Ciudad santa
Capítulo 28
No va a los cementerios, no es su estilo. Ni a los funerales de los compañeros muertos en acción ni a visitar a parientes cuyos rostros e historias personales sepultó con ellos.
En esta tarde lluviosa y gris de domingo ha hecho una excepción. Siente el rechazo, la sensación de que podría hincarse frente a cualquier tumba, pero a vomitar.
La sociedad clasista no se apaga con la vida, sigue jodiendo a los muertos, discriminándolos, unos en sus bóvedas con finos vitrales y soberbios muros de mármol, otros archivados como expedientes en interminables paredones, y una tercera categoría en tierra, entregada a los perros profanadores que de noche cavan por sus huesos.
El subinspector Carroza es, esta tarde, un perro más. El guardián municipal del cementerio le advierte que en media hora cierran, por qué no deja el auto afuera, en la calle, él tiene instrucciones de clausurar el portón principal a las seis en punto. Si entra a pie, podrá salir por esa puertita que, por lo que guste aportar a caja de empleados, dejará sin cerrojo.
Sin bajar del auto, Carroza pregunta por la tumba de Dardo Julio Martínez.
—El registro está cerrado, señor, hoy es domingo.
—¿Y qué pasa en domingo, los muertos resucitan y van a la cancha, salen de pícnic?
La risita nerviosa se apaga con un billete, cien pesos. El gesto del portero denuncia que le parece poco para abrir el archivo, él no tiene la llave, aunque la llave aparece con cien pesos más. Después de todo, bastante ahorra usando gas en el auto, se consuela Carroza: puede permitirse el mínimo lujo de corromper a un miserable, en vez de bajarle los dientes.
—Lo espero a que salga, entonces —dice el portero, especulando con que recibirá otro aporte a caja de empleados; llueve sin misericordia, es lógico que esa calavera no quiera mojarse.
Cuántos de los que aquí se pudren se habrán cruzado en mi camino, piensa Carroza, mirando las tumbas: la lujuria, la guita y esa loca pulsión de acabar con el otro, de borrarlo. Damián Bértola, ese inspector de conciencias con el que Verónica comparte expensas y al que consulta de vez en cuando, no sabe nada, le sirve de poco, aunque aporte, por su sola presencia, cierto alivio. No es una cuestión de culpas, sino de peso, es demasiado, a veces, y el sicoanalista ayuda, a lo mejor se queda con algo atragantado y después tiene que purgarse o vomitar, pero para eso le paga Carroza, también a veces. Es lo que hacen los brujos, los chamanes, los exorcistas, un pedazo del diablo para cada uno, no se puede, solo, cargar con todo.
—¿Y si no fue el chico? —le preguntó Bértola, cuando le contó la historia de los viejos masacrados en su casita, barrio obrero de Floresta, para robarles nada, monedas, estampitas de la virgen, un televisor y un relicario de chapa dorada. —Y aunque fuera el asesino —insistió—, ¿no merecía un juicio, no hay que reeducarlo, darle el afecto que nunca tuvo, tal vez hasta alimentarlo antes, para que entienda?
A veces piensa si no es preferible hablar con un cura, contribuir con Cáritas o con la edificación de la parroquia. Él no cree en Él, ni Él en él, está seguro, pero podrían llegar a un acuerdo de colaboración mutua, un pacto entre soplones, y los curas, de intermediarios. Si Él todo lo sabe, le ahorraría tareas tan ingratas como entrar un domingo en un cementerio, ubicar por fin la tumba de Dardo Julio Martínez, el ayudante que fichó al Jaguar. Una cruz de madera perdida en una fila de decenas de cruces de madera, detener el auto, bajar y empaparse de inmediato, abrir el baúl, sacar la pala y empezar a cavar.
Bien por la lluvia, aleluya. La tierra se abre, generosa, lábil como la vagina de una prostituta, complaciente como el culo de los putos; cava con la misma furia lluviosa, aleluya, a lo mejor el pacto funciona y el que todo lo ve ya sabe que lo que busca está ahí, que no será en vano la mojadura. Llega al cajón, no se molesta en separarlo más de la tierra, la emprende a palazos con la tapa que, podrida, cede a los golpes, se resquebraja. Haciendo palanca con el filo de la pala, quita la plancha de aluminio con la que cubren al fiambre cuando lo acuestan, por si despierta y se arrepiente.
Todo es demasiado fácil, si fuera una caja fuerte ya sería millonario y solo tendría que agacharse a recoger los billetes, las monedas de oro, las joyas. Pero no hay tesoro, únicamente un montón de huesos y aleluya, ninguno de la cabeza.
Arroja la pala en el baúl y vuelve al auto. Podría retroceder unos veinte metros hasta la esquina de la cuadrícula de tumbas, para retomar, pero no da más. Gira en redondo sobre las lápidas, oye los crujidos con los que estallan, derriba por lo menos media docena de cruces, vuelve al sendero y acelera.
El portero, que esperaba el refuerzo para caja de empleados, lo ve venir como a un bólido de la Fórmula 1 y se precipita para abrir el portón, pero no le da tiempo. El estrépito con el que la trompa del auto viola los sellos del cementerio desata el entusiasmo del grupo de floristas y de deudos de última hora que, en la vereda de enfrente, se ha refugiado de la lluvia.
—¡Se escapa un muerto! —grita alguien y lo celebran con una ovación, como minutos antes el tercer gol de Boca frente a Chacarita que oyeron por la radio de los floristas.
Tienen que suceder cosas muy graves para que los embajadores interrumpan su ocio de los domingos. O el del resto de la semana, pero sobre todo, los domingos, porque están lejos de sus sedes diplomáticas, jugando golf o navegando en yates por el Delta.
La lluvia de media tarde alivia el sacrificio, hace menos penoso volver de apuro, convocados, los embajadores de Francia e Italia, por el de Alemania, que los espera en su departamento privado, a dos cuadras de la embajada, mansión en Palermo Chico calcada de las mansiones de París. Tal vez por nostalgias heredadas de un tío abuelo que fue oficial de las tropas nazis de ocupación, el embajador Günther Weber se siente más a gusto en ambientes afrancesados, en barrios y residencias que conserven o hayan sabido restaurar las ruinas de una civilización que no necesitaba respetar derechos humanos para imponerse. Las oficinas alemanas han sucumbido en casi todo el mundo a una detestable estética modernista, que las asemeja tanto a las de los norteamericanos, sus vencedores.
André Villespierre y Giácomo Montegassa confluyen puntuales, uno desde el norte y otro desde el sur: el francés viene de jugar golf hasta terminar pasado por agua como huevo poché en una estancia de San Andrés de Giles, a unos cien kilómetros de Buenos Aires, y el italiano, de trotar varios kilómetros por las ventosas playas entre Cariló y Pinamar, a cuatrocientos kilómetros, desiertas en esta época del año, pero que le recuerdan a la costa de Bretaña aunque no se parezcan ni en fotos, seguido en su trote por una pareja de guardaespaldas veteranos pero de ninguna guerra colonialista, sino de sus propias vidas, y que, agotados, casi acaban hospitalizados en el dispensario de Valeria del Mar, cuando faltaba tan poco para estar de regreso en Cariló.
El alemán, que se quedó este domingo en Buenos Aires, recibió el llamado de un corresponsal amigo, de la agencia Reuters: se acababa de enterar, en un asado de periodistas extranjeros, del secuestro de las tres parejas de turistas. El portador de la noticia había sido un criollo, un cordobés amigo del dueño de casa que llegó al asado sin invitación y, después de bajarse una botella de Vents du Bourgogne, pidió silencio para contar lo que, aclaró, no era un chiste de los que hicieron famosos a sus comprovincianos, pero que su fuente, un funcionario del gobierno que no hablaba gratis, le había encarecido mantener en secreto hasta por lo menos el lunes a la tarde.
Si se menta la presencia del demonio en un convento de carmelitas, no puede pretenderse que las monjas no huyan despavoridas, aunque hayan hecho votos de clausura. Sin embargo, el cordobés preguntó qué les pasa a todos, a dónde van, cuando los periodistas extranjeros salieron en desbandada, en busca de sus laptops y celulares, para transmitir la primicia a sus respectivas patronales.
—Ya Europa lo sabe —dice Günther Weber, el anfitrión, a sus colegas—: la noticia está subiendo a internet y este gobierno de arribistas pretende discreción.
—Se han perdido horas preciosas —dice André Villespierre.
—Mascalzone, porca miseria —acota Giácomo Montegassa.
El alemán escancia, en copones con el logo de la embajada, un precioso brandy que elaboraron durante décadas los comunistas —informa—, y que tenían bien guardado en sus bodegas de Berlín Oriental.
—No hacían todo tan mal, los comunistas: el brandy está buenísimo —se entusiasma el italiano.
—Casi francés —corona André.
Brindan por la comunidad europea de hedonistas, ríen en sus respectivos idiomas, beben y vuelven a servirse, antes de escuchar las novedades de Günther.
—Mientras ustedes viajaban hacia aquí, me comuniqué con mi amiga íntima Jennifer González, secretaria privada del ministro de Interior.
Hay máculas libidinosas en los ojos del alemán que no llega a los cincuenta, metro noventa y cinco, rubio y atlético, raza superior. Es obvio, al menos para sus colegas comunitarios, que no duerme a gusto con su esposa diez años mayor, aunque ella, con sus empresas, signifique un reaseguro económico a los avatares siempre imprevisibles de toda carrera política, como la que el alemán lleva adelante en su país.
—Gracias a Jennifer…
El deliberado, largo silencio, es para que sus colegas imaginen a Jennifer, veinticinco sabrosos y solícitos años, retozando sobre la vasta superficie en reposo solo aparente del alemán.
Gracias a Jennifer, el ministro lo llamó hace un rato para ponerse a disposición, no ya de Alemania, Francia e Italia, sino de todo el occidente cristiano, para recuperar esa misma noche a los turistas secuestrados.
—Es un hombre práctico y decidido, y por lo que sé, tiene un par de negocios pendientes con una empresa alemana, de la que el compatriota secuestrado es accionista mayoritario. Inmediatamente dio órdenes al jefe de la Policía Federal y se convocó de urgencia a un grupo de elite, especialistas en el rescate de secuestrados, gente formada en la Escuela de las Américas, en Panamá, que no se detiene ni duerme hasta encontrar lo que busca. Acá tengo sus nombres.
Les muestra el fax que acaba de recibir en línea directa desde el ministerio. Todos oficiales, ningún novato, se nota por los cargos y antecedentes. Han liberado a ejecutivos de empresas líderes sin que en ningún caso nadie resultara lastimado.
—Los comanda un hombre de la absoluta confianza del ministro y al que la propia Jennifer conoce y admira, porque se encarga de entregarle los cheques que a su nombre libra el ministro, para mantenerlo en la defensa entusiasta del orden constitucional.
Es implacable, dice Günther que dice Jennifer, sólido como una montaña, voz ronca de cantor de blues, metro noventa, ciento diez kilos de músculos trabajados en gimnasio a jornada completa, tirador condecorado. El embajador de Italia parece encantado cuando lee su nombre.
—¡Berlusconi, como el primer ministro, forza Italia!
Italianos y alemanes, falta un japonés y de nuevo el Eje nazifascista, al embajador de Francia se le tuerce la boca por el disgusto, se siente en minoría, desconfía especialmente de italianos y policías del tercer mundo. No le importa que sean asesinos a sueldo, le preocupa que no sean serios, y lo demuestra que Berlusconi figure en la lista con su apodo, Oso, y no con su nombre verdadero.
Pero acepta con gusto el tercer copón. Por lo menos, el brandy es comunista.