Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 17 de 56

Páginas del PDF

Ciudad santa

Capítulo 16

 

No es una twin tower que se mantiene en pie en el cono sur de América, no figura entre los rascacielos apetecibles por los pilotos amateurs del fundamentalismo alcaedista. Es un antiguo edificio de cuarenta pisos, cerca de Retiro, a pocas cuadras de Catalinas, un complejo de edificios modernos, acristalados para imitar a los de Manhattan, en los que se amontonan a sueldo fijo centenares de burócratas.

Lo llaman Alas, al edificio antiguo, segregado del resto, construido en la década del cincuenta del siglo pasado. Es una colmena de oficiales de la aeronáutica militar, aviadores con sus mujeres y sus hijos sin otra residencia en Buenos Aires que esos departamentos anacrónicos, deteriorados, a los que hay que llegar por unos ascensores que por lo general no funcionan, o se detienen entre pisos, generando escenas de modesto pánico entre los claustrofóbicos y protestas entre el personal de seguridad, obligado varias veces al día a ir en auxilio de los encerrados.

En el piso cuarenta, el último peldaño antes del paraíso, supo haber una habitación donde funcionaba una estación de radiocomunicaciones. Con el avance de la tecnología celular, internet y otras plagas informáticas, hablar por radio se transformó en un pasatiempo de nostálgicos y la estación fue dada de baja.

Ese lugar en la cumbre de una ciudad poco afecta a mirar hacia arriba, con vista al río y a Puerto Madero, muy cercano al departamento del Tío, fue elegido por los federales en comisión para alojar temporariamente a Osmar Arredri y su bella concubina, Sirena Mondragón.

Los cuidan, de a pares —todo parece hacerse de a pares en la Federal—, unos canas que se relevan a sí mismos cada seis horas. Llegan, dicen buenas y se sientan a leer los diarios, a resolver —siempre a medias— los crucigramas, a dibujar martingalas con los favoritos de las carreras de caballos de Palermo y San Isidro, a tomar mate y dejar pasar el tiempo, variante en la que son especialistas. El colombiano y su chica no pueden responder al saludo porque están amordazados, solo les quitan las mordazas para comer de las viandas que les sube Rosamonte, el toque maternal en la guardería, una suboficial de relaciones públicas de la policía, que en realidad se llama Rosa Montes, pero es tan flaca que sus compañeros la han rebautizado con la marca de la yerba mate Rosamonte porque dicen, muy jocosos y creativos, que tiene el físico de una bombilla.

Un televisor de catorce pulgadas emite sin sonido los programas que a los celadores de turno se les antojan, solo ellos los oyen, conectados a un audífono, y Rosamonte, cuando pasan algún programa de cocina. Los huéspedes no pueden ver la pequeña pantalla, la idea es mantenerlos aislados del mundo, quebrarlos de a poco, sin violencia física. Un tipo acostumbrado a vivir a lo grande, con lo mejor que puede comprar la guita dulce, no va a aguantar demasiado en esas condiciones, atado y maniatado, sin poder tocar a su bella sirena, ni siquiera rascarse la nariz o el culo, con permiso para ir al baño cada ocho horas y comiendo la basura que recoge Rosamonte de los comederos del vecindario.

A Rosamonte le han dado una licencia especial para esta comisión, aunque ella prefiere su trabajo de relacionista pública en el Departamento Central, atendiendo gente, visitando empresas, haciendo promoción institucional y, bajo cuerda, venta de servicios de vigilancia, custodia personal y domiciliaria, de la agencia de seguridad montada por Oso Berlusconi.

—Va a haber quilombo —dice uno de los canas que acaba de tomar el relevo, mientras ametralla la pantalla con el control remoto buscando un noticiero—. Están levantando turistas del barco varado.

—¿Quiénes? —pregunta Rosamonte.

—¿Qué es ese ruido?

Un cric cric de virutas de madera, como de cierre relámpago que va y viene por el cielorraso.

—Ratas.

—No me jodas, ¿cómo sube una rata al piso cuarenta?

—Por los ascensores, supongo, cuando funcionan. ¿Quién está chupando turistas?

—No sabemos —dice el otro cana de la pareja—. Pero hay mucha bronca.

Rosamonte ceba un mate al cana que habló primero:

—Es zona portuaria, hay más ratas que gente.

Le explica, con la intención de borrarle el gesto agrio, que hasta en Puerto Madero, donde un departamento cuesta medio millón de dólares, hay ratas.

—Señoras ratas, de linaje, las que bajan de los barcos se cruzan con las nativas y engendran una nueva oligarquía, Buenos Aires, crisol de ratas.

—Mirá que habla lindo, la de relaciones públicas —dice el cana que habló último, ojos saltones que no le alcanzan para descubrir las tetas de la bombilla.

—¿Cuánto durará esto? Estoy podrido —dice el que miraba al techo, sentándose—. No me gusta estar acá.

Echa una mirada a los cautivos, que están muy quietos, adormecidos.

—En cualquier momento los colombianos vienen a llevárselos y nos cagan a tiros.

—No van a meterse con la Fuerza Aérea —dice Rosamonte—, sería un acto de guerra. Además, esta noche viene el Oso, a hacerse cargo.

Se ríen, los canas varones, una guerra con Colombia, la que nos falta, dicen, y el tema del aburrimiento pasa a ser el fútbol, la vez que Colombia nos dio una paliza de cinco a uno, qué bochorno, esa fue peor derrota que la de la guerra de Malvinas. A Rosamonte le aburre el fútbol y, como en la tele no hay clases de cocina, se da vuelta y mira a los chupados. El Oso le ha prohibido que la vean, pero ella los mira igual, qué van a recordar, esos dos, si salen vivos de ahí. La cara de Rosamonte es vulgar, es flaca, no tiene casi atributos femeninos, si hasta le gustan las mujeres, pero de eso mejor que no se enteren sus compañeros de la Federal porque la pasaría mal, a las tortilleras las amenazan desde todas las comisarías hasta que no dan más y renuncian, o terminan violadas y apaleadas. También hay abusos con las normales, las que ingresan en la fuerza creyéndose los ángeles de Charlie, pero esas en general se callan, se la bancan, la obra social de la policía puede más que el asco, y si alguna se pone loca y denuncia a los acosadores al juez o a la televisión, que se despida de seguir en la policía, no van a descansar hasta verla afuera o reventada en un tiroteo.

Se entretiene mirando a los cautivos, no le dan lástima, son extranjeros, colombias, para colmo, y narcos, los colombias son todos narcos, adonde vayan los miran con desconfianza, nadie los quiere cerca, en Europa les piden certificados y documentos que no existen, los examinan con rayos X antes de dejar entrar a alguno. En la Argentina nadie les pone trabas, acá pasan todos, dicen los de Migraciones, diplomáticos con merca para derribar caballos y políticos cargados como burros con mochilas llenas de dólares, pero eso sí, que un gil no pretenda pasarnos con una cámara japonesa porque se la confiscamos y a la bolsa.

Osmar Arredri abre los ojos y Sirena Mondragón también sale de su adormecimiento, se dejan mirar y miran, amordazados, atados, quietos. Rosa Montes siente que mirarían con mayor ternura a la rata que sigue haciendo cric cric por encima del cielorraso.