Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 43 de 56

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Ciudad santa

Capítulo 42

 

Detesta su cargo, el ministro del Interior Manuel Pandolfi. La clase media paranoica lo acusa de no hacer nada por evitar que los roben, los violen, los asesinen. La Federal, que él debería controlar, es una bolsa de gatos mafiosos imposible de purgar, una corporación cerrada en sí misma que sobrevive a los cambios de gobierno con los mismos elencos de indeseables profesionales.

Tanto como su cargo, el ministro aborrece al presidente que lo nombró, nada más que por arruinarle la carrera política. Un advenedizo, el presidente, que ni siquiera es militante del partido, elegido a dedo por las centrales empresarias y puesto a circular como demócrata, con el apoyo de la prensa seria, la que controla diarios, radios y canales nacionales, cuando todos saben —y nadie lo dice— que fue un gestor activo del tráfico de recién nacidos durante la dictadura militar del 76.

—Se te hace tarde —le recuerda la mujer al ministro—, llamó el portero, que no aguanta más a los de la prensa, tiene que baldear y están ahí desde las cinco de la mañana, fumando, tomando café de termo, la puerta de entrada al edificio parece un club.

—Que baldee de noche, ese cabrón —protesta el ministro—. Yo no los llamo a esos cuervos, están cebados por lo de los rehenes, hoy renuncio.

Endulza el tono, la mujer, que siempre le recrimina la vocación de segundón en su carrera política, el presidente debería ser él.

—Si renunciás, hoy mismo hay fiesta en la Rosada. Fuerza, Manolo —lo alienta, decididamente cariñosa.

Tiene razón, la presidencia de la Argentina le sentaría mejor a él que al traficante de bebés, Manolo Pandolfi es un histórico del partido, no un paracaidista. Durante la dictadura vivió en México. Bien, debe admitirlo, nunca le faltó nada, tampoco se juntó con esa chusma de exiliados que ponía en aprietos a los burócratas del PRI mexicano. Si hasta firmaron una carta abierta denunciando abusos y violaciones de derechos humanos contra militantes opositores al gobierno de México, los desagradecidos. Muerden la mano del que los protege, habría que repatriarlos y que se los coma el lobo del Proceso, —recuerda haber comentado, el hoy ministro, con su primera mujer, de la que se divorciaría poco más tarde.

Su segunda mujer —la quinta, en realidad: segunda legal, sin contar a las concubinas— lo comprende mejor que ninguna de las anteriores, está con él, lo estimula, sabe que tarde o temprano será presidente. Fue ella quien le advirtió que el cargo de ministro del Interior era una trampa. Te pone ahí para que te quemes a lo bonzo. Los asesinos a sueldo del Estado no van a hacerte caso, los delincuentes se entienden con ellos sin intermediarios.

Cuánta sabiduría en un frágil cuerpo de mujer, se dice el ministro mientras se despide de ella con un beso suave, de cónyuges que comparten sin reproches la cama y las tarjetas de crédito.

En el palier del edificio lo espera el custodio habitual, retirado de la Federal, al que llaman Garufa, por su afición a las mujeres y al juego clandestino. Algo desubicado pero de confianza, lleva siete años custodiando a ministros y secretarios de Estado, sabe apartar sin alharacas a los pesados — periodistas cargosos, pedigüeños de toda laya, mujeres que a veces salen al cruce de los funcionarios reclamando con un crío en brazos por una paternidad inexistente, nada más que por cobrar algún dinero en concepto de alimentos—.

—Qué bolonqui anoche, ministro —le dice Garufa en el ascensor, mientras el ministro chequea en el espejo que el mechón que le cae tan juvenil y gracioso sobre la frente oculte el reciente injerto de pelo.

—No dejes que los de Crónica se me vengan al humo —lo instruye el ministro, anticipándose al acoso periodístico en la planta baja—. Solo Bermúdez, de Clarín, y Oviedo, de La Nación, acordate, los conocés bien; los demás, que me miren de lejos.

Si conocerá Garufa a esa raza de entrometidos. En los buenos tiempos era distinto, se respetaban las jerarquías, los periodistas pedían audiencia y se dirigían a sus entrevistados con respeto; sí, mi coronel, ¿qué piensa usted de tal o cual asunto, mi general de brigada?

—Descuide, ministro, que ningún cuervo comerá de mi mano.

—Bien, Garufa. Y jugame cien pesos al 48, tengo un pálpito.

Se abre la puerta del ascensor en planta baja y el tsunami de periodistas se les viene encima. Garufa arremete con su estilo caterpillar, le da fuerzas la repulsión incontrolable que siente, en general, por los que leen y escriben como él no aprendió a hacerlo nunca, con fluidez y riqueza de vocabulario, capaces de envenenar con palabras el corazón y el cerebro de la gente sencilla, de inducirlos a pensar que lo bueno es malo, que la justicia social, que los derechos humanos, toda esa mierda de la democracia.

A empujones, Garufa se abre paso hasta Oviedo. A Bermúdez no lo ve por ningún lado; está con parte de enfermo, le sopla una cronista veinteañera cuando pregunta por él. Entonces, de Clarín, nadie, decide Garufa sin consultar al ministro que intenta respirar bajo el enjambre de cámaras, cables y micrófonos.

—Vení —le dice Garufa a Oviedo—, que el ministro no tiene toda la mañana para perder con ustedes.

Hay protestas de cronistas y movileros, avalanchas que Garufa neutraliza con sabios codazos hasta poner a Oviedo, de La Nación, a tiro del ministro.

El ministro ya ha redactado y ensayado frente al espejo, durante la última media hora en su departamento, la respuesta que dará a los medios sobre la crisis de los rehenes en la villa Descamisados de América. Descargará la responsabilidad en la incompetencia de determinados cuadros de la Federal, aunque sugerirá, sin ser explícito, la existencia de una mano negra opositora, culpable de haber interferido en sus precisas instrucciones a la policía de respetar la vida de los extranjeros secuestrados. En cualquier caso, el día que recién empieza será complicado, ya su sabia mujer le advirtió que no se caliente, que no renuncie, que equilibre el Prozac con el diazepam, que medite, que recuerde a los maestros, al Sai Baba, a Deepak Chopra, pero sobre todo que no olvide, bajo ninguna presión periodística ni parlamentaria, que Manolo Pandolfi está llamado a ser presidente de la nación.

De pronto la nada, una laguna blanca y silenciosa, el discurso que tenía preparado para Oviedo y Bermúdez se le borra. No hay dolor, declararía si le dieran la oportunidad de volver como a tanto charlatán que regresa de ultratumba: solo la sensación de irse, de despegarse como un cohete hacia cualquier parte y no llegar nunca.

Oviedo, de La Nación, escribirá que vio al ministro palidecer, a escasos centímetros de él, y expulsar un aliento fétido de cadáver insepulto, cuando el punto rojo se dibujó en su frente. Garufa, en cambio, lamentará no haber jugado a tiempo, con todo ese barullo, los cien pesos al número que le había indicado el ministro en el ascensor y que salió, ese mismo mediodía, a la cabeza y a los premios.