Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 23 de 56

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Ciudad santa

Tercera parte

«Dios existe. El hombre, solo a veces»

22

 

Ese gusto recurrente de la sangre, mezclado con el sabor dulzón del lápiz labial. Así terminan, tantas veces, sus noches.

Debió quedarse en Bolivia. O por lo menos en lo de la abogada. De qué le sirve la Bersa si no puede vaciarla en el cuerpo de los hijos de puta que la golpean cuando algo sale mal. O peor, los que la manosean, los que le piden que se arrodille ante ellos, ya sabés lo que tenés que hacer, nena. Malos actores, pésimos libretistas, nunca un final tranquilo, un abrazo, una despedida. Solo cadáveres.

Oso detuvo el auto a dos cuadras del Departamento Central, pero no destrabó la puerta, se quedó mirando al frente, lejos, como buscando algo a lo largo de la calle desierta.

—Hablaste con alguien, vos.

Había apagado la radio, el motor, la ciudad.

—No tengas miedo, Bolivia. Sé que no me traicionaste, solo pregunto.

No era una pregunta, estaba claro. Quería que ella pronunciara un nombre. Ni siquiera importaba de qué habían hablado.

—Con mi padrino, el subinspector Carroza —dijo ella.

—Tu padrino soy yo.

—Tú eres mi papito.

El revés de la mano, velluda, firme, cálida, que ella besaba y lamía, agradecida, le partió el labio. Otra noche de sangre y rouge.

—¡No te traicioné! —gimió.

—Claro que no. A quien me traiciona no lo golpeo, lo mato.

Destrabó la puerta con el control que colgaba del llavero. Ella bajó el vidrio, necesitaba aire.

—Andate, qué esperás.

Hizo sonar la sirena policial. Ana se sorprendió.

—No sabía que tenías sirena en tu Toyota.

—Los canas tenemos sirena hasta en el culo. Tomatelás, no quiero verte.

Le costó bajar, había estacionado sobre un charco, alejado del cordón de la vereda; se tambaleó sobre sus tacones altos hasta que pudo por fin erguirse y sentirse más segura.

—No le hagas daño a mi padrino.

Cerró de un portazo. Sabía que a Oso los portazos en su Toyota lo ponen peor que si le mentan a la madre. Metió rápido la mano en su cartera y se sintió bien al empuñar la Bersa, mientras el Toyota arrancaba, aullando su sirena como un perro al que le pisaron la cola.

Se pasó la lengua por el labio ensangrentado, cerró la cartera y supo algo. Había hecho bien en venirse de Bolivia.

 

Pero nadie se escapa del infierno. Va con uno, a todas partes, para que al morir no haya sorpresas y pisemos territorio conocido.

En su covacha de la calle Azara, barrio de La Boca, a pocas cuadras del Riachuelo, el subinspector Walter Carroza mira fotos bajadas de internet. Se compró un ordenador hace dos meses y recién está aprendiendo a manejarlo, pero ya no puede prescindir de él. Echó a la última mujer que se atrevió a dejar una noche su bombacha y su cepillo de dientes para regresar al otro día y pretender cocinar su cena. Se calienta más con las páginas porno que con el rezago femenino que, a su edad, con su contextura y su situación económica, puede conseguir. Las barcazas desguazadas en las costas del Riachuelo se parecen más a un transatlántico que esos despojos a mujeres de verdad.

Miss Bolivia no es amor, eso los dos lo tienen claro, y es bueno encontrarla cada tanto, acariciarse mientras los cuerpos no se hayan enfriado y alguna tibieza sea posible, consolarse como náufragos que abandonados en el mar brindan con agua salada.

Y sueña con Verónica. Incluso cuando está con Miss Bolivia, cierra los ojos y sueña con Verónica de novia, vestido blanco, ramo de azahares, un coro de ángeles drogadictos canta el Ave María mientras él susurra en su oído y ella ríe bajito, aunque no le hable de amor, aunque le esté contando con lujo de detalles cómo acribillaron a Romano, quiénes fueron, con qué celebraron más tarde como cuando Boca gana un campeonato. Después de todo, si Romano la golpeó como ella dice, si le partió la cara de esa manera, el mundo no es tan injusto como insisten en presentarlo los predicadores.

Son las dos de la mañana y hace tres horas, desde las once de la noche, que Carroza mira fotos. Ha impreso algunas, media docena, pero no le conforma la calidad de la impresión, se ven mejor en el monitor, la profundidad de esas miradas, las astillas del infierno clavadas en sus pupilas.

Bajó el archivo por la tarde, en el Departamento Central, y lo incorporó esta noche a su disco rígido. No son asesinos comunes, homicidas circunstanciales obligados a prescindir del otro por lujuria, pasión o codicia. Son bestias ante las que el propio Belcebú se persignaría. A él mismo, esqueleto humano al que solo sostienen los recuerdos y cierta tristeza, le repugnan, le cuesta mirarlos tan campantes en el monitor, poderosos, invencibles, aunque algunos —no sabe cuántos, ni quiénes— estén muertos.

Fue idea del Escocés, echarle un vistazo a ese elenco de violadores, homicidas y coprófagos por programación genética, por mandato bíblico, núcleos duros de la semilla maldita por la que germinó alguna vez el universo. Están ahí, le dijo, nadie les da bola; algunos ya son fiambres, otros siguen cocinando carne humana o comiéndosela cruda, pero no hacen ruido, van silenciosos, se disfrazan de gente común. Yo cada tanto me miro en ellos, es mejor que verse uno mismo en el espejo.

Alguien, alguna vez, los detuvo, los fichó por alguna infracción que no fue de tránsito, supo que eran ellos, aunque a la mayoría no se los haya podido acusar de nada y hubiera que soltarlos, leones sin hambre, cebados, jauría.

El programa de computación le permite formar con ellos un álbum, como cuando juntaba figuritas, en su niñez, con artistas famosos, cracks de fútbol, próceres de la historia. Todos hicieron algo, no pueden ocultarlo, no podrían fingir inocencia aunque les borrara el rostro con ácido. Tampoco lo harían voluntariamente, se les nota, están orgullosos, se han liberado para siempre del tormento de la culpa.

—Hay uno que me resulta cara conocida.

El Escocés pregunta quién carajo habla, las dos y media de la mañana, sos vos, Oriental, quién otro, claro, a esta hora todos duermen o cogen, solo a vos se te ocurre hacer horas extra.

—Más que conocida, familiar, de mi círculo íntimo, Escocés. Como si fuera tu propia cara y no recordara en este momento cómo te llamás.

—No soy de tu círculo íntimo —se defiende el Escocés—. Eso que te pasa se llama Alzheimer, te recomiendo unas pastillas que toma mi suegro para por lo menos no hablar boludeces.

Y cuelga, pero como el que llamó es Carroza la comunicación sigue ahí hasta que el Escocés vuelve a levantar el tubo del teléfono; se siente vigilado por un mastín en plena noche, sus ojos clavados en su cuello como en un hueso de osobuco, esperando a que cierre los ojos para servirse la cena.

—¿Qué querés? —pregunta.

—Que me digas de dónde sacaste estas fotos.

—Te lo dije, de internet, buscadores, sabiduría de banda ancha. Cuando aprendas a manejar tu PC no vas a romperme más las pelotas. ¿Cómo es tu pariente?

—Frente amplia y no es calvicie, es inteligencia. La malignidad se le concentra en los ojos: aunque fuera ciego, seguiría brillando. No es mi pariente.

Carroza oye un ruido a elásticos en la cama del Escocés, un refunfuño femenino, la mujer que duerme a su lado está siendo apartada para que él pueda sentarse, apoyarse en la cabecera y revisar tal vez una libreta, tal vez su archivo mental. El Escocés almacena un banco de datos de criminales, donde otros llevan los pensamientos.

—Anotá. Y después cortá la comunicación, dejame dormir, mañana estoy de guardia y además no duermo solo, como vos. Tu pariente se llama Torrente. Ovidio Ladislao Torrente Morelos, para llenar la ficha. El apellido lo recibió de un milico que, dicen, lo recogió recién nacido en la montaña. Ese milico se destacó por acciones tan heroicas como integrar la guardia personal del general Banzer, el dictador boliviano que derrocó a Torres, deberías acordarte si supieras algo de la historia reciente de América Latina.

—Me chupa un huevo la historia reciente de América Latina —dice Carroza. ¿Qué tiene que ver ese Torrente con Ana Torrente?

—Creí que Miss Bolivia te habría contado su historia, Oriental. Yo sé con quién cojo, no me encamo a ciegas.

—No cuenta nada, es un ángel, los ángeles no tienen historia, Escocés, bajan del cielo y están a tu lado cuando los necesitás. Contámela vos, si me diste su foto es porque lo conocías y porque sabías que yo iba a reconocer algo en él.

—Está bien, total ya me cagaste la noche. Pero encendé la luz, fijate que la puerta de calle esté cerrada y atrancada, Oriental. Te va a dar miedo, yo sé lo que te digo.

Cortó con el Escocés, pero llamó de inmediato a Verónica, directo a su celular, no le importa si la encuentra durmiendo o revolcándose con algún amante bajado de los barcos, tiene que hablar con ella, compartir por lo menos la información; si lo matan esta noche no quiere llevarse tanta resaca a la tumba, hay que acostarse liviano, es su lema, para no tener pesadillas.

Verónica no está en la cama, sino en la feria del Riachuelo. Y muy despierta.

—No supe más nada de ella —dice Verónica, por Miss Bolivia.

—Yo sí, por eso quiero que hablemos.

—Venite a la feria, acá vas a encontrar lo que necesites y al mejor precio, esto es un hervidero de gente, Walter —Verónica es la única que le recuerda su nombre, por eso también la quiere, preserva su identidad como si se tratara de algo valioso—. Hay compradores de todo el país, gente de dinero, algunos hasta llegan con sus guardaespaldas, esta feria es una convención de banqueros, gitanos y gánsteres.

—Hablando de guardaespaldas, ¿dónde está el tuyo?

—A mi lado, como mi sombra —miente Verónica.

Chucho se ha quedado dormido en el carromato que le sirve de oficina, el aburrimiento y la ginebra lo acurrucaron en un rincón, mirando a la doctora escribir en su pecé portátil. Era la oportunidad que Verónica esperaba para caminar por los pasillos de la feria sin llamar la atención, mezclada en la multitud.

Carroza promete estar allí en no más de quince minutos. No es la mejor noticia para Verónica, ese hombre es un pájaro sombrío, un búho con patente de policía, no le extrañaría que gire en ciento ochenta grados la cabeza cuando camina las callecitas de Buenos Aires. No le preocupa tanto ser baleado por la espalda como no ver la cara del que lo despache. Ha puesto a tanta gente a dormir que ya perdió la cuenta. Y sin embargo nunca un llamado de atención de orden interno, nunca un apercibimiento, aunque tampoco lo ven como a un héroe. Romano lo quería, pero admitía en privado que el tipo es de cuidarse; vive solo, en departamentos alquilados, nunca en el centro ni por más de seis meses. No aparece en guías, no usa tarjetas de crédito, no deja huellas, no se hace amigo de ningún comerciante y se sube las solapas del saco o mira para otro lado cuando en la entrada de los edificios se cruza con los porteros.

Verónica encara por el pasillo central de la feria, incrédula, todavía, ante el desparpajo con el que contrabandistas y piratas del asfalto exponen su mercadería. Ella misma se siente tentada de comprar ese perfume de Christian Dior a veinte dólares que un enano de circo sin circo ha puesto a la altura de sus rodillas y cuya autenticidad ella verifica con su olfato experto, pese a la diferencia de estaturas.

Es la hora y el día —tres de la mañana de un sábado, madrugada de domingo— en que las discotecas se llenan de bailarines y las guardias de los hospitales, de drogones en shock y heridos de bala y arma blanca; los médicos no dan abasto y los policías van y vienen sin hacer nada con las sirenas al mango, llegando siempre tarde al lugar del hecho, masculino joven malherido, atento comando, homicidio en riña, atento comando, femenino violada y arrojada en zanja sin signos vitales, atento comando.

El subinspector Carroza se deleita con la radio policial como otros con su programa favorito de música en la noche, cada llamado es un hit que su imaginación policíaca completa hasta conformar cuadros impresionistas que algún día, cuando se retire y si sigue vivo, le gustaría pintar. Ha estudiado arte en su añorada Montevideo, cuando ni soñaba que cruzaría el río marrón más ancho del mundo no para cantar tangos, como alguno de sus compañeros de secundaria, sino para encerrar su vida en los calabozos, destrozar su libertad, clavarles los colmillos de una inconfesable boca de lobo que sintió crecer como un vómito de carne y sangre desde su garganta, la desfondada noche en que mataron a Carolina.

Desde el abismo de la villa Descamisados de América, la feria del Riachuelo se ve como Nueva York desde la estatua de la libertad o, menos espectacular, como vio Tito Lusiardo a Buenos Aires, apoyado con Carlos Gardel en la baranda de cubierta del barco que los traía de regreso desde Europa. Se adivina el parpadeo de chorros y sultanes, el brillo especular de tanto oro falso, de tanto diamante de ocasión expuesto sin pudor, canallescamente, como una Biblia o un Quijote en las mesas de saldo de las librerías de la avenida Corrientes.

Las tres parejas de secuestrados en las cercanías de Puerto Madero mientras disfrutaban del clima europeo con el que Buenos Aires se vende a sí misma en los catálogos, han sido distribuidas en tres casillas diferentes, aunque vecinas, y descansan, a la manera sudamericana, atados de pies y manos sobre el piso de tierra y amordazados al límite de la asfixia.

Vaharadas del putrefacto y tibio olor del Riachuelo contribuyen a sus vigilias, atormentándoles el poco aire que se las ingenia para entrar por sus narices. Los custodios se turnan en la aburrida tarea de mirarlos como a insectos, cada tres horas uno es remplazado por otro, o por otra, porque también hay personal femenino comprometido en el secuestro. Nadie les ha dicho cuánto piden por ellos, si van a morir o los dejarán volver a casa, una vez acreditados los rescates en cuentas de islas remotas, abiertas por los consabidos testaferros de cuanta transa ilegal contribuye al flujo capitalista en el mundo globalizado.

Es muy probable que Oso Berlusconi le haya pedido paso al subinspector Carroza al avanzar a ciento cuarenta por la General Paz, rumbo al Riachuelo. En su larga carrera de policía, Carroza se ha cuidado más de no ponerse el auto de sombrero que de las balas que lo han rozado y hasta se han enterrado alguna vez en sus magras carnes. A Oso Berlusconi, en cambio, le gusta la velocidad, echarse sobre pacíficos automovilistas a toda sirena y obligarlos a derrapar o acabar en las banquinas apuntando en dirección contraria a la que llevaban. Para eso se hizo cana, y para hundir el puño con manopla de hierro en los estómagos blandengues de los judíos del Once o de la calle Libertad, buscando reducidores de oro y piedras preciosas, cada vez que se asaltan joyerías o cajas de seguridad de los bancos.

El Toyota gris de Oso se ve opaco y silencioso, en la penumbra del callejón de la villa Descamisados de América, como una chatarra más de las que pueblan las márgenes del Riachuelo. Oso se ha cuidado muy bien de desactivar la sirena desde que salió del Departamento Central en misión no oficial, de entrar en la villa a paso de hombre y estacionar junto al montículo de ladrillos y de arena con los que el cura obrero de la zona pretende levantar su parroquia de marginales, para venderles la ilusión cristiana de que es posible salvarles las almas y multiplicar los panes y los peces.

El mismo catolicismo que ilumina al cura obrero enturbia el corazón de Oso Berlusconi. Por eso llama a su nueve milímetros recortada «Rerum Novarum», en homenaje a la encíclica del papa León XIII, que proponía salvar a los pobres de la opresión capitalista sin caer en las garras del demonio rojo totalitario, y que Oso recuerda como el cuento de Blancanieves y sus siete enanos perversos, o Caperucita Roja y el Lobo travesti y comilón. La monja sin rostro, que olía a pañales de viejo saturados de orín, pero que insistía en abrazarlo para amenazarlo cariñosamente con el castigo eterno si no estudiaba el catecismo, lo obligó en su infancia a leer en voz alta esa encíclica, parroquia de San José, pleno barrio de Almagro, mientras la barra del bar Los Penales lo aplaudía y se carcajeaba a su costa desde los pórticos del templo, para escándalo de monjas y cura párroco, y regocijo de sus compañeros de escuela y amigotes del barrio. Aquella humillación infantil le grabó a fuego la maldita encíclica y se juramentó, como un monje negro medieval, para liquidar a cuanto pobretón con sucias intenciones expropiatorias se le cruzara en su camino.

Ciertamente, la mayor parte de los obreros prefieren mejorar mediante el trabajo honrado sin perjuicio de nadie; se cuenta, sin embargo, no pocos, imbuidos de perversas doctrinas y deseosos de revolución, que pretenden por todos los medios concitar a las turbas y lanzar a los demás a la violencia. Intervenga, por tanto, la autoridad del Estado y, frenando a los agitadores, aleje la corrupción de las costumbres de los obreros y el peligro de las rapiñas de los legítimos dueños, decía la encíclica, y Oso, todavía Osito, se propuso combatir hasta la última bala a los hombres turbulentos y astutos para torcer el juicio de la verdad y para incitar sediciosamente a las turbas.

Es una larga, sangrienta y a veces exasperante cruzada, la de Oso Berlusconi, y no ha llegado esta madrugada al aguantadero de la villa Descamisados de América siguiendo sus ideales, sino en busca de financiamiento. Pero acaricia la culata de su Rerum Novarum como un padre la cabeza de su hijo pequeño, como si el arma corriera más riesgos que él.

Sonríe, sin embargo, con ternura, satisfecho. Por eso también se hizo policía.