Ciudad santa
Capítulo 23
Piensa todavía en Carolina cuando llama a la puerta del carromato que sirve de oficina a Verónica. No es pensamiento, en rigor: es pura imagen, mucho rojo, el agua oscura de la muerte que los no iniciados confunden con sangre. Pero sacude la cabeza como un perro que rechaza las caricias, tiene esa habilidad, el subinspector Carroza, de quitarse de encima las penas sin siquiera rascarse.
Carga el peso de su diestra sobre el picaporte y empuja, la puerta del carromato apenas se abre, no hay que insistirle a la mano izquierda para que se cierre sobre la culata del 38 pegado a la cintura, apenas corrido de su bragueta.
Ha visto películas, documentales y propaganda de Greenpeace en la que muestran ballenas varadas en las playas o arponeadas por japoneses en alta mar, sobre las cubiertas de sus barcos factorías, pero nunca vio a un ballenato tan cerca ni se tropezó antes con él, aunque sepa, antes de abrir la puerta, que a este no lo faenaron los nipones.
El caño del 38 es lo primero que entra en el carromato, antes de que el empellón entreabra la puerta lo suficiente para meter Carroza sus huesos y girar en trompo esperando el ataque o encontrar también el cadáver de Verónica. Por un despreciable instante se dice que sería un alivio encontrarla muerta, ya no habría espacio en su vida para otra decepción y, en adelante, podría salir a matar sin preocuparse porque algún día alguien lo espere con la cena lista, la cama tibia, un sillón y una media luz y un fuego en el invierno, que empezará muy pronto para no acabar ya jamás.
Pero Verónica está de pie a su espalda, enmarcada su espléndida figura en la puerta ahora abierta, improvisado y fugaz cuadro de Modigliani. Como su piel, de porcelana es el frágil y terso silencio que elige para evitar el grito, la convulsión de rabia y miedo, tal vez el llanto.
—Dijiste que Chucho estaba con vos —le recrimina Carroza, todavía, porque le resulta más fácil que abrazarla.
El trajinar de la feria no se interrumpe cuando llegan dos patrulleros y la ambulancia, Verónica toca la frente de Chucho, un momento antes de que lo suban a la ambulancia, rodea con su índice el orificio del balazo que le entraron en el cerebro, ya antes adormecido por la ginebra y el aburrimiento. Tanta ferretería, tanto despliegue de vitalidad para llevarla y traerla y hasta seguirla cuando ella decidió bajarse y tomar un colectivo, tanto blindaje y vidrios polarizados en su auto del que se jactaba diciendo que iban y venían en un tanque; doctora, aunque los serbios y los croatas se pusieran de acuerdo para atacarnos no podrían ni rasguñarnos, usted trabaje tranquila, mande a la sombra a toda esta manga de rufianes, que yo la cuido.
—Y lo dejé solo.
—Y borracho —le recuerda Carroza—. Lo hubiera matado yo, si lo encontraba ahí tirado y vos paseando por la feria.
Si hasta parece más sencillo hablar de Carolina que de lo que acaba de suceder, para este esqueleto sentimental y con alguna idea arañando el vacío, siempre a punto de desmoronarse, que todavía aferra la culata del 38 cuando sirve el whisky en los vasos de plástico. Pero es una sensación, nomás, un destello en la oscuridad, frente al que prefiere cerrar los ojos y volver a su rutina de cana.
—Llamá a ese juez sin escrúpulos, mañana mismo, y renunciá.
—Te pedí whisky, no órdenes —dice Verónica, recogiendo el vaso y bebiendo con el placer con el que se toma un medicamento.
—Van a matarte, Verónica, van a matarnos a todos y nadie levantará siquiera un teléfono para por lo menos pedir explicaciones.
—Podrían haberlo hecho antes, hace un rato, mientras caminaba por la feria.
—Eso es cierto, pero no quieren alboroto, por ahora. A quién carajo le importa un guardaespaldas, ni nombre tenía, «Chucho». Estoy seguro de que el juez tampoco sabe cómo se llamaba. También en el bar podrían habernos fusilado, no son tan malos cuando apuntan de verdad.
—Sabés algo.
—A eso vine. Tardé apenas quince minutos, conduciendo con prudencia. Y ya ves.
—Debiste pisar más el acelerador, Walter. Tu valentía está presa de las normas, sos capaz de dejar que maten a tu madre por no violar una ordenanza.
—Y lo decís vos, abogada.
—No defiendo leyes, defiendo gente.
—No hay gente en esta ciudad, Verónica. Solo monstruos —dice el subinspector Carroza mientras muerde el cabo de un lápiz con el que empieza a dibujar óvalos sobre la hoja que al azar arranca de una agenda—. Asesinos, tipos que deberían estar muertos y, aún muertos, habría que asegurarse de que no vuelvan.
—Para eso están ustedes —dice ella—, ¿qué estás dibujando?
—Cabezas. Tres, por ahora. Las tres cabezas que les faltan a tres cuerpos. Acabo de enterarme, por eso te llamé y vine.
—¿De quiénes son? —pregunta Verónica con el temor, siempre latente, de que el fin del mundo esté mucho más cerca de lo que anuncian las Escrituras.
Hubo tres hechos aislados, ni siquiera fueron noticia. El primer decapitado, en orden cronológico, apareció en la selva peruana. Ya no actuaba Sendero Luminoso, Abimael Guzmán estaba en cana con su traje a rayas y algunos de sus seguidores se quedaron saqueando viandantes, cazando pajaritos, traficando al menudeo, para sobrevivir.
—Fui a husmear en diarios del Perú, cuando supe en qué había acabado la coronación de Ana Torrente como Miss Bolivia.
Un escalofrío le advierte a Verónica que este esqueleto pensante sabe más de Ana que ella misma, y que lo que sabe puede no agradarle, pero para eso vino, insiste, no a recoger el cadáver de un ballenato cocinado a la ginebra.
—Le dije que fuera a verte —admite Carroza, por Ana—: necesitaba un abogado y no confiaba en los de la policía. Y yo tampoco.
Los senderistas en liquidación no acostumbraban decapitar al enemigo contrarrevolucionario. Claro que a veces las costumbres cambian, el clima extremo y las privaciones producen alteraciones en la conducta del más ortodoxo. Si hubiera sido un solo caso, habría pasado desapercibido, adjudicado tal vez a un puma gourmet, a un jíbaro traspapelado. Perder la cabeza no es noticia ni en los personajes prominentes de la política, tan afectos a la decapitación por encargo.
Fue el segundo decapitado el que llamó la atención del subinspector Carroza.
—Apareció en San Pedro, a ciento setenta kilómetros de Buenos Aires. La policía local dice que la cabeza no estaba ahí. Que yo sepa, las cabezas no se marchan solas.
Carroza se quita el saco y cubre los hombros de Verónica, acongojada por el episodio reciente y por la estimulante historia que narra Carroza.
—Ana Torrente había estado en San Pedro —sigue Carroza.
Verónica se cierra el saco sobre el cuello, el aire es un filo helado sobre su garganta. Carroza no le da tiempo a preguntarle cómo lo sabe.
—Yo la envié —dice—: Trabajamos juntos, Miss Bolivia y yo.