
Hudson debe de sentir lo mismo, porque incluso cuando deja de beber de mí, incluso cuando se aparta, cuando lame las heridas y las cierra, no cesa de tocarme. Sus manos están por todas partes. Su boca está por todas partes, y lo único que quiero es hacerlo sentir tan bien como él me hace sentir a mí.
Agarro su camisa, se la saco por la cabeza y entonces mi boca también lo recorre por todas partes.
Gruñe y me agarra del culo de nuevo mientras nos traslada a la cama. Y
cuando se tumba a mi lado, con su cuerpo largo y firme pegado al mío, nunca nada ha sido tan agradable.
Aun así, incluso cuando lo pienso me asusto un poco. Pero estamos hablando de Hudson, y todas mis alarmas me gritan que si lo dejo entrar, si lo elijo, perderlo me destruirá por completo.
Me aparto solo un segundo y Hudson se apoya en su hombro, algo extrañado pero atento.
—Es solo el vínculo —le digo.
Enarca una ceja.
—¿A qué te refieres?
—A esto. —Me muevo para montarme a horcajadas encima de él, con las rodillas a ambos lados de su cadera—. A todo esto. Es solo por el vínculo.
Al principio creo que me lo va a discutir, pero cuando bajo mi boca hasta la suya, sonríe contra mis labios y dice:
—Puedo vivir con eso perfectamente.
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