Ciudad santa
Capítulo 46
Porque así entraba en la casa de los padres adoptivos de Ana, en Santa Cruz de la Sierra. Por los fondos, saltando medianeras, balanceándose como un equilibrista de circo sobre las cornisas, caminando como un gato sobre techos a dos aguas hasta recortarse en su ventana, agitado y feliz. Mi jaguar, decía ella, sonreía y eso, y que lo llamara su jaguar era todo lo que Ovidio Ladislao Torrente Morelos quiso en el mundo —su sonrisa y sentir que era de ella, porque a nadie sonrió nunca como a él—.
—Huiremos juntos, algún día —decía Ana—. Lejos, a una ciudad que no será parecida a esta ni a ninguna otra, una ciudad sin pecadores, mi jaguar. Ayúdame a encontrarla.
Reían juntos. A él le habría gustado decirle, expresar con palabras, lo que sentía por ella, prometerle todo lo que se le ocurría que ella y él podrían hacer si estaban juntos, si nadie se interponía.
Pero se interpusieron, hubo violencia, creciente, intolerable. Lo echaron, la primera vez, creyendo que él no regresaría. Después lo denunciaron y lo encerraron en un pabellón gris y helado, con otros jaguares, silenciosos, tristes. Huyó en cuanto pudo y regresó a ella, y entonces quisieron matarlo, le dispararon por la espalda, una noche, en un descampado en las afueras de Santa Cruz de la Sierra. Casi se desangra, quedó ahí tendido aullando ahogadamente su pena, sangre y llanto bajo las estrellas.
Sobrevivió, lo curaron en un hospital pequeño, le dieron alimento hasta que huyó una mañana, antes de que volvieran a encerrarlo, y se prometió que nunca más nadie lo abandonaría. Vivió de limosnas, de pequeños robos, siempre cerca de Ana, aunque ya no se atrevió a llegar hasta ella.
Hasta que una noche la vio allí, resplandeciendo sobre el escenario montado en la plaza, aplaudida por una multitud, y tuvo que contener su furiosa tristeza, morderse las manos hasta desgarrárselas para no gritar, para no correr hacia ella aullando y morir por fin, juntos, en su sonrisa.
Pero Ana le había prohibido acercársele de nuevo; nunca, le dijo, jamás vuelvas a estar cerca de mí, yo te cuidaré, velaré por ti, te lo prometo, y tú por mí, pero lejos uno del otro.
Entonces él decidió ser su sombra lejana, el equipaje de sueños que cada caminante olvida en sus noches, la reparadora soledad a la que jamás se vuelve. Y fue tras ella, la siguió, siempre a distancia, invisible aunque lo percibiera, aunque supiera que no iba sola, que les sería imposible a ambos separarse.
Por eso la primera reacción es de sorpresa al irrumpir en el departamento por la ventana de la cocina y encontrar los cuerpos vivos, el alarido de terror de Laucha, la mirada despavorida de Verónica —inmovilizada aún por sus ataduras—. No le había sucedido antes, ni en la selva peruana, ni en San Pedro, ni con esa mujer policía despedazada por una caída desde lo alto de un edificio de cuarenta pisos.
Ninguno de esos cuerpos estaba como estos, palpitantes, calientes, rechazándolo la mujer con repulsión y terror, hostigándolo, para amedrentarlo y obligarlo a huir, con un cuchillo de cocina, con una banqueta que enarbola como un arma, con todo lo que esta mujer escuálida y temblorosa encuentra a mano. Si pudiera hablarle, decirle que él no llegó hasta aquí para hacerle daño a nadie, que al contrario, que toda su penosa vida se ha deslizado entre las sombras de los muertos, entre sus huellas, con el olfato y la saciedad del que ya nada espera, del que ha mamado de las ubres del desamparo y busca los rincones, las esquinas umbrosas del mundo, para atesorar en sus precarias madrigueras esos cofres del pensamiento y la memoria pero también del dolor, tesoros fugaces que acaban descomponiéndose ante su mirada, tan despavorida como la de Verónica Berutti, volviéndose putrefacción y polvo, huesos que se desmoronan como las viejas promesas de estar siempre juntos, como todas las bellas palabras que escuchó de labios de Ana y que él nunca pudo pronunciar.
No quiere que esto suceda, no vino hasta aquí para convertirse él mismo en aquello de lo que huye. Fue engañado, esta vez, o algo salió mal y ella corre peligro, pero qué hacer si no sabe, si nunca tuvo siquiera la intuición del siguiente paso que ella daría. Siempre detrás, siempre su sombra, sus recuerdos, tan cerca y tan inalcanzable.
Retrocede, defendiéndose, cruzando los brazos para que esa furiosa mujer no lo lastime. Pero la punta del cuchillo enfoca su corazón, siente el dolor antes que Laucha se abalance, aparta su grito como a una confidencia del demonio que él nunca buscó desafiar.
A pocos pasos de la cocina, tras la puerta que Laucha ha cerrado con violencia cuando irrumpió el Jaguar, Verónica lucha desesperada con sus ligaduras hasta conseguir aflojarlas y desatarse. No entiende —jamás lo entenderá— qué sucede en mundos tan aparentemente cercanos, qué combinación de desesperación e impotencia desató las incontrolables fuerzas de Laucha para enfrentarse a sí misma de modo tan cruel y definitivo.
Como en una fábula desquiciada, sin moraleja, encuentra a Laucha y al que —luego lo sabrá— llaman Jaguar tumbados sobre el piso de la cocina, silenciosos e inmóviles, abrazados sobre un charco de sangre. Hundido bajo la axila derecha del Jaguar, el cuchillo es un señalador de a quién le ha tocado esta vez morir. Pero Verónica necesita agacharse, tocar la sangre y llevarla hasta el abismo de sus labios.
—La compulsión de asomarnos al abismo —será la interpretación de Bértola, el bochólogo, cuando llegue —tarde, como siempre— y abrace a las dos mujeres en sus respectivos mundos de cenizas.