Ansia (Serie Crave 3)

Tracy Wolff · Capítulo 91 de 171

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Ansia (Serie Crave 3)

87. Cuando todas las sensaciones son demasiadas

87

Cuando todas las sensaciones

son demasiadas

Me despierto lentamente al sentir el sol en la cara y un cuerpo masculino largo y duro pegado a mi espalda.

No se da ese momento de sorpresa. No me pregunto qué está pasando.

Desde el instante en que soy lo bastante consciente como para reconocer la sensación de su respiración sobre mi nuca, sé perfectamente qué está pasando. Estoy en la cama con Hudson.

He pasado la noche con Hudson.

Y, aunque no hubo coito anoche, hicimos un montón de cosas más.

Cosas que explican de sobra lo tranquila, relajada y feliz que me siento esta mañana. Cosas que también me hacen sentir cierta ansiedad, porque es como que de repente esto parece algo serio.

A ver, sí, el vínculo siempre lo ha convertido en algo serio, pero había una parte de mí que todavía pensaba que las cosas volverían a la normalidad. Y que entonces podría..., no sé..., ¿elegir?

No es que deteste la idea de que exista un vínculo entre dos personas, en serio. Es solo que siempre he pensado que la elección jugaría un papel más importante en todo esto. Entiendo todo lo que nos han enseñado en clase sobre el hecho de que dos personas tienen que estar abiertas a ello para que el vínculo se active, por así decirlo, pero no sé si acabo de creérmelo del todo, teniendo en cuenta que el mío con Hudson se formó cuando yo me encontraba prácticamente comatosa tras la mordedura eterna de Cyrus.

¿Significa eso que este es un vínculo real o lo habrá creado alguien como el que tenía con Jaxon? ¿Y cambian mis sentimientos en función de con quién comparta el vínculo o mis sentimientos por Hudson tienen más que ver con los tres meses y medio que pasamos juntos de lo que yo creía?

¿Acaso recuerda mi corazón algo que mi mente consciente ha olvidado?

Estos pensamientos se arremolinan en mi cabeza hasta que mi estado de felicidad se disipa bajo el peso de la ansiedad que se acumula en mi interior.

No me gusta no tenerlo claro, y me gusta menos todavía tener tan poco control sobre mi vida. En los últimos meses no he tenido casi ninguno.

Desde el momento en que Lia mató a mis padres perdí las riendas. Solo quiero recuperarlas.

Hudson se mueve un poco pegado a mí y murmura algo en mi pelo que hace que me ponga tensa al instante.

—¿Qué has dicho? —pregunto mientras me doy la vuelta para mirarlo a sus adormilados ojos azules.

Espero que él también se asuste, o que al menos lo retire, pero simplemente me rodea la cintura y me estrecha contra él hasta que nuestros rostros están a apenas unos centímetros de distancia. Y, nota aparte, ¿por qué a los vampiros nunca les huele mal el aliento por la mañana? Ya sé que no se alimentan de comida, pero aun así no es justo. Yo estoy aquí intentando no abrir mucho la boca cuando lo que realmente quiero hacer es gritarle que lo retire... o que lo repita.

—No te preocupes —me pide, y aunque sus ojos están somnolientos y tiene la marca de la almohada en la mejilla, hay algo en el modo en que pronuncia las palabras que me revuelve más todavía que las palabras en sí.

—¡No me digas que no me preocupe! No si has dicho lo que yo creo que has dicho.

Suspira, se lleva la mano al pelo, sexy y alborotado.

—¿Qué importancia tiene?

Lo miro como si tuviera tres cabezas.

—Pues claro que importa. Ya hemos hablado de esto. Dijimos que era solo por el vínculo...

—No, eso lo dijiste tú —me señala incorporándose. Y cuando lo hace, las sábanas caen hasta su cadera y, con discusión o sin ella, salta a la vista que tiene un cuerpo precioso.

—¡Tú estabas de acuerdo! —le aseguro—. Tus palabras exactas fueron:

«Puedo vivir con eso perfectamente».

—Es que puedo vivir con eso —me indica, y se encoge de hombros—.

Eres tú la que parece estar agobiada.

—Porque has dicho... —Dejo la frase a medias. Él me mira y entrecierra los ojos como un depredador.

—¿Qué? ¿Qué he dicho?

—¡Sabes muy bien lo que has dicho! Y no es justo...

—¿Justo? —me suelta con marcado acento británico—. Estaba medio dormido. No, no lo retiro. Estaba más dormido que despierto. No me puedes responsabilizar de lo que he dicho estando semiinconsciente.

—¡No es lo que has dicho! —Ahora estoy casi gritando, pero el pánico se ha apoderado de mí. Me clava las garras en la garganta y hace que la cabeza me dé vueltas y que los pulmones se me cierren—. Es que lo sientas.

—¿Perdona? —espeta, y sus ojos se tornan oscuros como el Pacífico durante una tormenta eléctrica—. Tú no me dices lo que tengo que sentir y lo que no.

Nunca lo había oído tan ofendido, pero eso me cabrea más todavía.

—Ya, bueno, y tú tampoco me dices a mí lo que tengo que sentir.

Ahora me está mirando como si tuviera problemas serios. Y, no voy a mentir, los tengo.

—Yo nunca he pretendido decirte lo que tienes que sentir —afirma con voz cortante como el cristal roto—. Anoche me aseguraste que para ti era todo cosa del vínculo, y yo te dije que lo aceptaba.

—¿Para mí? ¿Ahora resulta que el celo que produce el vínculo es solo cosa mía?

Por un segundo creo que Hudson va a estallar, que va a entrar en combustión espontánea de un momento a otro. Pero entonces inspira hondo y exhala lentamente.

Lo repite dos veces más antes de mirarme de nuevo y decirme:

—¿Podemos, por favor, hablar un segundo sin lanzarnos acusaciones el uno al otro?

He de admitir que agradezco que lo haya expresado de esa manera, sobre todo teniendo en cuenta que soy yo la que ha estado lanzando todas las acusaciones esta mañana.

Pero eso significa que ahora es mi turno de inspirar hondo antes de decir:

—Me has dicho que me quieres, y eso me asusta. Mucho.

—Lo siento —contesta, y deja caer los hombros hacia delante—. No pretendía decirlo. No lo habría dicho de haber estado más despierto.

—Entonces ¿no es verdad? —pregunto, y siento cómo se me cae el alma a los pies sin sentido alguno—. ¿No me quieres?

Niega con la cabeza, aprieta la mandíbula y traga saliva mientras mira a todas partes menos a mí.

—¿Qué quieres que diga, Grace?

—Quiero la verdad. ¿Es tanto pedir?

—Te quiero —afirma sin florituras, sin ceremonias. Solo dos escuetas palabras que lo cambian todo, queramos o no.

Niego con la cabeza y gateo hasta una esquina de la cama.

—No hablas en serio.

—Tú no me dices cuándo hablo en serio y cuándo no. Como tampoco me dices lo que tengo que sentir. Te quiero, Grace Foster. Te he querido desde hace meses, y te querré siempre. Y no hay nada que puedas hacer al respecto.

Extiendo la mano, tira de mí y me coloca encima de él.

—Pero tampoco pretendo usar mis sentimientos como un arma.

¿Pensaba decírtelo? No. ¿Lamento que lo sepas? —Niega con la cabeza—.

No. ¿Espero que me digas que tú también me quieres?

—Hudson... —No puedo evitar mi tono agudo a causa del pánico.

—No —añade—. No lo espero. Y no quiero que te sientas presionada a decirme algo que no quieres decir.

Las lágrimas me obstruyen la garganta y me arden detrás de los ojos.

—No quiero hacerte daño.

—Eso no depende de ti. —Levanta una mano hasta mi rostro y me acaricia suavemente la mejilla—. Tú eres responsable de tus sentimientos, y yo de los míos. Así funciona.

De alguna manera oírlo decir eso me duele más que nada. Porque sí que siento algo por él, quiera o no. Son unos sentimientos grandes, enormes, que me asustan tanto que apenas puedo respirar, apenas puedo pensar.

Quería a mis padres, y los asesinaron.

Quería a Jaxon, y lo apartaron de mí.

Si quiero a Hudson... si me permito quererlo... ¿qué me pasará si lo pierdo? ¿Qué me pasará si este nuevo mundo en el que me encuentro no me deja tenerlo?

No puedo hacer eso. No puedo pasar por eso otra vez. No puedo.

El pánico empeora. Mi garganta se cierra hasta el punto en que no puedo respirar. Me la agarro con las manos intentando absorber algo de oxígeno,

pero Hudson me las coge con fuerza, aunque trato de apartarlas para seguir agarrándome la garganta.

—Tranquila, Grace —indica con calma, y su voz es cálida, reconfortante y agradable, muy agradable—. Vamos a respirar.

Niego con la cabeza. No puedo.

—Sí que puedes. —Responde a la protesta que ni siquiera he pronunciado—. Venga, inspira conmigo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Mantén el aire. Bien. Exhala. Uno, dos, tres...

Lo hace varias veces conmigo y, cuando el ataque de pánico pasa, cuando puedo volver a respirar y a pensar, sé dos cosas.

Una, mis sentimientos por Hudson Vega son mucho más grandes de lo que jamás habría imaginado.

Y, dos, no puedo confesárselo jamás.

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