Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 20 de 56

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Ciudad santa

Capítulo 19

 

Menos de diez cuadras separan el edificio Alas del hotel Sheraton Buenos Aires. En el piso cuarenta del Alas, atados y amordazados, Osmar Arredri y Sirena Mondragón siguen al cuidado de una celadora gemela de la rata que corretea por las vigas del cielorraso. En el Sheraton Buenos Aires, el gerente trata de convencer a los periodistas —que ya superan la docena, sin contar los respectivos camarógrafos— de que nadie ha convocado allí a una conferencia de prensa.

Las directivas de la patronal de hoteleros son claras, el secuestro en plena vía pública de tres parejas de turistas del crucero Queen of Storms debe ocultarse hasta que aparezcan; Buenos Aires no es Bogotá o Lima, la Argentina no es Colombia ni Perú. Si el secuestro extorsivo de extranjeros trepa a la primera plana, la floreciente industria del turismo con divisas fuertes se verá seriamente dañada. Una cosa es viajar al tercer mundo porque está barato e imitan tan bien a los europeos, y otra es que los viajeros se transformen en mercadería de saldo. El gobierno ha llamado de urgencia a los empresarios turísticos para que la noticia se oculte, todavía le quedan varios días de reparaciones al Queen of Storms y las fuerzas del orden —dicen desde el gobierno— se han lanzado a rastrillar la ciudad entera, empezando, claro, por los escondrijos habituales de la delincuencia, las villas o chabolas o favelas donde viven hacinados esos negros de mierda, gritan los burócratas de la Rosada a los comisarios de los distritos en cuyas jurisdicciones la ciudad no resplandece tanto como anuncian los catálogos.

Pero los turistas del crucero están irritados, no tanto por la suerte de los secuestrados, sino porque a muchos de ellos no han conseguido aún ubicarlos en habitaciones y han pasado su segunda noche en los pasillos.

Lo que al comienzo fue un rumor ya es noticia cierta, nadie encuentra a las tres parejas que, curiosamente, son las de mayor fortuna de todo el contingente, las que en sus mesas solo beben vinos de alta gama y que para recorrer las ciudades prefieren las limusinas a los transportes de las agencias.

El único secuestro blanqueado —porque se produjo en el hotel y a la vista de todos— es el de quien, ahora se enteran, maneja el tráfico de drogas en un amplio sector de Bogotá. Nadie sabe, ni a nadie importa, si el mafioso se subió al Queen of Storms para darse un respiro o para seguir con sus negocios a bordo, pero es hora de que las agencias tengan mayor cuidado cuando arman los contingentes, protesta un turista inglés, en inglés, en la curiosa conferencia de prensa que se ha armado en el salón central de la terminal ferroviaria de Retiro.

La vieja estación reciclada, de estilo victoriano —como que fue construida por los ingleses, un siglo atrás—, es el teatro, la ópera en la que las voces resuenan, barítonos y tenores, sopranos y contraltos, sin partituras ni armonía, respondiendo a unos periodistas muy jóvenes que tratan de alzarse con la exclusiva, que acudieron al lugar con la seca orden de sus jefes de redacción, vuelvan con algo groso, de impacto, o empiecen a buscar laburo, y que no dudan en empujarse unos a otros, en gritar más fuerte que los damnificados. Las ovejas de oficina que a esta hora regresan de sus respectivos mataderos cotidianos miran sorprendidas la función operística, aunque la mayoría sigue de largo para no perder el tren de todos los días. Unos y otras, turistas extranjeros y ovejas de oficina, son viajeros, tienen en común la urgencia por seguir viaje y solo los diferencia lo que han pagado por llegar a destino.

En el televisor que en el piso cuarenta del Alas los prisioneros no pueden ver ni oír, Rosamonte y el cabo principal Ramón Capello miran la alborotada conferencia de prensa que transmiten en vivo y en directo desde Retiro. El cabo principal Capello es un suboficial de la Fuerza Áerea, un zumbo, como llaman en las Fuerzas Armadas a las jerarquías subalternas, destacado por el comodoro Castro, cómplice de las maniobras del Oso Berlusconi, que vive allí mismo, en el Alas, piso veintitrés, con su mujer ya grande y una hija solterona, casi tan poco atractiva como Rosamonte y a la que ya ha perdido las esperanzas de encontrar quien se la lleve.

El Oso en persona le ha pedido ese favor al comodoro Castro. Cuando cae la noche, la tropa policial escasea, quien más, quien menos, redondean su sueldo en vigilancia y custodias personales, o como personal supernumerario en los estadios de fútbol: le ha quedado un bache de seis horas hasta que él, el Oso, se haga presente en el Alas para interrogar a los prisioneros.

—Hago subir a mi asistente —le ha dicho el comodoro Castro al Oso—. Es un zumbo de confianza, chaqueño, y puede dominar cualquier emergencia, se crió en el monte degollando chanchos.

Al Oso, que conoce sus agachadas, no le hacen gracia las bravatas de Castro, un milico al que sus camaradas de arma dejaron afuera del negocio de los aeropuertos y hace mérito para que no lo bajen de lo que llaman el jumbo de los narcos, una línea aérea virtual que va y viene con su carga impune a los controles, con más cocaína que pasajeros y a pura pérdida en sus balances comerciales. El Oso no confía en Castro porque cuentan que se abrió de gambas en 1987, cuando los milicos carapintadas estuvieron a punto de cargárselo al presidente constitucional Raúl Alfonsín. Castro era teniente de aviación y su misión —tripular un helicóptero artillado que liquidaría con una sola ráfaga de metralla a los ocupantes de la limusina presidencial— fracasó porque el teniente preguntó por radio si estaban todos en pedo, bajó, abandonó el helicóptero con el motor en marcha en el puerto de Olivos y se embarcó en el yate de una amante con papá latifundista. La sublevación fue un fracaso y Castro se salvó de las purgas posteriores, aunque nunca llegaría a brigadier, y vivía aún con su familia en un edificio donde las ratas presiden el consorcio.

Hábil en materia de sobrevivencia, Castro se las había ingeniado para tener a su amante en el piso 17 del mismo edificio, la viuda de un capitán de aviación destacado en misión de la ONU en Afganistán, al que un año atrás habían asesinado de catorce puñaladas, en patrulla por los suburbios de Kabul, más exactamente en el interior de un prostíbulo, para robarle el reloj de oro con el que la aviación militar supo premiar sus años de acrobacias en el vacío.

A las diez de la noche, aburrido de mirar el televisor mudo y de poner la oreja a las desventuras sentimentales de la agente Rosamonte —y temeroso, además, de que antes de la medianoche se vea obligado a rechazar una invitación al sexo explícito—, el cabo principal Capello llama al departamento del comodoro Castro para decirle que no hay novedad, si puede irse. Atiende la voz somnolienta de la mujer del comodoro, claro que está durmiendo, ¿acaso no es de noche?, pero ese infeliz no sé dónde está, a veces no puede dormir y baja a hablar con el sereno.

Hombre de confianza de Castro, el cabo principal sabe que a esa hora el comodoro no baja a hablar con el sereno, sino a meterse en la cama del piso diecisiete.

—¿Señor comodoro? Cabo principal Capello al habla.

—Te dije que no llamaras acá, si no es importante. ¿Qué mierda querés?

—Irme, señor comodoro. La agente Rosa Montes está dando de comer a los pájaros, que están muy tranquilos y resignados. Me aburro acá arriba.

—Y te vas a aburrir más, pero en el calabozo, si te vas ahora. Esperá el relevo, carajo, como se te ordenó.

—¿Hasta qué hora se queda usted ahí, señor comodoro?

—¿Y a vos qué carajo te importa?

—Por si tengo que informarle de alguna novedad, señor comodoro. No quisiera volver a despertar a su señora esposa.

—¿Ya está durmiendo, esa bruja? Toma pastillas, por eso se duerme tan temprano. Tenés razón, cualquier cosa me llamás acá, me quedo aquí hasta las dos o tres de la mañana, hasta curarme el insomnio.

Suelta una risita de ratón feliz con los quesos que ha encontrado en el sótano, el comodoro Castro. A su lado, la viuda del aviador muerto en acción prostibularia en Afganistán acompaña su risa.

Rosamonte ha quitado las esposas y mordazas a los prisioneros, que comen en silencio el fiambre con ensalada rusa que la suboficial acaba de traerles de la rotisería, con un vino blanco del que la mujer policía se toma media botella, antes de escanciar el resto en un par de vasitos de plástico. Le pide disculpas a Capello por no haberle traído algo de comer, ella tampoco come, prefiere esperar al relevo y, si el cabo principal la acompaña, conoce un restaurante al que van a comer los artistas de los teatros cuando terminan la función, que cierra recién a eso de las cuatro de la mañana.

A Capello le da escalofríos imaginar, después de comer a esa hora, el inevitable aliento a cebolla cruda y vino de cartón de Rosamonte si, como él supone, se pone pesada y quiere acabar la fiesta en alguna cama barata de los alrededores. Las Fuerzas Armadas no mezclan su sangre con la de las fuerzas de seguridad, se lo dijeron el primer día, en la escuela de suboficiales. Ni siquiera los zumbos como él.

—¿Qué artistas van?

A Rosamonte le causa gracia la pregunta del cabo principal.

—¿Vas a pedir algún autógrafo?

—Y por qué no —dice Capello, mientras abre su portafolios, un maletín de los que llevan los cadetes cuando van al banco o los corredores de comercio con sus cargas de facturas y notas de pedido. Observa de reojo a los pájaros comiendo su alpiste y los pájaros le devuelven la mirada, el recelo, cierta contraseña muda por la que parecen entenderse.

Un estampido los sobresalta. Se ha cerrado la puerta que separa los dos ambientes del aguantadero, el edificio acusa un apenas perceptible balanceo.

—Hay turbulencia, ajústense los cinturones —bromea Capello, hombre de la aeronáutica.

Rosamonte sonríe. Una filóloga envidiaría su capacidad para interpretar los silencios del lenguaje oral, para leer en los labios la resaca de lo que no se dice. Ya imagina la cena de trasnoche, o mejor, la trasnoche obviando la cena, la habitación en penumbras en la que el zumbo aéreo la desvestirá con urgencia, como quien se calza el paracaídas antes de que el avión caiga en picada, y ella abrazándose al aeronauta, pidiéndole que no se quite el uniforme, le calientan las jinetas, acariciar la chaqueta y los botones dorados y levantar vuelo con esa sensación de abismo que se apodera de los pilotos cuando decolan con sus cazas desde un portaviones.

Tarde se da cuenta Rosamonte de que, con el portazo, el colombiano y la colombiana han quedado encerrados en la habitación contigua pero sin sus mordazas y con las manos libres. Palidece y su cara de muerta solo anticipa lo que le espera cuando observa el 38 en remplazo de la mano del cabo principal.

—Abrí esa puerta.

—Tené cuidado —le aconseja, maternal—, esta gente es del Oso Berlusconi.

No se puede confiar en los milicos, es lo primero que le enseñaron a Rosamonte en la escuela de policía: son torpes, brutos, a lo sumo tienen buena puntería para darle a un blanco fijo, pero yerran fiero, matan a cualquiera, si se trata de tirar en la calle. Y además —le advirtieron— desprecian a los policías.

—Abrí esa puerta —insiste Capello, acariciando con su mano izquierda el arma en la derecha como a un gato mimoso.

Rosamonte rodea con su diestra la culata de su arma reglamentaria. Capello le corta la inspiración.

—Tranquila —le dice—, esa manito, quieta. Abrí la puerta, tercera vez que te lo digo. Antes de la cuarta, te pongo un tiro en el entrecejo.

—¿Qué te pasa? —Rosamonte, indignada—: ¿Trabajás para los narcos? Sos un traidor a la patria. ¡Abrí vos, quién te creés que sos!

Está furiosa, no porque tema que el hombre dispare, sino porque no está ya demasiado segura de que le gustaría abrazarse a su chaqueta, calentarse acariciando la correa que le cruza el pecho, bajando la mano despacio hasta encontrar lo que busca. Pero el viento que el ancho río marrón ha echado sobre la ciudad aúlla como una jauría por los corredores del edificio y el aeronauta sigue ahí, tranquilo, acostumbrado a las tormentas.

Rosamonte decide obedecer y abre.