Ansia (Serie Crave 3)

Tracy Wolff · Capítulo 34 de 171

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Ansia (Serie Crave 3)

30. ¿Quién necesita lo plausible teniendo la negación?

30

¿Quién necesita lo plausible

teniendo la negación?

Me quedo mirando a Hudson con la boca abierta durante un segundo, totalmente asombrada de que haya conseguido salir de alguna manera del trance en el que lo había encerrado la Sangradora. Me vuelvo para comprobar si es que ha decidido dejarlo ir, pero la mujer parece tan sorprendida como yo.

Lo oculta enseguida, y es entonces cuando empiezo a moverme, interponiéndome entre Hudson y ella. Imagino que, tras salir de esta, va a cargar contra ella, y la única oportunidad que tengo de detenerlo es interponiéndome directamente en su camino. Porque no sé mucho de nada, pero sé que Hudson nunca se arriesgaría a hacerme daño. Lo que significa que tal vez, solo tal vez, tenga la ocasión de evitar el desastre antes de que la cosa se salga de madre.

Pero Hudson no está ni la mitad de cabreado de lo que yo esperaba. Está enfadado, eso seguro, pero ya lo estaba antes de que lo congelara, e imaginaba que todo esto de la inmovilidad habría incrementado ese enfado

en unos cuantos puntos. Sin embargo, en lugar de eso, simplemente nos mira como si estuviese esperando una respuesta.

Me vuelvo de nuevo hacia la Sangradora, y esta vez me regala su sonrisa de abuela más tierna.

—No se acuerda, querida.

—¿De qué tengo que acordarme? —pregunta Hudson, y su mirada oscila entre ambas.

Debería decírselo. Tiene derecho a saber lo que acaba de pasar, pero si lo hago se desatará el infierno. De modo que decido que no es necesario que lo sepa.

—De nada —digo.

Ya le contaré lo que ha pasado después, cuando estemos a salvo y lejos de esta cueva. Se enfadará conmigo, pero ya lo superará. Y yo me alegraré de que no la cabreara tanto como para que la mujer decidiera usarlo como su juguete mordedor particular.

Así ganamos todos.

Y, sí, soy más que consciente de que mis estándares en lo que respecta a las situaciones en las que todo el mundo gana se han deteriorado considerablemente desde que llegué al instituto Katmere, pero este no es el momento de tratar ese asunto.

—Me da igual lo que tengas que hacer —le dice Hudson a la Sangradora

—, pero debes romper nuestro vínculo.

La anciana lo mira con aire interrogante.

—Creía que acababas de echarme en cara que hubiese jugado a ser Dios.

—Y tú me estabas diciendo que el poder exige que se abuse de él —le espeta—. Así que adelante. Abusa de él una vez más y sácanos a todos de este puto lío de mierda.

Por un instante creo que la Sangradora va a explotar de rabia porque le esté dando órdenes. Me dan ganas de arrastrar a Hudson hasta un rincón y rogarle que deje de presionarla. Sé que no ha escuchado la conversación

que acabamos de mantener, pero aun así. Actúa como si quisiera que la mujer fuese a por él.

O como si de verdad quisiera a toda costa destruir nuestro vínculo.

Ese pensamiento me golpea como una roca. Sabía antes de venir aquí que Hudson no quería ser mi compañero, pensaba que era una broma del destino. Pero ahora que sé que probablemente siempre estuvo predestinado a ser mi verdadero compañero, en fin, me siento como si me hubiese dado una patada en el estómago.

—Necesitas aprender un poco de respeto —le dice fulminándolo con la mirada.

—Ofréceme algo que respetar y estaré encantado de hacerlo —le responde, e iguala su mirada.

No voy a mentir, casi me agacho al escuchar eso. Porque todavía no estoy segura de que no vaya a fulminarlo.

Pero en lugar de arrancarle las piernas y los brazos con su poder milenario, la Sangradora coge su copa y prácticamente se desliza hasta la barra de hielo que hay al otro lado de la habitación. Una vez allí, muy despacio y con sumo cuidado, se vierte otra copa de sangre y da un largo trago.

Cuando se vuelve, las llamas de sus ojos arden con más intensidad, aunque su boca sigue apretada y sus hombros muy muy rígidos.

—Bueno... —murmura, y ahora de nuevo nos mira como un gato peligroso miraría a un ratón muy pequeño.

Y eso no me pone nada nerviosa, qué va.

—Entonces ¿de verdad queréis romper vuestro vínculo?

Me lo estoy replanteando, en parte por lo que acaba de contarme y en parte por el instinto de supervivencia que hay en mí y que nos grita que nos larguemos corriendo de aquí.

Pero Hudson responde:

—Para eso hemos venido. Jaxon y Grace no se merecen nada de esto.

—¿Y qué hay de lo que tú mereces? —Formula la pregunta de tal manera que parece una amenaza.

—Yo sé perfectamente lo que merezco —responde—. Pero gracias por tu preocupación.

Ella se encoge un poco de hombros, pone una cara que podría traducirse como «Tu necedad no es mi problema» y dice:

—Existe un modo que tal vez, tal vez, os permita romper este vínculo.

—¿Y cuál es? —se apresura a preguntar Hudson.

—La Corona.

—¿La qué? —pregunto, pero Hudson debe de saber exactamente a qué se está refiriendo porque todo su rostro se apaga.

—No existe —le dice él.

—Claro que sí. —Ella baja la mirada y se mira las uñas—. Solo ha estado perdida un tiempo.

—No existe —repite Hudson.

Pero yo no estoy tan segura. La Sangradora no tiene pinta de estar marcándose un farol en absoluto.

—¿Es eso lo que Cyrus te dijo? —le pregunta la mujer—. Es más bien que él no pudo hacerse con ella, de modo que no quiere que nadie más sepa siquiera que existe.

Eso suena justo como algo que Cyrus haría, y veo que Hudson piensa lo mismo porque deja de discutir. No está preparado para hacerle ninguna pregunta al respecto, pero tampoco se lo discute más, que es lo más cercano a una rendición en él.

—¿Qué hace la Corona? —pregunto todavía muy confundida respecto a todo el tema.

—Se supone que la Corona otorga a quien la lleva un poder infinito —

responde Hudson tajantemente.

—¿Eso es todo? —pregunto—. ¿Solo más poder?

—De «solo» nada —me corrige la Sangradora—. Se trata de un poder incomparable. Algunos incluso dicen que le concede al portador la capacidad de gobernar los Siete Círculos.

—¿Qué? ¿Círculos? ¿Como en el Consejo en el que se supone que estamos ahora? —Hago un gesto incluyendo a Hudson.

—El Consejo en el que se supone que tú estás —me dice.

—Sí, con mi compañero. —Aparta la mirada. Y joder. Joder. De alguna manera la situación no para de empeorar, y todo lo que digo está mal—.

¿Son siete? —pregunto.

—Por supuesto, niña. No pensarías que había solo cinco criaturas paranormales en el mundo, ¿verdad? Lo que pasa es que tú perteneces a este Círculo.

No tengo ni idea de qué responder ante eso. Solo acaba de empezar, y ya me siento como el emoji ese al que le explota el cerebro.

—¿Quiénes conforman los otros Círculos?

—¿Acaso importa? —responde Hudson.

La Sangradora hace caso omiso a su comentario.

—Las hadas, las sirenas, los elfos, los súcubos..., por nombrar algunos.

—Súcubos —repito—. Elfos. Todos sueltos por el mundo, ocupándose de sus cosas.

—Los elfos meten las narices en los asuntos de todo el mundo —dice Hudson—. Son unos cotillas.

No es lo que esperaba que dijera, pero vale.

—¿Y esta Corona los gobierna a todos?

—La Corona aporta equilibrio al universo. Durante mucho tiempo los paranormales tenían demasiado poder, de modo que se creó la Corona para equilibrarlo. Pero donde hay esa clase de poder siempre hay avaricia. El deseo de ejercerlo sobre todo y sobre todos.

Bebe un lento sorbo de sangre.

—Hace mil años la persona que intentó reclamar la Corona fue Cyrus.

—Cómo no —masculla Hudson.

—Y esta desapareció, junto con la persona que la portaba, y Cyrus ha estado buscándola desde entonces. Si encontráis la Corona, tal vez, solo tal vez, podáis encontrar la manera de romper vuestro vínculo y de reparar el tuyo con Jaxon.

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