Ansia (Serie Crave 3)

Tracy Wolff · Capítulo 48 de 171

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Ansia (Serie Crave 3)

44. Aunque esté roto, no lo arregles

44

Aunque esté roto,

no lo arregles

Se me olvida cómo respirar y, mientras observo los ojos devastados de Hudson, llego a convencerme de que de todos modos el oxígeno no es necesario.

Al menos hasta que Macy grita:

—¡Perdón, perdón, perdón! —mientras desciende a toda prisa las escaleras para venir a mi rescate con un par de bastos tacones.

Hudson y yo nos apartamos súbitamente y lo siguiente que sé es que se oye un sonoro chirrido cuando separa la aguja del disco tan rápido que estoy segura de que acaba de rayar la que se está convirtiendo en una de mis canciones favoritas.

Mientras tanto, prácticamente me dejo caer sobre la silla más cercana, que resulta ser una silla de escritorio giratoria, con tan mala fortuna que acabo resbalándome y cayéndome de culo por el otro lado justo cuando mi prima se detiene al final de las escaleras con un plato de galletas en la mano.

Tiene las mejillas coloradas y nos mira a Hudson y a mí con los ojos abiertos como platos.

—¿Qué me he perdido?

—Nada —dice Flint, que llega justo detrás de ella con una bandeja de tacos gigante. Debe de haber convencido a las brujas de la cocina para que los preparen—. La fiesta acaba de llegar.

—¿Así es como tú lo llamas? —dice Hudson mientras toquetea su teléfono y Go to War de Nothing More empieza a sonar a través de los altavoces.

Lo fulmino con la mirada.

—No seas malo —articulo.

Pone los ojos en blanco, pero se encoge de hombros y baja la música a un nivel de decibelios más razonable. No cambia la canción, pero, en fin, así es Hudson. Le puedes pedir hasta cierto punto.

Flint deja los tacos en la superficie más cercana, que resulta ser el escritorio de Hudson ,y se inclina sobre mí y pregunta:

—¿Qué haces en el suelo, Grace? —Y extiende la mano y me levanta de un tirón.

Normalmente Flint puede manejarme sin problemas, pero o bien me he transformado en piedra (cosa que no he hecho) o bien le pasa algo, porque hace una mueca de dolor cuando logra ponerme de pie.

—¿Qué te ocurre? —quiero saber.

Niega con la cabeza, me sonríe con aire gallito (lo cual me confirma que de verdad algo va mal) y dice:

—Nada que no se solucione achicharrando a un par de vampiros.

—¿Te vale cualquier vampiro viejo? —indica Hudson sonando solo vagamente curioso—. ¿O tienes a algunos en concreto en mente?

—A algunos muy concretos —dice Luca cuando llega con Jaxon y Mekhi. Va directo hacia Flint con una expresión de preocupación en la cara

—. Un puñado de los convertidos lo han atacado en los túneles esta mañana.

—¿A ti también? —pregunta Macy sobresaltada, y saca su móvil—. ¿Lo sabe mi padre?

—Sí, se lo he dicho. Ha añadido a cinco personas más a su lista de castigados —contesta Flint algo taciturno.

—¿Cinco? ¿No eran solo cuatro? —Luca lo mira y entrecierra los ojos con ira.

—Sí, pero Foster me ha quitado los poderes a mí también. Me ha dicho que si no me meto en líos de aquí al viernes, me los devolverá. Tiene miedo de que busque venganza.

—Quizá debería ir yo a buscarla por ti —señala Jaxon muy cabreado.

—Me he sabido defender —le asegura—. Tres de ellos han acabado en la enfermería.

—¿Y el cuarto? —interviene Luca, y, por primera vez desde que lo conozco siento lo peligroso que puede llegar a ser. Por lo general es uno de los miembros más relajados de la Orden, pero ahora mismo es todo lo contrario—. ¿Y si vuelve?

—El cuarto tiene un esguince de muñeca y un ojo morado. —Flint finge flexionar sus músculos—. No os preocupéis por mí. Hacen falta mucho más que cuatro vampiritos para derribar a un dragón.

—Ah, claro. Se me había olvidado. —Macy pone los ojos en blanco—.

Eres Iron Man y Hulk combinados.

—Exacto. —Le guiña el ojo.

—Pues poco me parece lo que les has hecho —ruge Eden mientras entra con la cabeza inclinada hacia atrás y apretándose la nariz con un paño ensangrentado.

—¡Dios mío! —Macy corre al otro lado de la habitación—. ¿Qué ha pasado?

—Estoy bien. —Eden le quita importancia, pero Macy no para de revolotear a su alrededor—. Más cabreada conmigo misma que otra cosa.

—¿Quién te ha hecho esto? —pregunta Hudson acompañándola al sofá.

Cuando saco mi botiquín de primeros auxilios de la mochila (otra vez) no puedo evitar pensar en que, cuando la madre de Heather lo metió ahí para mantener a raya mis ataques de pánico todos esos meses atrás, ninguna de las dos pensó que le acabaría dando tanto uso.

—Déjame ver —le ordeno mientras me abro camino entre el muro de enormes cuerpos masculinos que rodean a Eden.

Macy hace lo mismo al otro lado y se sienta en el sofá junto a la enfadada dragona.

—¿Han ido también a por ti los vampiros?

Eden niega con la cabeza.

—Los putos lobos.

—¿Qué cojones está pasando? —suelta Mekhi—. Llevamos en el Katmere cuatro años y, sí, las facciones se pelean, y hay un vacío de poder entre los lobos ahora que han echado a Cole, pero nunca se había dado esta clase de violencia. Ni siquiera cuando... —Deja la frase a medias y mira a todas partes menos a Hudson.

—¿Ni siquiera cuando me dediqué a matar a los defensores de la supremacía de los vampiros de nacimiento que planeaban ayudar a Cyrus a arrasar el mundo? —El tono áspero de Hudson interrumpe el súbito silencio.

Flint se tensa, lo que hace que Luca se tense a su vez. Está claro que las cosas han progresado entre ellos más de lo que pensaba, y sonrío ligeramente.

Ahora que veo cómo intercambian miradas, no puedo evitar alegrarme de no haberle contado lo que la Sangradora le hizo, lo que nos hizo a todos.

Solo lo habría mareado y no habría sido justo para él ni para Luca. No ahora que tiene una buena relación y por fin ha superado lo de Jaxon. No

cuando podría volver a sentir dolor sabiendo que Jaxon tampoco lo ha elegido esta vez, ni siquiera cuando el falso vínculo mágico se rompió.

Me vuelvo hacia Eden.

—¿Qué tal?

—Creo que la hemorragia ha parado —responde, y aparta la camiseta hecha una bola que ha estado sosteniendo contra su nariz—. ¿Qué te parece?

Macy sofoca un grito y se pone de pie de un brinco. La delicada nariz de Eden tiene una forma completamente distinta a la que tenía cuando hemos desayunado esta mañana, y mi prima responde:

—Lo que me parece a mí es que tienes la nariz rota. ¡Debes ir a la enfermería!

Eden pone los ojos en blanco.

—Tonterías.

—En serio, Eden... —Miro a Eden y luego a Macy, que hace una mueca de dolor.

—Tranquilas, está todo controlado. —Flint da un paso hacia delante.

—¡Eh, eh, eh! —exclama Eden levantando ambas manos—. ¿Qué crees que vas a hacer, lanzallamas? No vas a tocarme la nariz.

—¡Por supuestísimo que no! —le aseguro horrorizada—. Macy tiene razón; voy a llevarte a ver a Marise.

—No es necesario hacer algo tan extremo —afirma Eden. Entonces se lleva la mano a la nariz y se la coloca en el sitio ella misma.

—¡Dios mío! —grito, y el sonido del cartílago y el hueso todavía resuena en mis oídos—. ¿Qué has hecho?

—Se ha arreglado la nariz —me dice Jaxon con calma, pero veo que sus ojos ríen.

—Sigo pensando que debería verte una enfermera —le indica Macy—.

¿En qué estabas pensando?

—Pues en que quiero un taco. Me muero de hambre. —Me hace un gesto para que le limpie el corte que tiene en el puente de la nariz, pero antes de que pueda hacerlo Macy extiende las manos para que le dé el botiquín.

Abre la tapa y coge la botella de agua oxigenada y una bola de algodón.

—Esto te va a doler un poco —dice con voz suave.

—No tienes que preocuparte por hacerme daño. —Sonríe—. Ya está empezando a curarse.

—No es posible... —empiezo, y me inclino sobre la mano de Macy para verlo con mis propios ojos.

—Los metamorfos se curan rápido —me recuerda Hudson tranquilamente. Ahora está a menos de treinta centímetros detrás de mí, y me estremezco cuando su aliento me roza la nuca.

Después me siento culpable, y miro a Jaxon con el rabillo del ojo. Una cosa es que diga que le parece bien que Hudson y yo estemos juntos, y otra muy distinta es tener que presenciarlo.

Su expresión es tan fría que parece de granito, pero ya no me está mirando, así que no creo que sea por nosotros. La verdad es que no está observando a nadie con esa cara. Solo tiene el ceño fruncido y la mirada perdida en la distancia. No sé qué pensar.

—Yo no me curo rápido —le susurro por encima del hombro.

Apoya las manos en mis caderas, se inclina más cerca y murmura:

—Los metamorfos animales se curan rápido. Tú tienes otros dones, Grace.

Siento su aliento cálido en mi oreja y está tan cerca ahora que seguro que nota cómo tiemblo. No sé a qué «dones» se refiere, pero me arde la cara solo de pensarlo. Está claro que se da cuenta, porque su sonrisa se vuelve traviesa y empieza a chincharme:

—Pareces un poco acalorada. ¿Quieres que baje un poco el fuego?

El muy capullo. Sabe perfectamente por qué tengo rojas las mejillas.

Convencida de que a este juego podemos jugar los dos, me vuelvo para mirarlo. Sin embargo, no me suelta las caderas, y ahora estamos tan cerca que respiramos el mismo aire.

—Estoy bien —le digo con una mirada deliberadamente provocadora—, pero sé lo sensible que eres al calor. Bájalo si lo necesitas.

Me estaba refiriendo al día en que se quemó la mano en el portal de mi cuarto, pero al ver que sus ojos se transforman en lava líquida, está claro que ha interpretado mis palabras como algo diferente por completo.

—Estoy dispuesto a comprobar cuánto calor soy capaz de soportar, Grace. Siempre y cuando seas tú quien lo emita.

Su boca se curva por un lado formando una sonrisa malévola y reaparece de nuevo el esquivo hoyuelo. Cuando lo veo me sorprendo a mí misma dándome cuenta de lo mucho que quiero lamerlo. El hoyuelo y a él. Incluso antes de que me apriete las caderas con las manos y de que los últimos centímetros de espacio entre su cuerpo y el mío desaparezcan.

Se me seca la boca al instante en cuanto siento su cuerpo contra el mío.

Trago saliva. Me lamo los labios. Y casi se me olvida cómo respirar mientras Hudson observa el lento movimiento de mi lengua con una mirada depredadora. Y como todas las demás veces en las que me ha mirado así, todas las demás veces en las que me ha tocado así, el resto de la habitación desaparece. Todo el mundo se esfuma y tengo la sensación de que somos las únicas dos personas que quedan en el mundo.

Y cuando se inclina más cerca, lo único que quiero, lo único que quiero de verdad, es comprobar cuánto calor somos capaces de soportar los dos...

—¡Por Dios, gente! Buscaos una habitación —exclama Flint arruinando el momento.

Antes tenía la cara algo acalorada, ahora me arde porque... joder. ¿He estado a punto de subirme sobre Hudson como si fuera un árbol? ¿Delante de todo el mundo? Nunca he tenido problemas con mostrar afecto delante de la gente como le pasaba a Jaxon, pero tampoco soy ninguna

exhibicionista. O al menos no pensaba que lo fuera. Pero ahora me estoy dando cuenta de que Hudson es capaz de despertar partes de mí que ni siquiera sabía que tenía.

—Estamos en una habitación. Mi habitación, de hecho —le suelta. Es una respuesta desenfadada, pero veo cómo su expresión empieza a volverse neutra y pone distancia entre nosotros al ver que estoy algo avergonzada.

Y no puedo evitarlo; me vuelvo y busco a Jaxon. Ya no somos compañeros, pero no es justo que haya estado a punto de montármelo con Hudson delante de él, y me siento fatal. Incluso antes de que nuestras miradas colisionen, veo el puro dolor en las profundidades de sus ojos. Pero entonces parpadea y desaparece, dejando en su lugar el frío desinterés que estoy empezando a odiar.

Suspiro pesadamente, no porque quiera que Jaxon siga sufriendo por lo que hemos perdido, sino porque sé que, con cada día que pasa, el Jaxon al que amé se va alejando cada vez más, de mí y de sí mismo.

De repente un frío me cala los huesos y tardo un minuto entero en darme cuenta de que Hudson se ha ido.

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