Ciudad santa
Capítulo 30
—Es solo por esta noche —dice Carroza apenas llega, y le explica de qué se trata. El operativo está en marcha en este instante, él mismo debe presentarse para ponerse a las órdenes de un tal Oso Berlusconi, cana retirado, basura dictatorial que sin embargo protegen los políticos; nadie lo acusó nunca de nada pese a que hubo más de un testimonio en su contra, un carnicero eficiente —reconoce Carroza—, sobre todo para armar operaciones clandestinas. Y la que está en curso es una de ellas.
—¿Y qué riesgo corro yo? No secuestré a nadie ni pienso hacerlo, a menos que regrese alguien que se fue sin cobrar.
No sabe de quién habla, Carroza. Ni Verónica misma sabe ya de qué habla, solo intenta desdramatizar la situación, harta de emergencias, de persecuciones. Pero tal vez tenga razón, el purohueso: gracias a su empleo como auditora de la feria del Riachuelo, ella está en la línea de fuego de una batalla por la que nadie responde, uno de los habituales simulacros de recuperar la legalidad, espectáculos mediáticos para mostrar cómo las autoridades la emprenden contra la corrupción, fuegos artificiales, trucos de magia y ventriloquía en los que nadie cree pero que todos aplauden.
Va a pasar entonces la noche en su cueva de araña. A Verónica le da un poco de repulsión, pero no parece haber otra chance menos asquerosa.
—Vivo allí desde hace dos meses, el barrio no es de lo mejor pero eso no te importa porque no vas a salir, por lo menos hasta mañana.
—¿Y dónde queda la calle Azara? —Verónica, que reniega de recordar el nombre de las calles, no soy taxista, soy abogada, bastante tengo con recordar los números de las leyes, dice, en su propia defensa.
Carroza detiene el auto frente a su departamento y le da las llaves. Es cierto, el barrio no luce hospitalario: casas viejas, calles desiertas, empedrado colonial, veredas altas para los días en los que el río se subleva y sube por las bocas de tormenta, inundándolo todo, neblina que avanza ya desde el Riachuelo cercano.
—No abras a nadie ni atiendas el teléfono, solo tu celular y solo si te llamo yo.
Verónica se siente protegida e indefensa por partes iguales, Carroza es el que menos arriesga si corre sangre de verdad, ya en vida la ha perdido casi toda, sus magros tejidos se nutren mejor de recuerdos que de glóbulos rojos y blancos. Confía en él, pero la inmortalidad de la que presume no es transferible.
De todos modos ya es tarde para reconsiderar nada, en una hora deberán estar todos los convocados bajo las órdenes de Oso Berlusconi, quince hombres entrenados para matar y dispuestos a hacer lo que se les mande. Carroza no sabe aún de qué se trata, tal vez no lo sepa hasta el minuto previo a entrar en acción, solo presume que preparan una gran redada, un rastrillaje sobre alguna zona donde puedan encontrar algo para mostrar mañana a la prensa.
—La cita es por acá nomás, por eso creo que se trata de la feria del Riachuelo —le ha dicho a Verónica—. Por lo que sé, y no sé mucho, el aguantadero donde guardan a los turistas no estaría lejos de esa tribu de delincuentes trashumantes.
Verónica recibe una descarga de alto voltaje.
—¿Los secuestrados son pasajeros del Queen of Storms?
Carroza no se amiga con el inglés pero sí, le suena familiar, el crucero de gringos que encalló en el río. Verónica le pregunta si nadie que no fuera cana habló con él esta tarde; Carroza dice que no, aunque no estuvo en casa, anduvo desenterrando muertos, nada excepcional, no recibió ninguna llamada en su celular, lo chequea, no hay mensajes ni llamadas perdidas.
—Quedate acá, vuelvo en cuanto pueda —Carroza, sin prestar mayor atención a la pregunta, urgido porque se acerca la hora de la cita. Verónica se muerde con fuerza el labio inferior, después hablamos, le dice, no sabe si la confesión parcial de Pacogoya, esa mañana, serviría para algo, pero intentará llamarlo en cuanto se quede sola.
Lejos de la sueca en Esquel, a quien de todos modos no había anunciado su visita, demasiado cerca de Buenos Aires, aunque no sepa a dónde lo trajeron, colgando cabeza abajo, Pacogoya se balancea cada vez con más fuerza, como el badajo de las campanas de Hemingway, alentado por los crujidos crecientes de la viga del techo a la que ese energúmeno lo colgó de los tobillos. Si se queda quieto, la cabeza acabará por estallarle como una piñata llena de sangre, si antes no regresa el energúmeno y lo tortura para que revele lo que no sabe.
Su propia fragilidad es en circunstancias extremas su fortaleza, el físico esmirriado no exige músculos de acero para vencer la inercia y balancearse cada vez más fuerte, es como estar en una hamaca, en una posición algo más incómoda, pero el entusiasmo que lo va ganando se parece al de su infancia; la viga cruje con mayor intensidad, Pacogoya solo teme que el techo se derrumbe encima de él, aunque morir sepultado nunca sería tan aberrante ni doloroso como agonizar en manos de un hijo de puta sin escrúpulos con toda la impunidad a su favor.
El sonido del celular, que su captor ha dejado sobre la mesa, sorprende a Pacogoya como la alarma de un horno de microondas cuando la comida está lista: coincidiendo con la primera llamada, la viga se da por vencida y se quiebra en varios trozos, el badajo se desprende de la campana y cae pesadamente al piso, aunque Pacogoya evita romperse la cabeza arqueando su cuerpo de cheguevarita. Se rompe algún hueso de la espalda, un mínimo crujido y un dolor intenso entre los omóplatos. Aprieta las mandíbulas, la mordaza le impide casi respirar, las esposas se le hunden en la carne, solo los pies han quedado libres con la caída, al correrse el nudo de la soga con la que estaba atado. Trata de levantarse y apenas si consigue ponerse de rodillas, el dolor se agudiza, tanta penitencia y ninguna virgen. Y el celular sigue sonando.
Recluida en el departamento de la calle Azara, Verónica corta la llamada, aunque se promete insistir en unos minutos.
Busca en la cocina algo que pueda beberse, agua fresca, por lo menos, pero la heladera está vacía. Y lo mismo, los armarios. Para ser cueva de araña, es difícil adivinar cómo sobrevive aquí su morador habitual, de qué se alimenta, con qué se entretiene; no hay libros a la vista, una radio a pilas sin pilas y un televisor blanco y negro que solo capta diez canales de los sesenta y pico del cable. Arrumbado en un rincón, un ordenador con probable sistema deoese que debió usar el virrey Sobremonte para redactar su renuncia al cargo, cuando se enteró de que los ingleses habían desembarcado en las costas de Quilmes.
Opta entonces por lo que hay, agua corriente con gusto a cloro. Resistirá esta noche, tal vez hasta intente dormir un rato, pero a primera hora emprenderá el regreso a su rutina, no está demasiado convencida de que lo que Carroza llama «Kristallnacht» se lleve a cabo, ni que ella esté incluida o pueda ser alcanzada por alguna perdigonada. Si quieren quitársela de encima, y quieren, ya han mostrado lo bien que se las arreglan para que se entere, ahora estarán esperando el informe que la abogada presentará al juez, basada en sus propias observaciones de campo y en las cuentas del contador. Con Chucho liquidado y la persecución de la noche anterior, probablemente se den por satisfechos, el juez le agradecerá a Verónica los servicios prestados para que nada cambie y ella cobrará por fin sus bien ganados honorarios.
Suena el teléfono fijo y Verónica se paraliza. Rodea al aparato como a una alimaña, recelosa, tentada de atender. Cortan y, pasados unos segundos, vuelven a llamar. Ya roza el aparato con las yemas de sus dedos cuando el ring ring se interrumpe. Recién entonces advierte que Carroza no tiene contestador en su teléfono, pero sí un identificador de llamadas. Y ese número en el visor le resulta conocido.
Lo marca y espera. No la sorprende que atienda una reina de belleza.
—¿De dónde has sacado mi número, doctora?
—Quiero mi Bersa.
Ríe, Miss Bolivia. Tan joven, juega con la muerte como hasta hace poco con otras muñecas.
—Tú me la ofreciste, no te la pedí.
—Para que te defendieras, no para que tomaras la iniciativa.
—No ha muerto nadie, doctora—. Y tras una nueva risa, tranquila, dominante—: Nadie que valiera la pena. ¿Cómo conseguiste…?
No va a decirle, sería denunciar su posición. Tampoco hace falta, Miss Bolivia piensa rápido.
—Estás con él, ¿verdad? Sabía que eran amigos, no amantes.
No se molesta en desmentirla, hace años que Verónica deja que los demás crean en lo que ven, aunque sean sombras chinas.
—No está aquí, lo llamaron para una misión, esta noche.
—Y tú te quedaste de ama de casa. Felicitaciones, doctora, por tus amores policíacos.
—Quiero mi arma, Ana.
—Está bien. Voy ya mismo a devolvértela.
No tiene que andar mucho, el subinspector Carroza, para llegar al lugar de la cita. Estaciona en una calle desolada de Barracas, paralela al terraplén del ferrocarril, frente a una antigua cortina de latón oxidado y un cartel rojo de venta. Es probable que en este mismo lugar, un depósito hoy vacío, se haya torturado gente durante la dictadura. Mejor olvidarlo.
Entra sin llamar, por una pequeña puerta lateral entreabierta. Adentro huele a combustibles y a excremento de ratas.
—¡Parió la abuela!
Oso Berlusconi celebra su llegada, ya el resto de los convocados está allí, rodeándolo en el centro del depósito como pollitos a la gallina, cada uno con su juguete, fusiles automáticos repartidos por orden de llegada, entre bromas y abrazos; hacía rato que no salíamos en patota, de nuevo como en los viejos tiempos, qué gordo estás, y vos, dónde dejaste el peluquín.
Carroza es menor que Oso, quince años menos, aunque podría pasar por su abuelo desnutrido, si los desnudaran y los fotografiaran juntos. Nunca trabajaron juntos, pero uno siempre supo de las andanzas del otro, no son canas de los que entran ya con la idea fija de jubilarse cuanto antes y vegetar en empresas de custodia. Oso era muy joven durante la dictadura, pero aportó lo suyo a la matanza y se jacta de ello; Carroza entró más tarde, le dan asco los torturadores, aunque siempre pensó que si se hubiera enfrentado con un guerrillero, simplemente lo habría cagado a balazos. Es un buen tirador, Carroza, de eso sí se jacta, le ahorra municiones a la institución policial.
Oso le habla al grupo pero mira a Carroza, no confía en él, aunque no pudo dejar de llamarlo, no hay otro cana con su puntería en toda la Federal. Explica lo que llama «Operativo turismo», los milicos y los canas siempre llaman «operativos» a sus tropelías diurnas o nocturnas, legales o ilegales. Describe el lugar y la posición de cada uno, él irá adelante, para eso es el jefe, y para cerciorarse de que no maten a los extranjeros; les va la cabeza a todos, despídanse de sus carreras en la institución policial si algún gringo sale lastimado.
Está tranquilo, Oso, y bastante satisfecho. Los rescates de las parejas italiana y francesa ya fueron pagados, las transferencias están en Suiza y en Tailandia, buenos bancos, países serios con la plata que les confían los ahorristas de todo el mundo. Solo los alemanes no quisieron pagar, la vieja soberbia teutona, siguen creyéndose superiores, no se resignan a haber perdido la guerra; Oso esperaba ablandarlos esta noche, pero la llamada del ministro lo obligó a cambiar los planes.
Las órdenes son claras. Las que hace media hora dio a los custodios de los secuestrados, en la villa Descamisados de América: al primer disparo se van por los fondos, lo habitual, nosotros llegamos por el frente y los flancos, tirando al aire, para hacer ruido, ustedes rajan y mañana, ya bañados y cambiados, pasan por caja. Y las que acaba de dar al grupo de excursionistas: elijan a cinco entre ustedes, van por atrás y en cuanto salen los cuidadores me los bajan, que no quede ni uno, hay que ahorrar gastos médicos, falta gasa en los hospitales.
Una sola espina tiene atragantada, Oso Berlusconi, que le impide disfrutar del banquete. Alguien lo vendió, le quitó de las manos el bocado mayor, Osmar Arredri y su bella concubina Sirena Mondragón.
Y no quiere ni imaginar que sea aquel, o aquella, de quien ha empezado a sospechar.
Viajan en cinco autos, de a tres por auto, como en los viejos tiempos que algunos han vivido y a otros se los han contado. Ya no son Ford Falcons, esos sí que eran acorazados, recuerda a las carcajadas un gordo calvo, ciento treinta kilos desarmado, comisario retirado, tres meses preso, a merced de abogaduchos y todo el zurdaje de los derechos humanos, grita en el asiento de atrás del Renault 18 de Carroza, que conduce reconcentrado y silencioso.
—Pero esta catramina, Carroza, ¿a quién pensás perseguir con esto?
Van bordeando el Riachuelo, por la orilla de la capital, barrios sin gente, con mucha basura y ratas, brillan en la niebla los ojitos de las ratas, una niebla azul oscuro, como tinta volcada, mezclada con humo de los basurales. El Renault de Carroza cierra la caravana, intentaron convencerlo de que se subiera a otro auto, pero él hace mucho que no es pasajero de nadie, no se dejaría llevar ni muerto. Y no está muerto.
Una vibración en los riñones, tiene una llamada. De Verónica.
—No le abras —responde, seco y en voz baja mientras el comisario gordo se sigue riendo de sus hazañas de cuando pesaba cuarenta kilos menos y era comando de los grupos de tareas—. Es peligrosa, no le abras.
Y corta. No le da tiempo a Verónica a decirle que ya le abrió la puerta de la planta baja y está subiendo, resuelta, tan joven y tan bella, tan Miss Bolivia, hacia la cueva de la araña.