Ciudad santa
Capítulo 15
No fue fácil, para Ana Torrente, entrar en Buenos Aires. No es lo mismo llegar por Ezeiza en un vuelo internacional, aunque se venga de Bulgaria y con combinaciones, que bajar de un ómnibus en la terminal de Retiro, después de casi veinticuatro horas de viaje desde Salta. No es la misma gente, ni los olores son siquiera parecidos; en Retiro se desembarca bajo los escombros de la ciudad, no es esta la atmósfera de los barrios elegantes, es otro planeta, Plutón en las antípodas de Mercurio, aunque el sol salga para todos, el aire apesta a frituras de los puestos de comida chatarra, hay mucha piel de cabecita negra, vendedores ambulantes y mendigos, pibes chorros que deambulan turbios de pegamento, que dan sus últimos pasos, que jamás serán siquiera adolescentes.
Y Ana Torrente, como tantos inmigrantes de por acá nomás, estaba asustada.
—Pero no me detuve a mirar la Torre de los Ingleses y el Sheraton frente a la plaza de Retiro, fui directo al destacamento de la terminal y pregunté por vos.
—Y lo bien que hiciste.
Ha vuelto a él, como el día de su llegada. Le gusta oír su voz, no importa lo que diga, la reconforta, la sacia, le da serenidad y coraje. Es una cuestión suya, de hormonas, porque el hombre a su lado está en los últimos peldaños de su desguace. En la penumbra de la sórdida habitación, echado en una cama que otros antes que ellos ya habían revuelto, huele a falsa momia egipcia, a androide de cartapesta, a herramienta sin otro fin práctico que escucharla, contenerla y, a veces, evitar que la maten.
—Tendrías que irte —dice él.
—¿A dónde, a Bolivia?
Por las hendijas de la persiana baja, el mediodía encandila, le obliga a entrecerrar los ojos cuando se acerca a mirar nada, las sucias veredas, la gente que camina con las cabezas gachas, metida en mundos que no vale la pena conocer, que estallan cada tanto, salpicándolo, hiriéndolo si no sabe cuidarse.
—Ayer casi me matan —cuenta—. Acá cerca, a tres cuadras, en un bar piojoso de la calle Alsina. El tiroteo no fue por mí, pero me pasó cerca.
A Miss Bolivia ya no le impresionan esas historias, son las únicas que el hombre cuenta, como un abuelo sus fábulas, y ella a medias se adormece, y hasta sueña.
—Tengo un amigo, retirado de Interpol. Vive ahora en España, en Canarias.
—¿Qué hace allí, juega al tejo?
—Ayudó, cuando estaba en actividad, a armar en la madre patria una red latinoamericana, chicas del Mercosur, blancas todas —explica él—. Están muy contentas, no hay quien las haga volver, ahorran en euros.
—Es un viejo proxeneta, tu amigo.
Empieza a vestirse, está tan cansado. Ella le pide que se queden un rato más, tiene mucho sueño y afuera nunca se relaja, solo aquí, con él, siente que algo en su vida puede mejorar.
—Vas a quedarte, entonces.
—Hay un trabajo que hacer —dice ella, y él desenfunda su sonrisa nicotínica, necesita fumar ya. Pero ha vuelto a quedarse sin cigarrillos.
Rescata una de las colillas aplastadas en el piso y la enciende; la llama del Cricket le chamusca un hato de pelos que sobresale de su nariz.
—Tienes más pelo en los agujeros de tu napia que en tu bocha —dice Ana, revolviéndole la pelusa del cráneo—. Voy a quedarme, claro, a terminar lo que empezamos —agrega, atrayéndolo en mitad de una pitada, riéndose de su tos, del ruido a destemplados órganos de catedral abandonada que hacen sus bronquios—. Después, si quieres, me voy de puta a España. Pero acabemos.
Disfruta así, de a ratos, con mujeres que apenas conoce. Aunque ayer a la tarde le estropearon el recreo: primero, el afán de Verónica por saber, ese malestar, para él inconcebible, que le arruina la vida a ella y produce en él una incomodidad de la que luego no puede librarse por varios días.
Lo muerto, muerto está. Como el larguirucho que se sentó en el lugar incorrecto, y, para colmo, quienes le llevaron el fiambre a su viuda tuvieron que explicarle en qué circunstancias se produjo el deceso. La viuda, una obesa mórbida, ciento cuarenta kilos de grasa encerrados en una bola de metro cincuenta y cinco de diámetro, no quiso recibir el cadáver; tirenseló a los perros, gritaba, que lo entierre esa chirucita, o mejor, que cave doble fosa porque mañana o pasado voy yo a buscarla y la mato.
Para qué abrir juicio moral sobre la gente que, en una tibia mañanita soleada o en una tarde cargada de inminencias de lluvia, como la de ayer, es barrida a balazos, a cuchilladas, a lo que se le ocurra al asesino de turno, por encargo, por equivocación o por necesidad. Si lo muerto, muerto está.
Él no es Clark Kent, que se mete en un placar y sale Superman. Ni Buenos Aires es Metrópolis. Ayer voló, es cierto, pero apenas un metro. Hacía años que no volaba, desde que dejó de jugar de medio scrum en el equipo de rugby de la universidad, en Montevideo, cuando todavía soñaba con defender las leyes de otro modo.
El vuelo de ayer a la tarde le salvó el pellejo a Verónica Berutti, la viuda de su compañero Romano, una hembra potente de la que, a su manera nicotínica, Walter Carroza estuvo siempre enamorado.
Está orgulloso de su acción de ayer, es lo mejor que le ha sucedido en mucho tiempo. No le habría gustado que la mataran en sus peludas narices, por un asunto tan desagradable y complejo como el de las mafias de contrabandistas y piratas del asfalto. No estudió de abogada para eso, como él no se habría recibido, si hubiera continuado sus estudios, para defender rateros criminales, sacarlos de los institutos de menores para que vuelvan a circular, armados como guerreros por los traficantes de armas, solos o en patota, violando y asesinando por puro gusto, rezumando paco de un peso el gramo.
Antes de que llegaran las patrullas, y mientras el gallego gritaba desde el sótano no tiren, les doy todo, estoy desarmado, y la bajita trataba de sostener por los hombros a su amante larguirucho que ya era cadáver, el subinspector Carroza alzó a Verónica como el gorila King Kong a la rubia en la cúpula del Empire State y la sacó del bar, pisando los vidrios astillados del ventanal, para lanzarla dentro de su auto estacionado en zona prohibida con un permiso vencido de la Federal.
Ahora ella se daba cuenta de que el peligro era demasiado, que no alcanzaba con un ballenato para llevarla y traerla de la feria, por gigante que fuera el tipo y por bien armado que estuviera. Ese juez hijo de puta debió explicarle a qué se exponía. Y encima pretendía un informe trucho, una novela rosa para que al intendente del partido no le mancharan su legajo de aspirante a la gobernación. Había armado su circo con payasos por dos pesos y leones de rezago, chacabucos, vencidos de antemano por los papagayos del África. Y mientras hablaba, por el teléfono pinchado, de la independencia y la majestad de la Justicia, recibía mensajes de texto en su celular con instrucciones y consejos.
Carroza quiso llevarla a un lugar más seguro, pero Verónica prefirió volver a casa.
—¿Tenés un arma, por lo menos?
—Se la presté a una amiga.
—Excelente. ¿Y qué pasa si tu amiga mata a alguien, al marido, por ejemplo?
—No tiene, que yo sepa.
—Al amante, al que se le cruce.
—No se la di para matar a nadie, sino para que se defienda. Es ahí, a mitad de cuadra —señaló Verónica la entrada a su edificio.
Se despidieron dentro del auto con beso de amigos, mejilla con mejilla, piel todavía tersa con papiro.
—No me contestaste lo que te pregunté —dijo ella.
—Subí ahora mismo y llamame al celular —dijo él—, decime que todo está bien.
—¿Más consejos?
—No salgas sola. Llamá a esa lacra judicial —dijo Carroza, por el juez de Lomas—: decile que te ponga guardaespaldas a tiempo completo, por lo menos hasta que termines con la feria.
Estuvo tanto tiempo enamorado de Verónica que ahora, al verla caminar tranquila y moviéndole graciosamente el culo, se felicita de haber abandonado sus estudios en Montevideo, de no ser abogado, sino, a veces, un viejo Clark Kent entrando y saliendo de los placares de Metrópolis.