Ciudad santa
Capítulo 44
Quieto, al fondo, en el último asiento del colectivo 37. Inadvertido, como le gusta estar desde siempre, casi sin la percepción de su propia existencia. Dejándose llevar, como esos planeadores que levantan vuelo arrastrados por un avión con motor y son librados, ahí arriba, al destino y los vientos.
Detesta abandonar la Ciudad Santa. Sueña —si se puede soñar cuando no se es nada, ni uno mismo— con conocer la verdadera, la Jerusalén del desierto, la que un día alguien caminó en carne y llanto, atormentado por el dolor de sus verdugos.
Por ahora se conforma con este remedo de cartón pintado y actores de reparto, armado sobre la avenida Costanera para los provincianos que visitan Buenos Aires, ciudad santa de los cabecitas negras, tan a contramano de Palestina. Lo dejan estar, los cuidadores, se abriga en las noches con láminas de cartón prensado y come lo que encuentra, arroz pasado, carne vieja, pan duro, ratas.
Son tan parecidas, una y otra Jerusalén, y tan diferentes —sueña— de la verdadera.
Un pibe de la calle le trajo el mensaje: hay una mujer, pero tiene que ser esta noche. Y le entregó las monedas que le habían dado, y que él compartió con el mensajero. Gracias, Jaguar, iluminados, los ojos del pibe que salió disparado antes de que se arrepintiera.
No había pensado en abandonar Ciudad Santa esta noche. Hace frío, la ciudad está húmeda y opresiva, un enorme témpano varado en este río sin profundidad, traidor, arisco, marrón hasta la inmundicia. Pero en realidad no piensa nunca en nada, se deja llevar, y el colectivo 37 lo lleva ahora hasta donde tiene que ir, monedas para la ida y monedas para la vuelta, ella piensa en todo, ella sí piensa en todo.
—Unas simpáticas calaveras se asoman al pórtico de la catedral de Clonfert, en Irlanda —dijo el Escocés al descarnado policía Carroza—. Mi abuelo, que sí era irlandés y al que nadie se habría atrevido a llamar Escocés, me contó de ese templo. La policía irlandesa detuvo allí mismo a un asesino serial, en la década del veinte, cuando los asesinos seriales eran una rareza y ni siquiera habían sido clasificados como tales.
—No me des una clase de historia del delito, Escocés, no hay tiempo para tus divagues, esta noche. ¿Dónde encuentro a ese hijo de puta?
—Este tipo, el asesino precursor, no tuvo mejor idea que encaramar sus propias calaveras, es decir, las de los que se iba cargando, junto a las de piedra. Y decidió esperar ahí mismo a la policía. No seas tan ansioso, Oriental, un poco de cultura general te da una visión algo menos estrecha del mundo, no podés encerrarte en tus obsesiones, si querés llegar a la verdad.
—Se me agota la batería del celular, Escocés. No soy filósofo ni orientalista, me importa tanto la verdad como a vos la historia policial de Irlanda, ¿quién es el que se hace llamar Jaguar, dónde lo encuentro?
Sabe a dónde ir, el pasajero del último asiento. Conoce la ciudad, la ha soñado tanto que no hay rincón que no haya visitado alguna noche, temblando de frío, acurrucado a veces en las escaleras del subte, cubierto de diarios en los umbrales de iglesias y ministerios, a cielo abierto sobre los bancos de las plazas. Hasta que dio con Ciudad Santa, ya llegando al río, una soleada mañana de invierno, y se dijo acá me quedo, ésta es tierra sagrada, estaré limpio.
¿Cuántas veces llamó a Bértola después de medianoche? Más de una, seguro, y nunca por angustias propias, Carroza no es vulnerable a los síndromes de abstinencia. Tampoco a las adicciones, aunque el bochólogo —que de mala gana lo asiste porque, como buen federal, Carroza cree tener derecho a viajar gratis también por su subconsciente— se ocupó de aclararle que no es un mérito, el no ser adicto. Es una carencia, le dijo, falta de deseo, estupor existencial.
Pero esta noche no atiende nadie, el electricista de neuronas debió desconectar el teléfono. O tal vez pasa la noche en otro lado, en la cama de alguna paciente, seguro, el perverso.
Lo intenta por última vez antes de entrar en la estancia, con Miss Bolivia a su lado que le pregunta a quién llama.
—A mi analista, estoy angustiado —responde Carroza, que quisiera desdoblarse de verdad, ser más de uno, controlar a Miss Bolivia, encontrar al narco colombiano, cuidar a Verónica.
Yo me ocupo del Jaguar, le dijo el Escocés. Dejámelo, le tengo ganas.
El teléfono suena en varios lados a la misma hora: en el departamento vacío de Verónica, en la casa con perro de Damián Bértola, en la cueva de la araña.
—Abrile, que debe estar llegando.
Ana desde su celular, en el auto de Carroza mientras viajan hacia la estancia en Exaltación de la Cruz. Refugiada en la cocina, para no enfrentar a Verónica, Laucha Giménez atiende y cuelga temblando, algo puede estar saliendo mal.
Vuelve al living y le habla a Verónica.
—No tengas miedo —le dice, como si bastara.
Verónica mueve despacio la cabeza, niega todo, estar ahí, haber nacido, ese es el miedo.
No tiene celular. Ni Freud ni Lacan lo tuvieron y fueron Freud y Lacan. ¿Por qué él, Damián Bértola, estaría obligado a andar con esa bomba de tiempo pegada al cuerpo, como un terrorista palestino?
Promete revisar sus convicciones, sin embargo: va a comprarse uno, si encuentra con vida a Verónica Berutti. Tal vez haya regresado ahora mismo a su departamento y él podría ahorrarse el viaje y guardar algo de esta sorda desesperación para cuando la necesite.
Nadie que piense seriamente en suicidarse lo anuncia como quien invita a su fiesta de casamiento —dicen los ortodoxos, insisten frente a los cadáveres que se apilan en las morgues—. Verónica nunca mencionó que ese fuera su proyecto. Es Laucha Giménez, Paloma, o como se la mire en la escala zoológica de sus pacientes, la que a cada rato saca a relucir el tema. Tal vez sea ella la que está pensando en borrarse, tal vez seamos todos, se dice el bochólogo; a nadie le gusta jugar al gallo ciego en el rol del gallo, que la venda se la ponga otro y que la muerte pase de largo.
Llega por fin al edificio de departamentos donde vive y atiende Verónica a sus criminales en fuga y él a sus pacientes irredentos; toca el timbre, golpea, abre con su llave, entra. Nadie.
Hay un número de teléfono, escrito de apuro en la página de una revista de modas, sobre la mesa ratona. Llama, porque sí, porque la tempestad obliga a respirar bajo el agua, a aceptar que se tienen branquias y sobrevivir gracias a ellas. No puede creer que atienda Laucha, si no es el teléfono de Laucha y su voz es de Paloma en la cornisa con las alas cortadas.
—Venga pronto —gime Laucha.
—¿A dónde?
Le da una dirección, pero ya.
—No me digas que…
Línea cortada y a correr.
No es su estilo, salir en emergencia. Para eso hubiera estudiado Medicina, no Sicología: obstetricia o cardiología, las dos especialidades para los que les gusta salir de noche. Pero se recibió de bochólogo para dormir en casa, escribir, armar bellos textos con las catástrofes emocionales de los pacientes, esperarlos en su balsa de cincuenta minutos implacables, verlos llegar, manoteando, náufragos, y convencerlos de que no vale la pena aprender a nadar, que él está ahí para llevarlos a tierra firme, claro que lejos. Si estuviera acá a la vuelta, no tendría gracia ser sicólogo, les dice, los convence, y ellos se quedan, aunque a veces confundan la tierra firme con una isla desierta.
Nadie en las calles, tiene que detener el auto y bajar frente al parque Lezama, preguntarle a un linyera que bosteza en su banco convertido en vivienda social dónde queda la calle Azara. El linyera debe darse cuenta, por algún detalle en su vestimenta o en su fisonomía que él no controla, de que es sicoanalista, porque empieza a hablar de su infancia transcurrida ahí mismo, en ese barrio que conoce desde que en la ciudad circulaban sin mayores complicaciones los tranvías y los peronistas. Bértola aborta la regresión aclarándole que la vida de una mujer corre peligro si no se deja de joder y le dice de una vez dónde mierda queda la calle Azara; el linyera se quita el sombrero roto con el que cubre su averiada testa y le indica cómo seguir, es ahí nomás, a cuatro cuadras, apúrese, doctor, lo despide, ceremonioso.
Se zambulle en el auto y acelera, pero se pierde. Va a parar a la avenida Montes de Oca, retrocede tres cuadras y enfrenta una calle de contramano que lo obliga a retomar y seguir demorándose. Las excusas de sus pacientes para no asumir la realidad son menos complicadas que las callecitas cortadas de Buenos Aires, termina pasando por la esquina, cruzando la calle Azara sin tener ni idea de a dónde ha ido a parar, retrocediendo, convencido de que esta vez llega tarde, que de nada vale la voluntad, la vocación de héroe, cuando la trama ha sido escrita por dioses sin escrúpulos, por ídolos malsanos, cuando la madrugada —en una ciudad que alguna vez se jactó de ser la París de Sudamérica— apesta como las riberas del Riachuelo.
Hospitalarios, los pistoleros que magullaron un poco más la carrocería del Renault 18 deciden que Ana Torrente y ese policía van a quedarse en la estancia sin estancieros porque el jefe quiere verlos. Pero si el jefe duerme, pero si el asma. No duerme, qué asma, el jefe quiere saber ya mismo qué carajo hace allí ese par de pájaros, ha oído hablar del que llaman Oriental y no va a dejarlo ir, por lo menos hasta que en la capital se calme el alboroto.
Y el alboroto recién empieza.
Si en un primer momento todos, periodistas y custodios, se acostaron sobre el piso que el encargado no ha podido baldear, el verdugo del ministro del Interior quedó al descubierto en su intento por escapar corriendo. Los policías de la custodia externa no podían creer lo que vieron: al mítico Oso Berlusconi corriendo hacia la calle, viniendo hacia ellos a los gritos, escapó por ahí, escapó por ahí ese hijo de puta. Demoraron segundos en mirarse unos a los otros y aceptar que no, que nadie que no fuera Oso estaba intentando tomárselas, y le dieron la voz de alto; pará la mano, Oso, después hablamos, pero ahora bajá el arma, pelotudo, le dijo uno, apoyado por los otros cuatro que apuntaban sin remordimientos al jefe de tantos operativos, al Oso condecorado por dictadores y demócratas, la máquina de matar en cuyo honor ellos mismos habían cantado el himno, cada vez que le prendían una medalla en la solapa.
Sabían que interponerse en la carrera de un cuadro como Oso, armado y ciego de rabia por ese pésimo final para una mala noche que él no había elegido, era pretender parar con la mano una locomotora, nadie se puso por delante, lo dejaron pasar y Oso avanzó triunfal, como cortando entre aplausos la cinta de llegada.
Triunfal hacia la nada, la lluvia de balas ya le había empapado la espalda en sangre antes que empezara a rodar hacia la calle y acabara boca abajo, la boca abierta sobre el aliento a cloaca de una alcantarilla.