Ansia (Serie Crave 3)

Tracy Wolff · Capítulo 168 de 171

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Ansia (Serie Crave 3)

Hermanos de sangre (Hudson)

Hermanos de sangre

(Hudson)

Esto es mala idea.

Muy mala idea. Pero puesto que la alternativa es quedarme mirando el techo de mi cuarto y fingir que estoy dormido mientras el reloj avanza a paso de caracol, supongo que una mala idea es mejor que ninguna.

Me pongo un par de deportivas, cojo una sudadera y me dirijo a las escaleras.

Subo los escalones de tres en tres hasta la torre de mi hermano menor...

porque al parecer necesita una para sentirse como un príncipe.

Imagino que estará dormido, pero cogerlo con las defensas bajas podría ser algo positivo.

No obstante, Jaxon debe de estar durmiendo tan poco como yo últimamente, porque cuando llego a su cuarto no está en la cama. Está tumbado sobre un banco de pesas en el centro de la habitación, levantando una cantidad de peso impresionante, y Linkin Park suena muy alto a través de los altavoces de su teléfono.

—¿Qué quieres? —pregunta en cuanto me ve alzando la voz para que pueda oírlo por encima de la música.

—Pasar tiempo de calidad contigo —le digo muy serio. Pone los ojos en blanco como única respuesta mientras sube y baja las pesas—. Bueno, pues si no quieres que pasemos tiempo de calidad juntos, ¿te apetece salir a correr conmigo?

Sé que es una invitación extraña (nuestra relación en sí lo es, y lo lleva siendo desde hace mucho tiempo), pero supongo que, si ninguno de los dos da ningún paso, esta mierda que hay entre nosotros seguirá así durante otro siglo o diez, y yo no quiero que eso suceda. No con lo que se nos viene encima en un futuro no tan lejano. Y menos cuando Jaxon se ha estado comportando de una forma tan decente con Grace desde hace un tiempo, algo que es difícil de creer pero que agradezco por mi parte.

A mi invitación le sigue un largo silencio. Demasiado largo para mi gusto. Pero al final Jaxon levanta una ceja en un gesto sarcástico y pregunta:

—¿Qué? ¿Ahora vamos a estrechar lazos?

—Yo no diría tanto como eso. He pensado que podríamos empezar hablando y corriendo. Preferiblemente al mismo tiempo, si crees que puedes soportarlo. —Es una provocación deliberada, que debe de causar efecto porque Jaxon se levanta del banco.

—Voy a por mis zapatillas —dice por encima del hombro mientras se dirige a su cuarto—. Después puedes explicarme de qué va esta visita en realidad.

Uy, no sé. ¿Qué tal sobre el hecho de que llevamos peleándonos más de un siglo y ni siquiera sé por qué? Aparte de todo ese horrible malentendido de la supremacía de los vampiros de nacimiento y lo de que me matara. Y

lo de que nos hayamos vinculado y enamorado de la misma chica...

Joder. No me extraña que nuestra relación esté tan jodida. Las cartas han jugado en nuestra contra desde el principio.

Pero recuerdo cuando no era así, probablemente mucho mejor que Jaxon.

Recuerdo cuando éramos pequeños y jugábamos al escondite por toda la Corte Vampírica. Cyrus se cabreaba mucho, sobre todo cuando Jaxon usaba sus poderes para sacarme de mi escondite. Al menos una cuarta parte de la diversión del juego era ver cuánto se enfadaba nuestro padre cuando los terremotos de mi hermano interrumpían sus reuniones. Pero para entonces ya estaba encerrándome, obligándome a perder los papeles para poder poner a prueba mis poderes, y cualquier revancha por mi parte me merecía la pena.

Excepto cuando se llevaron a Jaxon.

Estuve más de cien años sin verlo, por más que rogué o por más que mi padre lo usara como una zanahoria que colgaba en mi cabeza para obligarme a hacer cosas que no quería hacer. Al menos no tardé en darme cuenta de que daba igual lo bien que controlase mis poderes o lo bien que hiciese cualquier tarea destructiva que me pusiera, nunca conseguiría ver a Jaxon.

No quiero que eso vuelva a suceder. Y, con la graduación a la vuelta de la esquina, no quiero que pasen otros cien años sin ver a mi hermano menor.

Mientras se ata los cordones de las zapatillas, me paseo por su cuarto e intento encontrar algo que pueda «fingir» que miro para mantenerme ocupado. La verdad es que no hay mucho. Ha vaciado la sala de estar desde la última vez que estuve aquí arriba, y ahora solo queda la máquina de ejercicios y un par de libros sueltos apilados en el alféizar. Al lado de un caballito tallado.

Ni siquiera me sorprende. Ya lo vi la vez anterior que vine, pero me pongo algo rígido igualmente, porque no sé cómo me siento respecto al hecho de que todavía lo conserve. Y es probable que él no tenga ni idea de por qué importa.

Me dispongo a darme la vuelta, pero al final no puedo evitar cogerlo. Me pasé días tallándolo para él cuando éramos niños y, aunque no es una

réplica perfecta de su propio caballo, no está nada mal. Incluso las crines y la cola están bastante bien. Estoy impresionado con las habilidades del joven Hudson.

Lo levanto para poder ver mejor los definidos remolinos de la melena y de la cola. Sí, no está nada mal.

Pero cuando Jaxon sale de su dormitorio tiene el ceño más fruncido que de costumbre.

—¿Por qué tocas eso? —me pregunta y viene hacia mí.

—¿Qué más te da? —le digo, aunque dejo el caballo en su sitio con cuidado.

No responde. Solo sale por la puerta.

—¿Adónde quieres ir a correr? —señala Jaxon mientras descendemos las escaleras hasta la puerta principal.

—¿Al otro lado del Denali? —pregunto—. ¿Cerca de los complejos turísticos?

—Bien.

Una vez fuera se desvanece a toda velocidad. No es precisamente lo que tenía en mente. Lo alcanzo y nos desvanecemos juntos durante un rato, pero esto no propicia una conversación. Por fin reduce el ritmo un segundo a los pies de la montaña y yo me detengo, decidido a decirle lo que tengo que decirle antes de que salga corriendo de nuevo.

—Oye. —Lo agarro del brazo.

Jaxon se vuelve con el puño apretado y, por un instante, creo que va a golpearme. En lugar de responderle, decido dejar que haga lo que quiera.

Pero el golpe nunca llega.

Baja el puño. Niega con la cabeza y pregunta:

—¿Qué estamos haciendo aquí, Hudson?

Me pongo algo tenso.

—Creía que estábamos corriendo —digo con el tono más informal posible.

—No me refería a eso, y lo sabes. —Se aleja un poco y apoya la espalda en el tronco de uno de los inmensos árboles que nos rodean.

Lo sé. Me aclaro la garganta. Cambio el peso de mi cuerpo de una pierna a otra y viceversa. Me quedo mirando a lo lejos y por fin consigo decir:

—Quería darte las gracias.

—¿Por Grace? —indica con voz áspera—. No me las des. Lo del vínculo fue cosa...

—No te estoy agradeciendo que sea mi compañera —le explico—. Te estoy agradeciendo...

—¿Qué? —quiere saber, y de repente mi hermano menor parece cansado. Muy muy cansado.

Exhalo un largo suspiro.

—Lo que hiciste la otra noche —termino por fin.

Se encoge de hombros y aprieta la mandíbula.

—No significó nada.

—Lo significó todo para mí, y creo que para ella también. No tenías por qué hacerlo...

—Claro que sí —me dice—. Puede que a ti no te importase ver a Grace de acá para allá como un cachorrito maltratado, pero yo no podía soportarlo más.

Es una provocación, no me cabe duda, y sé que la ha lanzado para ver si pico. Pero, aun sabiéndolo, cuesta no reaccionar cuando yo me he pasado semanas intentando apartarme de en medio, pese al vínculo que existe entre Grace y yo.

Pese a todo, lo consigo. Asiento y añado con los dientes apretados:

—Me parece justo.

—¿Justo? —se mofa, y entrecierra los ojos negros peligrosamente—.

Nada de esto es justo, Hudson. Lo sabrías si no estuvieras tan ocupado siendo tan magnánimo.

—¿Eso crees que estoy haciendo? —pregunto.

—¿Acaso me equivoco? —me espeta.

—Pues sí. Estoy intentando... —Una vez más, dejo la frase a medias, porque resulta muy difícil hablar con él de forma normal, y ahora mismo está decidido a hacérmelo imposible.

—¡¿Qué?! —ruge. Pero no le respondo. No puedo. En vez de eso, niego con la cabeza y doy media vuelta para regresar al instituto. Sabía que esto era una mala idea, pero no sabía hasta qué punto—. ¿Te vas a largar sin más? ¿Me obligas a venir aquí y ahora te largas sin decirme lo que quieres?

Muy maduro, Hudson...

Algo salta en mi interior.

—¡Quiero recuperar a mi hermano! —Le lanzo las palabras como si fueran cuchillos.

Se queda helado.

—¿Qué has dicho? —señala por fin con voz áspera al cabo de unos segundos.

—Me has preguntado qué quería —observo con rabia—. Eso es lo que quiero. Quiero recuperar a mi hermano. Lo echo de menos. —Trago saliva

—. Te echo de menos.

—Es difícil echar de menos algo que nunca has tenido —dice con dificultad.

—¿Eso es lo que crees? —susurro—. ¿Que nunca tuvimos una relación?

—No la tuvimos. —Suena convencido—. Me enviaron con la Sangradora siendo muy pequeño. Tú te quedaste en casa con tus queridos mamá y papá y ya está. Solo somos dos desconocidos que comparten la misma sangre. No significa una mierda.

—No puedes pensar eso de verdad —le suelto, y algo se rompe dentro de mí, algo que ni siquiera sabía que estaba ahí.

—Claro que sí. No es culpa nuestra. Es lo que es. Intentar cambiarlo después de casi dos siglos... —Niega con la cabeza—. No tiene sentido. Y

menos ahora.

—Eres mi hermano.

—¿Y...? —Se encoge de hombros—. Tampoco es que nuestro árbol genealógico signifique mucho para ninguno de los dos. No hay nada de ninguno de ellos, de ninguno de vosotros, que quiera conservar.

Sus palabras son como puñetazos y, antes de poder evitarlo, le espeto:

—Entonces ¿por qué lo conservas? Si no quieres tener nada que ver con nosotros, ¿por qué lo conservas?

—¿El qué? —pregunta con impaciencia.

—El caballo. Lo tallé para ti hace más de ciento cincuenta años y te lo di el día en que Delilah se te llevó. Si solo somos dos personas que comparten la misma sangre, si la familia no significa nada, ¿por qué lo tienes todavía?

—¿Tú lo tallaste? —susurra.

—Sí. Todavía tengo la cicatriz que lo demuestra. —Es un pequeño corte con forma de anzuelo en el dedo índice izquierdo—. ¿De dónde creías que había salido?

—No lo sé. Siempre ha estado ahí... —Deja la frase a medias al darse cuenta de lo que está diciendo.

—Estabas llorando el día que te llevaron. Lo único que hizo que dejaras de llorar fue ese puto caballo. Thunder...

—Thunder —decimos los dos al mismo tiempo.

—Lo siento —le digo—. Nunca pretendí hacerte daño. Nunca pretendí que esto sucediera.

—Lo sé. —Mira al suelo y arrastra los pies—. Y yo siento... haberte matado. No estuvo bien.

Durante un rato ninguno de los dos se mueve mientras las palabras penden en el aire. Y entonces los dos nos echamos a reír a carcajadas.

Porque, en serio, disculparse con alguien por haberlo matado tiene guasa.

—¿Crees que Hallmark tendrá tarjetas para eso? —pregunto cuando por fin dejamos de reírnos. Pero de solo imaginarlo nos partimos el culo otra

vez, y durante largos minutos no hacemos nada más que estar ahí, en medio de la naturaleza desternillándonos.

No paramos hasta que suena la alarma del móvil de Jaxon.

—Tengo que irme —dice—. Tengo que ayudar a Grace a estudiar Historia en media hora.

Esas palabras me habrían escocido hace una hora. Joder, me habrían escocido hace quince minutos. Pero ahora, aunque no me sientan del todo bien, tampoco me sientan mal.

Es un poco como la relación que hay ahora entre Jaxon y yo.

No estamos bien todavía. Tal vez nunca lo estemos. Pero estamos mejor que estábamos, y tal vez eso sea suficiente por ahora.

Tal vez sea un comienzo.

Sonrío al pensarlo. Entonces Jaxon entorna los ojos y me dice:

—¿Una carrera a ver quién llega antes?

Y, mientras nos desvanecemos por el Denali, no puedo evitar pensar que a veces tienes suerte. A veces la familia en la que naces y la familia que haces coinciden. Y eso marca una gran diferencia.

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