Ansia (Serie Crave 3)

Tracy Wolff · Capítulo 67 de 171

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Ansia (Serie Crave 3)

63. Tienes mi apoyo

63

Tienes mi apoyo

Atravesamos corriendo el túnel que Erym nos ha indicado y salimos al bosque que rodea la ciudad. Una vez allí, corremos después de decidir que los vampiros deben llevar en brazos a todos menos a mí.

Solo tengo un segundo para preguntarme por qué la Guardia no nos ha atrapado todavía. Porque, definitivamente, son más rápidos que nosotros con el peso extra a pesar de que los vampiros se desvanecen como si el diablo les pisara los talones. Me arden las alas de intentar seguirles el ritmo, pero reúno fuerzas y saco algo de velocidad adicional para dar una vuelta con la intención de comprobar por qué la Guardia no nos ha dado caza todavía.

Y no tardo en averiguarlo.

No vienen directos a por nosotros..., nos están rodeando, cercándonos.

Jaxon debe de percatarse de su estrategia casi al mismo tiempo, porque nos detiene a todos en el centro de un pequeño claro y nos quedamos horrorizados cuando los vampiros empiezan a salir de detrás de los inmensos árboles, desde todas las direcciones. Aterrizo de golpe y

permanezco en mi forma de gárgola sólida, usando mis alas de piedra para proteger a mis amigos en la medida de lo posible.

—Macy —dice Jaxon sin apartar la mirada de los vampiros que nos rodean—. Necesito que construyas el portal más rápido en la historia de las brujas.

Macy está de rodillas rebuscando en su bolsa y saca la varita.

—Ya me había adelantado.

Trago saliva. Deben de ser al menos treinta... y todos, menos Macy, tienen limitados sus poderes.

—Esto pinta mal. Muy mal. —El temor por mis amigos, por Hudson, me golpea el pecho como si se tratara de un ser vivo. Incluso me sudan las palmas de las manos, y eso que soy de piedra—. ¿Deberíamos rendirnos Hudson y yo para que al menos vosotros podáis escapar?

Pero Mekhi se vuelve y suelta:

—Joder, Grace. No es un ejército.

Luca le choca el puño, y el resto se unen al gesto.

Bueno, todos menos Jaxon, que da un paso adelante y dice en voz alta e imponente:

—Soy Jaxon Vega, príncipe de la Corte Vampírica, y mis amigos viajan bajo mi protección. Sugiero que os repenséis esto antes de sufrir mi ira.

Varios miembros de la Guardia se vuelven hacia el único de ellos que no va vestido con el uniforme rojo de la cabeza a los pies, sino de negro como la noche, y está claro que se trata de su superior.

—Déjate de faroles, Vega. Sé de buena tinta que todos menos aquí la gárgola tenéis los poderes mermados.

—Cierto, Reginald —contesta Hudson marcando cada sílaba del nombre del vampiro a modo de burla—. Pero nunca he necesitado los míos para darte una lección, ¿verdad? Por cierto, ¿cómo va la pierna?

A Reginald desde luego no le hace ninguna gracia. Aprieta la mandíbula y entrecierra los ojos.

—Pagarás por eso, hijo de puta.

—Seguramente pagaré por un montón de cosas llegado el día, pero no serás tú quien me haga pagar. —Hudson observa a los demás miembros de la Guardia—. Escuchadme bien. Sé que es probable que estéis deseando pelear, pero ¿qué os parece si os pasáis al equipo vencedor y le damos una paliza a vuestro comandante? ¿Eh? ¿Alguno se apunta?

—¿Qué estás haciendo? —le pregunto entre dientes. Provocarlos me parece una idea espantosa.

Pero Hudson me guiña el ojo (¡me guiña el ojo!) y le dice también por lo bajini a Macy:

—¿Cómo va el portal, Mace?

—Ya casi está —responde mordiéndose el labio mientras termina un símbolo complicado con su varita antes de iniciar otro nuevo.

—Esa es mi chica —le murmura Hudson antes de gritarle a Reginald de nuevo—: No sé, Reggie. Parece que algunos de tus chicos se lo están pensando. ¿Qué te parece si les ahorramos el consejo de guerra y resolvemos nuestras diferencias tú y yo solos, mano a mano?

Reginald se saca una especie de bastón corto de la cintura y lo agita hacia el suelo. El instrumento triplica su longitud, convirtiéndose en una vara larga. Debe de ser una especie de señal, porque toda la Guardia hace lo mismo y empieza a avanzar hacia nosotros.

—Mala decisión, Reggie. —Hudson niega con la cabeza—. Mi hermano, aquí presente, lleva tiempo queriendo darle una paliza a alguien desde que le «quité» a su compañera. Y tú sabes quién lo entrenó, ¿verdad? La Sangradora.

Varios miembros de la Guardia vacilan el tiempo suficiente como para comprobar la reacción de su comandante y confirmar que es cierto. Pero es una pausa breve, y pronto avanzan de nuevo. Ahora están a tan solo unos treinta metros de distancia.

—No me quitaste a mi compañera —responde Jaxon mirando de uno a uno a los vampiros de la Guardia, y me quedo estupefacta. No porque no le hayan afectado las palabras de Hudson, sino porque no ha entendido que su hermano estaba tratando de enviarle un mensaje. Hudson jamás le diría algo tan cruel de forma gratuita. Nunca. ¿Cómo es posible que Jaxon no lo vea?

Hudson pone los ojos en blanco y dice con más énfasis:

—¿No crees que podrías querer quitarle algo a alguien para resarcirte, hermano?

—Sí, Jaxon —señalo—. Creo que deberías quitarle a alguien algo.

Jaxon me mira a los ojos y veo que por fin lo capta.

—Aunque, bueno, si la formación de la Sangradora no fue suficiente para ti... —empieza Hudson, pero antes de que pueda terminar la frase, Jaxon se desvanece alrededor del claro a tal velocidad que es imposible seguirlo con la vista.

—Creo que con esto será suficiente —dice Jaxon y empieza a lanzarnos los bastones que le ha arrebatado a la Guardia a todos menos a Macy.

Atrapo el mío en el aire, planeando ahora por encima del grupo para poder dirigirme más rápido a donde haga falta.

El movimiento de Jaxon deja a la Guardia perpleja durante un segundo, pero estamos hablando de soldados entrenados y se recuperan rápido. Desde esta altura veo claro que están a punto de correr hacia nosotros. Mekhi le pregunta a Macy en un susurro cuánto tiempo más necesita, y mi prima para solo el tiempo justo para levantar dos dedos. Mierda. Dos minutos. No tenemos dos minutos.

Empiezo a barajar nuestras opciones. Son demasiados como para enfrentarnos a ellos. Si pudiéramos retrasar su avance... Inspecciono el claro buscando algo que pueda usar para hacerlo, pero solo veo hierba y árboles. Y entonces se me ocurre una idea.

Aterrizo enseguida de nuevo en el suelo al lado de Hudson, bueno, ligeramente delante de él.

—¿Lo tienes, nena? —pregunta sabiendo que ya tengo un plan antes de aterrizar frente a él y bloquear su ataque.

—Lo tengo.

Es todo lo que digo, y me pongo en cuclillas, con las manos abiertas sobre la hierba que tengo ante mí y mi peso sobre una rodilla. Hudson sonríe.

—Reggie, ¿sabías que las gárgolas pueden hacer cosas que son una auténtica pasada?

Dejo que mis sentidos penetren en la tierra a través de mis manos y que regresen a mí a través de mis pies. Conecto con ella. Me abro a su magia, dejo que entre dentro de mí hasta que me siento tan alta como los árboles que nos rodean. Observo a mis amigos con los bastones preparados. A Macy, varita en mano, realizando una serie de movimientos casi poéticos en el aire... y a los vampiros que van directos hacia ellos. Y justo bajo sus pies, lo siento..., mi bosque encantado.

—¿Qué vas a hacernos, pequeña? ¿Lanzarnos piedras? —se burla Reginald, y algunos de los miembros de la Guardia se ríen con él.

—Piedras no —digo en voz alta, y con mi magia pido ayuda a los árboles y siento su respuesta de inmediato. Inspiro hondo. Solo tendré una oportunidad. Entonces abro los ojos y miro directamente al comandante—: Esto.

Antes de que el vampiro pueda reaccionar, las inmensas raíces de una secuoya emergen del suelo, dejando llover la tierra, y se agitan en el aire como las patas de un pulpo. La Guardia se desvanece a izquierda y derecha para evitar sus violentos ataques, pero las raíces son implacables. Los vampiros gritan cuando sus cuerpos salen disparados como muñecas de trapo a cientos de metros de distancia.

Uno de los miembros de la Guardia consigue llegar, pero Jaxon lo derriba y lo retiene con un pie en su garganta en un abrir y cerrar de ojos.

—¡Ya está! —exclama Macy—. ¡Vamos, vamos, vamos!

Y todos menos Jaxon y Hudson corren hacia el portal. Yo todavía no puedo marcharme. Las raíces deben retener a la Guardia hasta que todo el mundo esté a salvo.

—¡Entra! —le grita Hudson a Jaxon justo cuando otro vampiro logra sortear las raíces, pero lo derriba al instante. Jaxon dice algo; no sé qué, porque los árboles gritan en mi cabeza en el momento en que un miembro de la Guardia parte una de las raíces en dos.

¡Dios, qué dolor! Me siento como si me hubiese partido a mí por la mitad, y las lágrimas me descienden por el rostro, pero aprieto la mandíbula. Ese vampiro morirá por haber herido a mi bosque. Lo atravieso con la mirada y una raíz sale disparada del suelo y le atraviesa el muslo.

Grita de dolor, pero no tengo piedad.

—Nena —me susurra Hudson al oído, con las manos en mis hombros, frotándomelos arriba y abajo—. Nena, tenemos que irnos. Lo has hecho bien. Déjalo ya, ¿vale?

Pestañeo y me quedo mirando el claro que tengo delante. La sangre se mezcla con la tierra, los cuerpos yacen en ángulos extraños por todas partes.

Joder.

Inspiro hondo y exhalo, recuperando lentamente la magia. Susurro mi agradecimiento a los árboles y oigo un susurro que me responde: «Adiós, hija».

Cuando he terminado de recuperar toda la magia, se me empieza a nublar la vista. Estoy tan cansada que solo quiero hacerme un ovillo y acurrucarme en la tierra. Quiero sentir cómo las rocas cubren mi cuerpo... y dormir.

Noto que Hudson desliza los brazos por debajo de mi cuerpo y murmura:

—Te tengo.

Y después todo se vuelve negro.

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