Ansia (Serie Crave 3)
48. La honestidad es la política más incómoda
48
La honestidad es la política
más incómoda
«Joder, ¿en serio?» Estoy aquí muy preocupada intentando dar con la manera de que no suframos ninguno de los dos, ¿y me sale con esas?
Mis nervios desaparecen al instante y ahora solo estoy cabreada. ¿No se da cuenta de lo difícil que ha sido para mí decir siquiera que quería quedarme con él? ¿Lo difícil que ha sido admitir lo que eso implica ante todo el mundo? ¿Y encima se permite criticarme?
—Uy, te aseguro que sí que hay algo que quiero decirte. —Cuadro los hombros y lo miro directamente a los ojos—. Pero no creo que merezcas oírlo ahora. —Recojo la mochila del suelo, al lado del sofá, e ignoro las lágrimas que amenazan con formarse por ningún motivo que pueda entender—. Avísame cuando no estés en modo capullo, y entonces tal vez podamos hablar.
—Oye. —Me detengo al instante cuando Hudson apoya la mano con suavidad en mi hombro—. Perdona. Me he pasado.
—Últimamente te disculpas mucho —le digo encogiéndome de hombros, pero sigo sin volverme hacia él. Necesito unos segundos más para asegurarme de que todo rastro de esas ridículas lágrimas ha desaparecido.
Además, también estoy algo avergonzada, por las lágrimas, por la situación, por mi incapacidad de gestionarla de forma adecuada... y ahora enfrentarme a él me parece casi imposible—. Me voy.
Me aparto de su mano y voy directa hacia la puerta. Si soy muy rápida y tengo suerte, tal vez deje que me...
O tal vez no. Me quedo helada de nuevo cuando de repente él ya está ahí, bloqueándome el paso. Observo uno de los agujeros de esos vaqueros tan terriblemente sexis y rezo para que la tierra se abra y me trague entera.
¿Por qué no puede Jaxon provocar uno de sus famosos terremotos en este momento? ¿Acaso es tanto pedir en esta situación? O, por proponer algo, algún leviatán gigante que habite en la nieve podría atravesar el suelo de piedra en busca de su próxima comida.
Pero parece ser que el mundo paranormal no me apoya en esto (menuda sorpresa), porque los vaqueros y las piernas que los cubren no se mueven ni un milímetro. Como tampoco lo hace el chico al que están unidas estas.
Claro que no. Estamos hablando de Hudson, y él nunca me pone las cosas fáciles. Tal vez si lo hiciera no estaríamos en esta situación. Es mucho más sencillo alejarse de un pusilánime.
—Habla conmigo, Grace —dice—. Deja de ser tan veleta. No es justo para ninguno de los dos.
Pero ¿qué coñ...?
—¿Qué acabas de decirme? —Lo miro con la furia de mil soles—.
¿Crees que yo soy la veleta? ¿Yo? —Me río, pero sin un ápice de humor—.
Habló el chico que flirtea conmigo delante de todos un segundo y al siguiente desaparece. El que dice que quiere ver cuánto calor podemos soportar, y luego les dice a nuestros amigos que no somos una pareja. —Le hundo el dedo en el pecho, pero no cede. Putos vampiros. Pero solo acabo
de empezar—. Creía que íbamos a darle a lo nuestro una oportunidad, pero no parece que seas capaz de decidir qué es lo que quieres. ¿Tienes la menor idea de lo asustada que estoy? Y, aun así, yo no te trato de esa manera.
—No, pero estás obsesionada con ver cómo reacciona Jaxon cada vez que me tocas.
Sus palabras aterrizan como una bomba en nuestros pies. Pongo los ojos en blanco de forma exagerada.
—Pues claro que quiero ver cómo reacciona. Él no tiene la culpa de nada de esto.
—¿Crees que no lo sé? ¿Por qué piensas que me he ido a por la sangre para los vampiros? —Aprieta la mandíbula con tanta fuerza que da la impresión de que se vaya a partir una muela—. Quiero a mi hermano más de lo que lo querrás tú jamás. Morí por él. Pero no voy a volver a hacerlo. Y
lo que tú me estás haciendo, Grace... Me estás matando lentamente.
Suspira y se pasa la mano por la cabeza, frustrado, y se deja el pelo todo despeinado. Debería estar ridículo, pero solo parece... vulnerable. Tal vez, solo tal vez, Hudson esté tan asustado como yo ante la intensidad de lo que hay entre nosotros.
De modo que inspiro hondo y pruebo suerte.
—¿Tienes miedo, Hudson?
Me sostiene la mirada tanto tiempo que no estoy segura de que vaya a responder. Pero entonces el peso de su respuesta parece ser demasiado para él y acaba sentándose en las escaleras que tengo ante mí, con los brazos apoyados en las rodillas, y dice con voz entrecortada:
—Más de lo que te puedas imaginar.
Y ahora lo veo. Veo sus cicatrices.
A este pobre chico le han arrebatado a todas las personas a las que ha querido. ¿Por qué no iba a esperar que sucediera lo mismo con su compañera? Y me dejaría ir sin pelear. Lo sé. Si le dijera que quiero a Jaxon, sacrificaría su felicidad por la mía. Y por la de su hermano.
Trago saliva al darme cuenta de que merece saber que eso no va a pasar.
De modo que con voz suave le digo:
—Jaxon nos ha dado su bendición al irse esta noche.
Alza las dos cejas.
—¿En serio?
—Sí. —Asiento. Y como merece saber esto también, añado—: Solo miro a Jaxon cuando nos tocamos porque no quiero hacerle daño... siendo feliz.
Lo observo mientras asimila mis palabras y veo cómo empieza a formarse una lenta sonrisa en su boca. Y Hudson el gallito regresa tan rápido como se había ido y dice:
—Entonces te gusta cuando te toco, ¿eh?
Pongo los ojos en blanco.
—Típico de ti quedarte solo con eso.
Me sonríe de oreja a oreja.
—Oye, yo no tengo la culpa de ser irresistible.
—Es por el vínculo, idiota —bromeo, pero se pone serio de nuevo.
—¿Es eso lo que piensas?
Me muerdo el labio.
—¿Qué otra cosa puedo pensar?
Medita mis palabras un instante antes de levantarse y decir:
—Podemos tomarnos las cosas con calma, Grace. Es algo que se tiene que ir construyendo.
Y no puedo contener las lágrimas de alegría que se me acumulan en los ojos.
—Gracias.
Me abraza con fuerza. Sus largos brazos rodean mis hombros y estrecha mi cabeza contra su pecho, mientras yo intento ignorar lo bien que huele así de cerca.
Es un aroma cálido a sándalo y jengibre.
A ámbar y llamas vivas.
«A seguridad», susurra la voz en mi interior.
—¿Quieres ver el resto de El Imperio contraataca? —pregunta.
—Nada me gustaría más —admito. Después nos imagino acurrucados en su enorme cama roja y sexy de la muerte y añado—: En el sofá.
Hudson se echa a reír.
—Claro.
Pero cuando entrelaza nuestras manos y me guía hasta el sofá, no puedo evitar preguntarme si ir despacio aliviará la presión... o si solo hará que todo estalle.
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