Ansia (Serie Crave 3)

Tracy Wolff · Capítulo 33 de 171

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Ansia (Serie Crave 3)

29. Menos abuela y más gran maestra

29

Menos abuela y más

gran maestra

Espero a que diga algo más y, al ver que no lo hace, susurro:

—No sé qué significa eso.

Su sonrisa es serena.

—Tranquila, lo averiguarás.

—Pero ¿qué tiene que ver esto con Jaxon y con mi vínculo?

—Accedí a ayudar a las brujas, pero les pedí un favor a cambio. —

Suspira pesadamente.

Un escalofrío me recorre el cuerpo.

—No lo entiendo. ¿Qué clase de favor?

—Que esta criatura que les prometí que llegaría, esta gárgola que tan desesperadamente querían y que albergaría tanto poder por derecho propio, sería la compañera de mi Jaxon... si ella así lo quería.

—Antes de que encontrase a mi verdadero compañero, quieres decir. —

Apenas pronuncio las palabras, me invade el espanto y miro rápidamente a Hudson.

—No, estarías destinada a ser la compañera de Jaxon... hasta que os tocaseis y lo rechazases. —La mujer sonríe—. Pero no rechazaste el vínculo, ¿verdad?

Sus palabras nadan en mi cabeza buscando la orilla más cercana.

—¿Significa eso que Jaxon tampoco encontraría a otro compañero hasta que nos conociésemos?

Enarca ambas cejas.

—Por supuesto, querida. ¿Cómo si no iba a asegurarme de que tuvieses al menos una oportunidad de convertirte en la compañera de mi Jaxon si él ya se había vinculado con otra persona antes de conoceros?

Madre mía. Tengo ganas de vomitar. Si estaba en lo cierto y el chico al que Flint se refería aquel día, ese del que había estado enamorado toda su vida, era Jaxon... Eso significa que todo este tiempo a Flint se le partía el corazón pensando que él jamás lo escogería, cuando en realidad no podía hacerlo. Por mi culpa.

Cruzo los brazos alrededor de la cintura y siento que las paredes de la habitación se ciernen sobre mí mientras respiro de forma agitada.

—Entonces ¿era todo mentira? ¿Nada de lo que sentía por Jaxon era real?

—¿A ti te parecía falso? —pregunta, y se inclina hacia delante para darme unas palmaditas en la mano.

Pienso en sus ojos, en su sonrisa. En el modo en que me tocaba. Y parte de la presión que se me había acumulado en el pecho empieza a relajarse.

—No. No me parecía falso en absoluto.

—Porque no lo era —me dice encogiéndose de hombros—. Las normas de los vínculos...

—¡Tú rompiste las normas!

—No. —Levanta un dedo enfático—. Yo hice algunas excepciones, pero no rompí ninguna regla. Creé un vínculo para vosotros, pero si no hubieseis estado receptivos... si Jaxon no hubiese estado receptivo, vosotros dos

jamás habríais sido compañeros y habríais sido libres para encontrar a vuestras auténticas parejas. Así de simple.

A mí no me parece nada simple. Nada de esto me parece simple. Ni siquiera antes de que una nueva y terrible idea atraviese el cambiante caleidoscopio de mis pensamientos.

—¿Y si nunca nos hubiésemos conocido? ¿Habría pasado Jaxon el resto de su vida inmortal solo?

—Eso nunca habría ocurrido. Usé una magia antigua que atrae a aquellos que son tal para cual. Esta magia te atrajo inexorablemente hacia el Katmere, hacia Jaxon, desde el día en que naciste. —Algo cercano al cariño se refleja en sus ojos verdes.

Entierro la cabeza en mis manos y lucho por contener las lágrimas que amenazan con brotar. Pero no voy a hacerlo. No voy a llorar. No aquí y, desde luego, no ahora. No pienso darle esa satisfacción.

—Grace. —Su mano planea sobre mi brazo como si quisiera tocarme de nuevo, y sus ojos se enternecen más que nunca.

Ninguna de las dos cosas hace que me sienta mejor.

Me levanto de la silla y me dirijo hacia Hudson con la vaga idea de convencerla de que lo descongele ahora que parece que se ha suavizado un poco. Pero antes de que pueda hacerlo, la pregunta que he tenido desde el principio, la que lleva quemándome por dentro desde el momento en que ha admitido que ella fabricó el vínculo, escapa de mi boca.

—No entiendo por qué lo hiciste. No a mí, porque eso sí lo comprendo.

Para ellos no era más que una necesidad, y para ti una moneda de cambio.

Pero ¿qué hay de Jaxon? Tú lo criaste. Lo entrenaste. Él te quiere. ¿Por qué le hiciste algo así, algo que podía hacerle tanto daño?

—¿Recuerdas cómo era Jaxon antes de que lo conocieras? —pregunta la Sangradora.

Se proyecta en mi mente una imagen de sus ojos negros y gélidos.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Se había cerrado mucho tiempo antes de que tú nacieras. Puede que fuese demasiado dura criándolo, o tal vez fue solo el producto de tener a esas dos personas como padres biológicos. No lo sé. Pensé que darle una pareja desharía parte de eso, o al menos lo compensaría.

»Y no era solo por él, ¿sabes? Se suponía que tú ibas a ser la última gárgola en existir, sin contar a esa pobre criatura de la cueva... —Se detiene durante un segundo para aclararse la garganta y terminarse la copa—. Sabía que necesitarías su protección. Que necesitarías el Katmere y todo lo que Finn y él pudiesen ofrecerte. —Me mira fijamente a los ojos cuando añade

—: Lo hice por vosotros dos, Grace. Porque os necesitabais el uno al otro.

Una parte de mí siente la verdad en sus palabras y recuerda ese primer día en el Katmere en el que estaba tan perdida y sufría tanto. Y ese día vi que Jaxon se sentía igual que yo.

Ha dicho que necesitaba la protección del Katmere. ¿Significa eso que la Sangradora le habló a Lia de mí sabiendo que ella mataría a mis padres y que yo acabaría viniendo aquí?

Es una sospecha terrible, una sospecha que me hierve la sangre y me pone los pelos de punta, pero entonces me doy cuenta de que no le hacía falta hacer nada de eso. La magia de nuestro vínculo en realidad nos habría acabado atrayendo al final.

Me vuelvo y veo a Hudson, con su rostro perfecto congelado en el tiempo, y me pregunto solo por un momento si siempre hemos estado predestinados a ser compañeros. Si, en un mundo diferente en el que vampiros de miles de años de antigüedad no hicieran lo que quisieran,

¿habríamos estado hechos el uno para el otro igualmente?

Me froto el pecho y juraría que siento una nueva grieta resquebrajando mi ya maltrecho corazón.

Extiendo la mano hacia Hudson, buscando el alivio, el consuelo que siento cuando noto su piel contra la mía, aunque sea solo por un segundo.

Pero en cuanto mis dedos lo rozan, algo milagroso sucede.

Sus dedos agarran los míos y aprietan, y sale del hechizo que lo ha tenido congelado e inmóvil durante los últimos quince minutos.

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