Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 53 de 56

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Ciudad santa

Capítulo 52

 

 

—Te di pistas, Oriental —le dijo el Escocés mientras conducía la chatarra 18 como si fuera suya, despacio, cuidando los amortiguadores en las calles poceadas —la mayoría—, conduciendo como un chofer de taxi libre—. Pero vos, nada. Estabas obsesionado con el colombiano, buscabas el ascenso, después de todo. A lo mejor te lo dan post mórtem.

Es cierto, pudo investigar por su cuenta al Jaguar. Habría descubierto que, como a los ratones gigantes de las ferias de diversiones, a ese animal salvaje se le notaban las costuras. Tampoco creyó demasiado en su crueldad, está harto de asesinos seriales, tipos retorcidos que solo buscan llamar la atención, actores frustrados, políticos que no encontraron partido, donjuanes que una noche descubren que son ellos sus propias rubias desvalidas, se pintan los labios y salen a matar, basura yanqui de películas clase B, de novelitas pocket, trabajadores sociales del propio infierno.

—No la mates.

—Por supuesto que no —dice el Escocés—. Para qué te traje.

 

A la misma hora en que el Renault 18 estaciona en la calle desierta, frente a la casa de Damián Bértola, dos camionetas Ranger doble tracción abandonan el cruce del Puente La Noria y enfilan a toda velocidad por la ribera del Riachuelo.

Los canas federales y bonaerenses que las ven pasar por el Puente La Noria abren y cierran los ojos como ante la visión de un par de dragones chinos o de san Jorges cabalgando sus caballos de fuego, se preguntan de un puesto a otro si ustedes vieron lo mismo que nosotros, esos tipos no van de pícnic, que vayan adonde se les cante —coinciden—, son por lo menos una docena y seguro que armados hasta las pelotas.

Los primeros en recibir la calificada visita son los desguarnecidos pobladores de la villa Descamisados de América. Nadie se sorprende demasiado cuando en plena madrugada, o a cualquier hora, se desata un tiroteo entre el chaperío y las moscas de una villa miseria: las bandas saben dirimir sus diferencias en esos escenarios, que la policía de cualquier jurisdicción evita como a ciudades medievales atacadas por la peste bubónica. Pero crece la alarma cuando las explosiones y los gritos recuerdan más a una ofensiva norteamericana en Iraq que a un amistoso entre pistoleros rivales. Resplandor de estallidos, mucho olor a pólvora y a nafta, incendios que como sopapos van aturdiendo el rostro hasta entonces tranquilo de la madrugada. En minutos, toda la villa es una sola hoguera, los comerciantes y clientes de la vecina feria del Riachuelo corren a tratar de entender de qué se trata y, en cuanto lo entienden, la retirada es un vértigo de gritos, carreras, balazos que nadie sabe quién dispara, gente que cae y otra gente que les pasa por encima a los caídos, mientras las dos Ranger entran por las avenidas de la feria con sus tripulantes colombianos descargando al voleo la artillería. Aunque arrasan con todo lo que encuentran, el objetivo principal de los colombias es un carromato estacionado a un lado de la feria, con sus luces apagadas, pero que lo mismo ya está ardiendo antes de que las camionetas lo rodeen y disparen sobre todas sus paredes de lata, perforándolo de lado a lado para que en su interior no quede vivo ni el canario, si lo hubiera.

Como llegaron, y sin haber bajado de sus vehículos, los sicarios de la patria de Botero, que alguna vez el dedo loco de Dios señaló como tumba de Gardel, emprenden la retirada por el mismo camino por el que llegaron. No han transcurrido más de diez minutos cuando los federales y los bonaerenses los ven cruzar de nuevo el puente frente a sus destacamentos, encendidas todas las luces reglamentarias y las de giro para anunciar que doblan y enfilan por la General Paz.

Lo primero que aprenden los turistas y los mercenarios es a respetar las reglas del país anfitrión, cuando pasean o asesinan lejos de casa.