Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 7 de 56

Páginas del PDF

Ciudad santa

Capítulo 6

 

A veces, solo a veces, Verónica quisiera haber estado presa. Entender por qué, cuando salen después de largas condenas, los chorros y asesinos vuelven a robar, a matar, piden a gritos que alguien los quite de un mundo que ya no toleran.

Sabe que no vive en un jardín de párvulos. Dos hombres bajo tierra son su diploma de graduación, más auténtico que el título de abogada en la Universidad de Buenos Aires. No es destino, ni casualidad, ni karma, ni ninguna de esas boludeces con las que la gente embiste a ciegas, sueña su futuro, contrata seguros de vida, abandona a su pareja y cambia el auto viejo por un cero kilómetro. Es otra cosa, es un monstruo tan perplejo como ella, un giboso que pide amor y al que dan limosnas, cuando no una patada, y le cierran la puerta en la cara. Monedas de asombro, cambio chico, sencillo para viajes cortos en colectivos de línea y para poder bajarse en cualquier esquina de cualquier ciudad desconocida.

No pide mucho, la abogada. Solo entender. Y supone que la libertad no ayuda, que moverse de un lado a otro la llevará fatalmente a ninguna parte.

Pero hay que seguir andando, acorazarse contra las frustraciones y emboscarse cuando el dolor acecha, atacar primero, si hay oportunidad, seguir la farsa de que nada la sorprenderá, de aquí en adelante, o desde cada muerte de sus compañeros, ponerse en pie con las propias cenizas a modo de esqueleto.

—¿Desde dónde llamás?

La voz suena entrecortada, impersonal, le cuesta reconocer que se trata de Ana, de la mismísima Miss Bolivia desaparecida ayer con la Bersa 3.80 de su primer finado.

—No me busques, doctora. Estoy bien, pero no me busques.

—Yo no te busqué. Viniste a mí, acordate. No mates a nadie, es lo único que te pido.

Se arrepiente, tarde, de haberla armado. El llamado proviene de un teléfono público, ni con un satélite propio podría rastrearlo. No parece asustada, sin embargo, la reina destronada: solo agitada, tal vez por la excitación; quizás le hable desde los brazos de un hombre que le esté acariciando en este mismo momento los pechos, imagina, calenturienta.

—Mañana o pasado me pondré en contacto contigo, doctora, para que me digas si ese juez putañero volvió de sus vacaciones.

Y cuelga. Y Verónica maldice ser abogada de chorros y de sus hembras, chapalear en el barro contaminado de los suburbios, lidiar con la basura. Envidia a Bértola, el sicoanalista con el que comparte los gastos de la oficina; la basura con la que él lidia no apesta, es una mierda abstracta en la que paciente y terapeuta se regodean sin ensuciarse y apenas por los cincuenta minutos de cada sesión. Como quien mira en la tele un talk show con su propia vida y, cuando se aburre o la historia viene densa, la apaga.

 

El brazo del hombre maduro efectivamente se extiende hacia el cuerpo joven de Ana Torrente, sus manos merodean los pechos hasta acariciarlos y él acerca su boca para beber de ellos la leche dulce que imagina un néctar para recuperar la juventud, surgiendo como de un manantial en un campo de azúcar y miel. Ella lo deja venir, hacer, merodearla y sorberla, disfruta de la avidez del maduro, mira divertida, primero, y envuelve luego con su mano el pene erecto, suaves golpeteos en su base como si empuñara la culata de la Bersa que le prestó la abogada, y se desliza en cuanto él deja de succionarla, lamiéndolo despacio; tanto oficio le ayuda a no cerrar los ojos para evitar la repulsión, a creerse en brazos de DiCaprio, en la habitación del hotel cinco estrellas del astro de Titanic, y no en esta posta de malandrines en las afueras de San Pedro a la que ha venido a parar, siguiendo instrucciones.

Dale, nena, dale, dice el maduro, temeroso de que su erección se derrumbe si ella se distrae, si dejara de hundirse así, de abandonarse en el revoltijo de sábanas como si se la tragaran arenas movedizas, hasta dar en el fondo con el sobreviviente que el maduro trata de embocar en su boca, firme pero áspero en la lengua y el paladar de Ana, como la verga momificada de un faraón muerto hace dos mil años; Miss Bolivia siente que ha llegado al interior prohibido de la pirámide egipcia, que si sale viva de ahí, será para no volver nunca a hacer lo que ahora está haciendo, sorber con una avidez que aprendió en la primera escuela de modelos a la que asistió, apenas llegada a Buenos Aires, con un mánager de verga joven, entusiasta, que segundos antes de acabar le decía así hay que mover el culo en las pasarelas, si querés ser la sucesora de Naomi Campbell.

El maduro grita como si lo estuvieran desollando. El placer, cuando a la vida le queda poco metraje, se expresa con el alarido senil del que ya no hace pie en otra certeza que no sea su dinero, si lo tiene, o el magro y efímero poder que pueda delegarle algún caudillo, algún jefe de banda que lo ha dejado a cargo, haciéndole prometer que no se cogerá a la rubia que se está cogiendo.

Ana escupe la leche en la cara del maduro, que se la saca de encima empujándola con violencia, asqueado del jugo escaso y amargo con el que lo insulta esa loquita, como si le hubiera dado una bofetada. Ella se limpia los labios con la mano y escapa riendo al baño, donde se encierra y se mira al espejo. Las puteadas del maduro le llegan como ladridos lejanos, tan comunes en los pueblos que ella ha recorrido, tan contagiosos entre jaurías de mastines desolados. Es la música, amarga como el semen del maduro, de sus noches de invierno sin abrigo ni alimento suficiente, cuando inició su larga fuga de Santa Cruz de la Sierra, soñando con llegar a la Argentina, a Buenos Aires, a la París de Sudamérica, a la ciudad sin cholos, donde, si te descuidás —le dijeron—, hasta los taxistas hablan en francés.

Te mintieron, le dice Ana a Miss Bolivia frente al espejo, como en el locutorio de una cárcel en la que ella es la rea y Miss Bolivia, la que llega a visitarla, a traerle noticias del mundo exterior: no sabían de qué hablaban, le dice, Buenos Aires está tan llena de negros como cualquier ciudad en ruinas de Bolivia o del Perú.

Golpes del maduro sobre la puerta del baño en el que Ana se ha encerrado, primero con la mano, suaves golpes con los nudillos, crescendo con la palma y con los puños, y vibrato de patadas de caballo loco que ha comido una ensalada de avena y marihuana; abrí, pendeja, tam tam, golpes de lapidado vivo, tam blum blum, pendeja de mierda, abrí esa puerta carajo, los mismos golpes, la misma furia que ella sentía cuando la encerraban en el cuarto de los quesos, en el campo del terrateniente alemán que la tomó a su cargo solo para aterrarla, para obligarla a crecer cerrando los ojos a la oscuridad, gritando como el maduro grita ahora, como si fuera él y no ella la que ha echado llave; abrí que me cago la puta que te parió, grita el maduro, a quien el sexo oral parece haberle producido efectos de purgante, pero Ana retrocede hasta el rincón del baño, detrás del inodoro, se aplasta contra los azulejos y espera a que la desesperación del maduro en trance de cagarse encima le dé la fuerza suficiente para hacer saltar el pasador de la puerta, que se abre con un estampido.

Seco, el estampido, como el del disparo de la Bersa con el que Ana, y también ahora Miss Bolivia a este lado del espejo, lo fusilan y lo miran caer sobre su propia mierda.