Ansia (Serie Crave 3)

Tracy Wolff · Capítulo 36 de 171

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Ansia (Serie Crave 3)

32. Hola, ¿me buscas a «brie»?

32

Hola, ¿me buscas a brie?

No le sacamos mucho más a la Sangradora, bien porque no tiene nada más que decirnos o porque no quiere hacerlo, por la razón que sea. Con ella nunca se sabe.

Nos invita a pasar la noche allí porque se está haciendo muy tarde, pero prefiero enfrentarme a la intemperie nocturna de Alaska que pasar un minuto más en su cueva de hielo.

Afortunadamente, el viaje de vuelta transcurre sin incidentes. Al parecer, la tormenta que amenazaba con llegar ha decidido dirigirse hacia otra dirección, y los únicos animales con los que nos encontramos son unos cuantos lobos, pero en cuanto Hudson les ruge se van corriendo rápidamente. Además, yo puedo volar y ellos no, y en mi opinión esa es una gran ventaja.

En un momento dado hacemos un breve descanso, y le cuento a Hudson que la Sangradora lo ha congelado (cosa que no le hace ninguna gracia, como era de esperar) y todo lo que me ha explicado sobre el aquelarre y el vínculo, y sobre cómo estábamos destinados a atraernos Jaxon y yo.

Hudson permanece callado durante todo mi relato, con la mirada perdida en la oscuridad de la noche mientras paseamos por el bosque, de modo que se lo toma mucho mejor de lo que esperaba.

Al menos hasta el final, cuando ruge:

—¡Puta chupasangres!

Y eso lo dice todo. Sobre todo porque sé que no se refiere a su naturaleza de vampira.

Después de eso nos ponemos en marcha de nuevo y no hacemos más paradas.

Para cuando llegamos al instituto estoy exhausta y hambrienta, y lo único que quiero es darme una ducha caliente, comer y acostarme. Pero al mismo tiempo tengo un millón de pensamientos distintos en la cabeza. Es sábado por la noche, así que sé que Macy estará por ahí con las brujas, y no quiero estar sola. No cuando no puedo dejar de pensar en Jaxon y en Hudson y en Cyrus y en la Bestia Imbatible.

Pienso mucho en la bestia mientras Hudson me acompaña por el pasillo hasta mi cuarto. Le prometí que volvería a liberarlo y quiero hacerlo. Tengo que hacerlo. Pero no sé si este Herrero, sea quien sea, sabrá realmente cómo hacerlo. O si querrá ayudarnos. La Sangradora tiene razón: al fin y al cabo fue él quien creó esos grilletes, ¿por qué demonios iba a querer ayudar a retirarlos?

¿Y cómo de malvado tiene que ser para haber hecho algo así en primer lugar?

Le hago esta pregunta a Hudson, que simplemente niega con la cabeza.

—Nunca entenderé por qué la gente toma las decisiones que toma —

responde—. Cómo pueden ser tan indiferentes a lo correcto y lo incorrecto, al bien y al mal. O cómo pueden optar por el mal cuando salen beneficiados, o porque es demasiado difícil enfrentarse a él.

Pienso en su padre, en las cosas que Cyrus ha hecho y en toda la gente que aún lo sigue. Después pienso en todo lo que hizo Hudson para intentar

detener a su padre y en el precio que tuvo que pagar.

—No hay una respuesta fácil, ¿verdad? —digo con un suspiro.

—No creo que haya ninguna respuesta, ni fácil ni difícil —contesta.

Estamos ya delante de mi puerta, incómodos, y no sé qué hacer. Y veo que Hudson tampoco lo sabe, porque tiene las manos metidas en los bolsillos y su mirada, normalmente directa, está en cualquier otra parte menos en la mía.

Al menos hasta que me ruge el estómago muy fuerte.

—¿Tienes hambre? —pregunta con una repentina sonrisa.

—Oye, ¡volar consume muchas calorías! —Le pongo una cara fea.

Señala con la barbilla hacia mi habitación.

—¿Tienes algo de comer ahí?

—Sí, me tomaré una barrita de muesli...

—Ya te has comido tres barritas hoy. —Apoya un hombro contra la pared al lado de mi puerta—. ¿No crees que es hora de meterle algo al cuerpo que de verdad sea nutritivo?

—Ya, bueno, el comedor está cerrado, ¿qué sugieres? —Hago una mueca de asco—. Y, por favor, no me digas que un termo de sangre.

Al principio creo que no va a responder, pero entonces señala:

—Sugiero que vayas a darte una ducha. La necesitas.

—¿Insinúas que huelo mal? —digo con fingida ofensa.

—Insinúo que estás tiritando. Una ducha te calentará. —Después tira de los extremos de mi gorro y me lo baja con fuerza cubriéndome los ojos.

—¡Eh! —Solo tardo un segundo en volver a colocármelo en el sitio, pero para cuando lo hago ya está casi al otro extremo del pasillo.

—Hudson... —lo llamo, pero me detengo; no tengo ni idea de qué quiero decirle.

Debe de entenderlo porque me sonríe y me hace un leve saludo llevándose dos dedos a la frente antes de desaparecer por las escaleras mientras yo me dispongo a entrar en mi cuarto.

Como era de esperar, Macy no está, pero ha dejado dos galletas de chocolate con pepitas en un plato junto a mi cama. Me planteo comérmelas y meterme bajo las sábanas, pero Hudson tiene razón. Estoy tiritando.

Además, me duelen los hombros, supongo que por haber recorrido cientos y cientos de kilómetros volando a unos cero grados centígrados.

Usar las alas durante largos períodos de tiempo no parece molestar a Flint o a Eden, los únicos dos dragones con los que tengo la suficiente confianza como para preguntar, pero a mí siempre me duele. Probablemente sea porque los músculos de la parte alta de mi espalda no estaban preparados para soportar unas alas, y mucho menos todo mi peso, durante tanto tiempo como lo han estado haciendo estos días.

Pero imagino que eso cambiará, ¿no? Como cualquier otro músculo.

Cuanto más los use, más se acostumbrarán.

Me doy una ducha rápida. Después cojo un pijama y me lo pongo. Mi plan es comerme las galletas y ponerme un episodio de Buffy, cazavampiros en la cama. ¿Qué puedo decir? Intentar mediar todo el día entre Hudson y la Sangradora me ha puesto en este estado de ánimo.

Tendría que hacer deberes. Joder, tendría que hacer cualquier cosa menos estar tumbada en la cama pensando en que es posible que mis padres murieran para que yo acabase en el Katmere, junto a Jaxon. ¿No éramos más que unos peones en un tablero para la Sangradora? ¿O había alguien más jugando con ellos? Tengo que llegar al fondo de esto. Necesito saber quiénes son mis enemigos, pero esta noche estoy demasiado cansada.

Además, en caso de lidiar con algo debería ser con lo fuerte que me latió el corazón cuando supe que Jaxon nunca estuvo predestinado a ser mi compañero. Hudson sí. He intentado obstinadamente considerar a Hudson solo un amigo porque no me parecía justo para Jaxon considerarlo de otra manera. Pero ahora no me parece justo para Hudson pensar en Jaxon de otra manera que no sea como un exnovio. Bueno, hasta que me acuerdo de las ganas que tiene Hudson de dejar de ser mi compañero. Trago saliva.

Y es por esto por lo que prefiero encerrar mis movidas en un cajón, gracias. El corazón se me va a salir del pecho, me están entrando náuseas y me lleva cinco minutos enteros calmarme y volver a respirar.

Al final me meto en la cama, pero apenas me he tapado con las sábanas y he cogido el portátil cuando oigo que llaman a la puerta. Estoy tentada de ignorarlo, pero antes de que pueda decidirme, Hudson dice:

—Venga, Grace. Sé que estás ahí.

—¿Qué pasa...? —empiezo a decir mientras abro la puerta segundos después.

Pero me quedo parada cuando veo que lleva una bandeja de la cafetería con un sándwich de queso fundido, fruta en rodajas y una lata de Dr Pepper.

—¿De dónde has sacado todo esto? —pregunto al tiempo que me aparto para dejarlo pasar.

Me mira como si no se pudiera creer que le acabe de preguntar eso.

—Lo he hecho yo, obviamente. —Deja la bandeja sobre mi cama y se acomoda a los pies de esta, como si fuese su sitio habitual.

Aunque, bueno, cuando estaba en mi cabeza, solía ponerse ahí y junto a la ventana para sermonearme, así que probablemente sí sea su sitio habitual.

—¿Sabes hacer sándwiches de queso fundido? —pregunto mientras me siento al otro lado de la bandeja—. ¿Cómo? ¿Por qué?

—¿Qué? —Parece ofendido—. ¿Crees que como soy un vampiro no sé preparar un sándwich?

—Bueno..., forma parte de unas habilidades que no parece que necesites.

Durante largos segundos no dice nada. Solo me observa con unos ojos inescrutables. Pero al final responde:

—Tengo una compañera que es medio humana, ¿sabes? Y necesita comer comida de humanos. Además —continúa encogiéndose de hombros

—, existe YouTube.

Se instala un incómodo silencio entre nosotros y, la verdad, no sé qué decirle. Hay tanto que analizar en esa frase que no tengo ni idea de por

dónde empezar... y estoy demasiado cansada como para intentarlo.

De modo que, en un nuevo intento de enterrar la cabeza bajo tierra, me centro en el comentario con menos peso:

—¿Has buscado en YouTube cómo hacer un sándwich de queso fundido?

Enarca una ceja.

—¿Algún problema?

—No. Pero... —Dejo la frase a medias pues no sé qué quiero decir.

—¿Pero...? —insiste.

—Gracias. —No es lo que pretendía decir, no del todo, pero por ahora servirá—. Te lo agradezco mucho.

—De nada. —Se inclina hacia mí y, durante un extraño segundo, creo que va a besarme. Todas las alarmas se activan en mi interior y me tenso por completo, aunque no sé si es por miedo o por deseo.

Me dispongo a decir algo más, pero las palabras se quedan atrapadas en mi garganta cuando el hombro de Hudson me roza el brazo.

Madre mía. De verdad va a...

Pero entonces regresa a su sitio sobre la cama... con mi portátil ahora en las manos.

—¿Vemos algo?

Soy una ridícula.

No pretendía besarme. Solamente quería coger el ordenador. Aunque...

aunque por el modo en que me miraba, y por lo rápido que me late el corazón, sé que había algo más.

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