Ansia (Serie Crave 3)
66. A lo mejor los diamantes sí que son los mejores amigos de una chica después de todo
66
A lo mejor los diamantes sí que son
los mejores amigos de una chica
después de todo
El mundo implosiona, literalmente.
No existe otra manera de describirlo. De decirlo bonito. De minimizarlo.
No hay otra manera de decirlo que no sea esta: en el instante en que la boca de Hudson cubre la mía, todo a nuestro alrededor simplemente deja de existir.
No hay frío, no hay sol, no hay problemas del pasado, no hay futuro incierto. En este momento perfecto no hay nada más que nosotros dos y el fuego que se forma entre nosotros.
Ardiente.
Arrollador.
Inmenso.
Amenaza con freírme viva, con tragarnos enteros. Normalmente, sentir algo tan intenso me aterrorizaría, pero en este momento solo quiero que continúe.
Y continúa. Vaya si continúa.
Siento los labios de Hudson cálidos y firmes contra los míos, su cuerpo musculado y fuerte. Y sus besos, sus besos son tal y como siempre supe que serían... y mucho más.
Suaves y largos.
Rápidos e impetuosos.
Ligeros y devoradores.
Hacen que me arda todo el cuerpo. Me derriten desde dentro.
Transforman mi sangre en lava y mis rodillas en cenizas, y sigue sin ser suficiente.
Sigo queriendo más.
Me pego contra él, enredo los dedos en su pelo y, cuando empieza a apartar su boca de la mía para respirar, tiro de él y lo arrastro de nuevo hacia el fuego.
Y ahora es mi turno de respirar, mi turno de arder cuando agarra mi pelo rizado y desliza un colmillo por mi labio inferior.
Se abre paso hacia el interior de mi boca lamiendo, acariciando, chupando y mordiendo. Me abro para él (¿cómo no hacerlo?), deleitándome en el modo en que me rodea con los brazos, en el modo en que presiona su cuerpo contra el mío, en el modo en que su lengua lame con infinita suavidad la mía.
Esto es maravilloso (él es maravilloso), y es algo que no me esperaba, pero ahora soy incapaz de saciarme.
Estoy desesperada. Decidida. Aturdida y casi embriagada por el olor, el sabor, su esencia a jengibre, a sándalo y a manzanas frescas.
Me pego con más fuerza a él. Deslizo las manos por su espalda y rodeo su cintura, retorciendo los dedos en la suave y sedosa tela de su camisa mientras lo empujo contra mí más y más. Hudson gruñe y me da un mordisquito en el labio inferior, enreda los dedos en mi pelo y nuestro beso se vuelve más profundo, más caliente, más intenso.
Me viene a la cabeza un leve pensamiento de no querer que esto termine, de no querer soltarlo nunca..., pero entonces inclina mi cabeza hacia atrás, se sumerge de nuevo en mi boca y la capacidad de pensar me abandona por completo.
Solo puedo arder.
No sé cuánto tiempo habríamos estado así, destruyéndonos el uno al otro, quemándonos vivos, si un par de lobos no hubiesen pasado por ahí silbándonos.
Yo estoy tan sumida en el calor que me abrasa que apenas los oigo, pero Hudson se aparta lanzando un rugido tan oscuro y amenazador que los silbidos se transforman en aullidos y los lobos salen pitando hacia el castillo con el rabo entre las piernas.
Hudson se vuelve de nuevo hacia mí, pero veo en sus ojos lo mismo que sé que reflejan los míos: el momento ha pasado.
Aun así, cuando se aparta y me coloco el pelo, en lo único que puedo pensar es en que todo esto de la química del vínculo no es ninguna broma.
Y también en cuándo podré volver a besarlo.
Y es ese pensamiento, y la necesidad que me provoca, lo que hace que me aparte de Hudson con los ojos muy abiertos.
—¿Estás bien? —pregunta, y aunque parece algo preocupado no hace nada para reducir el espacio que he abierto entre nosotros.
—¡Pues claro! —le aseguro con una voz que dice todo lo contrario—.
Solo ha sido un beso.
Miento como una bellaca. Porque si eso ha sido solo un beso, el Denali es una colina. O un bache en la carretera.
—Ya —dice Hudson con su acento británico de vuelta—. Y el sol es una cerilla.
Me mira a los ojos con las manos metidas hasta el fondo de los bolsillos.
Y aguarda. Mira a nuestro alrededor, como si esperase que mi tío saliera de
entre los arbustos y lo encerrara en la mazmorra por haberse atrevido a deshonrar a su querida sobrina—. ¿Quieres...? ¿Aún quieres estudiar?
No. Lo que de verdad quiero es largarme corriendo a mi cuarto y analizar con Macy cada segundo de lo que acaba de pasar. Y después con Eden. Y luego quizá con las dos a la vez. Pero así no conseguiré aprobar Historia, así que...
—Sí, si a ti te parece bien.
Me mira raro.
—No te lo habría preguntado si no me lo pareciera.
—Ah, claro.
Me esfuerzo por poner mi mejor sonrisa y rezo para no parecer una demente (o alguien capaz de cocinar niños en el horno de mi casa de jengibre). La línea entre mi mirada de «estoy nerviosa» y mi mirada de
«estoy muy loca; más te vale esconder todos los objetos de valor» es mucho más fina de lo que me gustaría.
Sin embargo, no debo de estar aún a ese nivel porque Hudson no sale huyendo despavorido.
Pero antes de movernos, hay algo que quiero decirle.
—Si prefería pensarme la pregunta que deseaba hacerte no es porque no quiera saberlo todo de ti.
Vuelve la cabeza como si esperase recibir un golpe y no quisiera verlo venir, pero no pienso consentirlo. Antes he sido una cobarde, pero no puedo dejar que siempre sea Hudson el que luche contra nuestros muros.
De modo que me planto delante de él hasta que no tiene más remedio que mirarme otra vez. Y, cuando estoy absolutamente segura de que tengo su atención, continúo:
—Sé que tu infancia fue horrible, supongo que peor de lo que yo me imagino por lo poco que pude ver de ella con tu padre, y no quería hacerte una pregunta que pudiera causarte dolor, Hudson.
Un brillo de esperanza cobra vida en sus ojos, y su boca se mueve como si estuviese a punto de decir algo. Pero al final solo asiente, desliza la palma de la mano en la mía en lo que se está convirtiendo rápidamente en un hábito y me guía por el camino y por la curva que hay al final. Y no, no es que no vea el simbolismo que tiene, pero estoy intentando pasarlo por alto.
Cosa que resulta bastante fácil cuando descubro adónde me ha traído: a un pequeño pabellón exterior, con una mesa de pícnic, lucecitas parpadeantes y las mejores vistas de un lago de montaña que he visto en mi vida.
Alrededor del lago hay flores de todos los colores del arcoíris, y en el centro de la mesa hay un florero repleto de flores silvestres.
—¿Esto es cosa tuya? —pregunto mirando a mi alrededor maravillada.
—Lo de las flores y las luces es mérito mío, pero las vistas son de Alaska.
—Vale. —Me río—. Aun así, no tenías que haberte molestado tanto para una sesión de estudio.
—No ha sido ninguna molestia —me dice—. Además, quería darte tu otro regalo de cumpleaños.
—¡Anda! Pero si ya me diste mi regalo, que me encantó, por cierto.
Pablo Neruda es mi poeta favorito de todos los tiempos.
—No te habrás olvidado de que te dije que tenía otro regalo para ti,
¿verdad? —pregunta con incredulidad.
—Me encanta ese libro. Estoy más que satisfecha con ese regalo. No necesito más.
—Ah, bueno, en ese caso, no te daré nada más. —Señala con la barbilla mi mochila—. Vamos a estudiar entonces.
—¡No! A ver, sí, quiero estudiar. Pero si ya tienes mi segundo regalo, no me importaría abrirlo.
Mentiría si dijera que no tengo curiosidad. Hudson puede fingir que nada le importa, pero lo cierto es que le pone mucho cuidado a todo lo que hace,
lo que me lleva a preguntarme qué habrá pensado que debía regalarme que solo pudiera abrirlo estando solos.
—Es una de esas cosas que es mejor regalar frescas —me dice.
—¿Como las flores? —pregunto, y me inclino hacia delante para oler el precioso ramo que ha colocado en la mesa—. ¡Me encantan!
—No, Grace. —Ahora se ríe con ganas—. Como las flores no. —Señala las tres piedras negras que hay en la esquina de la mesa. Una es redonda con bordes irregulares, otra tiene una forma más triangular, y la última es cuadrada—. ¿Cuál te gusta?
—¿Cuál de las piedras? —pregunto porque, una vez más, Hudson me sale con algo inesperado.
—Sí. —Pone los ojos en blanco—. ¿Qué piedra te gusta?
¿Ninguna? Nunca he sido una chica de piedras... lo cual es curioso, lo sé, porque, sí, soy una gárgola. Pero no puedo decirle eso. No cuando se ha esforzado tanto en organizar esto para mí.
—Pues no lo sé. Creo que la cuadrada —digo cogiéndola.
La observo durante unos segundos y pienso en guardármela en la mochila, pero ahora Hudson me mira como si no tuviera ni idea de qué hacer conmigo en estos momentos. Cosa que me parece bien, ya que yo nunca sé qué hacer con él.
—¿Puedo verla, por favor? —pregunta extendiendo la mano.
—Has dicho que era para mí —le digo mientras deposito la piedra en su palma abierta.
—Y lo es —responde—. Solo que aún no.
Y entonces envuelve la piedra con los dedos y aprieta con todas sus fuerzas. Y aprieta. Y aprieta. Y aprieta.
Al principio creo que se le ha ido la cabeza, pero cuando los segundos se transforman en minutos, se me ocurre una idea tan estrafalaria que no puedo ni creerla. Y aun así... Cojo otra de las piedras y la examino mientras
intento recordar lo que mis seis semanas de Geología en primer curso me enseñaron sobre las rocas.
—¡Qué fuerte! —digo con los ojos muy abiertos—. ¿Es carbón?
Sonríe y menea ligeramente las cejas arriba y abajo.
—¿Cómo es posible? Sé que los vampiros son fuertes, pero ¿no necesitarías tus poderes...?
—No necesito mis poderes para esto. Puedo persuadir al carbón para que haga cualquier cosa que no quiere hacer. —Me guiña el ojo.
Tras otro minuto más apretando, abre la mano y, donde antes había un pedazo de carbón, ahora hay un diamante. Y no cualquier diamante. Debe de tener al menos cinco quilates. Es precioso, increíble y del todo incomprensible para mí.
—Pensaba... No puedo... ¿No hay que pulirlos? —pregunto—.
Normalmente no salen de las minas así, ¿no?
Enarca una ceja.
—¿Así cómo?
—Perfectos —susurro.
Sonríe.
—Ya, bueno, los gigantes no son los únicos con un poco de magia de la tierra. Además, tú te mereces algo perfecto.
Y entonces extiende la mano y deposita el diamante más bonito y más perfecto que he visto jamás en mi mano.
—Feliz cumpleaños, Grace.
—Feliz cumpleaños, Hudson.
Sonríe, y cuando me doy cuenta de lo que acabo de decir me pongo como un tomate.
—Quería decir... No quería... —Me obligo a parar y a respirar hondo. No estoy acostumbrada a quedarme sin saber qué decir con Hudson, pero es difícil no hacerlo después de ese beso—. Gracias —le digo al cabo de un poco, y le sonrío—. Me siento como Lois Lane. —Al ver que no parece
captar la referencia, le recuerdo—: Ya sabes, en la película. Superman aplasta carbón con las manos para regalarle a Lois un diamante.
Alza una ceja.
—No he visto la película, pero creo que ambos estaremos de acuerdo en que yo podría darle una paliza a Superman.
Pongo los ojos en blanco, pero me río. Tengo el compañero más gallito de la historia. Y no cambiaría absolutamente nada de él.
—Bueno, muchas gracias.
—Muchas de nadas. —Su sonrisa se vuelve más tierna, más íntima, más... vulnerable de lo que la he visto jamás. Al menos hasta que coge mi mochila y dice—: Bien, en cuanto a los juicios a las brujas...
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