Ciudad santa
Capítulo 4
Esta noche la televisión acompaña el desvelo de Verónica, que va y viene por el departamento buscando algo, no sabe qué, una carta, un pañuelo perfumado o la foto de un amante que Miss Bolivia se haya olvidado.
La tele, que a la madrugada repite las noticias del día como primicias que acaban de suceder, muestra a un movilero persiguiendo micrófono en mano a los ricos turistas que desembarcaron esta tarde del Queen of Storms. Como ninguno habla castellano, el movilero ensaya un inglés cavernícola que los yanquis, japoneses, alemanes o franceses aceptan sonriendo, aunque sin detenerse a tratar de descifrarlo: qué se siente estar a bordo de un crucero que recorrió miles de kilómetros para venir a encallar en un río contaminado frente a la última ciudad civilizada del continente, demasiado larga y compleja, la frase; very tired very tired responden los alienígenas del Viejo Continente, del Lejano Oriente y de la nación más poderosa de la Tierra, en traducción literal de las frases empleadas por el empeñoso movilero.
Verónica interrumpe un instante su búsqueda inútil cuando reconoce la suave tonada paraguaya de Pacogoya, el único que se detiene ante el acoso del movilero y declara que, si bien es cierto que el barco ha sufrido averías, el tiempo que dure su reparación permitirá a los viajeros conocer a fondo una ciudad como Buenos Aires, la París de América del Sur, magnífica oportunidad para aprender a bailar el tango y comer muchos bifes de chorizo.
—Hijo de puta —dice Verónica, recordando la excusa con la que Pacogoya pretendió vengarse del desaire—. El hijo de puta nuestro de cada noche.
Lo dice en voz alta, como tantas veces en que regurgita la amargura; habla sola como tantos que viven solos, odia a la mitad varona de la humanidad y se arrepiente de no haber cedido a la insinuación tortillera de Miss Bolivia, tan joven, tan suave su piel, podría haberla retenido un tiempo a su lado, salvarla, de paso, del matadero al que probablemente se encamine a esta misma hora creyendo que huye, que pone distancia. Abrazarla, al rozarla inevitablemente cuando salió del baño, dejar caer el áspero toallón, empujarla hacia la cama como la empujan a ella sus hijos de puta de cada noche, o de algunas, en rigor, acariciarla despacio como hacen ellos para después dejarse centrifugar por el deseo que, supone, sería más loco e intenso por tratarse de algo desconocido, inexplorado, tan a la moda entre mujeres solas, además, que hasta podría luego vanagloriarse, o enamorarse, por qué no, de un cuerpo como el que hubiera querido para ella misma cuando tenía la edad de Miss Bolivia.
Pero no hay nada, ni un nombre, ni un número, no dejó rastros, excepto el aroma de su perfume barato en el toallón y la llamada perdida de su celular, en el que solo responde la voz neutra del contestador. Puede estar muerta y la compañía de teléfonos seguirá facturando las llamadas y los mensajes, han logrado ese milagro, las telefónicas: que nadie, ni los muertos, puedan darse de baja hasta que sus inaccesibles burocracias lo decidan.
Sin embargo, desde algún lado, alguien llamó. Si no fue Miss Bolivia, ¿quién? ¿Y por qué no ella?, se pregunta Verónica, para serenarse, esa costumbre de jugar su personal ajedrez con el tablero sobre las rodillas; no hay alfil ni torre que conserven el equilibrio en sus casilleros, ni reinas o reyes que lo soporten.
¿Y qué clase de reina es Miss Bolivia? Su belleza sajona no encaja en lo que se espera de una boliviana promedio, ni Santa Cruz de la Sierra es una ciudad donde amen particularmente a los presidentes que se instalan en el techo del mundo latinoamericano. Odian a La Paz y a sus habitantes cholos, quisieran sacárselos de encima como los vascos a Madrid.
—Por eso me eligieron —dijo Miss Bolivia, cuando conoció a Verónica —: porque no soy colla. Cuando viajé a La Paz me abuchearon, fue horrible. No quiero regresar a Bolivia, doctora.
Y para no volver a Bolivia, Miss Bolivia enamoró a Matías Zamorano. Creyó que de verdad tenía el poder del que se jactaba, pero resultó ser nada más que un mandadero, un delfín barroso del tiburón de río Alberto Cozumel Banegas, el concejal Viruela, hombre del gobernador en las veinte cuadras que controla a su antojo. A Miss Bolivia la deslumbraron los alardes de autoridad de Zamorano; los policías se cuadran al verlo, dijo, tiene línea directa con el concejal y, a veces, hasta lo llama personalmente el gobernador.
—Carajo —fue el primer comentario de Verónica—. ¿Y para qué venís a verme?
—Necesito ayuda, doctora, eres abogada. Yo no confío en los abogados. Pero tú eres mujer.
No sabía que existían abogadas, Miss Bolivia. Había descubierto a Verónica una noche, paseándose por entre los puestos de la feria franca boliviana, a orillas del Riachuelo.
—Creí que eras una clienta. Pero Matías me dijo no, es la interventora, la nombró el juzgado.
—¿Y vos quién sos, de qué tendría que defenderte? Ya bastante trabajo tengo con esta selva.
Su flamante cargo de interventora se lo debía al juzgado de Lomas de Zamora. Contactos, amigos comunes, compañeros de su primer hombre, el cana muerto. El juez la llamó a su despacho y le dijo:
—Necesito gente honesta y con pelotas, hay que hundir el cuchillo en la mierda. Y salir limpio.
—Soy honesta y tengo agallas, no pelotas —aclaró Verónica—. ¿Qué gano si acepto?
—Regulación de honorarios, todo por derecha.
—¿Quién me los paga?
Sonrió, su señoría, incómodo. Machista, no esperaba que una mina fuera tan rápido al grano.
—Es una oportunidad para su carrera que no puede dejar pasar — discurseó.
—¿Qué carrera, de embolsados? Me mataron ya dos hombres, ¿a dónde cree que se puede llegar haciendo carrera en la Argentina?
La feria es un mercado persa del contrabando y el robo a cielo abierto. Los piratas del asfalto enfilan sin escalas los camiones recién expropiados hacia la margen occidental del Riachuelo, donde la feria fue creciendo, aluvional, como el delta del Mekong en Vietnam o el del Paraná en las afueras de Buenos Aires, islotes de chorros con patentes de corso que concede la Bonaerense, como Harvard o la Complutense otorgan diplomas honoris causa.
Cuatro veces por semana, a la medianoche, esa breve porción de la geografía putrefacta del riacho que separa la vanidosa ciudad capital de la Argentina de la tierra de nadie provincial se viste de fiesta como una cenicienta del conurbano y hay baile de traficantes. Los compradores llegan desde todo el país, quién va a perderse esas pichinchas en las que el regateo es el marketing aceptado por todos, como en los mercados de Oriente.
—¿Quién paga, su señoría? —insistió Verónica, harta de misiones imposibles en las que todo termina mal y los buenos pierden.
—Hay comerciantes honrados.
Hacía calor, afuera y adentro del juzgado; el aire acondicionado estaba descompuesto desde hacía dos años, las fotocopiadoras no funcionaban, el ordenador dormía en el piso porque le habían robado las plaquetas, transformándolo en una cáscara sin contenido, el disco duro estaba instalado en la computadora de un comisario que necesitaba esa información para sus transas y nadie se animaba, ni quería, allanarlo. Y el juez, su señoría machista, hablaba de comerciantes honrados que pagarían por derecha los honorarios de la intervención.
Verónica se levantó de la poltrona en la que había hundido minutos antes su desconfiado trasero.
—Ayúdeme —la sorprendió el juez, inmóvil detrás de su escritorio, con un brazo extendido hacia ella, al otro lado, como si quisiera tomarla de la mano para que lo rescatara de un pozo—. Por favor.
Estaba solo, el tipo. Él en una orilla y la justicia en la otra, y en el medio, nada, putrefacción pura, Riachuelo. Era titular de un juzgado tan vacío como su ordenador, tan inútil como el acondicionador de aire o los empleados que archivan expedientes en estanterías arqueadas por el sobrepeso.
Nunca sabrá por qué, nunca supo por qué obedece a su instinto, intuición, corazonada o como se llame la brújula loca que indica el sur cuando los rebaños huyen siempre hacia el norte, pero Verónica aceptó.
—¿Quién sos? —preguntó, en la madrugada de su segunda incursión por la feria, a la rubia que le salió al cruce.
—Soy reina de belleza. Ana Torrente. Aunque acá ya todos me conocen por Miss Bolivia —se presentó la querubina.