Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 33 de 56

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Ciudad santa

Capítulo 32

 

Ha llegado el momento de mirarse en silencio, del cigarrillo compartido, de las risas que pueden encenderse primero en cualquiera de los dos rostros enfrentados y contagiarse o reflejarse, de los besos suaves, los labios rozando lo que antes devoraron, las manos que superpuestas juegan a cuál más grande, si los hombres supieran, dice Ana, y acaricia donde antes penetró, rodea con su dedo índice como dibujando esos otros labios en los que acaba de encenderse y apagarse.

Verónica colorea los labios de Ana, un carmín suave y brillo para relamerlos enseguida con la pretensión de borrarlos.

—Sin embargo hay hombres que quieren ser nosotras— dice.

—Pero no atinan a empezar, no saben, confunden los abalorios con los atributos —Ana, Miss Bolivia que se deja borrar la boca y despeja la frente transpirada de Verónica para besarla, paternal, paternala, se corrige y ríe, humedece los suaves surcos que la cuarentona rellena con maquillaje.

Entró, Ana, ¿hace cuánto? Una puerta y otra, abiertas las dos, pese a las advertencias de Carroza, ¿quién se habría creído, ese cana desvencijado, ese esqueleto sin más carnadura que el resentimiento?

Puso la Bersa sobre la mesa ratona, como aprestándose a firmar alguna clase de armisticio, y la atrajo hacia ella. Verónica se dejó ir, nunca le había sucedido con un tipo algo parecido, ni siquiera con Romano, que la arrestaba sin leerle sus derechos pero no de esta manera tranquila, las manos deshojándose entre los cuerpos ya tan próximos, tan imantados, capaces de pegarse célula por célula, de transfundirse sin urgencias, de volcarse como el color en su cuenco, de elegirse porque alguien, o algo, que no son ellas dos, ya decidió que esta noche estuvieran juntas, que se encontraran sin darse explicaciones, continuando apenas, dos equilibristas suspendidas en el vacío de una noche extraña, un vacío de horas, muy pocas, que estarán de más en cualquier registro formal, horas fantasmales pero tan deseadas.

La música electrónica del celular suena lejana, como las sirenas de ambulancias y patrulleros que atraviesan la ciudad cada madrugada, ni Verónica ni Ana se molestan en atenderlo; mi celular suena como el tuyo — dice Ana—, hasta en eso nos encontramos.

—Podría ser urgente —amaga inquietarse Verónica, pero la palma cálida de Ana se ofrece al beso húmedo y la lengua de Verónica hurgando en su dibujo, curiosa y fatal, lengua gitana, dice Ana y cambia de a poco la mano por sus labios mientras rodea la cintura de Verónica con brazos firmes, como si fuera a levantarla sin importarle el peso, a rescatarla de algún lugar en el que la vida de Verónica corriera peligro.

Pero el único peligro que corre Verónica esta noche es el de enamorarse de otra mujer, a lo mejor por eso araña el cuerpo de Ana, intenta librarse de sus brazos y estirarse para alcanzar el celular que sigue sonando y es el suyo. La música del llamado —Beethoven transfigurado por el ácido cibernético— cesa antes de que Verónica pueda poner en foco la pequeña pantalla; los brazos de Ana la rescatan de su intento y vuelven a atraerla con violencia, sus labios a sellar la boca de Verónica y su lengua penetrándola hasta casi asfixiarla. Debería —quisiera o no quisiera, pero debería— quitársela de encima, verse a sí misma como dicen que se ven los que empiezan a morir y se despegan de sus cuerpos pero para quedarse por ahí nomás, colgados del cielorraso, espectros inminentes y domésticos que rozan el más allá nada más que por tener una mejor visión del más acá.

No puede, no quiere, no tiene fuerzas, nunca las tuvo para librarse del deseo cuando el combate es por eliminación, sin reglas ni jueces, a un lado del ring y fuera de la ley en la que ella se educó. Se entrega nuevamente, se abre, siente que esas manos que podrían ser de hombre le desgarran los temblores del cuerpo como a un vestido de seda, la desnudan, y no le importa que esa voz de mujer diga doctora, qué bueno es cogerte, doctora, a ella, que siempre exigió que le dijeran te quiero.

Hay modos de coger y ser cogida, hay estilos, tantos como hombres hubo sobre su cuerpo cuarentón, pero esta vez es distinto, es una invasión, un desembarco célula por célula de un cuerpo en otro, un remplazo en carne viva, la mano de Miss Bolivia busca como en el fondo de un bolso las monedas y los artificios, enciende a Verónica como podría alimentar los fuegos de un templo hasta hoy sombrío y sin íconos, la transforma, la empuja, la levanta, la abraza y todo es cálido, el fuego tiene los labios del agua fresca, la trampa está tendida como una última cena de los sentidos.

Tarde —intensa, implacablemente tarde—, al girar para que Miss Bolivia continúe abriéndola con más manos que la diosa Kali de las novelas de Salgari, los ojos, que Verónica enfoca buscando todavía de dónde asirse para demorar la llegada al fondo de su abismo, descubren que la mesa ratona está vacía.

El frío voraz que ahora separa sus nalgas no puede ser otro que el del caño de la Bersa.