Ciudad santa
Capítulo 9
—Consulta urgente por nivel de aceite en bocho —dice Verónica, en cuanto reconoce la voz de Damián Bértola en el teléfono.
—Es sábado, es de noche, tengo vida privada, también.
—¿Qué hace un sicoanalista con su vida privada, los sábados por la noche?
—Si es lacaniano, lee a Freud; si es freudiano, revisa la interpretación de los sueños de Jüng. Y si es vegetariano, puede invitar a una defensora de criminales a comer un buen asado al aire libre, en la terraza de su casa.
—¿Y tus hijos?
—Bien, gracias. Uno en España, la otra en México.
—¿Estás solo? ¿Ibas a hacer un asado para vos solo?
—Estoy con mi perro. Es el único patriota que no abandona la Argentina. Pero porque no le dan el pasaporte europeo.
En menos de media hora, abogada y sicoanalista están de pie frente a la parrilla ardiente, envueltos en el humo picante que despiden los chorizos al quemárseles la grasa.
Bértola vive solo en una casa grande que conserva de su matrimonio y que abandonaron los hijos, hace ya siete años. Villa del Parque es un barrio tranquilo, los chorros entran en puntas de pie, los asesinos seriales no hacen ruido, las calles están sombreadas por paraísos y jacarandás, no hay avenidas ruidosas cerca de la casa y el asado huele bien.
—Mirá qué luna.
Bértola apunta con su dedo índice entre las hojas del paraíso que despliega sobre la terraza su juego nocturno, pequeñas figuras, sombras chinas. La luna de la que habla está montada en la rama más alta.
—Es como vivir en el campo —se entusiasma—. Pero ¿a qué viniste? — Y aclara—: Ya sé, aceite en bocho. Puedo controlar el nivel, pero no cambiarlo, eso lleva años. Y acordate de que es sábado.
—Hablás como un juez de la nación —protesta Verónica—. Dijiste que vivías con un perro, ¿dónde está?
No le responde Bértola, sino el mastín, con un ladrido austero, desde una esquina de la amplia terraza. Apenas si ha movido la cola desde que Verónica entró, tan atento está a lo que sucede sobre la parrilla.
—Vivir solo es complicado —dice Bértola—. La mayoría de la gente en las ciudades vive sola, dicen que está bien así, que es una elección. Boludeces. La gente habla para protegerse —sigue el analista, después de dar vuelta la tira y pinchar concienzudamente los chinchulines—. Primero fue el fuego, después la rueda y después, muuuucho después, en el siglo XX y sobre todo en Palermo Viejo, la palabra.
—La palabra tarifada, querrás decir.
—De eso vivo, Verónica. Pero por lo menos, cuando escribo un informe o una historia clínica, no los termino con frases rimbombantes al estilo «será justicia». Esto se va a secar, si lo dejo mucho. ¿Te gusta jugoso?
Pincha un trozo de vacío, lo levanta y lo pone bajo la luz para que Verónica decida si le gusta jugoso. Verónica propone empezar por los chorizos y los chinchulines; ella es abogada, sigue normas ya escritas que no dejan mucho margen a la improvisación, y aunque no haya legislación al respecto, los usos y costumbres indican que primero las achuras.
—Y después, la carne y las ensaladas —concluye su alegato.
De nuevo Bértola lamenta vivir solo, no sabe preparar ensaladas, las arruina sin remedio ahogándolas en aceite y vinagre, no sabe lavar la lechuga, la higiene es femenina, dice, es trabajo de mujeres, por eso lamenta que la suya lo haya abandonado: por las ensaladas.
Se sientan a comer, todavía inquietos pero más acostumbrados uno al otro. Una terraza en Villa del Parque no es un lugar donde los turistas extranjeros coman asado, los llevan a las estancias o a restaurantes en los que los bifes se cambian por divisas, hay vacas y gauchos —de plástico, como sus tarjetas de crédito—, a veces malambo y boleadoras. Una terraza en Villa del Parque no tiene nada de eso. Es, en cambio, el lugar apropiado para que un sicoanalista y una abogada que apenas se conocen, que son socios antes que amigos, empiecen a adivinarse las penas, a esperar sin apuro que se escancien los secretos.
—Se llama Mauser —dice Bértola, cuando Verónica se sorprende porque la cola del perro bajo la mesa le hace cosquillas en las pantorrillas—. Está contento. Siempre que hay asado, está contento. Antes de roer sus huesos, ya los imagina.
Después de explicarle qué representa Pacogoya en su vida —poco más que nada: una buena cena de vez en cuando, una cama no siempre tan buena —, Verónica cuenta lo sucedido anoche.
—Vivo esperando a que aparezca un tipo despreciable del que estoy enamorada —dice—, pero los únicos que llaman a mi puerta son estos esperpentos.
—No abras. La madrugada no es hora de visitas. Nadie que esté enamorado de vos va a venir a joderte el sueño.
Le cuenta, nada más que por contradecir su tonito jactancioso de sicoanalista, que la última vez que vio al despreciable fue de madrugada.
—Pero si el tipo es un cerdo, esa noche no fue por vos, seguro.
Triste sonrisa, la de Verónica. Aparta el chinchulín, demasiada grasa.
—Dáselo a Mauser, procesa todo.
Mauser acepta, goloso, pero se queda rumiando bajo la mesa. También él prefiere la carne. Bértola dice que no sabe de qué raza es.
—Parece un cocker, aunque tiene el tamaño y los ojos de un ovejero, algún experimento genético, supongo, de los que están en boga. Pero no me hables de amor, sino de tus esperpentos, por eso me llamaste, creo.
Otra vez la sensación de algo a punto de estallar, dice Verónica. Sintió lo mismo poco antes de que mataran a Romano, su primer hombre de verdad, el policía.
—¿Quién lo mató?
—La policía.
La luna de Bértola ya se bajó de la rama más alta del paraíso. Anda por ahí, ahora, furtiva, recorriendo azoteas de las casas vecinas, rozando sus tanques de agua.
—No es bueno ser policía, lo sospechaba.
La historia es sencilla, dice Verónica. No te la conté antes porque no tiene interés, es demasiado simple.
—Nada cierra, nada se explica de verdad cuando es demasiado simple — dice Bértola, con aires de Sócrates.
Ríen juntos. La risa viene de lejos, de la necesidad, tan simple como la historia del policía, de reírse de lo inexplicable, lo de verdad sombrío.