Ciudad santa
Capítulo 48
Mientras devastaban el sudeste de Asia con sus bombas de napalm, los norteamericanos negociaban en París con los vietnamitas del norte. Cuántas muertes y mutilaciones, cuánta destrucción de ciudades y de aldeas, cuántas masacres de familias completas podrían haberse evitado si hubieran negociado con seriedad desde un principio, cuando sus diplomáticos se sentaron en lustrosos salones de la Ciudad Luz, inclinaron sus cabezas y estrecharon sus manos, comieron sano en los mejores restaurantes cada jornada, durmieron cómodos y, al final de placenteras noches en hoteles de lujo, miraron por la tele los bombardeos en Hanói, los atentados en Saigón, a los pobladores corriendo con sus cuerpos en llamas, los hospitales de campaña donde los heridos se apilaban sobre cadáveres.
—No se negocia en las bibliotecas frente a las obras completas de Borges ni hojeando los siete tomos de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, insoportables aun en tiempos de paz. Tampoco invocando a Freud ni a Lacan, claro. Se negocia sobre la devastación y los muertos que cada bando va produciendo.
Lo dice Damián Bértola, bochólogo diplomado en la Universidad de Buenos Aires, en la noche del lunes —madrugada en Europa—, cuando ya los mercados han asimilado la noticia de la matanza de rehenes y empieza la habitual «toma de ganancias», donde los que nunca pierden vuelven a ganar y los perdedores se suicidan en sus despachos o huyen a Bahamas con sus secretarias y la bolsa de efectivo que pudieron manotear.
Ha regresado a su consultorio. Y con él, Verónica. Llegan de pasar seis horas en el hospital junto al cuerpo inconsciente de Laucha Giménez, esperando un milagro, hasta que Laucha apretó muy fuerte la mano de Verónica y después debió sentir que se perdía, que se iba por el túnel de Sueiro, quién sabe, quién sabe nada de la muerte, Laucha de ciudad que había nacido Paloma en Tucumán, paloma tibia de Monteros, arropada en serenatas de ardientes y dulces veranos, en un pueblo rodeado primero de cañaverales y más tarde de asesinos.
—Nunca volví a Tucumán —le dijo a Verónica, una noche de tormenta y malos recuerdos que pasaron juntas, despiertas, como velándose una a la otra, ateridas—. Nunca regresaré a Monteros.
Hubo un campo clandestino de prisioneros, en Monteros, un Auschwitz de pueblo chico. Supo Paloma, mucho después, de su enamorado de la adolescencia, diez años mayor, tan viejo que ella lo rechazó porque, le dijo, él sería un anciano cuando por fin se casaran y tuvieran un hijo, y él reía, pero prometió esperar a que ella de verdad creciera. Supo, la que luego su amiga Verónica llamaría Laucha, que no hubo tal espera, sino un auto verde, un Falcon, cargándolo como a un perro vagabundo y llevándolo al sacrificadero, como llamaban en Monteros al pantano sin nombre, la ruta ciega, el final de tantas vidas de militantes políticos, delegados gremiales, docentes y hasta el párroco que organizaba colectas para los desamparados de la zafra.
—Tal vez ahora sí vuelvas a Monteros —dijo Verónica cuando en el hospital Argerich, al que habían llegado cinco horas antes, sintió ceder la presión de la mano de Laucha sobre la suya, desangrada por el corte en sus venas que se había hecho ella misma, con el cuchillo que antes había hundido en el tórax del Jaguar.
Tampoco podría ya contarle a Verónica por qué se había prestado al peligroso juego de Carroza, un policía sin lugar para nada en su arquitectura de puros huesos, seco y helado desde siempre, que le había propuesto hacerse pasar por cómplice de Miss Bolivia.
Vaya ahora mismo, preséntese como hipnotizada, esta mujer está dispuesta a todo en su locura, le dijo Carroza a Laucha. Y le dijo además que acababa de hablar con Bértola y que el bochólogo estaba de acuerdo, que toda sicosis es un incendio que hay que circunscribir para que no se propague, imposible apagarlo.
—Mintió. No hablé con nadie, anoche. Te busqué por mi cuenta, primera vez que me guío por presentimientos, como un brujo.
Defraudado, Bértola, por la mentira con la que Carroza embarcó a Laucha Giménez en una aventura que le costaría la vida, y porque consideraba la obediencia a los presentimientos como un fracaso profesional.
—No se puede manipular pólvora con un pucho colgado de los labios, esa calavera andante se cree Humphrey Bogart.
—Es tu paciente.
—Le acabo de dar de alta. Aunque me pague.
Regresan después del mediodía. El departamento de la calle Azara está dado vuelta, muebles rotos, ropa tirada, resaca humosa de cigarrillos negros y un cana con uniforme, de consigna, que se cuadra al ver llegar a Carroza con dos espléndidas mujeres.
—Lo lamento, inspector. Hubo un hecho de sangre, en su ausencia. El señor juez lo espera en el juzgado, no importa la hora, dijo.
Entra solo, Carroza, echa un vistazo. Nunca guardó ni tuvo nada de valor, todo lo que usa, incluidos sus afectos, está listo para ser desechado.
—¿Qué pasó con las mujeres?
El cana mira a las que acompañan a su superior, no entiende la pregunta hasta que se lo aclara:
—Las que estaban aquí, sargento.
—Una de ellas estaba malherida, la llevaron al Argerich.
El trío vuelve al auto abollado de Carroza, Miss Bolivia protesta.
—Arréstame o déjame en paz.
Carroza no responde, arranca y conduce, recorre la ciudad en busca de un hotel donde dos mujeres hermosas no llamen la atención. Sirena Mondragón ha prometido hacerse cargo de los gastos, está segura de que el Tío respetará lo acordado, no todos los días se reúne nadie con doscientos millones en efectivo, pero Carroza no confía en los ciegos ni en los rengos.
—Va a ir por el resto en cuanto pueda.
—Que venga, si se atreve. No estoy sola.
Le cree, Carroza. Hace un rato, apenas, un cessna cruisiere ha llegado al aeroparque con diez colombianos armados hasta los dientes. Sin papeles ni aduana, un llamado desde alguna oficina en la Rosada y alfombra roja para los pistoleros de la patria de García Márquez. Fue el argumento que terminó de convencer al Tío. Y la certeza de que esa belleza era inmune a las torturas. Mátame, si quieres morir despedazado —le susurró, dulce y tibia—, o tortúrame si prefieres que te quemen vivo.
Sabe, el Tío, que antes del anochecer deberá hacerse humo con la plata que encontraron y se repartieron a pocos kilómetros de la estancia sin estancieros, en un museo de pueblo chico, bajo una vitrina con boleadoras y mates de plata que, dicen, eran del gaucho que inspiró a Ricardo Güiraldes su Don Segundo Sombra.
La tropa del Tío es de rezago, media docena de canas retirados o apartados de la fuerza por sus malos hábitos, acostumbrados al apriete fácil, a quedarse con los vueltos de dealers de poca monta en las barriadas suburbanas. Los colombianos, en cambio, son de elite, rangers entrenados en escuelas nocturnas de Panamá por los yanquis que, ilusos, creen que la milicia colombiana está de verdad comprometida en la lucha contra el narcotráfico. Si encontraran al Tío y sus panzones muchachos, los acabarían con dos disparos de bazucas.
Por eso se despidieron cordialmente, en la puerta del museo pueblerino, y partió cada bando en direcciones opuestas. Sirena confía en que no irán muy lejos, al Tío cojo van a despedazarlo sus propios mastines, auguró, ya en el asiento trasero del Renault 18. Y en cuanto a ti, voy a darte unos dólares para que te deshagas de esta lata y te compres un auto, inspector.