Ansia (Serie Crave 3)
50. Con los pies en la tierra
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Con los pies en la tierra
—Bueno, ¿qué te parece? —le pregunta Flint a Macy con una amplia sonrisa en la cara—. ¿Sientes alguna vibración terrestre?
—No soy un sismógrafo —le dice y pone los ojos en blanco—. No puedo leer la tierra a cientos de kilómetros en todas las direcciones.
—Creía que ese era el plan —dice Luca, que llega y desliza la mano alrededor de la cintura de Flint.
—El plan es acceder a la magia de la tierra que usan para ocultarse y ocultar su ciudad —responde mientras rebusca en la bolsa mágica que tiene atada a la cintura y, después, en su mochila—. Cosa que voy a intentar hacer.
—¿Cómo podemos ayudar? —pregunta Eden acercándose a Macy por detrás.
—Permaneciendo fuera de mi camino —contesta mi prima lanzándole una sonrisa por encima del hombro—. Sé que va en contra del código de superioridad de los dragones, pero esta es una de esas veces en las que las
brujas tienen que hacer el trabajo pesado. —Junta y flexiona los dedos, como si se estuviera preparando para entrenar en el gimnasio.
—¿Por qué no intentas ayudarla tú, Grace? —dice Hudson, y todas las miradas se dirigen hacia mí.
—Creía que esto era una cosa de brujas —le respondo algo incómoda—.
¿En qué puede ayudar una gárgola?
—La magia de la tierra es lo que te cura. Seguro que tienes algún tipo de afinidad con ella.
Uf. Detesto incluso pensar en el día en que Hudson me enterró viva para salvarme la vida. Sé que tenía que hacerlo, pero sigue siendo una de las cosas más espantosas que me han pasado jamás. Puede que la más horrible de todas, y en eso incluyo la movida del sacrificio humano con Lia. He querido preguntarle decenas de veces cómo sabía lo que tenía que hacer, pero sé que eso me provocaría un ataque de pánico. Y bastantes tengo ya últimamente como para ir a buscar uno de forma deliberada. Pero ese es el tema, ¿no? Al final agacho la cabeza y suspiro, porque por más que quiera negarlo, Hudson tiene razón. Tengo que mejorar en lo que a enfrentarme a los conflictos se refiere. Y supongo que no hay mejor momento como el presente para empezar.
Me vuelvo hacia Hudson, pero no está donde esperaba que estuviera. Se ha acercado a mí y, cuando nuestras miradas se encuentran, veo el aliento que necesito en sus brillantes ojos azules. Quiere que le haga la pregunta, quiere que confíe en él lo suficiente como para dar un salto de fe.
Y tiene razón. Sé que la tiene. He deseado saber la respuesta a esta pregunta desde hace semanas; ¿de verdad voy a dejar que un poco de miedo me impida averiguar más sobre mi gárgola y sobre mí misma?
Inspiro hondo, exhalo lentamente y pregunto:
—Oye, y... ¿cómo sabías que enterrarme me sanaría?
La sonrisa en su rostro ilumina todo el bosque cuando responde:
—Recordé haber leído en uno de los libros de la biblioteca que las gárgolas eran inmunes a todas las formas de magia elemental, la tierra, el aire, el fuego y el agua. Ya sabíamos que podías controlar el agua y que podías canalizar la magia, de modo que imaginé que no era tanto que fueran inmunes a la magia, sino que más bien podían desviarla, canalizarla para alejarla de ellas de la misma manera en que podían absorberla.
»Y, si eso era cierto, entonces podrías manipularla. Manipulaste el agua, de modo que ¿por qué no ibas a hacer lo mismo con los demás elementos?
Espero a que mi corazón empiece a latir demasiado deprisa, a que mis pulmones se vacíen de aire ante el recuerdo de haber sido enterrada viva.
Pero no sucede. En vez de eso, en lo único en lo que puedo pensar es en averiguar qué más cosas podría ser capaz de hacer.
—Pero ¿cómo pasaste de pensar en la magia elemental en general a saber que la magia de la tierra podía sanarme?
Enarca una ceja y me sonríe muy pagado de sí mismo.
—Por la Bestia Imbatible, claro.
Macy se apoya en un árbol y sube las cejas hasta la línea del crecimiento del cabello.
—¿Qué tiene ella que ver con la magia de la tierra?
—Era enorme, ¿recuerdas? —Hudson la mira antes de volver a centrarse en mí—. Parecía haberse estado tragando rocas inmensas para desayunar durante los últimos cien años.
—¿Y...? —pregunta Flint, que parece tan fascinado con todo esto como lo estoy yo.
Hudson me guiña el ojo.
—Nena, si la gente no parase de ir a matarte y no pudieras escapar, si pudieras usar la magia de la tierra, ¿qué harías?
Abro mucho los ojos, y no solo porque acaba de llamarme «nena», aunque eso hace que se me salte un latido o dos.
—Me haría lo más grande y poderosa posible.
Asiente.
—Y usarías la magia de la tierra para curar tu cuerpo de piedra, ¿no? De lo contrario, ¿cómo es posible que una gárgola atrapada en una cueva de piedra sea imbatible?
Mekhi silba.
—Ser una gárgola mola cien veces más de lo que pensábamos.
—Mil veces más —le corrige Macy—. En serio. Qué pasada. —La sonrisa de mi prima es aún más amplia que la de Hudson.
Sí. Qué pasada. Porque, en mitad de su explicación me he dado cuenta de otra cosa. Este chico... Este chico tan increíble sabía que temía hacerle estas preguntas, que temía descubrir algo que no fuera capaz de soportar.
De modo que lo hizo por mí, solo para poder tener la respuesta cuando yo estuviera preparada para formular la pregunta.
Camino hacia él, sin importarme lo más mínimo quién esté delante. Sin importarme lo que puedan pensar Mekhi o Luca... o incluso Jaxon. Solo pienso en Hudson mientras lo rodeo con los brazos y lo abrazo con todas mis fuerzas.
Vacila un segundo, como si lo hubiera cogido por sorpresa, pero después me rodea la cintura y me devuelve el abrazo. Se inclina lo suficiente como para apoyar su mejilla en mi cabeza. Entonces cierro los ojos y dejo que su familiar esencia a jengibre y sándalo inunde mis sentidos, y me limito a aspirarlo. Es como estar en casa.
No sé cuánto tiempo permanecemos así, el suficiente como para que los demás se aparten y nos den algo de intimidad. Al final murmura:
—¿Estás bien?
Pienso en todas las cosas que podría responder a esa pregunta, en todos los sentimientos que me invaden en estos momentos. En cómo me empujaba a hacer preguntas sin forzar, dándome mi tiempo para llegar a este punto. En cómo sabía que al final encontraría la manera de preguntar.
Y por eso ha esperado a que estuviera lista. De la misma manera que está esperando ahora.
Al final digo lo único que puedo decir:
—Gracias.
Me estrecha contra su pecho de nuevo, me aplasta contra su calor. Y sé que ha oído todo lo que no he dicho. Siempre lo hace.
Al cabo de un instante me besa la coronilla antes de apartarse y señalar:
—No es que me esté quejando de tenerte entre mis brazos ni nada de eso, pero si no me equivoco tu prima está a punto de hacer una auténtica pasada. O de mutilarnos a todos.
Me aparto, sigo la línea de su mirada... y abro los ojos como platos.
Madre mía. Mi prima está midiendo el peso de cuatro Athames increíblemente grandes en su mano, haciéndolos rebotar arriba y abajo como si estuviera a punto de...
—¡Madre mía!
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