Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 8 de 56

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Ciudad santa

Capítulo 7

 

Millonarios extranjeros, varados en Buenos Aires, titula el diario de la tarde que ha sobrevivido a la concentración de los grandes grupos periodísticos en la Argentina, un tabloide sensacionalista que compran los obreros que todavía tienen trabajo.

Hotelería cinco estrellas, colapsada, es el titular que ha elegido el diario que se distribuye gratis y que prefieren los burócratas, las secretarias, los desocupados de la clase media que, hacinados en trenes y colectivos, vuelven de otra agotadora jornada buscando trabajo o conservándolo a codazos y zancadillas.

Las primeras planas de ambos diarios son para las fotos de fatigados turistas y reportajes al paso a algunos de los mil trescientos cuarenta pasajeros del Queen of Storms, que esta noche deberían estar zarpando para seguir viaje al sur, a avistar ballenas en Puerto Madryn, cetáceos que como monos de zoológico se acercan a la costa solo para ser vistos por los turistas extranjeros.

El Río de la Plata es un estuario cuya profundidad media fluctúa entre el metro y el metro noventa, según la dirección en que soplen los vientos. Todo el tráfico fluvial y marítimo que recala en el puerto de Buenos Aires desfila por angostos canales dragados permanentemente, a menos que el personal de las dragas trabaje a desgano por no haber cobrado los incentivos salariales prometidos. Es lo que ha sucedido hace un par de días, y de lo que nadie fue informado, ni las agencias de viaje ni la oficialidad del Queen of Storms, entrenada para lidiar con las aguas salvajes del estrecho de Magallanes o para esquivar los témpanos que el calentamiento global desprende cada vez con mayor frecuencia de la Antártida, pero inerme ante una medida gremial de los poderosos sindicatos portuarios y de operadores de dragas y remolcadores.

El cronista que escribe en el diario gratuito para la clase media especula con que nadie dijo nada porque la invasión de turistas con euros y dólares es un bingo para los hoteleros de Buenos Aires, que fingen desesperarse pero que ya han acordado la distribución del botín, si se cumplen los siete días que demandaría la reparación del casco del crucero. Doscientos dólares para pasar la noche en los pasillos, por suntuosos que sean, es una tarifa apetecible que los turistas pagan bajo protesta y los empresarios hoteleros embolsan en sus cajas negras, desviando los respectivos porcentajes a los inspectores de la impositiva, que desfruncen el ceño cuando cuentan los billetes en los también suntuosos excusados.

A Pacogoya no le preocupa la demora. Su departamento frente a la ciudad de los muertos ilustres es más cómodo que la cucheta en los barcos a la que lo confina la agencia de viajes que lo contrata como guía turístico. No se queja, la paga es buena y duerme poco en la cucheta, va y viene cada noche de camarote en camarote como un fauno delivery, a veces con mayor suerte, si quien cae rendida a sus artes es una turista joven y desinhibida: suecas y alemanas son sus predilectas, no entiende una palabra, ni lo entienden a él, todo el intercambio cultural se limita a risas y gemidos, a señas que el otro o la otra interpretan a su aire, a veces con resultados inesperados y siempre muy jocosos, excepto la noche en que un alemán cincuentón, metro noventa, cuerpo esculpido en gimnasios de la ex Alemania comunista, entendió mal sus señas y con una sola maniobra lo puso boca abajo en la cama. Había visto hacer eso a los peones de estancia en San Antonio de Areco, pueblo de la pampa for export, adonde llevan a los turistas para que coman asado y vean gauchos con sus facones y bombachas, solo que los peones disfrazados de gauchos lo hacen con los novillos, los acuestan de un golpe y ahí termina la hazaña, enseguida sueltan al novillo y alzan los brazos para agradecer los aplausos.

El alemán nunca entendió que Pacogoya no gritara de placer. Con señas elocuentes le explicó que él era de eyaculación precoz, pero que esta vez había logrado contenerse un par de minutos más de lo habitual, y como le estaba de verdad agradecido le regaló la pulsera de oro que había comprado para la ingrata que lo había plantado en el puerto de Atenas.

Las siete noches siguientes, las pasó Pacogoya acostado en la litera de su estrecho camarote, hasta que en el puerto de Río de Janeiro, el alemán ya no volvió a embarcarse, se perdió en la ciudad, probablemente enamorado de algún garoto al que, si batía el récord alcanzado con el guía turístico, le regalaría el collar o los pendientes que también había comprado para la ingrata de Grecia.

Cuando la arena del río, los témpanos antárticos o alguna huelga de portuarios demora los cruceros en los puertos, Pacogoya se distiende, trata de ser él mismo su propio guía y turista, busca aventuras amorosas fuera del contingente y pequeños negocios que las ciudades ofrecen a quien sepa explotarlos.

En Buenos Aires cuenta con la ventaja de operar sobre terreno conocido. Además de locales para bailar tango y restaurantes en los que el bife de chorizo es disputado por extranjeros ávidos de carne de vaca, la llamada Reina del Plata ha visto florecer en los últimos años una actividad que requiere rapidez de reflejos y buena estructura logística. Porque vender droga a los turistas extranjeros no es lo mismo que vendérsela a los imberbes de acá a la vuelta en sus reductos de bailes maratónicos o en colegios y universidades; los extranjeros pagan sin chistar, pero no compran merca rebajada, quieren calidad. Pueden pagar con billetes grandes por las boleadoras de Martín Fierro en un negocio de Florida, pero a la hora de la coca, son expertos. Y no cualquier proveedor está en condiciones de satisfacerlos.

Pacogoya recogió anoche los pedidos, que la noticia de la demora en Buenos Aires multiplicó; todo imprevisto genera angustia en quienes creen haber comprado cada minuto del resto de sus vidas para que nada los altere, pero descubren que el mundo, «el afuera», como dicen los tilingos y los sicólogos new age, se rige por sus propias leyes. La envergadura del negocio terminó por asustarlo, nunca recoge pedidos por más de cincuenta o sesenta gramos, pero anoche la lista sumó casi medio kilo de cocaína de alta gama y todos, absolutamente todos, pagaron por anticipado y en efectivo local, esos billetes tan divertidos con caras de próceres para ellos ignotos, adustos como si hubieran contribuido a fundar un país de verdad.

El dealer que lo abastece recibe a Pacogoya en su oficina virtual, la mesa del Florida Garden, un bar de Florida y Paraguay en el que, como los cruceros en el puerto, recalan figurones de la política y la farándula artística locales, intelectuales de firma en los diarios que la clase media compra —aunque cada vez menos— para saber qué opinar, y en mayor medida para cubrir los pisos de sus departamentos a la hora de pintarlos.

—Es mucho, solo puedo darte la mitad.

—¿Y dónde compro el resto, Tío?

No se lo dice, pero el dealer sabe que Pacogoya anda con plata fresca, lee en sus manos, en sus ojos, hasta el temblor en sus labios es para el mercader una hoja impresa en la que lee sin anteojos lo que el guía de turismo ambiciona.

—Te doy una dirección. —Anota. Memorizala y rompela.

Pacogoya echa un vistazo al papel y protesta.

—¡Pero esto no es en Buenos Aires! ¿Dónde carajo queda San Pedro?

—Acá nomás, che. Ciento setenta kilómetros, una hora por autopista.

Le arrebata el papel y lo rompe él mismo.

—Dame la plata ahora y llamame cuando vuelvas de San Pedro.

Pacogoya es portador de una mochila de estudiante, su físico flacucho disimula los cuarenta y ocho ya cumplidos, una barba desfalleciente le da ese aire guevarista por el que algunos turistas lo confunden con un militante de izquierda y, en agradecimiento por sus servicios, le regalan libros del Che escritos en francés o italiano.

Abre la mochila y le entrega al dealer un fajo de billetes.

—Veinte por ciento ahora, el resto esta noche, contra entrega y cuando vuelva de San Pedro.

A pesar de sus más de sesenta mal cumplidos, el Tío rejuvenece al ver el dinero, la piel alrededor de los ojos recibe una inyección de botox en cuanto roza los billetes, los cuenta al tacto bajo la mesa y los embolsa como un prestidigitador en el bolsillo interno de su campera.

Aunque todos lo llaman Tío, solo Pacogoya tiene con él una relación de sobrino; lo conoce desde hace unos quince años, cuando el dealer era secretario privado del vicepresidente de la Cámara de Diputados y él, como administrativo de la Cancillería, con su entrañable valija diplomática, bajaba mercadería en vuelos directos desde Colombia.

—Qué tiempos aquellos —dice Pacogoya, mientras fuman un negro en la esquina del bar porque las autoridades municipales han prohibido fumar en lugares cerrados—. Debí seguir la carrera, hoy sería embajador.

—La Cancillería está llena de mariquitas —dice el dealer, aspirando hondo y echando una nube espesa, contaminada, que el viento del este arremolina en la ochava y empuja, Paraguay arriba—. Te espero esta noche.

 

El que se empecina en creer que Dios existe termina por encontrárselo en cualquier esquina, en el ascensor o caminando de noche por la banquina de una ruta solitaria. La que con idéntica unción espera encontrarse con el amor acaba creyendo que cualquier ruido en el pasillo es él, que vuelve, no importa la hora, tres y media de la mañana, por ejemplo. A pedirle perdón por haberse ido así, la otra noche, después de que ella le negara lo que había venido a pedirle, cometiendo la torpeza de no hacerle antes el amor, de no cogérsela bien cogida para que, envuelta en la ensoñación del segundo polvo, fuera incapaz de negarle tan poca cosa, un cambio chico, mil dólares, nada.

Pero ni Dios ni el amor existen, protesta Verónica cuando oye por el portero eléctrico la voz de Pacogoya, o por lo menos no es esta la forma de encontrarlos, no es andando a tientas, entregándose a medias, a cambio de una comida con champán francés en un restaurante caro y cama frente a la ciudad de los muertos con prosapia.

—Creí que estabas embarcado, qué pasó, te tiraron al agua.

Pacogoya intenta suplantar la respuesta con un abrazo que ella esquiva como una gata las caricias, deja caer los brazos y se derrumba sobre el sofá, vencido.

—Vos sabés lo que pasó. El barco encalló en el río y…

—No hablo del crucero: ¿qué te pasó a vos?

Pacogoya la mira, desolado. Como si fuera posible no contarle, decir que vio luz y entró, tomarse un whisky nacional, el único que Verónica tiene en su barcito bajo una mesa colmada de plantas, y hacer el amor o irse los dos a comer a un restaurante de italianos truchos que está abierto toda la noche.

—Tengo que levantarme a las siete —dice Verónica, impaciente—. Resumen de lo que carajo te pasó y a dormir a tu cementerio.

Si estaba pálido, ahora Pacogoya se transparenta. Un lugar para quedarse, es todo lo que le pide, un rincón, la cucha del perro.

—No tengo perro.

Grrr, guau, dice él y consigue dibujarle una sonrisa en el rostro empastado con cremas para conservarse joven.

—Mañana te cuento, andá a dormir, ahora.

—Capaz que estás muerto, mañana, y me quedo sin historia. Mis refugiados están tomando la costumbre de desaparecer.

La curiosidad por saber de qué habla Verónica le suelta la lengua a Pacogoya.

—Hasta ahora venía bien, quince años viviendo de esto y ni una gota de sangre.

Vivir de esto, para el guía turístico, ha sido por quince años traficar al menudeo, corrupción de baja intensidad, sin más tiroteos que los sexuales.

—¿Quién te salpicó ahora?

No lo sabe. Solo puede contar lo que le sucedió, putear al dealer, que lo quiere como a un sobrino, por haberlo enviado a esa boca de lobo ensangrentada, en el culo del mundo, además, un lugar llamado San Pedro.

—Cerca del paraíso, equivocaste el rumbo. Pero conozco San Pedro, lindo pueblo, zona de naranjales, hermosa vista sobre el río.

—El paraíso, entonces, linda con el infierno.

 

Le cuesta encontrar la dirección.

Ha conducido a ciento ochenta, esquivando camiones y buses, encerrando a los automovilistas que demoraban en darle paso, como si presintiera que alguien, en el lugar al que iba, se estaba desangrando.

Por fin da con la calle, de tierra, un cartel pintado a mano la identifica; en realidad es una huella que cruza una cuadrícula de lotes pelados, apenas media docena de pequeñas y muy humildes construcciones sin terminar, perros sueltos que miran pasar —despacio, a los tumbos por los pozos— el Porsche rojo de Pacogoya. Debió dejar este auto en su cochera y alquilar uno menos ostentoso, se recrimina, pero algo lo impelió a llegar al toque, sin permitirse siquiera dudar, qué necesidad, después de todo, podría haber recurrido a otros proveedores, pero tantos años con el Tío, la confianza.

—La confianza relaja y mata —dice, ante una Verónica cuya mirada le recuerda, por su indulgencia, a la de los perros de San Pedro.

Es la quinta casa sobre la calle de tierra llamada Los Tilos, una casa cada cien metros, quinientos metros y ese solo cartel pintado a mano al comienzo, y al fondo, naranjales. Un intenso aroma a naranjas se filtra por alguna hendija del Porsche, pese al aire acondicionado, y alerta a Pacogoya que debe hacer revisar la carrocería, tal vez haya comenzado a picarse por el óxido y no puede permitir que un auto tan caro se venga abajo.

Un número, también pintado sobre un trozo de madera de cajón de fruta: 59. A un costado de la humilde casa, un Ford Falcon. Ya era viejo cuando los grupos de tareas se paseaban en ellos; debe ser un modelo 60, calcula Pacogoya, por las molduras y el diseño de la trompa. Probablemente ni funcione y lo hayan dejado allí para que, por las suyas o ayudado por los cirujas, se vaya desarmando.

Golpea las manos, aplaude porque no hay timbre ni llamador. Mejor pasar por vendedor de biblias que identificarse sin saber quién hay adentro. Es un lindo mediodía, el sol calienta como en pleno enero, pero el aire está fresco, hasta dan ganas de que lo atienda alguien sonriente y lo invite a pasar, a tomarse un vermú bajo la parra del fondo y llevarse de regalo una bolsa de naranjas.

—Son tan dulces y jugosas, las de San Pedro —acota Verónica.

No sale nadie, ni un perro. Los de la calle ya no le prestan atención, ocupados en sus pulgas. Ni un vecino. Tampoco se ven niños. Y Pacogoya advierte, tarde, que ni pájaros.

Retrocede, sin dar la espalda a la puerta y las ventanas cerradas, pero comprende que es estúpido irse así. Nadie volverá a comprarle si no cumple, este es un negocio donde el prestigio lo es todo. Y cuando se viene abajo, no hay quien lo levante. Buena plata, siempre, abultándole los bolsillos, no está dispuesto a renunciar a eso por un momento de debilidad. Además, el Tío no va a mandarlo al matadero, son quince años, sobrino, se dice a sí mismo, y oye la voz del dealer, tan afectuosa, dándole ánimo para que abra esa puerta.

—Encima de traficante, telépata —se burla Verónica.

—Oí su voz, te lo juro. Pero debió decirme rajá de ahí, no entres, no te ensucies, volvé a tu oficio de cogedor de a bordo, se gana menos, pero, si no hay naufragios, se llega a viejo.

—Vos vas a llegar a viejo, Paco. Es más, ya sos viejo, aunque no lo asumas.

La mira, el fauno delivery, y realmente luce avejentado: la carrera a San Pedro, el terror en esa casucha pegada a los naranjales.

Entra, por fin, la puerta está sin llave y se abre, silenciosa, como recién aceitados sus goznes. Adentro está oscuro, no hay energía, solo un rayo de sol en medio del pasillo, vertical, redondo como el agujero en el techo que le permite entrar, como el rostro del maduro, tan abiertos los ojos, tan fijos en el mediodía, en el mezquino cenit.

—Así como entraste, debiste salir.

—Pero si la confianza relaja, la curiosidad mata al gato, Verónica.

Había ido hasta allí por lo suyo, recomendado por el Tío. Nunca antes una gota de sangre, uno se acostumbra a que el mundo parezca lo que no es.

Abre la puerta, a sus espaldas, para que entre más luz, pero el pasillo sigue en tinieblas. El tipo no está durmiendo, es obvio, pero puede haberle dado un infarto, y si alguien lo mató, ya debe estar lejos. Irse sin tocar nada es lo recomendable, lo que Pacogoya no hace porque quiere creer que, adentrándose en el pasillo, puede encontrar lo que vino a buscar.

Tropieza con algo y se detiene, paralizado. Son los pies del difunto maduro. Tira de ellos, para llevar el cuerpo hasta donde llega la luz de la calle; son apenas un par de metros y el cadáver va con él, liviano.

No debió aceptar dinero anticipado por pedidos que no podría cumplir, ni ir a San Pedro, ni entrar en esa casa. Pero uno da pasos hacia lo desconocido, creyendo que pasa a la habitación de al lado.

—Me agaché sobre el cuerpo buscando algo, un papel, una llave, algún dato, algo.

Como si hubiera rozado un cable de alta tensión, el horror le enrosca las tripas y le cierra la garganta. A mitad del pasillo desde donde acaba de arrastrar su cuerpo, como un cuchillo, sobre los ojos abiertos del maduro, sigue clavado el sol.