Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 15 de 56

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Ciudad santa

Capítulo 14

 

No todos los vehículos desembocan con su carga en la feria. Una camioneta gris, carrozada para transporte de personal, gira a la izquierda, pocos metros antes de llegar a los terrenos que ocupan los puestos y, después de recorrer unos quinientos metros por una huella, se interna en la villa Descamisados de América, una pústula en la tierra húmeda cercana a la ribera del río más contaminado de la Argentina, tumor urbano formado por centenares de casillas armadas, la mayoría, con cartón, madera de cajones de fruta, tablas robadas de las obras en construcción y lata, mucha lata, algún techo de chapa acanalada, pero el resto, lata desguazada de los desarmaderos clandestinos de autos, que pululan entre los desolados feudos de la provincia de Buenos Aires.

La camioneta que giró a la izquierda es una Hiatsu último modelo, doble tracción, aire acondicionado para que la pareja de alemanes haya podido llegar cómoda y sin deshidratarse, después de que su despreocupada caminata por las calles de Puerto Madero fuera abortada por cuatro hombres armados, en pleno día, a cara descubierta y a doscientos metros de un puesto de guardia de la prefectura.

Había salido, la pareja de alemanes, de su hotel cinco estrellas a las diez de la mañana —luego de uno de esos enjundiosos desayunos que solo los europeos del norte soportan—, a estirar un rato las piernas para, una vez digeridos los huevos, el jamón, los jugos y el café negro, sentarse a la mesa de un restaurante que por módicos veinte dólares permite a los turistas engullir los jugosos bifes de chorizo o de lomo que en Europa no se consiguen ni por sesenta.

La lengua de Goethe no es muy popular en la Argentina, pese a que hubo una fuerte inmigración alemana que se estableció en los suburbios del norte de la ciudad y en las provincias de Córdoba y Río Negro, estimulada en su momento por la caída del Tercer Reich y las garantías, dadas por el gobierno de la época, de que no serían molestados por los fanáticos judíos que se lanzaron en la posguerra a cobrarse algunas de las tropelías nazis. La pareja gritó en alemán pidiendo ayuda, pero antes de que algún políglota los tradujera fueron sofocados a trompazos y empujados al interior de la Hiatsu, ante la indiferencia de unos transeúntes ocasionales que desviaron la mirada hacia otro lado, herederos de la actitud de sus padres, que en la década del setenta supieron también mirar para otro lado, aunque los secuestrados de entonces gritaran en castellano.

Con la pareja que ahora invitan a bajar —un hombre y una mujer sexagenarios y muy rubios— apuntándoles directo a las cabezas, ya son seis los secuestrados, pasajeros del Queen of Storms alojados en tres hoteles distintos. Todavía ninguna denuncia, ninguna queja, nada que altere los nervios del contingente varado en Buenos Aires, ha trascendido a la prensa, ni un rumor. Los tres secuestros han sido limpias y fulminantes operaciones de cazadores profesionales, ejecutadas casi simultáneamente y en la calle, lejos de los respectivos hoteles y cuando las víctimas caminaban distraídas y separadas del contingente.

La babélica ciudad que admiran se disfruta mucho mejor si se la camina sin plan previo, improvisadamente, aconsejó, en cada caso, uno de los guías de la excursión, que recibe a menudo de regalo libros de su réplica revolucionaria o camisetas con su efigie. Siempre encontrarán a un porteño dispuesto a ayudarlos y orientarlos si se pierden, les dijo Pacogoya, para infundirles confianza: los argentinos somos muy amables con los extranjeros que no vienen de Bolivia.

Solo la captura del barón Osmar Arredri y de su bellísima concubina Sirena Mondragón desvela a los charlatanes de los medios de prensa, más que a los investigadores policiales. Saben, estos últimos, que los secuestradores del capomafia de la droga colombiana son de la propia tropa, que las credenciales que exhibieron para entrar en el hotel del que se los llevaron son legítimas y, lo más grave, lo que enfurece al detective de Delitos Complejos de la Federal, el subinspector Walter Carroza, es la certeza de que algunos de los que intervinieron en el secuestro trabajan en su misma oficina del Departamento Central, tal vez hasta se sientan muy cerca y fuman a su cargo cuando redactan sus informes.

—Nos vemos y hablamos de los viejos tiempos —le dice Walter Carroza a Verónica, que lo ha llamado cuando vio su desgarbada figura por la tele, haciendo declaraciones que, como siempre que lo aborda la prensa, no quiere hacer, y hablando, como la mayoría de sus colegas, de secretos del sumario y de investigaciones avanzadas que están eternamente a punto de esclarecer el hecho.

Se encuentran en un bar de la calle Alsina, que al mediodía se transforma en comedero de oficinistas, pero que a esta hora de la tarde adquiere el encanto de los refugios, de los lugares secretos que ya casi no quedan en Buenos Aires, y solo porque el dueño se empecina en no cerrarlo más temprano porque, dice, me gusta ver a las parejas arrumaqueando al atardecer, café de por medio. Las parejas que deleitan al gallego de Orense, que lleva cuarenta años viviendo en la Argentina, son adúlteros pobres, burócratas y empleados de comercio que tienen a esta hora, y en este lugar, la única oportunidad de encontrarse cada día, de hablar de amor, de jugar a ser felices.

—Sabés que no puedo hablar en el Departamento, todos los teléfonos se conectan con el culo de los de inteligencia, más allá del cargo y del caso en el que estés trabajando —dice Carroza, encendiendo un rubio que el gallego le permite fumar, siempre que lo mantenga oculto debajo de la mesa.

Tampoco son los viejos tiempos el motivo por el que Verónica lo llamó, sino la información en caliente que ha recibido ayer a la noche, mientras recorría la feria con Chucho a sus espaldas.

—No tendrías que haber aceptado ese laburo, Verónica, es peligroso.

—Podrían matarme, ya sé. Y qué. Cada vez que abro la puerta de mi departamento me digo: ahora viene una bestia y me golpea o me despanzurra por robarme cincuenta mangos para su paco.

—Los malos pensamientos se transforman en presagios, pensá en positivo.

—¡Mirá quién habla!

La dentadura que exhibe el subinspector Carroza al reírse de sí mismo es noventa por ciento nicotina y diez por ciento esmalte dental; su rostro anguloso y seco se marchita aún más por la delgadez extrema que no puede ni intenta corregir, también mi calavera tiene derecho a disfrutar de esta vida es su lema existencial.

El informante de Verónica en la feria es un contrabandista jujeño, un colla enriquecido que sin embargo atiende personalmente sus negocios trashumantes y que, para congraciarse con la interventora, le ha ofrecido, ya el primer día, conseguirle una cámara digital y una laptop de última generación, por el precio de media docena de las bombachas que venden las bolivianas.

—Él vive ahí, escondido en la villa Descamisados de América. Los vio cuando los bajaban de una doble tracción japonesa, en pleno día. De a pares: un par de franceses, un par de japoneses y un par de alemanes. Toda gente grande, peces bien comidos, seguramente.

—Si los vio ese colla, debieron verlos otros.

La conjetura de Carroza es tan banal como inútil, él y Verónica lo saben, nadie habla en las villas, cada rancho es una tumba.

—¿Por qué no hay denuncias? —pregunta Verónica.

—Hay, pero están bien guardadas. El ministro habló personalmente con el jefe de policía. Y de ahí bajó la directiva. Cuando el poder nos aprieta los huevos, los canas somos más reservados que los villeros.

El ministro, explica Carroza, quiere resolver todo rápido y sin que trascienda; en las cámaras de hoteleros y en las grandes agencias hay gente que talla fuerte, el turismo se ha transformado en los últimos años en una mina de oro, hay fondos de inversión metiendo millones en hotelería, lavadores de guita, señorones que no están dispuestos a que una pandilla de pistoleros les escupa el asado. Tampoco el ministro quiere que la exuberante prosperidad que acaricia con cada nuevo hotel que se construye violando todos los códigos de edificación de la ciudad sufra el ataque de algún inoportuno pedido de informes de la oposición, fogoneada por compañeros del propio partido, desairados porque el ministro no los invitó a la fiesta.

Verónica y Carroza coinciden en que el secreto no podrá ser guardado por mucho tiempo más: con cada hora que pasa, la revelación de los secuestros aumenta su cotización y los traficantes de primicias, que anidan sobre todo en el Departamento Central, solo están conteniendo la respiración, tanteando el ambiente, viendo de qué modo hacer negocio con los medios de prensa sin quedar pegados.

—Algún colega, o algún buchón de la Descamisados de América, va a prender un fósforo en la destilería, en las próximas horas —dice Carroza.

—Hablando de incendios, esto se está llenando de humo, vas a hacer que le clausuren el bar al gallego.

—El jefe de bomberos es mi amigo —la tranquiliza Carroza—, contame de verdad para qué me llamaste.

—Romano —dice Verónica, a quemarropa—. Quiero saber quién lo mató.

Carroza aplasta el cigarrillo en el piso, los huesos de su calavera se presentan como en una noche de fantasmas.

Se echa hacia atrás buscando el respaldo de la silla, sacudiendo a un lado y otro la cabeza.

—Para qué, Verónica. No cambia nada saber quién fue.

—¿Vos lo sabés?

Le ha hecho esa pregunta desde que lo conoce, desde que Romano y ella lo invitaron a cenar, recién casados, y Carroza dio antes una vuelta por el Bajo, descartando bagallos, se detuvo por fin en el bar de San Martín y Córdoba en el que paran por la noche las cortesanas, eligió a la que le pareció que tenía menos aspecto de yiro, habló un minuto con ella para comprobar que no se comiera las eses y le dijo andá al baño, despintate y vení conmigo, no te llevo presa, vamos a cenar a casa de amigos.

—Fue una linda velada, agradable y amena —recuerda Verónica, cuando Carroza, para distenderse, habla de aquella noche.

—Esa puta era de buena madera, ya no se consiguen. Hasta Romano se tragó que era mi novia.

La risa es una sábana corta para tanta intemperie, el recuerdo de Romano ha recrudecido desde el asado con Bértola, como si hubiera regresado a cuidarla. O a golpearla.

—Sabés que no, que no sé quién lo mató. Sospecho de cada hijo de puta de la nómina, pero se cuidan bien, hubo una especie de plebiscito, Verónica, y le bajaron el pulgar a Romano.

—¿Vos también?

Carroza no se defiende. Nunca le gustó rezar por los caídos, jamás se le cayó una lágrima cuando asiste a los funerales de sus compañeros acribillados en un procedimiento, o fusilados por rateros que suben a un colectivo para llevarse las monedas. La muerte de Romano no lo conmovió más que la de cualquiera de los cobayos con los que el sistema ensaya sus medicinas. Era su amigo, es cierto, pero pudo callarse, y no le gusta decir lo que dice, pero Verónica lo obliga.

—Pudiste evitar que lo mataran. Habría pedido la baja y nada habría sucedido, si solo hubieras aceptado irte con él al interior.

—Y probablemente hoy, la mujercita de Kid Panadero estaría muerta a golpes y enterrada en el bucólico cementerio de Villa Dolores o de Serrezuela. Pero no me dijiste si vos también.

Se incorpora, el subinspector Carroza. Total, ya no le quedan más cigarrillos y es cierto que el boliche apesta a tabaco; si entrara ahora un control municipal, el gallego tendría que sobornarlo para que no le clausurara el bar, y él terminaría pagando la extorsión.

Verónica permanece sentada, sin mirarlo.

—Voy a ver qué hago con lo que te dijo ese soplón, antes de que me madruguen los compañeros.

Entra otra pareja, en ese momento, jóvenes, ella muy bajita, él un larguirucho de traje y camisa gastados; salen de trabajar diez horas, las doncellas del castillo de Drácula al amanecer lucirían más saludables, pero los mantiene en pie la próxima media hora en que, por el precio de dos cafés, podrán acariciarse por sobre la mesa, mirarse uno al otro como si fueran otros y en otro lado, cenicienta y ceniciento antes de la medianoche fatal.

Verónica no se da vuelta, ni para mirar a la pareja que entra ni para despedir a Carroza, que paga las consumiciones al gallego amurallado tras el mostrador.

—No fume tanto, inspector —le dice el gallego, paternal.

—Cuando sea inspector, te prometo que dejo.

Gira para salir del bar, palpándose el bolsillo vacío por las dudas de que se le haya caído en el doblez del fondo un último cigarrillo, ansioso como casi todos los minutos de las veinticuatro horas de cada día, harto de las viudas de policías, y ve detenerse el auto frente al ventanal.

Verónica, que esperaba verlo pasar a su lado sin decir una palabra, no entiende por qué el subinspector Carroza vuela desde el mostrador y cae sobre ella, derrumbándola y destrozando, de paso, la mesa, los pocillos vacíos y los dos vasitos de agua.

El vuelo de Carroza debe sorprender al tirador en el auto porque, despistados, los balazos borran del mundo al larguirucho, que acababa de sentarse y no había tenido tiempo de decirle cosas lindas a la bajita. El auto desaparece mucho antes de que la bajita cierre los ojos, sienta venir las lágrimas y vomite el fúnebre alarido de las mujeres que pierden a sus hombres.