Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 14 de 56

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Ciudad santa

Capítulo 13

 

Cuando, después de anunciar a la segunda y a la primera princesa, el presentador abrió el sobre con el nombre de la que sería Miss Bolivia, Ana Torrente trató de encontrar en su cielo todavía adolescente las estrellas que los focos sobre el escenario le impedían ver. Cerró los ojos, inventó por segundos su pequeño firmamento, acababa de cumplir diecinueve años y de romper con un empresario cafetalero de cincuenta, un colombiano del que se había enamorado al conocer su palacio en el barrio más elegante de Santa Cruz de la Sierra; vivo aquí, tranquilo, le había confesado, pero si entro en Colombia soy hombre muerto.

Sin haber sido aún coronada Miss Bolivia, Ana Torrente se dio cuenta de que el café que cultivaba el empresario cafetalero era blanco; lo imaginó muerto por socios defraudados o competidores impacientes, con ella debajo y entre sus brazos, impidiéndole soltarse, mirándola ya sin verla porque lo habrían llenado de plomo en su cama y no se explicaría por qué también ella no habría muerto. No fue una pesadilla, acabó tal cual lo había temido, sólo que Ana no estuvo en ese momento en su cama, sino esperando, con los ojos cerrados, a que el maestro de ceremonias anunciara su nombre en el escenario del colmado anfiteatro de Santa Cruz.

Los aplausos, las luces y los objetivos de las cámaras devorándola, un cheque al portador, una corona de diamantes falsos y muchos ramos de flores le hicieron creer, por unas horas, que había algo nuevo para ella, que era una reina de verdad. La ilusión se disipó en cuanto empezaron a pasearla por aldeas miserables de los Andes, de la mano de un mánager que le prometía los oropeles de Hollywood mientras viajaban a los barquinazos en una desvencijada moto con sidecar, de un pueblo a otro, para presentarla como la reina de Bolivia ante las miradas impávidas de los collas amontonados en las plazas, de perros y chicos sarnosos y desnutridos que se le prendían de la pollera para pedirle juguetes, comida y milagros.

El mánager, un colla degradado que vestía camisa a cuadros azules, rojos y amarillos, chaleco de pechera lustrosa y saco de jaquet con pantalones vaqueros, le decía que tuviera paciencia, que pronto llegarían a las grandes capitales y ahí seguro que le lloverían los contratos para desfilar en las pasarelas de Europa. No llegaron ni a Lima, un grupo de sobrevivientes de Sendero Luminoso interceptó la motocicleta con sidecar en plena selva para cobrarse una deuda por narcóticos que el mánager había contraído con ellos un año antes, durante la gira de la anterior reina de belleza. Fusilado el mánager y violada Miss Bolivia por el jefe de la banda, los senderistas en fuga perpetua se retiraron satisfechos, y Ana, rescatada horas más tarde por una patrulla caminera, fue devuelta en harapos y sangrando al lugar del que había salido por el camino equivocado.

A pocos llamó la atención, y no tuvo mayor repercusión porque se sabe que los senderistas son gente sanguinaria, que al cadáver emplomado del mánager le faltara la cabeza.

 

Temprano, en la tarde del martes, van llegando los camiones, las utilitarias de diverso porte, los carros tirados por caballos o empujados por bolivianos fornidos y pequeños, y llegan también decenas de otros bolivianos y collas del norte argentino con grandes bultos a sus espaldas, que en muchos casos pesan más que ellos, cargados y ciegos como hormigas, y tan obstinados como ellas en llegar a un punto que les pertenece. Porque cada uno tiene su lugar en las cinco hectáreas de la feria a orillas del Riachuelo, ha comprado su derecho a estar y el sitio exacto que defenderá con papeles sin valor legal alguno, pero que quien se atreva a cuestionar, o a usurpar su espacio, pagará con su sangre.

—Es gente pacífica —le ha dicho el juez de Lomas de Zamora a Verónica, para convencerla de aceptar el convite de la intervención judicial en la feria—. Solo son violentos si se los despoja. Y la violencia rara vez es individual, se organizan socialmente para defenderse —le explicó, como un experto en habitantes prematuros de América.

La violencia a la que Verónica teme no proviene de ese pobrerío empecinado en sobrevivir, el juez tiene razón, ha leído y discursea hilvanando frases y datos que almacena en su memoria, aunque —sospecha Verónica— toda su experiencia del mundo más allá de Lomas de Zamora esté relacionada con París o Nueva York, cuando algún poderoso canjea su libertad, en causas por quiebras fraudulentas o contrabando, por un nuevo modelo de auto, una linda casa o un viaje al exterior para su señoría.

El chofer de la camioneta asignada por el juzgado para llevar y traer a Verónica a la feria se permite discrepar con la caracterización que hace su señoría de los bolivianos.

—Son mugrientos y chorros —dice Chucho mientras conduce, más atento a espiar por el espejo retrovisor las reacciones que sus palabras causan en su pasajera que en los vehículos que insisten en ponérsele adelante y que esquiva a volantazos, casi sin mirarlos—. Nunca se fíe de un bolita, doctora. No habría que dejarlos entrar en la Argentina, hacer lo que hacen los gallegos con los negros del África. ¡A ver si allá les dan tierras, encima, para que armen sus ferias o sus huertas! Los ahogan como a las crías de las gatas. O los devuelven al día siguiente, o los llevan a las fronteras y los sueltan en el desierto. Como hizo el general Bussi con los mendigos, en Tucumán.

—No tiene amigos bolivianos, por lo que veo —dice Verónica, más preocupada por los volantazos que por el ecumenismo racial del ballenato.

—No hay amistad ni entre ellos, doctora, son traicioneros, son indios, qué va a esperar. Mi hermanita se calentó con uno, fijesé, hasta lo trajo a casa con la pretensión de que lo tratásemos como a un novio. Y eso que tenía sus dineros, y ni siquiera era bolita, era de Jujuy, pero todos los collas son iguales, usted no los distingue, no sé si me sigue.

—Sí, lo sigo… ¡Cuidado con ese colectivo, que nos quiere encerrar!

Volantazo y a lo que importa:

—El cholo hizo todo lo que pudo por caernos simpático, pero la sangre sucia los delata, esa mirada ladina, nunca miran de frente. Cuando se atrevió a pedirme permiso —porque yo soy el primogénito y, con mi viejo bajo tierra, soy el que manda en casa— para formalizar con Catalina, le partí el tabique nasal con este, ¿ve?

Le muestra el puño izquierdo, para lo cual ha soltado antes el volante y la camioneta se sacude al morder el cantero central de la avenida.

—Le di con la manopla que uso en el trabajo. No jodió más, el bolita, desapareció para siempre.

—¿Y Catalina?

—Lloró un rato, pero ahora está de novia en serio, con un flaquito de buena familia, viven en San Isidro, no es un melenudo de esos que dan asco, tiene la cabeza rapada y piensa lindo.

—Me imagino.

—¡Usted viera! Creo que es alemán, el pibe, o debería serlo, por lo que sabe de la historia de Alemania. Esos son países, ¿no, doctora? Mano dura con los judíos y con los comunistas, vea cómo a los del Este les tiraron abajo el muro. Aunque ahora hay democracia, pero va a durar poco.

—De buena familia, el chico.

—Lo mejor de San Isidro.