Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 50 de 56

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Ciudad santa

Capítulo 49

 

Mira folletos turísticos de Irlanda, el Escocés que es argentino, hijo de irlandeses. Los padres nunca le hablaban de su país natal, parecían haber nacido en algún lugar más allá de la niebla, otro mundo, al que no valía la pena recordar. Como tantos inmigrantes, preferían creer que eran de verdad nacidos en la Argentina, que nunca habían cruzado el mar empujados por las guerras civiles, por el miedo a caer acribillados en una emboscada o fusilados por uno de los bandos en pugna.

Por eso no le importó que en la Federal lo llamaran Escocés, le daba lo mismo, él era de aquí, sus ojos claros, el pelo rubio, no lo distinguían de Oraldo Frutos, el morocho araucano que cayó acribillado por un lacayo del intendente de Lanús, cuando Frutos quiso interrogarlo, una madrugada en la que hasta el chofer del patrullero había dado parte de enfermo.

Europa no existió nunca para el Escocés, ni para el Gallego García, que fue su compañero hasta que lo degradaron y lo dieron de baja, por negarse a salir de testigo contra el comisario pederasta que lo había reclutado en un conventillo de la calle Piedras, sacándolo de la droga con un argumento de hierro; tenés que estar del otro lado del mostrador, pibe, vendiendo y cobrando, no consumiendo: venite conmigo a la Federal.

Europa, qué carajo es Europa para todos ellos. Primera vez que el Escocés se detiene a mirar un folleto sobre Irlanda, país de borrachos, tenía entendido, que odian a los ingleses y pronuncian las erres, buen whisky, mucho frío todo el año, mujeres coloradas que a la distancia se le antojan frígidas, aunque quién sabe.

Hablo con el juez y paso a verte, le dijo Carroza hace ya dos horas. Lo está esperando, va a esperarlo una hora más y después se irá a dormir, es probable que Carroza esta vez tenga que pasar la noche en Tribunales.

Hace frío en Buenos Aires, una neblina húmeda desdibuja el contorno de los edificios, empapa las calles ya vacías, apura el paso de algún rezagado, de algún vampiro sin colmillos camino a un puterío del Bajo o a los bosques de Palermo, por donde ahora deambulan, como pintarrajeados zombis, los travestis.

Llaman al portero eléctrico.

Una calavera en el monitor: de nuevo Carroza zafó de ir preso. Le abre y espera.

—Quería dejarme adentro, ese juez hijo de puta.

Carroza, entrando y quitándose el perramus, un abrigo sucio que remeda el que en la televisión usaba el detective Columbo.

—Es un juez probo.

—Provo… provoleta. Y a la parrilla. Sé de infelices llenos de excoriaciones que se desnudaron frente a él y el tipo, cara de póker, ¿dónde se hizo eso, hijo?, les pregunta.

—Más a su favor, nos alivia el trabajo haciéndose el boludo, sabe que lidiamos con basura radioactiva. Pero esta vez se te fue la mano, Oriental.

Carroza no registra el comentario, recoge el folleto que estaba hojeando el Escocés.

—¿Qué es esto?

—Irlanda.

Lo tira al piso, con desconfianza.

—Que devuelvan las Malvinas.

—Irlanda, no Inglaterra, Oriental.

—¿Dónde mierda queda Irlanda?

Le explica, el Escocés, dónde queda Irlanda, que nada tiene que ver con el Imperio británico; pero si hablan el mismo idioma, toman whisky, se cagan en nosotros, argumenta Carroza, nada más que por cambiar de tema, olvidarse del juez provoleta que amagó con dejarlo adentro y de la lauchesca cuarentona suicidada que usó como cebo para que Miss Bolivia no desconfiara y atraer al Jaguar.

—Me prometiste que te encargarías de ese perro —dice Carroza.

—Pero entró por los techos.

—Y vos, sentado en el auto, fumando y oyendo la FM Tango, esperando a que un loco criminal fuera a tocar el timbre en mi casa como un vendedor de biblias.

Sirve whisky, el Escocés: horrible whisky nacional, el más barato que encontró en la góndola del supermercado. Carroza apenas se moja los labios.

—Me convenciste de que era un loco peligroso. Pero te quedaste sentado en el auto.

El Escocés lo deja venir, entrar en su área. Si ahora se fuera, contrariado, ya nunca admitiría nada, volvería a encerrarse. Mañana o pasado abandonará su departamento de la calle Azara, buscará otra cueva en las antípodas, del barrio sur se irá al norte, o al suburbio, siempre cambiando de escondrijos, Carroza, perseguido, a la defensiva.

—Tenés razón —dice el Escocés—, me quedé en el auto. Pero vos sabías.

—¿Sabía?

 

Verónica, sus ojos tan abiertos como los del perro Mauser, mirando los dos a Bértola, que esta noche no hizo asado, solo la llevó a su casa en Villa del Parque; no podés dormir sola, y ella: puedo ir a mi trabajo, después de todo, la guerra es mi elemento.

Pero finalmente aceptó el convite y acá están, abiertos los ojos de Verónica, enrojecidos por el llanto, la mano sobre la cabeza lanuda del perro que se ha sentado a su lado como dispuesto, también, a escuchar al analista de bochos.

—Claro que me escucha —dice Bértola, por Mauser—. Todo analista necesita una escucha. Y por lo menos el perro no es lacaniano.

—Si sabía, ¿por qué dejó que todo esto sucediera, Damián? ¿Por qué vos, por lo menos, no me avisaste?

—No puedo anticiparme a los hechos que desencadenan las patologías de mis pacientes, Verónica. Terminaría internado en una semana.

—Pero algo debiste sospechar, era también tu paciente.

—Mal pagador. Desconfiado, además. Buscaba micrófonos, cada vez que entraba en el consultorio.

Exagera, Bértola, trata de quebrar la resistencia de Verónica a aceptar una realidad que no solo él debió prever. Pero es demasiado pronto, la violencia todavía arde en el aire como la electricidad de una tormenta que no ha pasado del todo. Es apenas medianoche.

—¿Por qué alguien decide ser policía, Verónica?

—No lo sé. Por ponerse del lado de los que ganan, dirigir el tránsito, llevar un arma. Estuve casada con uno y fue siempre un desconocido.

De repente, Verónica suelta la cabeza de Mauser, que se sobresalta como si le hubieran pisado la cola. Se pone de pie y encara a Bértola.

—¿Carroza tuvo algo que ver con la muerte de Romano?

Se cruza de brazos, Bértola. Le piden demasiado. Sus pacientes, a cada rato y por la misma plata, y ahora su socia en el alquiler de la oficina, abogada sacapresos, viuda dos veces, pretende que sea él, un humilde sicoanalista de barrio, quien le anuncie que ha dejado de llover y los pajaritos cantan.

—«Mambrú se fue a la guerra», Verónica. Fue temblando, seguramente, sabiendo que moriría en las trincheras, despedazado por una granada. Esa calavera con chapa de la Federal no viene de la academia. Ha vivido. Y ha muerto, si se me permite la licencia poética. Por deducción pura, y te aclaro que no consulto estas cosas con mis colegas, ni con Mauser, los muertos hablan con él como yo con vos, ahora.

—A ver si te entiendo: le da lo mismo, entonces.

—Es probable. ¿Fue al hospital, acaso?

Verónica niega en silencio. Ni siquiera se dignó a llamarla. Puso a Laucha en la línea de fuego, la dejó a cargo de una situación incontrolable para cualquiera, aunque su pobre amiga la resolvió a su modo.

—A su modo, claro. Matando a un inocente.

Verónica vuelve a sentarse, anuncia que esta noche no la pasará en casa de nadie; me voy a la feria, dice, necesito oír todavía el zumbido de las balas.

—Hacé lo que quieras, menos cerrar los ojos. Laucha Giménez estaba preocupada por tu vida pero no por la suya, Verónica. Se abrazó al Jaguar para ser devorada y resultó que era un jaguar de peluche, con dientes de plástico. Los asesinos eran otros.

—Ana Torrente —dice la abogada sacapresos.

—Y Walter Carroza —dice el bochólogo de barrio.