Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 30 de 56

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Ciudad santa

Capítulo 29

 

Nada supo Verónica de Carolina, hasta la mañana lluviosa en que enterraron a Romano. Acababa de entrar en su departamento, de regreso del funeral, abatida, sin ganas de llegar al día siguiente, preguntándose cómo seguía la película, si valía la pena, lo habitual cuando el mundo se desploma. Sonó el teléfono y pensó que era el llamado de pésame de alguien que no había ido al funeral, no atendió hasta que volvió a sonar, media hora más tarde.

Carroza le hablaba desde un lugar ruidoso, con risas y música de fondo, Verónica se preguntó si no se habría enterado, no podía ser, qué carajo pasaba por la cabeza de ese tipo; le dijo que iba a cortar porque no entendía lo que le decía, parecía drogado o muy borracho, la había llamado, en efecto, para darle sus condolencias, pero apenas ella atendió se coló Carolina, me está abrazando —dijo Carroza—, no aguanto más, quiero ir con ella ahora mismo.

Verónica imaginó a una copera, una patética cuarentona de algún bar del Bajo rodeando a Carroza con brazos cargados de pulseras baratas, acariciándolo sin pudor en el bajo vientre, soliviantándolo por un par de copas y uno de los billetes grandes, siempre ajados, que lleva el cana en el bolsillo trasero de sus pantalones. Colgó el auricular, pero un sordo campanilleo le indicó que Carroza no había colgado, que estaba al otro lado de la línea con su puta, y no entendió, Verónica, si llamaba para jactarse de algo, o si pensó en revelarle lo que sabía sobre la muerte de Romano.

—No te vayas —la voz de Carroza, turbia, desolada: —no quiero que Carolina se salga con la suya.

Decía Carolina con una pavorosa ternura, nadie nombra así a una mujer circunstancial, mucho menos a una prostituta, pero tampoco a una novia ni a una amante, no había pasión en su voz calaverosa; un cuerpo como el de Carroza, casi sin sangre, se mantenía en pie por sus obsesiones y terrores, y si amaba, como a Verónica le pareció que estaba sucediendo, lo hacía como un sonámbulo, sin otra conciencia que la jaqueca del desvelo, que la despedazada memoria de sus actos, con la que Carroza se mueve por su pequeño y vasto mundo, como un insecto.

Verónica recuerda a Carolina en cuanto atiende el teléfono, a última hora de la tarde de domingo, y de nuevo las risas y la música de fondo de algún tugurio, alcohol, mujeres y Carroza, aunque ahora habla con claridad y urgencia.

—Paso a buscarte —le dice—, no salgas hasta que llegue, no le abras la puerta a nadie.

Sofoca la protesta de Verónica recordándole la Noche de los Cristales Rotos, en la Alemania nazi previa a la guerra, cuando hordas de SS recorrieron ciudades y pueblos maltratando a miles de judíos, asesinando a muchos de ellos, la Kristallnacht, pronuncia Carroza en un alemán duro, imprevisto para Verónica, que le pregunta qué tiene que ver lo que hicieron los nazis en 1938 con su vida.

Promete explicarle en cuanto llegue, que no abra la puerta ni a sus amigos, podrían servirse de ellos para entrar; Verónica acepta que a Carroza le ha dado un ataque de paranoia y llama de inmediato a Bértola.

—¿Qué le diste, con qué lo medicaste?

—No receto medicamentos —se defiende el sicoanalista, tumbado en el sillón que comparte con su perro Mauser, apariencia de cocker y tamaño de ovejero—. Estaba leyendo a Derrida, o Derridá. No podemos hacer a un lado la melancolía, Verónica, o el olvido acabará con nosotros.

—Lo que acabará con nosotros, conmigo, al menos, es otra cosa, Damián. ¿Qué le diste a ese policía?

—Primero, «ese policía» es tu amigo, fue compañero de tu difunto primer esposo, a la sazón tan policía como este. Sabés que no es habitual que me consulte la cana, no son muy dados a mirarse al espejo, excepto para afeitarse. ¿Cuál es su trabajo? Meter presa a la gente. ¿Cuál es el tuyo? Sacarla. ¿Y en el medio qué hay? Gente común, desiertos, agonías.

—No filosofes al borde del abismo, Damián, ayudame a entender a qué me enfrento.

—Ese es mi trabajo, Verónica, pero hoy es domingo.

—Y ayer fue sábado, ya sé. Nadie se suicida un fin de semana.

—No digo tanto, che, no exageres. Ese cana reniega hasta de su sombra, por eso no come y fuma como un escuerzo, cree que existe algo más allá de su páramo personal, una tierra prometida. A su manera, es creyente. Y como todo creyente, se equivoca.

El perro Mauser, que dormía, para las orejas. Mira a Bértola con curiosidad, dirige su hocico a la bocina del teléfono, a la voz de Verónica, a su angustia.

—Consiguió asustarme. Lo que no lograron matando a mi custodio ni persiguiéndonos anoche, lo está consiguiendo Carroza. Dice que se avecina una Noche de los Cristales Rotos.

Un silbido de admiración cruza la línea. El sicoanalista se regodea en la recreación de la historia macabra de la humanidad.

—Y eso te asusta. ¿Sos judía?

—No sé cómo tus pacientes no te mandan a la puta que te parió, Bértola.

—Me mandan, no creas. No muy seguido, pero a veces me mandan. Ese tipo no juega, Verónica, mata en serio, tiene esa capacidad innata, es un talento, no creas. A cualquiera de nosotros le destrozaría la conciencia, él solo necesita hablar, encontrar una oreja, pero es él quien elige de qué arrepentirse. Y por lo que ha hablado hasta ahora conmigo, no encuentra tema para el arrepentimiento. En ese sentido, es un discípulo de Spinoza.

—No leo filosofía, me aburre.

—Pero Dios existe, Verónica. Y la filosofía te ayuda a entender con qué intenciones.

 

A Oso Berlusconi le han arruinado el domingo. El llamado intempestivo del ministro lo arrancó de la intimidad de su refugio campestre, adonde había llegado con Pacogoya en el baúl como quien lleva una carpa y equipo para disfrutar de la naturaleza.

Tiene una pequeña cabaña, a metros de la ruta 8, pasando Pilar. Zona de quintas, de barrios cerrados en los que los ricos imaginan sus mundos felices y contratan a gente como él para que los defiendan, si es necesario, a balazos. Pero Oso eligió construir su refugio fuera de esos campos de concentración burgueses, ama la naturaleza y por lo tanto el peligro, la lucha por la supervivencia, es parte de su confusa información genética.

—Tenés que encontrarlos, Oso —le dijo el ministro—. Vos sabés cómo hacerlo. Esta noche los liberás y mañana sos jefe de policía, ahora mismo llamo al presidente para ponerlo al tanto y voy redactando el decreto.

No pudo contradecirlo, no le dio tiempo, el ministro. La jefatura de policía no es premio, sino bandeja de salida para giles que no aprendieron a ganarse en serio la vida, un jefe de policía es el blanco móvil sobre el que disparan los políticos cuando algo se les va de las manos, cuando los zurdos vuelven a la carga infiltrándose en los sindicatos y en las organizaciones de villeros, cortan rutas, joden a medio mundo, se hacen matar para pasar por mártires y piden a gritos que renuncie el jefe de la policía, el ministro, todo el gobierno, ya que pedimos.

Le arruinó el domingo, que pensaba disfrutar con Pacogoya. Lo saca en brazos del baúl de su Toyota gris, esposado y amordazado. Los canas que estaban de servicio en la estación de peaje, a la caza de camellos que van y vienen del norte transportando droga, respiraron aliviados cuando Oso les dijo yo me hago cargo. Es domingo y a nadie le gusta sentarse frente a un ordenador o una Olivetti a redactar informes, llenar planillas, perderse lo mejor, la definición de los partidos de primera, por tomar declaración a un pobre infeliz que no sabe nada, al que simplemente contactaron por muerto de hambre, por marginal, para trabajar de camello.

Pone en pie a Pacogoya y a patadas en el culo lo hace avanzar trastabillando hacia el interior de la casa. Cierra los postigos y enciende las luces. Hay olor a humedad, algún día deberá arreglar cuentas con ese constructor que lo estafó, cobrándole por un material de primera y quedándose con las diferencias, un corrupto, todos los gremios los tienen.

Cruza sus labios con el dedo índice exigiendo silencio, antes de quitarle la mordaza. Pacogoya nunca estuvo tan blanco. Aun muerto, su semblante lucirá más saludable que ahora, frente a ese asesino profesional pagado por el Estado.

—¿Dónde estamos, qué quiere de mí?

Se sorprende, él mismo, de poder emitir sonidos, articular palabras, exhibir cierta entereza. De nuevo el gesto, como el del retrato de la enfermera en los hospitales, sshhh, silencio.

—Sabés bien qué quiero, pajarito.

Pacogoya cree que Oso busca información sobre los turistas secuestrados y la desembucha en el acto, como si la mordaza solo le hubiera demorado el vómito de datos. A Oso le causa mucha gracia tan buena predisposición, si todos los presos fueran como el cheguevarita, los interrogatorios serían fiestas de cumpleaños.

No cree, sin embargo, que ese flacucho drogadicto y marica tenga la información que busca. Para colmo, el llamado del ministro. Tiene que convocar ya mismo a la gente y armar el equipo en no más de un par de horas. Lo práctico sería ejecutar al pajarito, tirarlo en alguna zanja y seguir viaje a la capital, mientras por el celular va llamando a sus reclutas. Pero decide guardarlo, a lo mejor termina temprano y puede ocuparse de él en la madrugada. No se resigna a que le hayan birlado a Osmar Arredri en sus narices, tiene que encontrarlo o descargar en alguien su frustración, es imposible reunir la plata que piden ahora por el colombiano y les dieron plazo hasta las siete de la mañana del lunes, ni una hora más. Al mediodía zarpa el Queen of Storms, para entonces todos los negocios tienen que estar cerrados.

¿Y si sabe? ¿Si además de entregar a los turistas, oyó algo, algún dato sobre el paradero posterior del colombiano y su concubina? Difícil, porque fue tarea de milicos y los milicos trabajan solos, tienen sus propios aviones y barcos, no necesitan contratar agencias de viajes.

Apaga las luces, antes de irse. Ha vuelto a amordazar a Pacogoya y lo ha colgado cabeza abajo, esposado, balanceándose bajo la viga de madera del techo del comedor.

¿Y en qué piensa Pacogoya, a oscuras, solo como un péndulo, ahora que toda la sangre se concentra en su cabeza?

En que si hubiera aceptado pasar la segunda noche con Verónica, tal vez nada de esto le habría sucedido.