Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 51 de 56

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Ciudad santa

Capítulo 50

 

Son los perros merodeadores de la prensa los que sacan a la luz el escondite del Jaguar. Los canas de la zona lo conocían, le regalaban cápsulas servidas y hasta un revólver que le habían incautado por izquierda a un pibe chorro. A ver si te inspirás y te volás la cabeza, le dijeron, no sin cariño, y el Jaguar saltaba como un ciervo en su bosque de chatarra y agua maloliente, en las orillas putrefactas de Ciudad Santa, el mamarracho de cartón pintado y extras disfrazados de árabes donde llevan a los turistas que no bajan de cruceros como el Queen of Storms, sino de buses de larga distancia como el Chevallier o el Costera Criolla.

Un movilero de Crónica TV entró en Ciudad Santa con el cámara. Dos jóvenes veteranos del periodismo forense, el de los primeros planos en la escena del accidente, el que recorre la ciudad sintonizando la radio policial y llega antes que la cana, imágenes exclusivas del ladrón acorralado o reventado a balazos sobre la vereda, declaraciones del padre de familia a la que tomaron de rehén los chorros del almacén de la otra cuadra, primeros planos del energúmeno armado que clama a los gritos porque vengan un juez y la madre que en mala hora lo parió.

Poca paga, agotamiento, la ambición de ser un día jefes de redacción y acostarse con modelos top, cóctel de alucinaciones que los mantienen en pie, circulando por la ciudad, la cana siempre en frecuencia: entran en Ciudad Santa como se mandarían al interior de una villa miseria, de Fuerte Apache, o del barrio Piedra Libre, Morón al sur, calles de barro y perros tan flacos como los chicos de nueve o diez años que nunca fueron a la escuela.

Carteles rojos de Crónica TV, EXCLUSIVO, CALAVERAS EN CIUDAD SANTA, EL ESCONDITE DEL JAGUAR.

Media docena de cabezas sin tronco, de huesos que podrían ser de cualquiera y que un estudiante de Medicina se llevaría a su casa, si llegara antes que los movileros. Los únicos, además, a los que parece importar el hallazgo, porque la policía nunca llega, el juez de turno llamará a declarar a los concesionarios de Ciudad Santa, que cómo permitieron que un antisocial pernoctara en su predio, si no se dieron cuenta; cuenta de qué, si no jodía a nadie, dirán, y el juez aprovechará el feriado largo de agosto para hacerse una escapada al mar y archivar unos expedientes tan flacos como los chicos y los perros de Morón al sur.

—Sabía, Escocés. Claro que sabía. Vos te encargaste de servirme en bandeja todo el banquete. Dos hermanos gemelos, nacidos sin embargo a horas diferentes. El varón, retrasado mental, abandonado en la montaña. La mujercita, nacida en un hospital y entregada después en adopción. ¿Voy bien?

Va por el segundo whisky nacional, el Escocés. Solo mira a Carroza, que apenas se ha mojado los labios.

—Humillado, despreciado y tirado a los buitres, el hermanito de la montaña deviene en una suerte de sombra vengadora, no habla pero mata, esa era tu versión.

—La que me dio la policía boliviana.

—Pero el infeliz nunca mató una mosca. Serruchaba cabezas, un hobby, como quien colecciona estampillas.

—Un compañero nuestro lo fichó, acordate. Yo te pasé ese dato.

—Y yo fui a visitarlo al cementerio de Lomas. Lo sepultaron decapitado.

—No tenía ese dato, no me lo contaste. Siempre fuiste de guardarte información, Oriental. Y eso es peligroso para los que trabajamos con vos.

—El dichoso Jaguar nunca tuvo acceso a ese cuerpo, Escocés.

Tercer whisky del que nació en Irlanda, cara de nada, rostro liso como dicen que tienen los marcianos, sin boca porque se comunican por telepatía.

—Estuvo dos días en la Morgue Judicial, antes que lo llevaran a vivir su más allá al cementerio de Lomas. Un cana de la Federal anduvo husmeando, pidió ver el cadáver. ¿Para qué? Si Dardo Julio Martínez murió de sida: ¿por qué la morgue, por qué un cana metiendo su apestosa nariz en el cadáver de un compañero? Cabos sueltos, Escocés, que tuve que atar de apuro. El juez me dijo que si no le presento en dos horas un informe como la gente, me manda a guardar.

—Debiste haber ido al Central, entonces. Yo no tengo computadora, compañero.

—Yo me arreglo. El juez, también. Todo lo que necesitamos los funcionarios públicos es redactar informes, llenar planillas. Y pasar a cobrar a fin de mes. Pero necesito saber, Escocés. Una pobre mina murió por querer salvar a otra. Y no quiero perder a esa otra por tu juego sucio, «compañero».

Sonríe, el Escocés. No concibe el enamoramiento en un esqueleto, cómo hace un tipo así, lleno de agujeros y filtraciones, para calentarse. Cuarto whisky.

—Andá a dormir, Carroza. El caso está cerrado, ese juez no va a encanarte. Dormí ocho horas y le llevás los papeles que te pide.

Carroza deja el vaso, del que no ha bebido. Acaricia la culata de su pistola, la saca despacio de la sobaquera y la deja sobre la mesa, junto al vaso de whisky del Escocés.

—Voy a dormir un día entero, después de esto. Pero contame antes. ¿Por qué le serruchaste la cabeza a Martínez, Escocés?

Como quien se quita los zapatos para entrar al templo ha dejado su arma, Carroza. Respeto, prueba de fe, necesidad de elevar el espíritu por sobre tanta mierda. Pero el Escocés, que ni siquiera es irlandés, tampoco es un sacerdote. La recoge y le apunta, despacio también, ceremonioso, como el cura católico que levanta la hostia sobre el cáliz.

—Te fuiste al carajo de nuevo —le dice a Carroza—. Tipos como vos, solitarios, sin pasado, no se la pueden creer de esta manera, Carroza.

Pero le va a contar, antes de apretar el gatillo. Te ganaste ese derecho, le dice, y se manda un trago del cuello de la botella, un buche con Criadores que escupe a un costado.

—Dejame adivinar —se le adelanta Carroza—: Ana Torrente…

—Como en los culebrones venezolanos. Mucho antes me cogí a una india, pecado de juventud, qué vas a hacer. Me habían mandado en comisión a Tartagal, en 1984, a investigar a una banda de contrabandistas. Tres meses bajo ese sol, levantando temperatura. Las indias se embarazan con nada, son fértiles y prolíficas como las ratas, la perdición de América.

Volvió años más tarde a Tartagal, límite con Bolivia, una pequeña y empobrecida ciudad ahogada por la selva. Averiguó.

—No fue fácil. A nadie le importan las crías de las indias, a los libros de registro del hospital les faltan hojas, las usan para levantar quiniela, limpiarse el culo, no sé. Pero por fin averigüé.

Se habían llevado a la niña, una pareja de alemanes, de Santa Cruz de la Sierra. Para ellos fue un milagro, ojos de agua, tan rubiecita. No sabían, claro, que esa nena ricitos de oro venía con sorpresa, una excrescencia humanoide que la madre había abandonado en la montaña.

—Viste como somos los tipos, Oriental. No te muevas o te quemo, ahora vas a escuchar la historia. Viste como somos, te decía: nos importan tres carajos los críos, pero cuando crecen y se ponen lindos queremos reivindicar nuestra paternidad. Entendeme, la india se murió de septicemia, pocas horas después del parto.

Viajó a Bolivia, el Escocés. En Santa Cruz de la Sierra encontró a los padres adoptivos.

—Adoptivos por la zurda, claro. Habían comprado a la piba por quinientos marcos alemanes, por entonces no había euros. Una fortuna, para esos médicos collas y esas enfermeras diplomadas en los corrales de los ingenios. Amenacé con denunciarlos si no le decían la verdad: de quién era hija. No pretendí llevármela. Imaginame a mí, solterón y mujeriego, criando a una chancleta, ni en pedo. Pónganle el apellido que quieran, les dije, pero que sepa que el padre es un policía argentino, de la Federal. Ellos cumplieron. Pero yo nunca volví a verla.