Ciudad santa
Capítulo 54
Estuvo una semana sumido en una suerte de coma existencial, sin asomarse al mundo, inconsciente por voluntad propia. Sólo abrió los ojos y aceptó, de paso, alimentarse, cuando vino a verlo el juez para pedirle explicaciones por el informe que no había presentado.
—Ya no es urgente —lo consoló el juez, sentado junto a su cama como un pariente—. Pero me gustaría hablar sobre ese policía al que llaman Escocés.
Hacía calor. La enfermera de la tarde, previa propina, le había traído un ventilador chino que removía el aire de Hong Kong, porque el calor en la habitación de Buenos Aires no cedía.
—¿Qué hay con él?
Acababan de quitarle la cánula por la que le habían dado suero durante los días de su inconsciencia selectiva y le ardía el brazo, además de sentir una puntada en el abdomen cuando el juez nombró al Escocés.
—El fiscal no tiene mucho de qué agarrarse para acusarlo.
—Lógico, es un buen policía.
—Ah, sí. ¿Por qué le disparó, entonces?
—Quiso matar a otro, estoy seguro.
Se revolvió en su silla, el juez, inquieto, sin saber si abrirle una causa por falso testimonio o esperar a que se recuperara y mandarlo a buscar con un vigilante raso, circunstancia que para los oficiales equivale a una degradación. Debió optar por la segunda alternativa, porque se puso de pie y dijo que se le hacía tarde, que esperaría a que se restableciera.
—¿Dónde está el Escocés? preguntó Carroza.
—En terapia intensiva. Se le infectó la pierna herida, tuvieron que amputársela.
—¿Se va a morir?
—Eso pregúnteselo al médico, subinspector Carroza. Lo decidirá la biología, no la Justicia.
En un solo día, y como consecuencia del incendio de la villa Descamisados de América y los que la prensa tituló «ENFRENTAMIENTOS ARMADOS ENTRE BANDAS RIVALES» en la feria del Riachuelo, Alberto Cozumel Banegas fue despojado por sus pares de los fueros de concejal Viruela y perdió la protección del gobernador. Inmediatamente declaró que se presentaría en la Justicia para denunciar con nombre y apellido a los principales operadores del tráfico de drogas en el cinturón urbano de la provincia de Buenos Aires. No tuvo tiempo, apareció ahorcado, colgado de las vigas de un viejo puente sobre el Riachuelo que casi nadie usa, y desde donde en las primeras décadas del siglo XX, en una madrugada de niebla, había caído al agua un tranvía repleto de obreros.
Nadie más murió esa semana, que cerró sin embargo con las bolsas nuevamente en caída, ya no por la muerte de tres ejecutivos de multinacionales, sino por la de más de treinta mil soldados y unos doscientos mil civiles en Iraq. La excursión militar le había costado demasiado al tesoro yanqui y empezaban a pagar las consecuencias de tanto derroche. En pocos días, tal vez mañana o pasado, los mercados recuperarán su equilibrio, aseguró un analista de sismos financieros.
El Queen of Storms pudo por fin abandonar las aguas traidoras del río donde, sesenta años antes, había naufragado el destructor alemán Graf Spee, con el consiguiente desbande y aporte nazi al crisol de razas de la Argentina.
Entre sus cotizados pasajeros solo hubo seis bajas: las tres parejas de rehenes que ni la diplomacia internacional consiguió poner a salvo de la ineficacia y corrupción policial. La cuarta pareja, en cambio, prosiguió viaje, aunque la cada día más bella Sirena Mondragón evitó aclarar que su amado amante, Osmar Arredri, no embarcó completo, sino sin su preciada cabeza, que le sería devuelta recién a su llegada a Medellín, Colombia, vía postal certificada, en un envase convenientemente refrigerado y con remitente tan ambiguo como sugestivo: Cariñosamente, el Tío.
TURISMO INTERNACIONAL EN CRISIS, CÁMARAS EMPRESARIAS RECLAMAN URGENTES MEDIDAS DE SEGURIDAD, titularon los diarios argentinos, la tarde en que el crucero abandonó el puerto de Buenos Aires.
El rostro seco y triste del Jaguar tuvo su momento de notoriedad la misma tarde en que el Queen of Storms volvía a navegar. Todos los noticieros, incluidos los de la tevé por cable, difundieron su imagen y atribuyeron sus hazañas a la necesidad de promover, con cualquier artificio publicitario, los atractivos de la Jerusalén de cartón prensado en la que se refugiaba. Los concesionarios desmintieron que Ciudad Santa fuera un aguantadero de delincuentes ni un dormitorio de asesinos seriales; es un lugar de recogimiento espiritual, un parque temático para toda la familia, un punto de encuentro que, como la Jerusalén de Palestina, sirve para reflexionar sobre la paz y la armonía entre todas las religiones. La delincuencia está afuera, en la ciudad de cemento, declararon.
Rápido de reflejos, el jefe de gobierno de Buenos Aires respondió en rueda de prensa que él gobernaba una ciudad tan santa y no menos segura que la Jerusalén verdadera, la de Palestina, que los recientes hechos de violencia se habían producido al otro lado de la General Paz y en la margen opuesta del Riachuelo, y que la mayoría de los malvivientes no son porteños, sino que ingresan en la Capital provenientes del cinturón más pobre del Gran Buenos Aires, sin que eso pueda o deba ser interpretado como que todos los pobres son malvivientes —aclaró para oscurecer—.
El subinspector Walter Carroza fue dado de alta, el lunes siguiente. Antes de abandonar el hospital, decidió visitar al buen policía y averiguar si se estaba recuperando o moriría de septicemia como la madre india de sus hijos perdidos. Ya no estaba en terapia intensiva, lo habían trasladado a una habitación que una mano femenina había adornado con flores y volados.
No entró, Carroza. Desde el pasillo reconoció, de espaldas, la figura de Ana Torrente, Miss Bolivia, alguna vez ricitos de oro. No había ido a matar al Escocés, no todavía, al menos, aunque no había que descartar que lo hiciera más tarde, algún día y a su manera. Pero por lo menos, y no era poco para ella, lo había encontrado.