Ciudad santa
Epílogo
Salió tranquilo del hospital, caminando muy despacio, y subió a un taxi. El Renault 18 había quedado en Villa del Parque.
Para empezar a librarse de la culpa por haber sospechado del purohueso, Bértola se había ofrecido a ayudarlo a quitarse de encima esa representación sobre cuatro ruedas lisas de su destartalada conciencia y puso, en el techo del auto, una botella de plástico para anunciar su venta al primero que apareciera con plata en efectivo, presumiblemente un gitano, que son los que ofertan por los coches usados mostrando los billetes.
Decide Carroza, mientras le paga al taxista, que no vivirá un solo día más en la calle Azara.
Le cuesta bajar del auto y subir a su departamento, custodiado aún por un agente de consigna al que despide con una palmada en la espalda.
—Pero el juez…
—Hablé con él, vino a verme al Churruca, está todo bien, pibe, tomate el día, chau.
Cierra la puerta y se derrumba lento, para que la herida duela un poco menos, sobre el único sillón, mientras el atardecer va apagando ese arcón maldito donde el Jaguar y Laucha se toparon con lo que Verónica y él buscan sin encontrar.
—No es mal momento para recibir a Carolina —se dice, en voz alta.
Piensa, aliviado, que cerrar trato por fin con la dama oscura le evitará mudarse otra vez, empezar en otro barrio, vecinos nuevos, porteros que, apenas se enteran de su condición de policía, le cortan el paso cada vez que llega para contarle vida y milagros de sus vecinos, en qué anda el flaco barbudo del tercero y la loca del cuarto, quién sabe.
Basta de todo eso. Y de esperar a que suene el teléfono para que lo convoquen por un homicidio o para cagarse a balazos con una banda de traficantes que siempre estarán multiplicándose, aunque los baje, como esos muñecos de parque de diversiones que se tumban pero se ponen en pie con cada moneda que cae por la ranura.
Mejor Carolina, de una vez por todas. Dos whiskies al hilo, sin hielo, son suficientes. Podría haberla citado en Los Botones Federales, pero la sola idea de caer muerto en ese piso inmundo le revuelve las tripas. Tampoco iba a darle el gusto al Chino, ni a su mujer, de verlo retorcerse en agonía, el Chino detrás del mostrador y su mujer desde la silla de ruedas en la que el Chino la postró porque no tuvo huevos para matarla. Su ajuste de cuentas con él mismo tampoco va a ser un espectáculo gratis para el resto de desahuciados que, incapaces de ese último acto, lo aplaudirían si se mata, como al ilusionista que, amparado en las tinieblas del cabaret, convoca a mujeres que parecen hermosas y amores de dos horas que la juegan de eternos.
Basta de todo y para siempre nada, le dice a Carolina que, servicial, ya está a su lado ayudándolo a embocar el caño de la Magnum que guarda para esta ocasión como a un vino añejo, a apoyarlo en el paladar y quitar el seguro con delectación de buen bebedor.
—Puta de mierda, deberías impedirlo —le dice todavía a Carolina, se resiste, protesta sin énfasis, quitándose apenas el caño húmedo de saliva para poder hablar.
—No puedo creer que estés hablando solo, Walter.
La mira como si no le sorprendiera ni le importara que esté allí, quizás porque solo lo evidente alcanza en Carroza esa categoría de lo ilusorio, habituado en su infinita soledad a dialogar con espejismos.
Pone a un lado la magnum, sin embargo.
—No echaste llave —dice Verónica, para justificar que entró sin llamar —. Y como la otra noche no pude escucharte…
Mudo, Carroza.
Como el jugador que no imaginaba la escalera real o el as de espadas conspirando para dar vuelta la mano o cambiar las reglas del juego. Cuando pueda, dirá que su llegada sin haber sido invitada fue una falta de respeto a Carolina y un golpe bajo, a lo que ella responderá que entró porque supuso y comprobó que estaba solo, mejor un golpe bajo que un tiro en la cabeza, y él dirá que así no le dejaba el bocho de regalo a ningún coleccionista, pero que en cualquier caso a la muerte la imaginaba de ojos claros. Ella replicará que si querés me pongo lentes de contacto y acabamos, a lo que él propondrá que aunque sea sin lentes, acabemos.
Pero ahora mudo, Carroza.
Antes de que pregunte o diga algo que eche todo a perder, o que desde alguna esquina del mundo empiecen de nuevo a los balazos, la abogada sacapresos, con vocación de paleontóloga, se abraza a ese montón de huesos como si temblaran y fueran capaces, todavía, de sostener un cuerpo, de articular una esperanza.
Saben, la abogada y el purohueso, que nada es para siempre, pero mientras tanto, hoy por lo menos, arrivederci los pesares, cerrá la puerta con llave, si te he visto no me acuerdo, chau, Carolina.
Córdoba, Argentina, agosto de 2007
Terminaste Ciudad santa
Guillermo Orsi
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