Ciudad santa
Segunda parte
«El Gordo Pichuco abre los ojos»
10
Pacogoya volvió despacio de su excursión a San Pedro, contará Verónica al sicoanalista en su noche libre.
Conduce a noventa por la mano derecha de la autopista, los autos se le adelantan casi rozándolo, desafiando su audacia de conducir como un ser humano al volante, no como un poseído. Lo suyo no es un brote de educación vial, pero no podría concentrarse en conducir como lo hizo a la ida, necesita pensar en lo sucedido, aunque tampoco las ideas se le ordenen, solo imágenes, y la sensación de que nada es verdad, que ha soñado esa casa contigua a los naranjales y está a punto de despertar en su departamento de Recoleta, o en su cucheta miserable del Queen of Storms, o en el camarote de alguna sueca o alemana que, evaporados los alcoholes nocturnos y a la luz macilenta del día que comienza, lo mirarán con desconfianza, le pedirán que se vaya en sus idiomas que solo ellas entienden.
Sabe que no, que está despierto y que la vigilia esta vez va en serio. Regresa a Buenos Aires con las manos vacías, para colmo: deberá dar explicaciones, devolver el dinero, todo el dinero. Porque al llegar e ir en busca del Tío al Florida Garden, tarde en la noche, tampoco lo encuentra. Ni en su mesa de siempre, ni en la barra, ni dando vueltas por los alrededores. Su celular no contesta, Pacogoya no deja mensaje, se arrepiente de haberlo llamado, ya está su número registrado donde, supone, no debería estar.
Florida y Paraguay es una esquina de otro planeta, cuando avanza la noche. Los alienígenas nocturnos, a diferencia de los terráqueos diurnos, son individuos demacrados que salen en busca de otros individuos. Caminan, silenciosos, se sientan en bares a punto de cerrar, como el Florida Garden, los mozos los van cercando al encimar las sillas sobre las mesas que quedan vacías, hasta que les anuncian que no va más, que a la calle. El gremio de los mozos, el gastronómico, es homofóbico, como todo el sindicalismo argentino. La única excepción es el propio gremio de los putos, la CHA, que tampoco es un sindicato, no se sienta a la mesa de los confederados para decidir si apoyan o conspiran contra un gobierno.
Pacogoya devuelve la mirada a los putos con los que se cruza. Alguno lo sigue y hasta lo aborda, y recién ahí lo desilusiona. Aunque no siempre: cuando está muy solo, como hoy, muy desconcertado, como recién nacido en un mundo devastado por alguna catástrofe nuclear, acepta las invitaciones. Y en coquetos departamentos de la zona, nunca a más de cinco o seis cuadras del Florida Garden, coge o se deja coger, y se lleva unos pesos, o dólares. Una propina por su culo roto o por su hombría puesta a un costado, como los paraguas en el paragüero los días de lluvia.
Está a punto, esta noche, de concretar uno de esos negocios rosas con un cuarentón como él, aunque aparenta más de cincuenta, calvo y panzón, lleva traje pero sin corbata, el cuello abierto, las carnes flojas, barba de dos días, por lo menos, y le aclara que él no es mariquita, que está buscando una colita tierna y movediza. El ringtone del celular interrumpe la negociación, llama el Tío, puto de mierda, borrate, aparta Pacogoya al cuarentón avejentado, que escupe a sus pies, como un guanaco de la puna de Atacama, y se aleja, zangoloteando sus carnes como una res ya vieja para el matadero.
Llama el Tío, pero no es el Tío. La voz de los verdugos siempre suena deformada porque hablan con la capucha puesta. Para ellos, después de todo, una cabeza separada de su cuerpo no es más que una pieza anatómica, un sustantivo sin su predicado, una flor lejos del ramo. Te seguimos, dice la voz: al final tuvimos que adelantarnos porque te venías durmiendo, ¿qué pasó?, ¿se te achanchó el Porsche?
No espera que le responda, el que habla desde el celular del Tío. Sabe que al otro lado hay un tipo a punto de mearse encima, pero que sin embargo quiere terminar la transa, cumplir con sus clientes del crucero.
Podés pasar a buscar lo tuyo, le dicen: está sobre la cama. Dejá la guita en la mesa de noche, sobre la revista Playboy con la que el Tío se hace la paja cada noche. No toqués nada ni lo busques al Tío, ahora del negocio nos encargamos nosotros.
Su primera reacción es encarar para el lado contrario, huir, como de San Pedro. Pero no es lo mismo presentarse ante sus clientes como un vendedor de pochoclo al que despojaron de su carrito que llevarles, por lo menos, la mitad de lo que pidieron. Y hasta podría cobrarles un plus, el mercado se puso denso, les diría, mucho botonaje olisqueando el menudeo. La opción, que descarta como a un chantaje moral, es acabar por dos pesos en brazos de una marica.
Nunca fue al bulín del Tío. Tiene su tarjeta con la dirección, pero jamás se te ocurra aparecer, si no te invito, le aclaró desde el día en que se conocieron. Está a tres cuadras, sobre Viamonte, en el décimo piso de un edificio antiguo, desde cuyos ventanales se ve el río.
Quince años de conocerlo y nunca la invitación. No sabe nada de la vida del Tío, siempre hablaron de negocios, de mujeres, algo de fútbol, aunque el Tío prefiere el polo, un deporte de caballeros, lo define, sin negros, en el que el hombre está al servicio del caballo. No tiene hijos; por eso, tal vez, le dicen Tío. Tiene sobrinos y ninguno, por lo poco que sabe —lo que el propio Tío le ha contado—, es trigo limpio. Son como vos, le ha dicho, bagatelas, chucherías de la especie, nada perdurable, vividores.
Al principio Pacogoya se ofendía. Se levantaba y abandonaba el Florida Garden; el Tío se quedaba viéndolo alejarse, lo saludaba por el ventanal, ya vas a volver, leía Pacogoya en sus labios, y claro que volvía, si nadie como el Tío para hacer negocios.
El edificio es tétrico, además de antiguo. Oscuro, apenas se traspone la pesada puerta de roble a la que no han echado llave, tal vez porque lo esperan. Mientras llega el ascensor —antiguo como el edificio: una jaula de rejas negras, espejo quebrado, luz anémica—, evalúa con frialdad las consecuencias posibles de subir a buscar lo suyo. Pero le sigue preocupando más que, si no lo hace, termine la noche besándose con un tipo que lo obligue a chupársela. La frustración desata en Pacogoya conductas autoagresivas, diría el sicoanalista Bértola, si no fuera sábado.
Piso diez, el último por ascensor. Sigue una escalera angosta y oscura, que probablemente lleve a la vivienda del portero, a la terraza, si la hay, que imagina invadida por el hollín y la mierda de paloma. Llama a la puerta, como un mandadero que va por el paquete. Nadie abre.
Ha dejado la puerta del ascensor abierta, aunque si tuviera que huir lo haría por la escalera; por lo menos no ofrecería, al bajar corriendo, un blanco inmóvil. Vuelve a llamar y espera.
—Está buena, la carne —se interrumpe Verónica y mastica despacio, degustando el bocado de vacío—. Aunque algo seca, no sé si a Mauser va a gustarle.
—Yo no habría entrado —opina Bértola—. Dos fiambres en un mismo día son demasiados.
Tantea el picaporte, por fin.
Tampoco Pacogoya estaba feliz —le contó a Verónica—, no era razonable meterse en esa ratonera; para qué iban a llamarlo si ellos tenían la merca, podrían vendérsela a cualquiera, y por más guita. No lo necesitaban.
Pero entra. Después de todo, son quince años de prohibición, la curiosidad mata al gato, dice Verónica.
El departamento está ordenado, lleno de objetos de cerámica, estatuillas exóticas, monstruos de Oriente, Indonesia, Malasia, Laos, al Tío le había dado por viajar lejos, últimamente. Hoy se puede ir de excursión a Vietnam —le contó no hace mucho a su sobrino predilecto—. Hay museos, buenos hoteles, los vietnamitas que los yanquis dejaron vivos son muy gentiles. Y antes, los franceses. Si cerrás los ojos, Ciudad Ho Chi Minh, la que antes era Saigón, parece París, pero más barata.
De cada viaje, el Tío regresaba con estatuillas y contactos. Hay que abrir mercados, decía, la sociedad se globaliza, la prostitución y la droga también.
Era cierto, comprueba Pacogoya al enfrentarse al ventanal del living: se ve el río. Y una sombra en el horizonte que debe ser Colonia del Sacramento.
—Quieto.
El caño en la nuca no le da tiempo a sorprenderse. Si el que le dijo quieto hubiera disparado antes, Pacogoya ni se habría enterado de su muerte.
—No te des vuelta, mirá el río, nomás.
Se ve perfecto, el río, como de día. La luna llena no debe ser la misma que horas más tarde irá a posarse en el paraíso frente a la terraza de Bértola; esta parece más amplia, redonda y ventilada, como una lámpara china colgada sobre el estuario.
La voz es la del que le habló recién por el celular. Aunque ahora suena despejada, sin capucha, por eso el consejo de no darse vuelta.
—No te asustes. No va a pasarte nada, si colaborás. Somos gente de negocios, como vos. Nos gusta cumplir con los clientes.
Habla en plural, no está solo ahí, ni en ningún lado, probablemente. Le pide, con la misma fría gentileza, que apoye las manos sobre el ventanal y que abra las piernas; queremos verte entero, como en una radiografía, mientras hablamos.
—Sobre la cama del Tío tenés la merca, como te adelanté. ¿Trajiste la mosca?
La trajo, claro. Desde ayer que anda con la plata encima, es el muerto vivo más rico de la ciudad.
Mientras la voz del que lo encañona se mantiene alejada, unas manos que son de otro lo revisan y lo van desplumando de billetes con los severos rostros de San Martín, Rivadavia, Belgrano, todos los próceres.
—¿Qué les dio a estos gringos por andar con plata criolla? —protesta el que lo despluma—. ¿O los cambiaste vos?
Pacogoya niega enérgicamente con la cabeza. Y explica:
—Pago con lo que me pagan, no frecuento cambistas, son peligrosos. Y en los bancos piden documentos, quedás pegado.
El desplumador termina su faena y cuenta los billetes más rápido que una máquina.
—Está todo —informa.
Pacogoya se congela en su incómoda posición de observador del río inmóvil. Ahora viene el tiro, se dice, muero por boludo. Pero la voz del que le apunta no ha variado el tono, parece seguir un libreto que no se contradice con lo prometido.
—Cuando nos vayamos, contás hasta mil, despacio, agarrás la merca sobre la cama del Tío y desaparecés. Pero antes, y para que eso sea posible, hay una prenda que tenés que cumplir si no querés irte a Berlín.
Ya sabía, nada es gratis en este mundo, ni la cocaína —dirá a Verónica que se dijo a sí mismo, aunque la verdad es que no piensa, reza, mientras el que le apunta explica en qué consiste la prenda.
Siempre por retaguardia, el que lo desplumó le alcanza unos papeles y un marcador de fibra roja, y le ordena que se siente, siempre de cara al río, en un pequeño sillón, al que acerca una lámpara de pie.
Es una lista de los pasajeros del Queen of Storms.
—Sabemos que llevás tantos años de guía como de dealer y de chupapijas, que tenés una memoria de elefante, que te las arreglás para detectar, en cada viaje, a las hembras más necesitadas y a los machos mejor forrados. Y me parece bien, así vas juntando tu dinero, la vejez llega antes de lo que pensamos y hay que estar preparados.
—¿Qué hago? —pregunta Pacogoya que, enfrentado a su biografía en ese momento que podría ser el último, acepta que se puede estar harto de uno mismo.
—Donde dice Osmar Arredri y señora, anotá el nombre del hotel donde se hospeda y el número de habitación. Y no te equivoques, si querés seguir vivo mañana.
—Están alojando gente en los pasillos —dice Pacogoya, no porque ignore el dato, sino porque podrían haberlo cambiado y no quiere, por una decisión administrativa, morir mañana.
—Esos no duermen en los pasillos, anotá con buena letra, clarita. Y elegí, de toda esa lista, una docena de tipos que ronquen fuerte, no perejiles, vos sabés.
Es cierto, él sabe. Un crucero es un puterío de lujo, todo el mundo habla de todo el mundo, al tercer día de viaje la lucha de clases ya ha producido su tradicional esquema de convivencia: los ricos por un lado y los pelagatos por otro.
—Hay más de una docena —aclara Pacogoya, generoso.
—Solo los top. Tomate tu tiempo, no hay apuro.
Recorre despacio la larga lista, va haciendo cruces, sabe que cada cruz será la de una posible tumba del elegido, pero lejos de sentirse mal por eso, está tranquilo, casi excitado. Por una vez, su elección será tomada en cuenta, él decide, de alguna manera, no se siente un delator, cualquiera haría lo mismo en su lugar, demasiada guita en muy pocas manos produce esto, tipos como él, como los que le apuntan, como el Tío. Hay luna llena sobre el río y cruces sobre los papeles.
Alumno aplicado, termina su examen y el desplumador recoge las listas.
—Ahora nos vamos. Pero te estamos vigilando, si hay algún dato trucho sos boleta —dice el que le apunta.
—Se parece al Che Guevara —dice el desplumador.
—Es cierto, pero el Che era un revolucionario y éste es un mierda. Ya sabés, contá hasta mil.
Se van. Pacogoya no puede creer que se vayan, ni que la droga esté, intacta, en sus lindas bolsitas, sobre la cama del Tío. Mejor no enterarse de lo que hicieron con él; recoge las bolsitas, cuenta hasta quinientos y sale al pasillo.
Debieron irse tranquilos, por la escalera, porque el ascensor sigue ahí con la puerta abierta. Sube y se mira, partido en dos en el espejo.
—Hasta la victoria siempre —dice, y oprime el botón de planta baja.