Ansia (Serie Crave 3)

Tracy Wolff · Capítulo 40 de 171

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Ansia (Serie Crave 3)

36. Como un monstruo a una llama

36

Como un monstruo

a una llama

—Oye, ¿cuánto sabes realmente acerca de la Corona? —le pregunto a Hudson la tarde siguiente mientras trabajamos en nuestro proyecto extra de ética en la biblioteca.

Parece algo receloso cuando levanta la vista del libro que está leyendo (El banquete) en griego antiguo, el muy fanfarrón.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que no parecía que supieras nada sobre la Corona cuando la Sangradora la mencionó ayer por la tarde. Pero cuando estuvimos hablando con la Orden anoche, actuabas como si lo supieras todo.

—Sé lo mismo que sabe todo el mundo —responde antes de agachar la cabeza y seguir leyendo.

—No me lo creo —replico—. Dijiste que tu padre estaba obsesionado con ella.

Esta vez, ni siquiera se molesta en levantar la vista del libro cuando contesta:

—Mi padre está obsesionado con ella. Pero, por si no te habías dado cuenta, Cyrus y yo no somos, lo que se suele decir, íntimos.

Espero a que diga algo más pero, cómo no, no lo hace. Es Hudson, al fin y al cabo, y «escueto» es su segundo nombre cuando está de mal humor, que es el caso, aunque no sé por qué.

—¿En serio vamos a estar haciendo esto todo el día? —pregunto y suelto un suspiro de frustración.

Alza una ceja.

—¿El qué?

—Pues esto. —Hago un gesto que engloba el espacio que nos separa—.

Yo intento hablar contigo y tú actúas como si te estuviese arrancando los colmillos.

—En realidad los vampiros mueren si les arrancas los colmillos, así que me temo que la lucha sería mucho más violenta que esta situación. —Pasa la página con énfasis.

Yo no estoy tan segura, teniendo en cuenta que voy a montar en cólera como pase otra página así. Aunque...

—Nunca había oído eso sobre los colmillos.

—Qué sorpresa.

Enarco una ceja.

—Creía que para matar a un vampiro había que clavarle una estaca en el corazón, no...

—¿A quién no lo mata algo así? —Pone los ojos en blanco—. Y claro que no habías oído hablar de lo de los colmillos antes. No vamos por ahí pregonando nuestras vulnerabilidades a los humanos para que vengan a pisotearnos.

—Ya, pero... —Dejo la frase a medias cuando me doy cuenta de que en realidad no tengo nada que decir ante eso. Y Hudson ha vuelto a sumirse en su lectura de todos modos. Menuda sorpresa.

Miro el libro que tengo delante: Acerca del alma, de Aristóteles (y, desde luego, no en griego original), e intento centrarme en mi parte del proyecto.

Cuanto antes termine de leerlo, antes podré responder a la parte de Aristóteles de la cuestión ética, y antes podré alejarme de este Hudson tan cabreado.

Aunque no puedo concentrarme cuando está ahí echando humo en silencio. Puede que él sea capaz de entender lo que está leyendo cuando está enfadado, pero para mí bien podría estar el texto en griego. Y eso significa que nunca vamos a acabar este proyecto si no encontramos la manera de relajar el ambiente entre nosotros.

Y esa es la única razón que me lleva a preguntarle al final:

—Oye, ¿qué te pasa? —O al menos eso es lo que me digo a mí misma.

Hasta que responde:

—Nada.

—Eso es mentira y lo sabes —le indico—. Estás pasando de mí, y no sé por qué.

—Estamos juntos en una mesa en la biblioteca, trabajando en el mismo proyecto, y he respondido a cada una de tus preguntas —dice con un tono británico tan remilgado que solo aviva las llamas de mi ira—. ¿Me puedes explicar dónde ves tú que esté pasando de ti?

—Pues no lo sé, pero lo estás haciendo. Y no me gusta.

Y sí, soy perfectamente consciente de lo ridícula que sueno, pero me da igual. Sé cuándo me están ignorando sin ignorarme y eso es justo lo que está pasando aquí. Lo cual es injusto, teniendo en cuenta que lo único que quería anoche era no asustarlo mientras me desmoronaba por completo.

—Ya, bueno, serán cosas de gárgola —me suelta, y pasa otra página con demasiado énfasis una vez más, y eso es la gota que colma mi vaso.

Me inclino hacia delante y, sin darme la oportunidad de cambiar de idea, le tiro el libro al suelo.

Espero que se vuelva loco, que me pregunte qué narices estoy haciendo.

Pero, en lugar de eso, simplemente me mira, mira el libro, vuelve a mirarme a mí y dice:

—¿No te gusta Platón?

Aprieto los dientes.

—Ahora mismo no.

—Al parecer Jaxon y tú tenéis más en común de lo que pensaba —

responde mientras se agacha para recoger el libro. Y acto seguido se pone a leerlo de nuevo.

—¿Sabes qué? No voy a hacer esto contigo —le aseguro, y cojo mis cosas y empiezo a meterlas en la mochila sin fijarme en lo que estoy haciendo. De repente oigo que un papel se rasga, pero estoy tan furiosa que ni siquiera me importa.

—Vaya, menuda sorpresa —responde, y esta vez cuando pasa la página lo hace con tanta fuerza que estoy segura de que rasga algo también. Pero no pienso quedarme para averiguarlo. Voy a irme a mi cuarto a acabar mi mitad del proyecto, y él que haga la suya solo.

—¿Y luego soy yo la que no se enfrenta a los conflictos? —digo, y me doy media vuelta y me voy.

Voy echando chispas todo el camino hasta las escaleras y por el pasillo.

Tengo cosas que hacer hoy. Un montón de cosas. Y no tengo tiempo para las tonterías de Hudson. Está claro que ser sarcástico es su estado natural, pero no así. No conmigo.

Ojalá supiera qué lo ha provocado. A lo mejor así podría hallar la manera de solucionarlo. Pero cuanto más tiempo pasábamos en la biblioteca, más enfadado estaba, y no tengo ni idea de por qué. Como tampoco entiendo por qué me ha dicho lo de los colmillos, cuando está claro que está tan cabreado conmigo.

Sigo intentando averiguar el porqué cuando giro la última esquina antes de llegar a mi cuarto... y me lo encuentro apoyado contra la pared, junto a

mi puerta. Uf. Vampiros.

—Siento haber sido un capullo —me dice con su perfecto acento británico.

—¿No querrás decir «un gilipollas»? —le contesto mientras abro la puerta.

Asiente ligeramente con la cabeza.

—Ese adjetivo me parece un poco fuerte, pero bueno. Si te hace sentir mejor, he sido un gilipollas.

—Un capullo —repito mientras cruzo el umbral de mi habitación. Y no puedo evitar sonreír cuando veo que intenta seguirme y se queda atrapado en el otro lado.

—¿En serio? —pregunta.

—No estás invitado a entrar. Mala suerte. —Me dispongo a cerrar la puerta, pero adelanta la mano y evita que se mueva.

Lo cual me sorprende bastante. Siempre he tenido la impresión de que ninguna parte de un vampiro podía entrar en una habitación si no se le daba permiso, pero está claro que eso no es verdad.

El hecho de no haber podido darle con la puerta en las narices me cabrea más todavía, así que empujo la puerta, aunque sé que no va a ceder.

Sin embargo, sí que se retira un poco, e incluso emite una especie de extraño gruñido.

—Para —dice con voz ronca.

—¿Qué pas...? —Dejo la frase a medias cuando miro su mano y veo que le están saliendo ampollas de quemaduras en la piel.

Por un segundo me quedo inmóvil debido al pánico, y entonces me doy cuenta de lo que está sucediendo.

—¡Pasa! —le grito con una voz varias notas más agudas que mi tono normal—. Pasa, pasa, pasa.

Las quemaduras deben de cesar al instante, porque suspira de alivio mientras suelta la puerta y atraviesa el umbral.

—Pero ¿a ti qué te ocurre? —le digo, y lo agarro del antebrazo para poder verle bien la mano y la muñeca. Ambas tienen pinta de haber estado expuestas a un fuego arrasador—. ¿Por qué has hecho eso?

—Quería disculparme.

—¿Calcinándote? —exclamo indignada, y lo arrastro hasta mi cama—.

Deja que al menos te la vende.

—No es nada —me asegura—. No te preocupes.

—Está claro que es algo —le contesto, porque aunque las ampollas han menguado y el tejido subcutáneo ya no se ve, siguen pareciendo quemaduras de segundo grado al menos—. Será un momento. Tengo un botiquín de primeros auxilios en la mochila.

Sonríe dulcemente.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes? —pregunto, pero entonces caigo—. ¿De cuando estuvimos atrapados juntos?

—Atrapados, qué palabra tan dura —responde, y su sonrisa se vuelve más traviesa. Y me noto una mariposa en el estómago. O dos... O cien. No es que las esté contando.

—Ya, bueno, ahora mismo no me sale ser más simpática —digo de mala gana, aunque no es del todo cierto. Pero tampoco deja de ser verdad—. No me puedo creer que te hayas hecho esto.

No dice nada más, ni yo tampoco, mientras le pongo una pomada antibiótica sobre lo que queda de las quemaduras. No sé si eso funcionará con los vampiros, pero imagino que tampoco le hará ningún daño. Después, como no puedo soportar la idea de que Hudson sufra por mi culpa, cierro los ojos y me centro en enviar energía sanadora a sus heridas, una por una.

Procuro controlar la respiración para que no se dé cuenta de que la sanación consume de alguna manera mi energía. Y la verdad es que no lo hace, o al menos no mucho.

Estoy ya trabajando en la última cuando se aclara la garganta y afirma:

—No me gustó que me echaras anoche. Creía que habíamos decidido que íbamos a intentar que esto funcionara, y casi llegamos a... —Aparta la mirada un momento y me pongo colorada—. Ya sabes. Y después me echaste como a los demás.

Es lo último que esperaba que dijera. Recojo nerviosa la crema antibiótica y voy a guardarla de nuevo en el botiquín.

—Yo... —La verdad es que no tengo ni idea de qué responderle.

—Ya sé que es una tontería. Evidentemente tienes todo el derecho del mundo a echarme cuando quieras. Pero es que me había acostumbrado a...

—Ahora es él quien deja la frase a medias.

—¿A estar en mi cabeza todo el tiempo? —le pregunto con una ceja enarcada. Porque lo entiendo. De verdad.

Creía que estaría encantada de la vida en cuanto me separase de Hudson y, en general, lo estoy. Pero a veces me apetece compartir algo con él y entonces me acuerdo de que no está ahí.

A veces desearía que estuviera ahí. A veces diría que me siento sola sin él.

Y siento eso después de solo un par de semanas teniéndolo en la cabeza (que yo recuerde). No me puedo ni imaginar lo duro que debe de estar siendo para él, que sí recuerda nuestros cuatro meses juntos.

—Puede que lo eche un poco de menos —admite por fin. Su renuencia solo logra hacerme sentir peor, al igual que el hecho de que evite mirarme a los ojos.

—Lo siento —susurro mientras deslizo los dedos por su piel suave y ya curada—. En realidad no te estaba echando. Es que no soportaba estar rodeada de tanta testosterona vampírica con su mansplaining mucho tiempo más. Fue demasiado.

—Tienes razón. —Su sonrisa maliciosa ha vuelto, y eso me hace sonreír también.

—Si te hace sentir mejor, el sándwich estaba delicioso.

—¿En serio? —Parece algo escéptico, pero también ligeramente esperanzado.

—Y tanto. —Sonrío—. Estaba buenísimo.

Sus hombros parecen relajarse.

—Me alegro. Te prepararé otro algún día de estos.

No tengo ni idea de qué responder a eso, así que sonrío y asiento. Esto de ser compañeros, incluso aunque solo seamos amigos, es un trabajo sorprendentemente duro. Y, a la vez, no lo es.

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