Ansia (Serie Crave 3)

Tracy Wolff · Capítulo 141 de 171

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Ansia (Serie Crave 3)

137. ¿El río de la libertad?

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¿El río de la libertad?

Para mi sorpresa, Remy nos lleva de vuelta a los módulos de las celdas.

Creía que el objetivo era que nos lanzaran por encima de la alambrada de la cárcel, de modo que volver hacia atrás no me parece que tenga demasiado sentido. Aunque, bueno, somos cinco para salir y solo nos queda una flor, así que supongo que no es de extrañar que el plan B implique algo completamente distinto, después de todo.

No puedo evitar preguntarme si mi tatuaje forma parte de este nuevo plan, y me pregunto hasta qué punto.

—¿Vamos a intentar usar el tatuaje?

—Aún no, cher —responde Remy—. Lo haremos si no nos queda más remedio. Además, sigo viendo cómo salgo de este agujero usando una flor.

Si derribo la cárcel con mi magia, ¿por qué iba a necesitar una para salir?

—Pero, no lo entiendo —digo—. ¿Qué más da cómo salgas mientras seas libre?

Remy hace una pausa lo bastante larga como para mantenerme la mirada y señala:

—Porque, como he dicho, no pienso arriesgarme a fastidiar algo que sé que es seguro. Yo salgo con una flor. De modo que así es como voy a salir.

Y si tú no me das una flor a menos que tengáis otra manera de ser libres, está claro que debe de haber otra manera de que salgáis.

No espera a que responda a eso. Solo se vuelve y empieza a dirigirse hacia la carretera dando largas zancadas.

Vale. Puedo entender por qué no quiere arriesgarse a perder la oportunidad de salir de aquí. Si yo hubiese nacido en este lugar, me sentiría igual.

Solo espero que el plan B no implique adentrarnos en la zona más peligrosa de la fosa. Miro un momento a Hudson y, por el modo en que inspecciona el callejón, veo que debe de estar pensando lo mismo. Por no hablar de que evita por todos los medios mirarme a los ojos, como si no quisiera que viera lo preocupado que está.

—Ya casi hemos llegado —nos dice Remy por encima del hombro, y espero que sepa lo que se dice, porque yo no veo nada. La mayoría de las tiendas de la fosa han empezado a cerrar, y como el tiempo se agota para los presos, muchos de ellos regresan a sus celdas antes de tiempo, probablemente para no arriesgarse a llegar tarde y que les toque pasar por la cámara durante un mes entero. Si no estuviéramos decididos a llevar a cabo nuestro plan de fuga, sé que estaríamos haciendo lo mismo.

Las farolas no parecen llegar tan hasta el sur, e intento no acojonarme del todo. Me consuelo recordando que Hudson y Flint sí que ven, pero puesto que ninguno de los dos está en muy buena forma en estos momentos, espero de verdad que Remy sepa lo que se hace.

Cuando por fin llegamos al final del callejón, pulsa los botones de un panel de control, lo único iluminado en todo este lugar. Lo cual me parece raro de por sí, teniendo en cuenta que estamos delante de una pared de ladrillo. Sin puertas, sin ventanas... nada más que este extraño interfono colgado aquí en medio.

—Nombre y negocio —se oye a través del altavoz alto y claro.

—Ya sabes quiénes somos, y a menos que tu red se haya colapsado, estoy seguro de que sabes por qué estamos aquí.

Se oye una carcajada al otro lado.

—¿Tienes suficiente?

—¿Acaso no te has enterado de que nos ha caído dinero del cielo? —

dice con tono burlón, pero el guardia (sea quien sea) que está al otro lado suelta unas risitas.

Lo que me recuerda de nuevo el trato tan distinto que recibe Remy aquí.

He visto lo suficiente en los seis días que llevamos en esta cárcel para saber que cualquiera perdería la garganta, o al menos una pierna, por burlarse de uno de los windigos de esa manera. Pero Remy simplemente recibe unas risas. Se me hace raro pensar que lo quieren a su manera.

—Ahora está ocupado —le dice el guardia—. Volved después.

—Me quedan cuatro horas, y lo sabe. Después no puede ser. Tiene que ser ya. Así que abre la puerta y déjame ver a Caronte.

¿Caronte? Miro a Hudson para ver qué piensa del nombre y, pese a la escasa luz, parece tan desconcertado como yo.

—¿El Caronte del río Estigia? —pregunto. A ver, siempre he pensado que la mitología griega no eran más que cuentos, pero ahora mismo estoy en un callejón con un vampiro, un dragón, un brujo, un gigante y una mantícora. La realidad que conocía hace tiempo que dejó de existir.

—Joder, no —responde Remy, y se echa a reír—. Se puso a sí mismo ese nombre, lo que básicamente te dice todo lo que necesitas saber sobre él.

Vale. Si vas a ponerte tú mismo un apodo, ¿no debería ser algo menos macabro que el nombre del barquero del inframundo?

Durante varios segundos interminables no pasa nada. No recibimos respuesta. No se oyen ruidos en el interfono. Nada. Y, entonces, cuando menos me lo esperaba, un fuerte rumor inunda el aire.

—¿Qué es eso? —pregunto pegándome de forma instintiva un poco más a Hudson. Él me sonríe como si acabase de hacerle el mejor regalo de Navidad del mundo y me rodea los hombros con el brazo (en el que ya no carga varios sacos de dinero).

—Tranquila —me dice, y señala hacia delante con la barbilla—. Mira.

Sigo su mirada y veo, pasmada, cómo la pared de ladrillo que tenemos delante se separa por la mitad y revela un largo pasillo bien iluminado patrullado por tres windigos enormes.

Remy se adelanta para hablar con los guardias, con los sacos de dinero en las manos. Tras de mí, el herrero emite un gruñido casi tan sonoro como los engranajes que desplazan el muro y, la verdad, no me extraña. Yo llevo solo seis días aquí y no quiero tener nada que ver con esas criaturas. Él lleva mil años aquí.

—Tranquilos —dice Flint—. Remy sabe lo que se hace.

—Es verdad —corrobora Hudson, y cuando los sacos de dinero cambian de manos noto cómo se relaja a mi lado.

Incluso se toma un momento para echarme un vistazo, a mí y a mi brazo descubierto.

—Me gusta lo que has hecho con el mono —bromea.

Normalmente le respondería con un codazo en las costillas, pero está tan hecho polvo que me da miedo hacerle daño, así que pongo los ojos en blanco.

Su sonrisa se suaviza, y entonces se inclina y me susurra al oído:

—Y el nuevo tatuaje me gusta más todavía.

Me estremezco al oír el susurro y sus palabras.

—¿En serio?

—Sí. —Su boca está aún más cerca de mi oreja esta vez, y sus labios acarician la piel sensible de mi lóbulo mientras su aliento ilumina todas mis terminaciones nerviosas—. Es muy sexy.

—Tú sí que eres sexy —le suelto antes de pensar siquiera que voy a decirlo.

Pero no me arrepiento, ni cuando su pobre rostro maltratado se ilumina como los fuegos artificiales del 4 de Julio.

Desliza el brazo alrededor de mi cintura y entonces me mueve de manera que mi espalda quede pegada contra su parte delantera. Me encanta estar en sus brazos. Me transmite calidez y seguridad. Y es tremendamente sexy.

Incluso antes de que su risa me haga cosquillas en la oreja y murmure:

—No te habrás hecho otros tatuajes de los que deba tener constancia,

¿verdad?

—¿Otros tatuajes? —Me vuelvo lo suficiente como para ver ese brillo travieso en sus ojos hinchados que ya están empezando a sanar—. ¿Como cuáles?

—No sé. Una flor en la cadera, ¿tal vez? —Su mano palpa esa parte de mi cuerpo en cuestión y me provoca una oleada de calor—. ¿Un par de alas en los hombros? —Desliza las manos hacia arriba, me frota esos músculos que no sabía que me dolían y me derrito contra él en respuesta—. ¿Un corazón con mi nombre en el culo? —dice con cierto tono de humor mientras desciende la mano por mi espalda hasta...

—Como me des una palmada en el culo —le advierto— te voy a hacer sufrir.

Se echa a reír. Entonces se agarra las costillas doloridas y suelta un gemido de dolor.

—Quizá merezca la pena. Sobre todo porque no has negado que te hayas hecho el corazón.

—¿Por qué iba a negarlo? ¿En qué otro lugar iba a poner el nombre de un tonto del culo como tú?

Hudson se ríe, pero Flint protesta.

—Joder. ¿Por qué no lo hacéis ya y acabamos con esto? Algunos estamos hartos de sufrir vuestra frustración sexual.

—Eso no es frustración, dragón —responde Hudson sin acritud—. Son preliminares. ¿Quieres que le dé algunos consejos a Luca en ese tema?

—A Luca se le dan de maravilla esos menesteres —le dice Flint—, pero gracias por el ofrecimiento.

Hudson se dispone a decir algo más, pero Remy nos indica que avancemos por el pasillo antes de que pueda seguir tocándole las pelotas a Flint.

—Nos ha concedido una audiencia.

—¿Caronte? —pregunta Vander asombrado.

—Caronte —confirma Remy.

—Espero que tengas una vía de escape.

Remy sonríe con aire adusto.

—Esta es mi vía de escape.

—Ya. —Vander suspira—. Me temía que fueras a decir eso.

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