Ciudad santa
Capítulo 18
Sabe que es tarde para bajarse, la calesita va muy rápido. Si los padres la estuvieran viendo, se divertirían con ella, con su cara de susto y sus inútiles manoteos al aire para apoderarse de la sortija, pero en la calesita no hay esta vez caballos, Dumbos y aeroplanos, hay asesinos, y ella no se divierte nada, ni están los padres viéndola, ni sus hombres, está sola, mirándose como quien se clava un cuchillo.
Llama al juez pero no lo encuentra, no está en Lomas de Zamora, ni en la Argentina, le informa el secretario del juzgado, viajó a Melbourne, Australia, a un congreso de juristas.
—¿El juez de Lomas, en un congreso de juristas?
—Tiene gracia, la jurisprudencia comparada debe serle tan cara como a un forense la sicología profunda de Jüng. Pero el partido paga, y al partido le pagan los contribuyentes sosteniendo este sistema podrido, los boludos y las boludas como nosotras.
Laucha Giménez, que se ha ofrecido a escoltarle el ánimo por unas horas, dice que Verónica se ha vuelto antidemocrática, medio facha, para ser claras.
—¿Qué querés, que venga otra dictadura?
—No la necesitan —le explica Verónica—, por eso no viene. Ahora tienen a estos chorros sin madre, les salen más baratos que los milicos y tienen una ventaja: no parlotean sobre la patria y su destino de grandeza, ni se les ocurre ir a la guerra con Chile o Inglaterra.
El día anterior habían fusilado a un pobre infeliz, en pleno centro, pero hoy ya ningún medio mencionaba el tema, solo ella y el gallego del bar, aunque por razones distintas, se acordaban del desastre. Era tarde, entonces, para andar con medias tintas. Aunque el contador dibujara el más precioso informe, en el que la feria del Riachuelo se pareciera a la Disneylandia a la que había prometido llevar a sus nietos, su sola designación como interventora había encendido la mecha. Y si aquello era un polvorín, cualquier chisporroteo era una amenaza.
—Hay que ir a fondo, ya que nos metimos en el baile —le dice por teléfono al contador, ante la mirada despavorida de Laucha Giménez, que no entiende de dónde le viene a su amiga la vocación suicida.
—Yo hago mi trabajo, doctora —dice el contador—: soy un profesional, no un mercenario, usted me entiende. No voy a echar mi honra a los perros por la conveniencia de un juez.
—Que encima nos abandona —gruñe Verónica y de inmediato se arrepiente; las muecas con las que Laucha pretende detenerla llegan tarde, el contador es puro silencio al otro lado de la línea, hasta que por fin habla.
—¿Cómo que nos abandona…?
Verónica responde con gestos a los gestos de Laucha, como si la cuestión fuera entre ellas dos, de qué modo, por lograr que un cobarde no se asuste, le está contando un cuentito que a Poe o a Lovecraft les pondrían los pelos de punta.
—Nada. Está en un congreso de juristas, un par de días fuera del país. Lo llamé para consultarle este tema.
—¿Qué tema, doctora?
—Esto de llegar al fondo.
Trata de librarse de la erupción de interrogantes, de tranquilizarlo, pero el contador es un abuelo de principios, tiene nietos que quiere llevar a Disneylandia, pero no a costa de su integridad, es un profesional, no un mercenario.
Se ríen, cuando corta la comunicación después de serenarlo, o confundirlo.
—Ya que te lanzaste, tendrías que haberle dicho que ayer estabas tomando un cafecito con un amigo cana y te rociaron a balazos —dice Laucha —. Vas a ver cómo se le van las pretensiones de viajar con los nietos a los pagos del ratón Mickey y el pato Donald.
—Ese juez va a llevarse una sorpresa —dice Verónica—. Si supiera la que se le viene, se escondería en la bolsa de un canguro y pediría asilo en Australia.
Laucha le recuerda que la más expuesta es ella, no el juez ni el contador.
—La interventora sos vos. Tuya es la cara que todos ya deben reconocer en esos pasillos tenebrosos de la feria.
Con sus dientes chiquitos y filosos, Laucha ya está mordiendo los cincuenta. Dejó de ovular hace dos años y cuando está con un hombre ya no sabe si los sofocos son por la calentura o por la menopausia. Es menuda, metro sesenta, redondeces todavía armoniosas, insaciable aunque arrecien las dificultades. No entiende la insatisfacción sexual de las mujeres.
—No saben coger —dice—, son víctimas de una despreciable educación machista.
—Empiezan por el final —aporta Verónica su sabiduría—: por el casamiento.
Lo dice ella, por experiencia y desencanto, que llega a los cuarenta y cinco metida en un cuerpo exultante, una copa rebosante de vida con la que seres oscuros se han puesto a practicar tiro al blanco.
—Necesitás un amante, ahora —es el diagnóstico de Laucha sobre su amiga—: que no sea cana, ni juez, ni contador público, claro. Tampoco ese inútil al que seguís esperando de madrugada. Un tipo superesport, necesitás, descapotable, que te permita ver el cielo aunque vayan a mil, que le importen más las voluptuosidades de Andrómeda que los semáforos de la esquina, Verónica. Un artista, un romántico, aunque en sus ratos libres sea puto o drogadicto.
Verónica le recuerda su experiencia con el Tibetano, un músico de rock.
—Paré todo, cuando me enamoré del Tibetano. Cerré el estudio, me subí con él al carromato en el que iban de gira con la banda: ensayos, reportajes, recitales con adolescentes alucinadas y chillonas pidiéndole más; así, así, gritaban, como si se lo estuvieran cogiendo en masa.
Para eso pagan la entrada, no te pongas celosa, le decía el Tibetano entre función y función de aullidos y redobles, de transpirar sobre los escenarios como mineros cavando en la mina, de maldecir en sus letras imposibles a una sociedad capitalista condenada al holocausto y encerrarse, entre gira y gira, con un contador idéntico al abuelo con el que Verónica acaba de hablar; cuentas claras e inversiones seguras, nada de poner la guita en el país, te la afanan seguro, decía el Tibetano, y cuando no estaba drogado soñaba con una casa blanca con ventanales al Mediterráneo.
—¿Y cuándo estaba drogado?
—Con dos casas blancas con ventanales al Mediterráneo. El mismo mundo, Laucha. No hay dos planetas girando superpuestos, la dimensión desconocida es parte del sistema, los misterios del ser pagan impuestos para que los poderosos sigan moviendo sus hilos y el lucro no se detenga. Esos tirones en los huesos, esos dolores articulares, no son problema de hormonas, Laucha, son los hilos que ya hieren la carne de tanto tironear para que nos movamos al antojo de otros. Acaban, decía el Tibetano, se jactaba con los flacos de la banda: algunas, muchas, no sé, nunca las conté, se tocan mientras tocamos, pero no hay sexo, solo hay locura.
Tres meses fue lo que duró, lo que resistió Verónica; además las giras no siempre daban ganancia y lo que Verónica había ahorrado se fue en apuros y promesas, en funciones levantadas por mal tiempo o porque no iba nadie, no era Charly García, el Tibetano, y todavía quedan pueblos, en el interior, en los que la única manifestación de vida son chacareros y tamberos; LLEGA EL TIBETANO Y SU BANDA, rezaban los afiches, y en esos pueblos desangelados creían que llegaban la langosta y su manga, o que bailarían cuartetos y cumbias.
—Toqué fondo y dije basta. Soy abogada, además: a los tres meses di por terminado el periodo de prueba y lo despedí.
Volvió a abrir el estudio. Como no tenía un peso para el alquiler, puso un aviso y apareció Bértola, para compartir gastos: traumas y sucesiones, complejos de Edipo y hábeas corpus preventivos.
—¿Y qué pasó con Bértola, la otra noche, cuando fuiste a su casa? —se ilusiona Laucha, se deleita con lo que supone que Verónica va a contarle.
—Me despidió con un beso en la mejilla.