Ansia (Serie Crave 3)
131. Seis paranormales y un destino
131
Seis paranormales
y un destino
Aunque intento controlarlo, el corazón se me acelera y me inclino un poco hacia delante. Porque si este tipo puede decirme cuál es mi único y verdadero camino, soy toda oídos. Dios sabe que no he podido encontrarlo por mi cuenta.
Debe de advertir que cuenta con toda mi atención, porque se guarda las cartas en el bolsillo y entonces cubre nuestras manos unidas con la otra.
—Debes encontrar este camino y seguirlo, bonita, antes de que sea demasiado tarde.
Espero que me diga algo más, pero entonces retrocede y sonríe.
—¿Lo ves? Te he dicho que solo serían un par de minutos. —Me guiña el ojo—. Ve a buscar ese camino, niña.
Remy le lanza una moneda mientras nos despedimos y salimos, pero en cuanto giramos la esquina se echa a reír.
—Tu cara no tenía precio —me dice—. Merecía pagar cada centavo de esa moneda que le he dado.
—Bueno, ¿cómo iba saber que no era más que una sarta de mentiras?
Estamos rodeados de paranormales.
—Uy, pues no sé —suelta Flint con una sonrisa—. A lo mejor porque, literalmente, era un trol.
—Tienes razón —admito mientras doblamos otra esquina y me viene un olor a comida increíble—. ¿Tacos? —pregunto, porque si hay algo que puedo reconocer a cien pasos es la esencia de los tacos—. No me habías dicho que había tacos en la fosa.
—Tacos y pizza —afirma Remy.
—Me importa un rábano la pizza, pero haría cualquier cosa por comerme unos tacos ahora mismo.
—¿Cualquier cosa? —pregunta Remy, y le guiña el ojo a Calder.
—Ya voy yo a por unos tacos, Grace. —Hudson se adelanta al resto del grupo—. ¿Cuántos quieres? ¿Cinco? ¿Diez?
Me río porque Hudson está siendo un idiota. No sé con qué piensa Remy que podría extorsionarme a cambio de unos tacos, pero está claro que Hudson no está muy por la labor.
—¿Qué tal tres? —le pido mientras corro para alcanzarlo.
Tardamos unos minutos. Al parecer, a los paranormales les encantan los tacos tanto como a las chicas de California del Sur, pero al final acabamos sentados a una mesa de pícnic devorando unos de los mejores tacos de carne asada que he comido en mi vida. E incluso Hudson ha vuelto a comer; tiene un termo lleno de sangre que ha conseguido en un puesto cercano.
Sin embargo, en lugar de centrarse en su comida, me observa mientras como con una enorme sonrisa en la cara. Para ser una persona que no consume alimentos, es increíble lo mucho que disfruta alimentándome.
Cuando la comida por fin se termina, se vuelve hacia Remy.
—Ya que tu amigo el trol no ha sido de mucha ayuda, tengo que preguntártelo. ¿Lo has visto ya?
Remy niega con la cabeza.
—Solo lo justo como para saber que todo gira en torno a Grace.
Me trago el miedo que bulle en mi pecho y que amenaza con hacerme perder los tacos. Si este plan contaba con que yo salvase a todo el mundo...
estamos condenados.
—¿Qué es lo que ves? —pregunta Hudson entrelazando su mano con la mía.
Remy se inclina hacia atrás con las manos cruzadas sobre el pecho.
—Como he dicho, que vamos a necesitar dinero y mucha suerte.
—Eso no es un plan que digamos —observa Calder, y por primera vez, suena como si realmente estuviera centrada en la conversación. Como si estuviera pensando en algo que no sea ella misma—. Teniendo en cuenta que somos seis personas las que tenemos que salir de aquí.
—Lo sé —conviene Remy negando con la cabeza—. Pero tenemos tres flores, lo que significa que solo tenemos que averiguar cómo sacar a tres de nosotros. El herrero recibirá una de las flores, evidentemente. Es imposible que la cárcel lo deje ir a menos que no le quede otro remedio. Mis visiones no paran de decirme que la única manera que yo tengo de salir es con una flor. Pero debe de haber otro modo para todos los demás.
Sus ojos se vuelven dos remolinos de humo de nuevo.
—A veces veo que salís. Otras veces esa visión desaparece. —Sus ojos recuperan su tono verde bosque de nuevo mientras continúa—. Así que está claro que hay cosas que necesitamos hacer que todavía no se han decidido.
—A lo mejor ya han expiado sus faltas —dice Calder—. Tal vez sea así como salen Flint y Hudson. Y Grace usa la otra flor.
—Entonces quedas tú —le señalo.
—Quizá eso no sea más que una quimera. Tal vez la cárcel no pueda soportar que me vaya a ninguna parte. —Se obliga a sonreír, y entonces se atusa el pelo de un modo tan impresionante que incluso alguien desde la mesa de detrás de nosotros silba—. A ver, ¿quién iba a renunciar a esto?
—No vamos a marcharnos sin ti —le digo, algo que Remy secunda inmediatamente.
—Bueno, entonces, hagamos lo que podamos —sugiere Hudson—.
Tenemos diez horas y media antes de que todo se vaya al infierno, así que solucionemos este problema. ¿Cuál es el paso siguiente?
—El herrero —responde Flint—. ¿No? Nuestras opciones cambian en función de si podemos convencerlo para que escape con nosotros o no. Así que vamos a hablar con él antes de preocuparnos por el resto.
Tiene razón. Es el siguiente paso más evidente. Por eso, después de tirar nuestra basura al contenedor, seguimos a Remy de nuevo hacia la calle atestada.
No tarda mucho en desviarnos por un callejón estrecho y oscuro, y después pasamos por delante de un par de windigos gigantes. Espero que nos detengan, pero uno saluda mientras que el otro le da unas palmaditas a Remy en la cabeza. Entonces recuerdo, una vez más, que esta gente, estas criaturas, lo criaron tras la muerte de su madre cuando tenía cinco años.
Que este lugar es su hogar tanto como su prisión.
No puedo evitar preguntarme qué debe de sentir al saber que, una vez que se marche, no volverá a ver a ninguna de estas personas jamás, pese a que algunas de ellas son lo más parecido a una familia que ha tenido nunca.
El otro día Calder mencionó algo que aprendí cuando llegué al Katmere: que no es solo la familia en la que naces la que te hace ser quien eres, sino también la familia que haces. A menudo es esta última la que te ayuda a refrescarte en los días calurosos y la que te ancla cuando el mar está agitado.
Debe de ser espantoso tener que renunciar a eso solo por disponer de la oportunidad de por fin poder vivir de verdad.
Giramos un par de veces más y oímos un fuerte estruendo. Quiero preguntarle a Remy qué lo provoca, pero avanza muy rápido y supongo que no debo distraerlo. Además, no estoy del todo segura de querer saberlo.
Tomamos un último desvío y acabamos en un camino repleto de edificios tan oscuro que tengo que agarrarme a Hudson para asegurarme de no tropezar en la más absoluta negrura. Y, para ser una criatura supuestamente «de la oscuridad», me parece una vergüenza no tener mejor visión nocturna.
Por el lado positivo, el camino se ilumina un poco conforme avanzamos por él, pero no me doy cuenta de por qué hasta que no llegamos casi al final.
La luz (y el calor) que estamos recibiendo procede del horno más grande que he visto jamás. Un horno en el que trabaja en estos momentos un gigante con una inmensa máscara de soldadura sobre la frente. Un gigante que, tras ver a Remy, se levanta la máscara...
Y sofoco un grito.
Su rostro está repleto de la frente a la barbilla de las cicatrices más horribles que he visto jamás.
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