Ciudad santa
Capítulo 17
Chapoteando sobre vidrios rotos y sangre tibia llegaron los noteros, cámaras al hombro, empuñando micrófonos. La bajita palideció todavía más al verlos, llegaban antes que la ambulancia y la policía; el gallego les salió al cruce, fue un asalto pero no se llevaron nada, dijo, siguiendo instrucciones de Carroza, quien un par de segundos antes le había encarecido ni nombrarlo, el larguirucho y su novia de repuesto estaban solos, les decís. ¿Y si habla ella?, preguntó el gallego; claro, quién va a hablar, el larguirucho no tiene chance. Que no los conocías, dijo Carroza que dijera, otra pareja, salieron corriendo apenas cesó el tiroteo, a lo mejor eran de la banda, qué sé yo. Al gallego no le convenció esa versión, me van a hacer ir a declarar, si digo eso, mejor les digo la verdad, y Carroza, andá a cagar, gallego, no me buchonees, si la mina dice que había otra pareja, vos le decís a la prensa que el tipo era alto, rubio, de ojos claros.
Imposible mentir tanto, se defendió todavía el gallego, cuando ya los noteros se le iban al humo y antes de que Carroza le pidiera una vez más que no lo mandara al frente, que él le pagaría los cristales rotos y al larguirucho que lo pagara la aseguradora de riesgos de trabajo, si tenía la cuota al día.
Buscó a Ana Torrente, esa misma noche, y se vieron al día siguiente.
No quería cogérsela, cuando vino a verlo, recién llegada a Buenos Aires. Es una piba, le dijo al Escocés, está muy asustada.
El Escocés no le creyó; desde cuándo, le dijo.
—No soy pedófilo —aclaró. Creía, todavía, que Ana Torrente era menor —. Debe estar por cumplir los diecisiete. Los curas son pedófilos, se cogen a las colegialas que van por su penitencia, las toquetean en el confesionario, o se la hacen chupar por los monaguillos. Yo soy policía, Escocés.
El Escocés lo miraba como a un gato siamés en una villa miseria, extraviado de asombro. Cómo creerle, se conocen desde que los dos ingresaron en la Federal. El Escocés es hijo de irlandeses, pero le dicen escocés como a los españoles de cualquier lugar de España les dicen gallegos, o turcos a los árabes. Todo está tan lejos, tan al norte, qué cana recién salido de la escuela de policía sabe dónde están Glasgow o Dublín, si apenas conocen las calles de Buenos Aires.
—¿Por qué te la cogiste, si no sos pedófilo?
—Porque cumplió veinte, hace dos meses. Y porque vino a verme de parte de Patrón.
Patrón es el jefe de la delegación de la Federal en Salta, lo nombraron por un año, para remplazar a un muerto, y se quedó veinte. De acá no me mueve ni el presidente, se jacta Patrón, y cuenta los presidentes que desfilaron por la Rosada mientras él sigue clavado en Salta, intocable.
Es mi lugar en el mundo, le ha dicho a Carroza, confesionario de ginebra de por medio, cuando él le seguía el rastro por todo el país a una banda de piratas del asfalto. Esta provincia es una sociedad patriarcal, qué digo patriarcal, feudalismo de la primera etapa, Edad Media, Yorugua —lo llaman Yorugua, a Carroza, vesre de uruguayo; otros le dicen Oriental, pero nadie en la Federal deja de recordarle que viene de afuera, que aunque haya jurado lealtad al himno, la bandera y el escudo argentinos, es extranjero—. Salta es el paraíso de los buenos negocios. Y sin moverme de acá golpeaba Patrón la mesa del bar, frente a la delegación.
Los de la policía provincial se la tenían jurada a Patrón. Cada vez que armaban una «excursión de pesca», como llamaban a los procedimientos en los secaderos de coca, Patrón se les adelantaba; esto es zona liberada, entran solo los federales, y exhibía papeles de jueces federales y órdenes secretas del gobierno central, que sacaba de su galera de cómplices en el poder. Como no tenía tropa en Salta, reclutaba provinciales, los más cholos, los de cerebro más golpeado por el hambre y los vicios, fuerza bruta que se encolumnaba tras él como aves de corral detrás de lo primero que se mueva.
—La detuvieron callejeando, en Salta, pobrecita. Miss Bolivia, imaginate. La ves en la tele, o en una revista, y caés de rodillas, es una virgen, Escocés. Como era rubia, se la llevaron a Patrón. Delito federal, habrán pensado.
Ríen, los dos canas —Carroza y el Escocés—. La ginebra les abre el alma, es como una pintura de Botticelli o un poema de De Quincey. Son mejores, por un rato, todo lo mejor que puede ser un policía en una ciudad santa.
No quería cogérsela, el subinspector Walter Carroza, el Yorugua, o el Oriental. La piba le mostró sus documentos, ¿ves?, soy mayorcita, lo convenció. Y él se dejó llevar, despacio, porque le cuesta calentarse; estoy demasiado flaco, le avisó, vas a abrazar a un esqueleto, no sé si te va a gustar.
No puede decirse que en los sucios alojamientos de los alrededores del Central haya nacido nada parecido al amor, pero sí una relación calma, necesaria para los dos, y útil, además. Él la protegería y ella le daría una mano cuando se lo pidiera. Ana le dijo que cada hueso, cada cartílago de Carroza al que se abrazaba de vez en cuando, no sin aprensión, estaba impregnado de sabiduría y de ternura, que para ella eso era suficiente, que no la abandonara aunque ella misma se lo pidiera. Y Carroza le dijo que la belleza de Ana era un arma química, de destrucción masiva, un arsenal encerrado en un cuerpo perfecto, una dosis de genocidio en esos ojos claros y en esa mirada; si lo ayudaba, nunca estaría sola, por lo menos mientras permaneciera en Buenos Aires.
—La mandaste a la hoguera y ahora, que se prendió fuego, querés salvarla echándole nafta —dijo el Escocés, cuando Carroza le contó que le había pedido que se fuera del país.
—¡Me están tiroteando las mujeres, Escocés! —protestó Carroza—. No quiero, a mis años de solterón empedernido, terminar viudo dos veces.
Fue imposible no hablar de Verónica, como ya lo habían hecho antes, cuando mataron a Romano y Carroza le había dicho que después de un tiempo se acercaría a ella y quién sabe. Pero se le adelantó el juez, un señor juez en lo contencioso administrativo, veinte años mayor que Verónica, el padre que necesitaba.
—La primera vez Verónica quedó viuda de Romano, Yorugua. Pero la segunda, cuando le mataron al juez. quedó huérfana —dice el Escocés de Irlanda, y aconseja—: Andá de nuevo, que no te vuelvan a madrugar. No esperes a que la maten.