Ansia (Serie Crave 3)
43. Mi Grace
43
Mi Grace
Dispongo de alrededor de un segundo para darme cuenta de que tenía razón sobre lo de que Hudson estaba robando las sillas de una de las salas de estudio. El ruido que he oído era él dejando otra al lado del sofá.
—¡Uy, hola! —Mi voz es como tres notas más aguda de lo normal cuando intento fingir que no me ha pillado imaginándomelo medio desnudo mientras miraba embobada su cama de estilo «puedo follarte hasta dejarte sin sentido varias veces seguidas»—. Sé que he llegado pronto, pero...
Se me cierra la garganta por completo cuando me doy cuenta de que se ha percatado del color de mis mejillas. Por no hablar de que ahora su mirada oscila entre la cama y yo con lo que solo puede describirse como una mirada de desesperación.
Mi cuerpo entero se calienta; después, se enfría; después, se calienta de nuevo y durante un segundo no hay nada más que Hudson y yo y el fuego que lo incinera todo entre nosotros.
Pero entonces parpadea y vuelve a ser solo Hudson de nuevo, a unos seis metros delante de mí, con una mirada sarcástica y una segunda silla
apoyada en su cadera.
—¿Pero...? —pregunta enarcando una perfecta ceja de color caoba.
—Ah, eh... Pues... quería... —balbuceo, ya que mi cerebro ha dejado de funcionar al ver sus bonitos músculos hinchándose lo justo bajo su camisa Oxford de rayas cuando se dispone a dejar la silla en el suelo.
—¿Querías...? —Ahora tiene ambas cejas levantadas.
Y es entonces cuando caigo.
—Llevas vaqueros. —Y no cualquier vaquero; son unos vaqueros gastados y rotos muy muy sexis. Al menos en él—. Tú nunca llevas vaqueros.
—Llevo vivo más de doscientos años, Grace. «Nunca» es demasiado tiempo.
Coloca bien la silla que acaba de dejar en el suelo y se dirige hacia mí con un paso lento y medido que me aturde más todavía. En serio, debería ser ilegal que alguien tuviera este aspecto. Me paso la lengua por los labios, de repente demasiado secos.
Hudson se detiene a cosa de un metro de mí y su expresión es tan atenta que me pregunto qué cara tendré yo. Entonces me pongo muy nerviosa y empiezo a darle vueltas a la cabeza, buscando algo que decir que no tenga nada que ver con lo de montarme en su... cama.
Al final acabo comentando:
—Tienes un tocadiscos.
Madre mía. Este chico estuvo viviendo en mi cerebro durante semanas y nunca nos callábamos. Y de repente ni siquiera soy capaz de formar una frase coherente en su presencia. ¿Qué narices está pasando?
Entonces veo que asiente muy despacio, e imagino que estará pensando lo mismo que yo. Pero en lugar de preguntarme por qué estoy tan rara, habrá decidido seguirme la corriente porque dice:
—Sí, llevo coleccionado vinilos desde que salieron.
—Ah, claro. Porque estabas...
Enarca la ceja de nuevo.
—¿Estaba?
—Vivo, entonces. —Joder. No podría sonar más incoherente ni aunque lo intentara. Me aclaro la garganta—. ¿Pones algo?
—¿Ahora?
—Sí, a mi mejor amiga de San Diego le encantan los vinilos. Se llama Heather y...
—Sé quién es Heather. —Pasa por delante de mí y casi me da un ataque al pensar que se va a tumbar en la cama, pero se acerca a la mesita de noche para coger un mando—. ¿Qué quieres oír?
—Ah, me da igual. Lo que tengas puesto estará bien.
Por un momento parece que va a decir algo, pero al final se encoge de hombros y le da a un botón. Segundos después una música hard rock oscura empieza a sonar a través de los altavoces que tiene dispuestos por toda la habitación. No conozco la melodía ni las letras, pero eso no es nada raro teniendo en cuenta que los gustos musicales de Hudson y Jaxon se remontan a un siglo atrás.
—¿Qué canción es esta? —pregunto.
— Love-Hate-Sex-Pain, de Godsmack —responde.
—Eso es... —Madre mía. El universo tiene que estar jugando conmigo.
Y si no es el universo, es Hudson. A estas alturas ya no lo sé. Puede que ambos—. Interesante.
—¿Quieres que ponga otra cosa? —pregunta, y juraría que se está riendo de mí pese a que su expresión es totalmente seria.
—No, está bien. Me gusta. —Exhalo un largo suspiro mientras saco el móvil para enviarle a Macy un mensaje para decirle que se dé prisa.
—Voy a poner otra cosa. —Se acerca a su área de música—. No tengo nada de Harry Styles, pero seguro que encuentro algo que te guste.
—Oye, ¡no te metas con Harry Styles! —le digo, y entonces suspiro de alivio al ver que he vuelto a la normalidad—. Tiene mucho talento.
—Yo no he dicho que no lo tenga. —Hudson me mira con una expresión divertida—. Estás algo paranoica, ¿no?
Lo miro con recelo.
—Reconozco las burlas cuando las oigo.
—En lo que respecta a Harry, estoy seguro de que oyes burlas incluso cuando no las hay —responde mientras pone otro vinilo en el tocadiscos.
Tiene razón, pero no pienso admitirlo, de modo que me encojo de hombros cuando las primeras notas de Grace, de Lewis Capaldi, empiezan a sonar. He escuchado esa canción una o dos veces antes y me encanta, pero no sé. Estar aquí con Hudson mientras la letra resuena por su habitación hace que sienta un millón de cosas a la vez.
Y en el momento en que se vuelve y me mira justo cuando Lewis canta básicamente mi nombre una y otra vez, las piernas (y todo en mi interior) se me vuelven de gelatina. Porque no hay nada de sarcasmo, de broma ni de distancia en sus ojos.
Solo estamos él y yo, y todo lo recordado y lo olvidado que se extiende entre nosotros.
Doy un paso hacia él antes siquiera de saber que voy a hacerlo. Después doy otro, y otro, hasta que lo tengo justo delante.
No sé qué está pasando. No sé por qué siento que el corazón se me va a salir del pecho. Pero lo que sí sé es que, sea lo que sea, Hudson lo siente también.
Levanta una mano temblorosa hacia mí, pero la detiene a centímetros de mi cara. Detecto la indecisión en sus ojos, veo cómo se pregunta si debería tocarme o no, si yo quiero que lo haga o no.
Y, aunque no tengo respuesta a la primera pregunta, sí que la tengo para la segunda. Por eso doy un último paso hacia delante y reduzco el espacio que queda entre nosotros. No lo toco, pero me inclino hacia él lo suficiente como para que las puntas de sus dedos me rocen la mejilla.
—Mi Grace —susurra tan bajito que no sé si me lo habré imaginado.
Después acuna mi mejilla en la palma de su mano y se inclina hacia mí.
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