Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 32 de 56

Páginas del PDF

Ciudad santa

Capítulo 31

 

Lo tiene, el Escocés.

Lástima que Carroza haya desconectado su teléfono celular, lo hace cada vez que entra en acción, se saca de encima el celular para no confundirlo con su 9 milímetros o lo que lleve puesto cuando comience el tiroteo; atender el teléfono en vez de desenfundar a tiempo puede costarle la vida.

Pero lo tiene. Era tan fácil, estaba tan a mano. El domingo de guardia en el Departamento Central le dio la oportunidad de ver el partido Boca-River completo y de echar una mirada sobre los pasos de la rubia boliviana. El comisario Margaride, homónimo en apellido y cargo de otro comisario, célebre en su tiempo porque detenía a adolescentes pelilargos para raparlos, le consiguió la información. Este Margaride es de la policía de Santa Cruz de la Sierra, amigo —o como quiera llamarse a la relación entre policías de diferentes distritos y países— del Escocés, desde que compartieran una convención panamericana de policías, en la que instructores yanquis les dijeron que los derechos humanos son para los detenidos de clase media con buenos abogados, no para la chusma indígena que se hacina en los suburbios de las grandes ciudades.

El Margaride boliviano no tardó más de una hora en dar con los archivos del que se hace llamar Jaguar.

—Su nombre verdadero es Ovidio Ladislao Torrente Morelos. —Silbido de admiración del Escocés, que anota mientras no se pierde detalle de la jugada de Saviola—. Hasta donde yo sé, comparten padres con Ana Torrente, elegida Miss Bolivia en septiembre de 2004.

—Pará, pará… ¿Qué querés decir con eso de comparten padres? Son hermanos…

—No necesariamente —Margaride frente al retrato de un Jaguar de ojos azules, mirada sin fondo, piel morena, cara de refugiado nazi calcinado por la genética andina—. Pero sí, son mellizos, no sé si hasta gemelos, no tengo ese dato. Solo que ni ellos deben saberlo.

Carcajada en Buenos Aires, por los dichos de Margaride y por el gol impecable de Saviola, uno a cero gana River, el Escocés no puede creer ni una cosa ni otra.

—Nacieron el mismo día pero en lugares diferentes. —La carcajada da paso a una tos de gato incrédulo, además Palermo remonta una pelota que iba tranquila a las manos del arquero de River; sigue Margaride—: La madre, cuyos datos de filiación no aparecen en ningún registro, parió al Jaguar en Yacuiba, un 23 de enero, supongo que temprano en la madrugada. Y ese mismo día, pero veinte horas más tarde, cerca de la medianoche, puso en este mundo a la que con el tiempo sería reina de belleza y orgullo de mi amada ciudad Santa Cruz de la Sierra.

Gol de Boca, empate sobre la hora, así, incomprensible, injusto, el referí mirando un eclipse de la tercera luna de Saturno y el juez de línea mordiéndose un padrastro mientras Palermo viola todas las reglas del offside y la pone en la red enemiga; el estadio se viene abajo, malos tiempos se avecinan, presiente el Escocés.

—La operaron de urgencia, esa noche —explica, paciente, el Margaride boliviano—. El parto de la mañana había sido en la montaña, sin asistencia, a lo sumo alguna comadrona que la ayudó a sacarse el jaguar de las entrañas. Y la chola, porque debió ser una pobre chola ignorante, siguió viaje en un camión, dolorida, volando de fiebre. No murió porque Dios es boliviano.

—Creí que era argentino.

—Es otro Dios, el nuestro se llama Viracocha y protege a los indios, no a descendientes de los imperialistas europeos.

En Santa Cruz de la Sierra la pobre mujer echó el resto. Eso sí consta porque la atendieron en el hospital central y, antes de morir de septicemia, eligió el nombre de Ana para ese resto.

—¿Y el padre del binomio?

—De ese no tengo datos, Escocés, qué pretendes. Demasiado te he averiguado, por ser domingo.

Recién cuando al Escocés se le pasa la fuerte impresión producida por el gol de Palermo sobre la hora, vuelve a echar un vistazo a lo que anotó mientras escuchaba al Margaride boliviano. Y es entonces cuando intenta hablar con Carroza, sin lograrlo.

 

No toca el timbre, solo roza con sus esculpidas uñas rojas la puerta del departamento de Carroza, en la calle Azara, barrio de Barracas. En cuanto advierte que la observan por el pequeño círculo del visor, aclara con voz muy queda que viene sola. Abren la puerta.

Ya estaba extrañando el óvalo rosado y fresco del rostro de Verónica.

—No es lo que parece.

—No me digas. ¿Y a quién le importa? —Ana, divertida con la explicación que nadie pide, menos que nadie ella, que evita las rendiciones de cuentas porque ha aprendido a cobrarse las deudas sin pasar factura.

Deja la Bersa sobre una mesa ratona, único mobiliario en la cueva de la araña: primer gesto amistoso, declaración de intenciones que tranquiliza a Verónica, algo inquieta por la advertencia de Carroza.

Calor blando, afuera y adentro, la niebla busca las hendijas de la persiana baja para filtrarse en el ambiente que probablemente no haya sido ventilado desde que su inquilino lo alquiló hace tres meses. Calor de ciénaga, aire gris de catacumba en el que apenas respiran los murciélagos.

—No sé cómo puede esa calavera dormir en un lugar así.

—Me preguntaba lo mismo —coincide Verónica.

—Tal vez por eso está cómodo: no hay aire, no hay luz, no hay esperanza acá adentro.

Ríen las dos, esa mímesis que nació con el primer encuentro, como si una fuera espejo de otra y la risa, por cualquier motivo, una morisqueta misteriosa.

—¿Qué haces acá, doctora, qué buscas?

La pregunta es una zancadilla, se anticipa a cualquier rodeo, pone a Verónica en desventaja, a pesar de que la Bersa está ahí sobre la mesa, del tono amistoso que Ana no abandona, más bien enfatiza buscando su complicidad. Decide responder sin subterfugios, como quien esquiva limpiamente el golpe y espera.

—Conozco a Carroza, seguramente antes que vos. Era compañero de Romano.

Guarda silencio, Ana, y a Verónica eso no le gusta. Por momentos tiene la sensación de que esta bella mujer rubia es un ídolo mítico corporizado para quién sabe qué misión sobre la Tierra y justo a ella le ha tocado como clienta, como si no tuviera suficientes problemas.

Ana se sienta sobre la mesa ratona y con un gesto le pide que se acerque.

—Y vos, ¿de dónde lo conocés? —sin moverse, Verónica.

La sonrisa irónica le ilumina el rostro como si encendiera un cigarrillo.

—¿A la calavera? La encontré en un museo arqueológico, me pareció atractiva y me la traje. Después me dio el remordimiento, a lo mejor, sin quererlo, le estaba robando algo a alguien.

Insiste en que vaya hacia ella, pero ya no hace falta el movimiento de su mano, ni alguna mueca apenas perceptible. Basta con estar allí, como un imán, y Verónica que, tarde, se da cuenta de que no tiene de qué agarrarse.

Y es avanzar hacia alguien —hacia Miss Bolivia, en este caso— como quien cae a un abismo.

 

Está acostumbrado a ponerse a las órdenes de Oso Berlusconi, que por lo demás siempre son las mismas: desplegarse y rodear la casa, no acercarse a menos de cien metros, a la voz de fuego libre por los radioenlaces ratapum pum pum, rociar las ventanas y hasta las paredes cuando son de lata, como en las villas miseria. Los secuestrados nunca van a estar asomados tomando el fresco —dice Oso—, los mantienen atados a un catre, es la norma, o maniatados en el piso; los que caminan de un lado a otro son los mastines a cargo, cáguenlos a balazos, nadie reclama por ellos.

Por eso le llamó la atención que esta vez Oso, que lidera la expedición, se detuviera en la cabecera del Puente La Noria, cinco autos particulares cargados de canas como lanchas del desembarco en Normandía, estacionando sobre el playón, en las narices mismas del destacamento policial de la Bonaerense. Tres minutos más tarde, una pequeña caravana de faros acercándose desde el lado de la provincia resultó estar compuesta por dos carros de asalto rebosantes de bonaerenses con uniformes, fusiles y cascos, que estacionaron sobre la mano contraria.

—No nos avisaron que el asunto era con Iraq —dice el gordo calvo de ciento treinta kilos que no incluyen el armamento.

—Yo no me bajo del auto —dice el que está sentado junto a Carroza, mandíbula cuadrada, rapado, anteojos negros, prototipo de servicio y no al cliente—. Estos matan por la espalda.

—Esperemos a ver qué pasa, si queremos estar vivos mañana— Carroza, sin quitar la vista de ninguna parte, tan lejos de todo lo que conoce de memoria, como un ciego que se larga a caminar por una avenida con los inservibles ojos abiertos y a cada paso es la muerte la que lo esquiva.

Se bajan los dos jefes, Oso y el que comanda la tropa provincial, son dos luciérnagas rojas las brasas de los cigarrillos que fuman con ansiedad en medio del playón, acordando movimientos y posiciones de tiro, a sabiendas de que si están juntos es porque las medallas deberán ser repartidas por partes iguales, y asegurándose uno y otro de que si alguien muere no sea ninguno de los dos.

Vuelven a sus vehículos y arrancan despacio, los cinco autos particulares y los dos carros de asalto bordeando ahora el Riachuelo, allá al fondo resplandece la feria de contrabandistas y piratas del asfalto, a esta hora en su apogeo de transas al margen de leyes impositivas y penales. Verónica calcula que unas diez mil personas concurren cada noche en que la feria atiende al público, y que el volumen de las ventas por noche ronda los seis millones de pesos, demasiada guita pasando de unas a otras manos y a pocos metros del mayor aguantadero de traficantes de la zona ribereña, la villa miseria Descamisados de América.

Si la instalación de la feria se llevó puesto primero a Matías Zamorano, mano derecha del concejal Viruela y novio de Miss Bolivia, y poco tiempo después al pobre Chucho, que el juez de Lomas puso a cuidar a la interventora Verónica Berutti, es probable que la disputa por el control de sus utilidades esté entrando ahora, esta misma noche de domingo, en los aprestos de lo que podría ser la batalla final, aunque Oso haya presentado la expedición como un sencillo operativo de rescate.

Es precavido, el servicio pero no al cliente que viaja junto a Carroza, cuando insiste en que no va a bajar del auto hasta que termine todo. Carroza ya no opina y el calvo de ciento treinta kilos y armamento también ha enmudecido.

Los tres son veteranos, a nadie le gusta morir aunque reniegue con la dentadura postiza, los dolores articulares y el Viagra vencido que lo deja solo y fláccido en la cama de hotel, mientras la piba puta de no más de veinticinco le dice viejo choto pija de flan, en vez de despedirse con un mimoso buenas noches, papito. Dan ganas de morirse, en ese momento, pero no de verdad, solo se querría estar lejos de la escena del crimen sin consumar, lejos en el tiempo, si fuera posible, lozano y firme, despertando instintos y no piedad al exhibir los músculos tan duros como los fierros en la cintura y la sobaquera, dominando las situaciones, cerrando a portazos las pretensiones románticas de la mujer de turno, dejándola ahogar en su propio llanto en vez de ser uno el abandonado, el blando, la papilla existencial.

Llegan las instrucciones por el radioenlace, ya todos saben qué hacer, pero Oso Berlusconi es un perfeccionista, cuida cada detalle, conoce a sus hombres por sus nombres de pila y grupos sanguíneos. Para colmo esta noche no puede permitir que una sola liebre se le escape, por eso insiste en que disparen a matar sobre los prófugos, dice que no pueden ser más de tres, uno por cada pareja de secuestrados. Sabe de qué habla porque él mismo los reclutó, solo teme que salgan matando y alguno escape y llame después a conferencia de prensa, por eso él, en persona, el jefe, estará en los baldíos traseros de los ranchos, disparando a la par, bajando al que le toque y rematándolos uno por uno.

—En cinco minutos terminamos y después a comer asado de tira con vino tinto en el restaurante de la feria —alienta a su tropa por la radio policial.

—Este tipo es un sicópata —el gordo calvo y ahora transpirado.

—Por eso es jefe —el servicio.

—Yo tengo hambre —dice Carroza, y baja del auto.

Agachados y en fila india, los hombres de la Federal se internan en la villa y, siguiendo las directivas mudas de Oso, se abren en abanico para cubrir los tres ranchos donde deberían estar los secuestrados y sus cuidadores. La oscuridad es absoluta en el corazón del conglomerado de construcciones de chapa y cartón que conforman la villa Descamisados de América, como si la noche se encerrara en estos pasadizos donde dos personas se rozan si intentan andar de frente, por los que corre agua sucia como por conductos cloacales y se comparten de rancho a rancho los gritos, los llantos de los críos, las palabras y respiraciones del amor.

Tampoco hay luz en el interior de los tres ranchos que, con gestos ampulosos, Oso señala para que rodeen, eligiendo a Carroza entre los tres que van a acompañarlo a cubrir el flanco trasero por el que deberán huir los custodios si pretenden o sueñan con salir con vida. Los bonaerenses han rodeado la villa entera, Oso confía en la puntería de ese escuadrón de hombres entrenados con el rigor de infantes de Marina, que la Bonaerense saca a tomar aire solo cuando las autoridades provinciales les dan instrucciones precisas de resolver algo a balazos. Y lo que Oso acordó con su jefe no deja resquicio para ambigüedades, bajar a los secuestradores aunque salgan con las manos en alto y gritando que se rinden, que lleguen a la morgue duplicando sus pesos en plomo. Las guerras, incluso las personales — lo sabe Oso por experiencia—, solo se ganan de verdad cuando no se toman prisioneros y se suprime a los testigos.

El subinspector Carroza escupe en las palmas de sus manos y las frota, antes de aferrar con recelo la culata del fusil checo, uno de los quince que Oso ha distribuido cuando se reunieron en el galpón de Barracas. Duda, cuando la vibración del celular se repite a la altura de sus riñones, en atender el llamado de origen desconocido. No es momento para charlar, aunque por qué no escuchar, y eso hace: habilita el llamado y no dice ni hola, solo escucha.

No es bueno enterarse, en vigilia de armas, de que el enemigo está en nuestras filas y nosotros, en su mira.